La crisis del hombre actual

Las muchas crisis que conmueven el mundo de hoy -del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.- no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los más profundos problemas de alma, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades.

Esa crisis es principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de sus descendientes, el americano y el australiano. Ella también afecta a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occidental.

Por más profundos que sean los factores de diversificación de esa crisis en los diferentes países de hoy, ella conserva, siempre, cinco caracteres capitales: es universal, una, total, dominante y progresiva.

Se tiene la sensación de que viviendo sólo para sí mismo se está cosiendo con una aguja sin hilo

En esta “era”, en la que el hombre ha alcanzado su máxima libertad e independencia, es en ella que ha conseguido tener una mayor inseguridad interior, viviendo en medio de angustias e incertidumbres, y llenando los divanes de psicólogos y psiquiatras.

Una encuesta actual muestra que a comienzos del siglo XX alrededor de 3% de los americanos tenía problemas psicológicos, mientras que ahora llegamos al 30%.

La pérdida de valores morales, que no han sido sustituidos por los discursos superficiales sobre ética y libertad, es una característica más acentuada en este comienzo del siglo XXI. El laicismo, más que cualquier ideología, ha destruido lo que el ser humano tiene de más profundo.

La humanidad recuerda al célebre personaje de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que decía: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Y ese “todo” genera el “vacío de la plenitud” y la sensación de que, como he dicho anteriormente, viviendo sólo para sí mismo se está cosiendo con una aguja sin hilo.

Sin Dios y sin Fe no conseguimos explicar las cuestiones más elementales, como son el por qué vivimos, de dónde vinimos, hacia dónde vamos, cuál es el significado de nuestra existencia, por qué existe el universo, quien lo creó y otras preguntas que jamás fueron respondidas por los adoradores de la Razón, la diosa entronizada por Robespierre, y que sólo ha producido ruina y muerte, porque era una diosa creada por el hombre.

La humanidad enfrenta una crisis moral de deshumanización que representa amenazas más graves que la nuclear, la ambiental y la pandemia y a la sociedad parece no importarle.


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