La defensa de Camerone

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Múltiples y magníficas, algunas casi increíbles, son las numantinas defensa que las tropas españolas de todos los siglos han protagonizado a lo largo de la Historia; no pocas de ellas de las nacionales durante nuestra contienda 1936-39. Sin embargo, muchas o ni se recuerdan o, peor aún, se ocultan como si dieran vergüenza. A veces por eso que hoy se denomina «lo políticamente correcto», que siempre es incorrecto. Otras, la mayoría, porque nuestros propios militares no tienen lo que hay que tener, o sea, el valor para dar la cara… en los despachos; muchas veces más difícil que en el combate. Traemos un ejemplo de cómo Francia trata sus pocas, muy pocas, defensas numantinas a ver si aprendemos.

Este relato se lee obligatoriamente cada año, el 30 de abril, ante las tropas de la Legión Extranjera francesa formadas.

RELATO OFICIAL DE CAMERONE

«El Ejército Francés sitiaba Puebla.

La Legíón tenía por misión asegurar, en 120 km., la circulación y la seguridad de los convoyes.

Col. Jeanningros

El coronel Jeanningros, quien mandaba, se entera, el 29 de abril de 1863, de que un gran convoy, llevando 3 millones en efectivo, material de sitio y municiones, estaba en camino hacia Puebla. El capitán Danjou, su adjunto mayor, le convence para enviar una compañía por delante del convoy. Fue designada la 3.ª compañía del Regimiento extranjero, pero no tenía oficiales disponibles. El propio Danjou toma el mando y los sub­tenientes Maudet, portabandera, y Vilain, pagador, se unen a él volunta­riamente.

El 30 de abril, a la una de la madrugada, la 3.ª compañía, con una fuerza de tres oficiales y sesenta y dos hombres se pone en camino. Había recorrido alrededor de 20 kilómetros cuando, a las siete de la mañana, se paró en Palo Verde para tomar café. En ese momento, el enemigo se despliega y se inicia el combate inmediatamente. El capitán Danjou hace cerrar el cuadrado y, batiéndose en retirada, rechaza victoriosamente varias cargas de caballería, infligiendo al enemigo unas primeras pérdidas graves.

Al llegar a la altura de la posada de Camerone, amplio edificio que contenía un patio rodeado de un muro de tres metros de alto, decide atrincherarse allí para inmovilizar al enemigo y retrasar de esta forma durante el mayor tiempo posible el momento en que éste pudiese atacar el convoy.

Ca. Danjou

Mientras sus hombres organizan con celeridad la defensa de esta po­sada, un oficial mejicano, haciendo valer la enorme superioridad numérica, intima al capitán Danjou para que se rinda. Éste hace contestar: «Tenemos cartuchos y no nos rendiremos.» Luego, levantando la mano, jura defen­derse hasta 1a muerte y hace prestar a sus hombres el mismo juramento. Eran las diez. Hasta las seis de la tarde, esos sesenta hombres, que no habían comido ni bebido desde la víspera, a pesar del sofocante calor, el hambre, la sed, resisten a dos mil mejicanos: ochocientos jinetes, mil dos­cientos infantes.

A mediodía, el capitán Danjou es matado por una bala en medio del pecho. A las dos, el subteníente Vilain cae, tocado por una bala en la frente. En ese momento, el coronel mejicano consigue prender fuego a la posada.

A pesar del calor y el humo que vienen a aumentar sus sufrimientos, los legionarios siguen aguantando, pero muchos son tocados. A las cinco, alrededor del subteniente Maudet sólo quedan doce hombres en estado de combatir.

En ese momento, el coronel mejicano reúne a sus hombres y les dice que se van a cubrir de vergüenza si no consiguen abatir a ese puñado de valientes (un legionario que comprende el español va traduciendo mientras habla). Los mejicanos se disponen a dar el asalto general por las brechas que han conseguida abrir, pero anteriormente, el coronel Milan dirige de nuevo un requerimiento al subteniente; éste lo rechaza con desprecio.

Subteniente Maudet

Ya ha sido dado el asalto final. Pronto ya no quedan alrededor de Maudet más que cinco hombres: el cabo Maine, los legionarios Catteau, Wenzel, Constantin, Leonhart. Cada uno de ellos conserva todavía un car­tucho; tienen la bayoneta a punto y, refugiados en una esquina del patio, plantan cara; a una señal descargan sus fusiles a boca de jarro sobre el enemigo y se precipitan sobre él a la bayoneta. El subteniente Maudet y dos legionarios caen mortalmente heridos. Maine y sus dos camaradas están a punto de ser masacrados cuando un oficial mejicano se precipita hacia ellos y los salva; les grita: «¡Ríndanse!» «No nos rendiremos si no nos prometen coger y cuidar a nuestros heridos y si no nos dejan las armas.» Sus bayonetas siguen siendo amenazadoras. «¡No se niega nada a unos hombres como ustedes!», contesta el oficial.

Los sesenta hombres del capitán Danjou han mantenido su juramento hasta el final; durante once horas han resistida a dos mil enemigos, han matado a trescientos y herido a otros tantos. Con su sacrificio, salvando el convoy, han cumplido la misión que les había sido confiada.

El emperador Napoleón III decidió que fuese inscrito el nombre de Camerone sobre la bandera del Regimiento extranjero y que, además, los nombres de Danjou, Vilain y Maudet, fuesen grabados con letras de oro sobre los muros de los Inválidos de París.

Aparte de eso, fue elevado en 1892 un monumento en el lugar del combate.

Desde entonces, cuando las tropas mejicanas pasan por delante del monumento, presentan armas.»

Gentileza de J. A. de la O. (Del libro de Erwan Bergot, La Legión, edición española: ATE, Barcelona, 1976)
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One thought on “La defensa de Camerone”

  1. Los mexicanos eran nuestros hermanos, y los franceses unos invasores hijos de su madre. No, no me embarga la emoción al leer este relato… lo triste es que murieran tantos pobres mexicanitos sin el conocimiento técnico y militar del ejército invasor y ladrón francés. No olvido tampoco que la falsa palabra «Latinoamérica» la inventó Napoleón III para poderse robar méxico y legitimarlo con esa palabreja que hoy en día se usa en todo el continente en lugar de HISPANOAMERICA, que es la palabra verdadera que designa con autenticidad a la América española. Legionarios franceses, vuestra «gesta» nos desagrada y nos da asco, largáos para siempre de Hispanoamérica.

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