La CIA contra España y el Régimen: el Congreso por la Libertad de la Cultura

La injerencia de los EEUU en el devenir de España durante la etapa de gobierno del Caudillo, es innegable, habiendo numerosos ejemplos y pruebas de ello. Uno de tantos, y no pequeño, fue la de la tapadera de la CIA, el Congreso por la Libertad Cultural, utilizando al rojerío español, o mejor decir antiespañol, más impenitente que pululaba allende nuestras fronteras, así como a no pocos de los que más o menos camuflados disfrutaban del éxito del régimen, tanto más como de su sorprendente bondad y permisividad hacia ellos. Esta es su historia.

Consideraciones preliminares

El Congreso por la Libertad de la Cultura (CCF) fue uno de los instrumentos creados por la CIA para combatir la expansión del comunismo de la URSS en los países occidentales y, por supuesto que, al mismo tiempo, como forma de penetración de los EEUU en esos mismos países.

La creación del CCF se gestó en respuesta a una serie de eventos promovidos por la Unión Soviética a finales de la década de lo 50, tales como, el Congreso Mundial de Intelectuales por la Paz en Breslavia (Polonia 1948), el Congreso Mundial de Partisanos por la Paz en París (Francia en 1949)​, y el el Cultural and Scientific Conference for World Peace (Nueva York 1949) y el Consejo Mundial de la Paz (1950).

El CCF fue fundado en Junio de 1950 en Berlín Oeste con el fin de cuestionar las simpatías hacia la Unión Soviética que sostenían muchos intelectuales occidentales y no pocas figuras políticas, asistiendo a tal acto, entre otros conocidos intelectuales, Arthur Schlesinger, Bertrand Russell,  Raymond Aron,  Arthur Koestler,  Tennessee Williams y Sidney Hook, todos ellos de marcada ideología izquierdista, bien que no comunista. Para su dirección se designó un comité ejecutivo formado por siete miembros y seis sustitutos. Bien que, como no podía ser de otra forma, la gestión real del CCF se confió a un secretariado al frente del cual se colocó a Michael Josselson, agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) quien estaría en tal cargo hasta la disolución del CCF en 1967.

Durante su existencia, el CCF llegó a tener oficinas en 35 países con decenas de empleados, publicando más de 20 revistas algunas de ellas de prestigio. Sus actividades fueron diversas, tales como conferencias por todo el mundo, premios, becas, exposiciones y hasta un servicio de noticias; también algunas campañas puntuales contra intelectuales o artistas de diverso tipo manifiestamente comunistas como fue el caso, entre otras, de la desarrollada contra el escritor Pablo Neruda.

El declive y final del CCF llegó a partir de 1966 cuando el The New York Times publicó una serie de cinco artículos sobre el propósito y métodos de , apareciendo en el tercero de ellos, dedicado a detallar el uso de organizaciones tapadera y el uso de fondos reservados a “financiar investigaciones y publicaciones académicas, o canalizar dinero de investigación a través de fundaciones, legítimas o tapaderas.» nombrando entre varias al Congreso por la Libertad de la Cultura. En 1967 otros medios estadounidenses aportaron sus propias investigaciones sobre el caso señalando de nuevo, entre otras, al CCF como una de las organizaciones creadas por la CIA y por ello beneficiaria de sus fondos. A raíz de todo ello, un exdirector de entonces de la Agencia llegó a declarar que el «Congreso por la Libertad de la Cultura es ampliamente considerado como una de las operaciones encubiertas de la CIA más atrevidas y efectivas de la Guerra Fría. Y para colmo, en Mayo de ese mismo año 1967 Thomas Braden, jefe de la división de la CIA a cargo del CCF, publicaba un artículo con el títutlo «Me alegro de que la CIA sea ‘inmoral’» defendiendo las actividades de su unidad en la CIA. Braden admitió que, durante más de diez años, la CIA financió la revista Encounter a través del CCF y que en el equipo de dirección de la revista había al menos un agente de la Agencia.

El CCF en España (ANEXO: relación de miembros del CCF en España AQUÍ)

El inicio de las actividades del Congreso por la Libertad de la Cultura (CCF) relacionadas con España y los países de lengua española coincide con la muerte de Stalin (1953), consitiendo en la aparición del primer número de Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura.

Salvador de Madariaga

Durante los años cincuenta, desde el exterior, Salvador de Madariaga (sustituto del fallecido Benedetto Croce como uno de los Presidentes de honor del Congreso), los dos ex dirigentes del POUM, Julián Gorkin e Ignacio Iglesias, funcionarios del Congreso hasta que se jubilaron cuando se disolvió, a principios de los años setenta, y Luis Araquistain, veterano militante del PSOE (que llegó a ser efímero director de Cuadernos, hasta que murió el 6 de agosto de 1959), fueron quienes se encargaron principalmente de atender las cosas de España que interesaban al Congreso.

La realidad de la evolución de la Revolución cubana, que cuestionaba la efectividad del activismo del Congreso y de Cuadernos en Hispanoamérica, y la efervescencia de los movimientos que se venían produciendo en España, desde el “Mensaje del Partido Comunista de España a los intelectuales patriotas” (abril 1954) hasta la convocatoria de la “Huelga Nacional Pacífica” (18 junio 1959), pasando por el “Manifiesto a los universitarios madrileños” (febrero 1956), la declaración comunista “Por la reconciliación nacional” (junio 1956), o el Frente de Liberación Popular de Julio Cerón (septiembre 1958), entre otros hitos, obligaron a serios replanteamientos tácticos y estratégicos del Congreso.

Del 8 al 13 de julio de 1959 el Congreso juntó en Lourmarin, en pleno corazón de la Provenza, con cobertura de la Universidad de Aix-en-Provence y dineros de la Fundación Ford, a tres docenas de intelectuales de siete países para tratar del “Universalismo y provincialismo en la cultura europea”, bajo la batuta de Pierre Emmanuel. Asistieron Julián Marías, Aranguren, Cela, Laín, José Luis Cano y José María Castellet, además de Gorkin y otros.

Después del verano de 1959 el Congreso decide constituir una institución nueva, el Centro de Documentación y de Estudios Españoles; bien que el “Españoles” solía omitirse regularmente para agradar a los participantes catalanes, vascos y gallegos que el Congreso buscaba fidelizar e impulsar cuidadosamente.

Enseguida, el Congreso entendió que eraa necesario constituir una plataforma estable en el interior de España, un Comité español efectivo. Tras la reunión «El escritor y la sociedad del bienestar» (Copenhague, 9-13 septiembre 1960), a la que asistieron como ponentes Julián Marías y Lorenzo Gomis (fundador en 1951 de El Ciervo), importantes funcionarios del Congreso (John Hunt, agente de la CIA, Edward Shils, Pierre Emmanuel, y otros) se reunieron en París con varios intelectuales españoles y dieron por constituido el Comité español.

Después del contubernio de Múnich (el IV Congreso del Movimiento Europeo, 5-8 junio 1962), organizado principalmente por Salvador de Madariaga y Julián Gorkin con dineros del CCF, el Congreso contrató a bajo precio ardorosos colaboradores procedentes del interior de España, antiguos falangistas reciclados en socialdemócratas a los que pasó a instruir para prepararlos para las batallas políticas e ideológicas que se vislumbraban en el horizonte español.

«El contubernio también aceleró la maduración del comité. Como supo ver Tierno Galván, Munich marcó un punto de no retorno: «El centro de gravitación política ha pasado al interior». Por ello, en París, los ridruejistas apostaron por convertir el comité en una auténtica plataforma de promoción democrática en España. Para lograrlo, uno de ellos debía dedicarse full time al proyecto. El elegido fue Pablo Martí-Zaro, que volvió a Madrid a finales de 1962 y fue nombrado secretario del comité. «Con un pequeño local en el edificio España, un teléfono, una secretaria y un liberado al frente, que soy yo», escribía Martí-Zaro en unas páginas autobiográficas, el grupo empezó a ser operativo. A partir de aquel momento, regularmente, se reunirían en Madrid para dar continuidad a su actividad. La primera acta de reunión que he consultado está fechada el 10 de diciembre de 1962. De su lectura se desprende un claro afán por intervenir en la vida de las ideas del momento. Se trazó un programa de futuro ambicioso: instauración de un premio de ensayo, planificación de los fascículos Tiempo de España que dirigiría Aranguren y fijación de criterios para conceder bolsas de viaje y becas (las recibirían, entre otros, Carmen Martín Gaite o Josep Benet). También se empezó a perfilar un congreso sobre el realismo. La idea era de Emmanuel y encajaba con las tesis del CLC: impugnar el prestigio que la estética del realismo socialista gozaba entre los jóvenes escritores españoles.» (Jordi Amat, «España en la guerra fría cultural», La Vanguardia, febrero de 2010.)

De manera que, al acabar 1962, Pablo Martí Zaro ya se había convertido en ejecutor desde Madrid de los planes y programas que para España diseñaban los ideólogos proyanquis del Congreso, en particular su máximo exponente el poeta Pierre Emmanuel:

«Nunca, repito, le había resultado indiferente lo español. Lo nuevo para él era que, a partir de ese momento, ya podía hacer algo efectivo por el país que tanto le atraía. Y en 1959, como directivo de la entidad arriba mencionada, Emmanuel reunió en el sur de Francia, concretamente en Lours Marin, a un reducido grupo de españoles, Cano, Cela, Castellet, Laín Entralgo, Marías, del que no tardaría en surgir el Comité Español de la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, al que, además de todos los citados antes (con la excepción de Cela), pertenecieron, entre otros, Aranguren, Josep Benet, Bru, Chueca, García Sabell, Lorenzo Gomis, Mariá Manent, José Antonio Maravall, Morodo, Ridruejo, Ruiz Giménez, Sampedro, Carlos Santamaría y Tierno Galván, y del que yo fui secretario hasta su extinción en 1977.
Merced al no muy caudaloso pero insustituible apoyo económico que le prestaba la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, el Comité Español, que jamás tuvo existencia legal y del que formaban parte hombres de orígenes y convicciones tan dispares como la precedente relación de nombres delata, se convirtió pronto en un activo foco de oposición cultural, y, pese a sus limitadas posibilidades de acción, en un eficaz instrumento que permitió canalizar muchas ayudas y poner en práctica muchas iniciativas.» (Pablo Martí Zaro, «Una deuda pendiente con Pierre Emmanuel», El País, Madrid, 6 de octubre de 1984.)

«Sería prolijo relatar ahora los orígenes de lo que posteriormente se llamaría Comité Español del Congreso por la Libertad de la Cultura. En 1959 y en la Provenza –en Lourmarin, concretamente– se celebró un coloquio para tratar sobre los problemas de Europa. Fuimos invitados, entre otros, si no recuerdo mal, Pedro Laín, Julián Marías, José Luis Aranguren, Camilo José Cela, José Luis Cano y yo mismo, que era el único catalán del grupo. Tuvimos allí la suerte de conocer y entablar lo que ha sido una larga amistad con el poeta francés Pierre Emmanuel, quien demostró en seguida un vivo interés por las cuestiones españolas, con una sensibilidad especial por los problemas de las nacionalidades hispánicas quizá, como me comentó en una ocasión, por ser él mismo un occitano cuyas raíces se diluían en la historia. En todo caso, Pierre Emmanuel nos incitó –no sé si en aquel momento, o al año siguiente en Copenhague, en un coloquio internacional sobre el Welfare State, en el cual nosotros evidentemente jugábamos el papel de los parientes pobres– a constituirnos en una comisión más o menos subterránea –políticamente hablando– que recibiría ayuda cultural (en forma de libros, becas, bolsas de viaje, etc.) del Congreso por la Libertad de la Cultura desde París y del cual él era uno de los directores.
Formamos el Comité, con sede (clandestina, evidentemente) en Madrid y secretariado en Barcelona, que llevaba yo mismo. Presidió el primer Comité Pedro Laín Entralgo y lo formaban Fernando Chueca, que sería el segundo presidente, Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren, José Luis Sampedro, José Luis Cano, Antonio Buero Vallejo, Julián Marías, José Antonio Maravall, Joaquín Ruiz Jiménez, Dionisio Ridruejo y Carlos María Bru, entre los asistentes asiduos a las reuniones. Otros nombres se adhirieron con posterioridad o estuvieron desde el principio aunque con presencia menos activa: recuerdo los de Julio Caro Baroja, Domingo García Sabell, Paulino Garagorri, Raúl Morodo, Ramón Piñeiro, Carlos Santamaría, Miguel Delibes y algún otro nombre que, posiblemente, se me escapa ahora, además de Pablo Martí Zaro, quien acabó ocupando la secretaría después de los acontecimientos que explicaré a continuación. Posteriormente, cooptamos para el Comité, en Cataluña, a Marií  Manent, Josep M. Vilaseca i Marcet, Llorenç Gomis y Josep Benet, aparte de la colaboración de otros muchos amigos.
En el año 1962, aconteció el hecho político conocido por todos con el nombre de «Contubernio de Munich», gracias a la inefable denominación de las autoridades y de la prensa franquista. Quienes asistieron a él sufrieron a la vuelta innumerables molestias, entre ellas el destierro o las multas, aparte de los pesados interrogatorios. Otros, no volvieron ya, previendo males mayores; entre ellos, claro está, Dionisio Ridruejo, quien encontró acogida y ayuda incondicional en París por parte del Congreso por la Libertad de la Cultura y, muy particularmente, de Pierre Emmanuel. De las largas conversaciones que sostuvieron en Francia quedó, para el objeto que hoy nos ocupa, el convencimiento de los dirigentes del Congreso de que una de las actividades de mayor urgencia –aunque atípica dentro de las finalidades fundacionales del mismo– era la dinamización del diálogo entre las culturas hispánicas, empezando por lo que llamábamos entonces «Diálogos Cataluña/Castilla», preocupación fundamental de Ridruejo, buen conocedor, desde su confinamiento en tierras catalanas, de los hombres, historia y cultura de nuestro país. Por otra parte, desde París, Ridruejo cuidó de fortalecer la posición del Comité español y de obtener mayor ayuda económica para estas actividades. De ahí que, entre otras muchas causas, se me ocurriera empezar estas líneas con el párrafo de Carlos Fuentes.
El exilio de Dionisio Ridruejo duró dos años, del 62 al 64. Entretanto, había regresado a España su colaborador Pablo Martí Zaro –otro de los participantes en el «contubernio» de Munich– con el encargo de organizar, clandestinamente todavía, pero con una mínima burocracia operativa, las actividades del Comité, que desde entonces se multiplicaron. Para lo que nos concierne, el primero de los llamados «Diálogos Cataluña/Castilla» tuvo lugar en la residencia que Félix Millet i Maristany tenía en la Ametlla del Vallès, en 1964. Aparte de muchos miembros del Comité, asistieron otras personas que iniciaron así, «institucionalmente» por llamarlo de alguna manera, un diálogo que prosiguió durante toda la década y, más allá, hasta la muerte del general Franco. El año siguiente (1965), se repitió el encuentro en el cigarral de Fernando Chueca, en Toledo. A los invitados al primer encuentro –entre los que estaban Jordi Carbonell, Víctor Hurtado, José María Valverde y otros muchos que no recuerdo con exactitud ahora– había que sumar los de Antoni M. Badia i Margarit, Miguel Batllori, Ernest Lluch, Maurici Serrahima, Joan Reventós, Rafael Tasis, Fernando Baeza, Luis Díez del Corral, Rafael Lapesa, Vicent Ventura, &c.
De las conclusiones de estos diálogos –cuyo primer resultado fue el conocimiento personal y, en algunos casos, amistades que durarían a lo largo de los años– había una que se imponía: tenían que ampliarse los «Diálogos Cataluña/Castilla» a los problemas de un Estado plural, en la que tenían que tener voz el País Vasco, Galicia, el País Valenciano, &c. y, en definitiva, todas aquellas voces que frente al centralismo falsamente unitarista del franquismo propugnaban un Estado descentralizado reconocedor de la diversa personalidad de sus pueblos y de sus afanes de organizarse y autogobernarse administrativa, política y culturalmente.» (José María Castellet, «El diálogo durante los años sesenta o la institucionalización en la clandestinidad», en Relaciones de las Culturas castellana y catalana: Encuentro de Intelectuales: Sitges, 20-22 diciembre 1981, Servei Central de Publicacions de la Presidència, Generalitat de Catalunya, Barcelona 1983, pág. 120-ss.; en La cultura y las culturas, Editorial Argos Vergara, Barcelona 1985, pág. 112-115.)

Fuentes: filosofia.org y otras


3 respuestas a «La CIA contra España y el Régimen: el Congreso por la Libertad de la Cultura»

  1. Los manejos de la CIA nunca dejarán de sorprendernos, siendo un peligro real para todos, incluídos los mismos estadounidenses (por mucho que, legalmente, Estados Unidos no sea su ámbito de actividad cotidiano).

    Ese estado dentro del Estado (y del cual sus directores generales conocidos, son equivalentes a poco más que simples portavoces-intermediarios de -o con- esa organización) es, seguramente, el principal brazo ejecutor visible de lo que el presidente Eisenhower definió como complejo militar-industrial. El presidente Kennedy, por ejemplo, tuvo muy serios problemas con la CIA hasta el último día de su vida…

    En algún comentario precedente, he manifestado mis dudas sobre que la administración Nixon tuviese alguna relación directa con el magnicidio de don Luis Carrero Blanco; pero esa apreciación mía, no excluye la posibilidad de implicación de la CIA en el mismo, actuando de manera independiente.

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