La ciencia de los santos

Muy pocos son los que acuden a la santísima Virgen en busca de auxilio ante las tentaciones y argucias del demonio. Quien invoca a la Madre de Dios es defendido de los ataques del dragón infernal, que anda a nuestro alrededor para “robar” nuestra alma. Cuánta culpa tienen los que se condenan después de la Encarnación del Verbo, teniendo tan grande Madre; mucha más culpa que los que se condenaron antes de la venida del Salvador del mundo.

Los que ahora entienden estos misterios de nuestra salvación y los desprecian para su perdición, serán reos de mayores culpas. En qué cabeza cabe que por un momentáneo gusto de los sentidos, por un pecado contraído en un momento, se ocupe un hombre de fe, olvidando la inmortalidad del alma, que sufrirá las decisiones tomadas en esta vida mortal. Las consecuencias del pecado serán sufridas por el alma eternamente, sin fin.

Poderoso es el demonio, porque cuando se da la batalla el que sale victorioso cobra las fuerzas que perdió el vencido. Muchas son las batallas ganadas por el enemigo del alma, y mucha es la fuerza que ha recobrado de parte de sus víctimas.

Cuando en la lucha contra los demonios las almas vencen, entonces quedan fuertes y el demonio debilitado, como sucedió cuando el Redentor y la santísima Virgen vencieron al príncipe de los demonios.

Si la serpiente se reconoce victoriosa contra los hombres levanta la cabeza de su soberbia cobrando más fuerza y poder, como el que tiene hoy en día en el mundo, por todos los soberbios que se le someten.

El infierno ha dilatado su boca, y cuanto más engulle y traga es más insaciable su hambre, anhelando sepultar en sus cavernas infernales todo el resto de los hombres.

Es necesario temer este peligro para no abrir la puerta de nuestro corazón a tal cruentísima bestia. Es necesario reprimir y extinguir todas las pasiones e inclinación de nuestra débil naturaleza, para que los espíritus malignos no puedan rastrear en nosotros algún movimiento desordenado de soberbia o de codicia, de vanidad o de ira, ni otra pasión alguna. Esta es la ciencia de los santos, sin la que nadie vive seguro en nuestra carne mortal, y por cuya causa perecen innumerables almas.

Sé vigilante centinela de ti mismo, y así vivirás en paz y caridad verdadera, y no fingida; sentirás la quietud y tranquilidad del Espíritu Santo, y protegido con el ejercicio de todas las virtudes serás un castillo inexpugnable contra el enemigo.

Ave María Purísima.


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