La devoción a San José en los dos últimos siglos (1/2)

Una anécdota josefina a comienzos del XIX: Napoleón y Pío VII

¿Cómo se desarrolla el culto y la devoción a san José en estos doscientos años? La Revolución francesa marca el comienzo de una nueva etapa —Edad Contemporánea, la llaman los historiadores– en la vida de la Iglesia hasta nuestros días, desde Pío VII a Juan Pablo II.

Durante un cuarto de siglo comprendido entre los años 1789 y 1815, Francia estuvo en el primer plano de la vida del mundo. Este periodo, que corre desde la reunión de los Estados Generales hasta la caída del Imperio napoleónico, fue también trascendental para los destinos del Cristianismo y la Iglesia. La era revolucionaria, abierta en 1789, conmovió los fundamentos políticos y religiosos de Europa. La Revolución francesa, en sus momentos álgidos, trató de eliminar toda huella cristiana de la vida social(1).

Un ejemplo de los favores con que el Santo Patriarca ha correspondido a los Sumos Pontífices, y en general a los que han trabajado por su causa, lo podemos ver en un acontecimiento en los albores del siglo XIX, que causó estremecimiento al orbe católico, en tiempos de Pío VII (1800-1823)(2). Veamos brevemente qué ocurrió.

Desde 1970, el proceso revolucionario se radicalizó, adoptando una aptitud cada vez más agresiva hacia la Iglesia. El 13 de febrero se decidió la supresión de los votos monásticos, y el 12 de julio la Asamblea aprobó la «Constitución civil del clero», que subvertía de raíz la organización eclesiástica. Surgía una iglesia galicana, al margen de la autoridad pontificia, de estructura epicospalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma(3). Abolida la Monarquía, se proclamó la República y Luis XVI fue ajusticiado el 2 de enero de 1793.

Los años 1793-1794 representaron la fase más trágica del periodo revolucionario. Bajo el Terror, la persecución anticatólica alcanza su punto álgido. Muchos miles de víctimas murieron en el patíbulo y se intentó borrar de la vida francesa toda huella cristiana. Hasta el calendario fue sustituido por un «calendario republicano». La entronización de la «Diosa Razón» en la catedral de Nôtre-Dame (10-XI-1973) y la institución por Robespierre del culto al «Ser Supremo» fueron otros tantos episodios de la obra descristianizadora, que tuvo una de sus expresiones en el furor iconoclasta, que dejó una huella –bien visible todavía hoy– en tantas viejas iglesias y catedrales de Francia(4). El 29 de agosto de 1799, en la ciudadela de Valence-sur-Rhône, falleció Pío VI a los 81 años de edad. Algunos revolucionarios proclamaron a lo cuatro vientos que había muerto el último Papa de la Iglesia. El 9 de noviembre de aquel mismo año, el golpe de Estado del 18 Brumario elevó a Napoleón Bonaparte a la magistratura del primer cónsul. Cuatro meses después –el 14 de marzo de 1800– el Cónclave reunido en Venecia elegía al Cardenal Chiaramonti como Papa Pío VII.

Dos grandes personalidades irrumpían así en el escenario de la historia, de la que fueron principales forjadores durante los tres primeros lustros del siglo XIX. Napoleón, pragmático y realista, era consciente del arraigo de la fe cristiana en el pueblo francés, que no había logrado destruir la tormenta revolucionaria. Pío VII, por su parte, deseaba ardientemente la normalización de la vida de la Iglesia en Francia. Un nuevo Concordato(5) sería el instrumento adecuado para regular las relaciones entre el Pontificado y la República francesa, que pronto se transformaría en Imperio. El Concordato se firmó el 17 de julio de 1801 y una de sus consecuencias fue la creación de un nuevo episcopado, tras la renuncia de los obispos «constitucionales» y también de los «legitimistas», que habían emigrado al extranjero(6).

Llegó pronto la hora en que Napoleón intentó hacer de la Iglesia y del propio Pontificado instrumentos al servicio de sus intereses políticos, y entonces tropezó con la serena, pero resuelta, resistencia de Pío VII. El conflicto con el Papa surgió cuando el Emperador quiso que el Papa se uniera al bloqueo continental contra Inglaterra, decretado en noviembre de 1806. Ante la negativa del Pontífice, Napoleón reaccionó con violencia: los Estados Pontificios fueron anexionados y se declaró a Roma segunda capital del Imperio. Pío VII, reducido a prisión, fue deportado a Savona (6-VII-1809) y, ante su negativa a sancionar los decretos de un pseudoconcilio reunido en París (1811), Napoleón ordenó su traslado a Francia, donde se le asignó como residencia el Palacio de Fontainebleau.

El Pontífice, al verse impedido de regir con libertad el timón de la nave de la Iglesia(7), que Dios le había encomendado, acudió al Santo Patriarca pidiendo ayuda y protección, que a la Iglesia naciente había sacado incólume del furor de otro tirano. Pronto recibió el socorro que imploraba. La tremenda derrota del ejército napoleónico en Leipzig fue funesta para el Emperador, y desde entonces los desfavorables sucesos se precipitaron de manera inesperada. Viendo Napoleón que sus glorias empezaban a desvanecerse, y conociendo en sus derrotas la mano de Dios, vengador de tantos ultrajes, decretó fuesen devueltos al Papa los Estados Pontificios.

No faltaron en aquel suceso señales de la protección del Santo Patriarca. El decreto de la devolución está firmado el 10 de Marzo, cuando en Roma y en el orbe católico se empezaba la novena a san José. Este decreto llegó al castillo de Fontainebleau, y se puso en manos del Pontífice, el 19 del mismo mes, fiesta del glorioso Protector de la Iglesia. En 1814, Pío VII recuperó la libertad y el 7 de junio de 1815 retornaba definitivamente a Roma, mientras su adversario, vencido y desterrado por los ingleses en Waterloo, desembarcaba prisionero en la isla de Elba, después de haber firmado la abdicación definitiva, por la que renunciaba al poder, para sí y para sus herederos.

El Liberalismo en la vida de la Iglesia del siglo XIX

La Restauración se frustró y el siglo XIX fue el siglo del Liberalismo, ideología de la Revolución burguesa. Tenía una doctrina política y económica; pero se fundaba además en una ideología, que enlazaba con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. Los hombres no sólo serían libres e iguales, sino también autónomos; es decir, desvinculados de la ley divina, que no era reconocida socialmente como norma suprema. Se enfrenta así el poder que procede de Dios al poder que deriva del pueblo. La doctrina liberal no distingue entre la religión verdadera y las demás religiones; la religión es para la doctrina liberal un asunto que incumbe sólo a la intimidad de las conciencias, y también la Iglesia, separada del Estado, quedaría al margen de la vida pública y sujeta al derecho común, como cualquier otra asociación. Todo este planteamiento conducía a la secularización social, al naturalismo religioso, y en última instancia al ateísmo o a la indiferencia de los ciudadanos ante la religión.

El Papa León XII (1823-1829), sucede a Pío VII y después viene el breve pontificado de Pío VIII (1829-1830). Precisamente hacia el año 1830 tomó cuerpo un grupo de «católicos liberales», formado en Francia en torno a la revista «L’Avenir», bajo la dirección de F. Lamennais. Frente a la postura tradicionalista –que postulaba el respeto a los derechos de Dios y de la Iglesia en la vida social– ampliamente mayoritaria en el pueblo cristiano, estos católicos defendían una conciliación –no tanto teórica como práctica– de la Iglesia con el Liberalismo. «Dios y libertad» fue su lema, en la línea de la defensa de la libertad para todos y en todas sus formas. Les parecía que esta actitud era la mejor en la sociedad moderna para asegurar el respeto a la autoridad de Dios y a los derechos de la Iglesia. Inicialmente fueron fieles al papado, pero la respuesta de Roma fue contraria a sus aspiraciones. La encíclica Mirari vos (15-VIII-1832) de Gregorio XVI (1831-1846) –el papa que sucede a Pío VIII– condenó el programa del grupo de «L’Avenir» y su dirigente Lamennais abandonó el sacerdocio y la Iglesia(8).

Cristianismo católico y Liberalismo se encontraron también en otro terreno. La explosión de sentimientos nacionales, favorecida por la política liberal, promovió en distintos países de Europa la emancipación de poblaciones católicas, sometidas al dominio de príncipes de otras confesiones religiosas(9). Además, actitudes intelectuales de signo antirreligioso, atacan la concepción que la Iglesia tiene del hombre y del mundo. El positivismo de A. Comte que conducirá al cientifismo –verdadera religión sin transcendencia– y el idealismo del gran filósofo alemán Hegel, estarán en la base del materialismo de Feuerbach, tan próximo ya al Marxismo(10).

La época de Pío IX: san José, Patrono de la Iglesia universal

El Pontífice que sucede a Gregorio XVI es Pío IX (1846-1878) quien declarará oficialmente a san José, como luego veremos, Patrono y Protector de la Iglesia universal. Escribe en el Breve Inclytum Patriarcham, de 7 de julio de 1871: «Los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, para acrecentar y hacer que fuesen cada día más ardientes la devoción y veneración de los fieles en favor del Santo Patriarca; y para exhortarlos a implorar su intercesión cerca de Dios, con una confianza sin límites, no dejaron pasar ocasión alguna favorable de dar nueva y mayor publicidad a este culto».

Traza después el cuadro histórico de lo que han hecho sus antecesores en orden a favorecer la devoción a san José, y concluye: «Y Nos mismo, desde que, por juicio impenetrable de Dios, fuimos elevados a la Suprema Sede de Pedro, movidos, ya por los ejemplos de nuestros ilustres predecesores, ya por la devoción particular al Santo Patriarca, que desde nuestra niñez nos ha animado, con placer de nuestra alma, por decreto de 10 de Setiembre de 1847, hemos extendido a la Iglesia universal, con rito doble de segunda clase, la fiesta del Patrocinio, que ya se celebraba en muchas partes, por indulto particular de la Santa Sede»

Su largo pontificado cubre toda una época. Fue una persona de talante liberal, cordial, generosa, magnánima; un Papa singularmente amado y venerado por los católicos; sus propios infortunios reforzaron esa cordial adhesión. La pérdida del Poder temporal marcó un periodo de la historia cristiana de indudable renovación espiritual en lo tocante a la vida interna de la Iglesia. Recordemos la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción del 8 de marzo de 1854 –seguida a los cuatro años por las «apariciones de Lourdes»– y el Concilio Vaticano I (1869-1870), como dos grandes frutos que nos dan la medida de su valioso Pontificado: el más largo de la historia del papado, nada menos que 32 años: el más largo de la historia de los Papas.

El Liberalismo apareció ante sus ojos como un movimiento al que tenía que oponerse, porque perseguía un ideal no cristiano, y en Italia trataba de arrebatar a la Santa Sede los Estados Pontificios(11). Veinte años –desde 1850 a 1870– duró la defensa del Poder temporal de los Papas. Y en 1870 con el estallido de la guerra franco-prusiana provocó la retirada de Roma de la guarnición francesa y, tras ella, la toma de la ciudad por los soldados de Victor Manuel II, que hicieron de la Urbe católica la capital de la nueva Italia. Entretanto, el Papa se recluía como voluntario prisionero en el Vaticano, rechazando la «Ley de Garantías» que se le ofreció, y se abría una «cuestión romana», que tardó aún sesenta años en resolverse(12).

La postura de la Iglesia frente a los principios «liberalistas» fue fijada por Pío IX en la encíclica Quanta cura, del 8 de diciembre de 1864. Esta encíclica llevaba como anexo el Syllabus, relación de 80 proposiciones en las que se resumían los errores modernos(13); anatematizaba la absoluta autonomía de la razón, el naturalismo religioso, el indiferentismo, el materialismo, los ataques contra el matrimonio y la defensa del divorcio, etc(14).

El Concilio Vaticano I se abrió el 8 de diciembre de 1869. Iba a examinar los graves problemas que planteaban a la Iglesia las inquietudes doctrinales, políticas y sociales que agitaban el mundo. La cuestión de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, depositaria de la verdad, estaba en el centro de las preocupaciones. La atención de los Padres conciliares se centró, en primer lugar, sobre la cuestión de la infalibilidad, que suscitó vivas discusiones y controversias en los periódicos e hizo que pasasen a segundo plano los otros temas de discusión. Pese a su brevedad, impuesta por las circunstancias políticas del momento –tuvo que interrumpir sus sesiones a causa de la guerra franco-alemana, en julio de 1870, y de la toma de Roma dos meses más tarde.–, aprobó dos resoluciones de gran importancia: el dogma de la infalibilidad pontificia —Pastor aeternus— y la constitución Dei Filius, donde se abordó el gran tema religioso del siglo XIX: el problema de las relaciones entre la fe y la razón.

Un año antes del Concilio Vaticano I, el Papa Pío IX confesaba que ya había recibido personalmente más de quinientas cartas de los Obispos del mundo entero, y de los fieles de todos los países(15) pidiendo que se reconociese oficialmente a san José como Patrono de la Iglesia. También durante el periodo conciliar se pedía lo mismo. Entre los que firmaban el Postulatum, se señalan treinta y ocho cardenales y doscientos dieciocho patriarcas, primados, arzobispos y obispos de todas las partes del mundo. La última de estas firmas de Cardenales es la de Joaquín Pecci, el futuro León XIII(16). La forzosa dispersión de los padres del Concilio no permitió que tomasen una decisión acerca de ello, pero el Papa Pío IX no quiso dejar esta petición en suspenso. Así es que el 8 de diciembre de 1870, aniversario de la apertura del Concilio, publicó el decreto «Quemadmodum Deus», en el que proclama a san José Patrono de la Iglesia Universal. Recordemos también que el mismo día en que el Papa hace esta proclamación, los fieles de Roma que habían asistido a los Oficios, fueron insultados y maltratados a la salida de la iglesia. Por la noche bajo las ventanas del Vaticano, hubo unos indeseables que gritaron ¡muera el Papa! No pocas personas creyeron, e incluso anunciaron, que con la caída de los Estados Pontificios se había acabado la Iglesia.

Para subrayar la importancia de este acontecimiento, Pío IX quiso que la proclamación se hiciera simultáneamente en las tres grandes Basílicas patriarcales: San Pedro, Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. Escogió expresamente la fiesta de la Inmaculada Concepción y quiso que el anuncio se hiciera en el transcurso de la celebración de la Santa Misa. Subrayaba así los lazos que existen, por voluntad de Dios, entre san José y la Virgen María, entre la Iglesia del cielo y la de la tierra, entre la Eucaristía y la santificación de los miembros de Cristo.

En su Decreto, el Papa enumera los motivos que lo han llevado a tomar esta decisión. En primer lugar, la misma elección de Dios, que hizo de José su hombre de confianza, entre cuyas manos puso lo que Él tenía de más precioso; después, porque es un hecho que la Iglesia siempre ha honrado a san José con la Virgen María y que, en circunstancias inquietantes, siempre la Iglesia ha recurrido con éxito a su protección. Una vez más –como había sucedido en tiempos del Cisma de Occidente y más recientemente con Pío VII– ante los innumerables males que agobian actualmente a la Iglesia, el Papa se pone personalmente, y pone a todos los fieles con él, bajo la protección de san José(17).

En un Breve fechado el 7 de julio de 1871, Inclytum Patriarcham, da a conocer al mundo entero su decisión; recuerda lo que sus predecesores, y él mismo, han hecho para promover la devoción de los fieles a san José; hace ver que las persecuciones sufridas por la Iglesia en los últimos tiempos provocaron un acrecentamiento de confianza en la protección de san José. El comienzo de este Breve Inclytum Patriarcham es de gran importancia:

«El ilustre Patriarca, el bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro Santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, y el padre putativo de Su Hijo único. Con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, Dios lo colmó de favores absolutamente singulares, y los multiplicó abundantemente. Por eso, es justo que la Iglesia Católica, ahora que José está coronado de gloria y de honor en el cielo, lo rodee de magníficas manifestaciones de culto, y que lo venere con una íntima y afectuosa devoción».

El Papa pide «que el pueblo cristiano se acostumbre a implorar, con gran piedad y profunda confianza, a san José al mismo tiempo que a la Virgen María». Esta práctica es de las más agradables a Nuestra Señora, que disfruta con ello. La devoción a san José está ya ampliamente extendida, pero el Papa cree que es deber suyo estimular a los cristianos para que esta devoción «se enraíce profundamente en los usos de la tradición católica, pues esto es de una  extrema importancia». Al declarar a san José Patrono de la Iglesia universal, Pío IX no hizo más que expresar el sentimiento del pueblo cristiano y, al mismo tiempo, continuar la enseñanza de sus predecesores. Sus sucesores hicieron otro tanto.

La devoción a san José en el siglo XIX

El pontificado de Pío IX, más allá de los acontecimientos ya descritos, fue una época de claro florecimiento de la vida interna de la Iglesia. Por una parte, el aumento de las vocaciones sacerdotales y la renovada observancia disciplinar, manifestada visiblemente en la vuelta al uso del hábito eclesiástico(18); y, por otra, el crecimiento y propagación considerable de las antiguas Ordenes religiosas(19); e incluso el nacimiento de nuevas Congregaciones religiosas, algunas de ellas tan importantes como los salesianos de Dom Bosco. También entre los simples fieles surgieron igualmente nuevas iniciativas apostólicas y benéficas(20).

Pues bien, fue en este contexto del siglo XIX espiritualmente muy fecundo, cuando se extiende la devoción y culto a san José, tanto en personas, como en instituciones por toda la Iglesia. Al mismo tiempo, se va dibujando un movimiento, como hemos visto, de peticiones para obtener que el Papa reconozca oficialmente el patronazgo de san José, no sólo sobre las Iglesias particulares, las comunidades locales, o incluso regiones enteras, sino sobre la Iglesia universal y sobre el mundo entero. Nadie más adecuado para cumplir con esta misión unificadora que san José.

Así, por ejemplo, san Leonardo Murialdo (1828-1900), natural de Turín, sacerdote en 1851. Consagrado al apostolado entre las clases trabajadoras, se encarga de la dirección del colegio de huérfanas obreras en 1856. Funda la Congregación de san José, conocida como «los Josefinos de Murialdo» en 1863. Beatificado y canonizado por el Papa Pablo VI. «Resplandece entre los Santos con la luz más viva aquel gran santo que conmemoramos hoy, el gloriosísimo Esposo de la divina Madre, san José. La gloria a la que en el curso de la vida mortal fue levantado por Dios es tan sublime, y los ejemplos que dejó de la más perfecta virtud y santidad son tan luminosos, que el que tiene que elogiarlos no acierta a pensar qué consideración pueda ser la más provechosa para sus oyentes, aquella que te arrebata en un santo entusiasmo de admiración, o la que te invita y empuja a la imitación de sus virtudes, o la que te infunde en el alma una santa confianza de que un santo tan glorificado por Dios en la tierra, será también de Dios plenamente oído en el cielo»(21).

En la misma hora en la que los embates antirreligiosos azotaban los muros de la Iglesia, un impulso espiritual notable suscitó en el seno del Anglicanismo una noble aventura religiosa –el «Movimiento de Oxford»–, que condujo a los mejores espíritus, ansiosos de autenticidad cristiana, a sus genuinos orígenes, es decir, a las puertas de la Iglesia. Algunos de estos hombres no avanzaron más; pero otros dieron el paso decisivo y franquearon el umbral del Catolicismo: H. Newman fue recibido en la Iglesia en 1845, y tanto él como su compatriota Manning llegaron a ser Cardenales. Uno de estos conversos fue Federico Guillermo Faber (1814-1843), literato y teólogo, convertido del anglicanismo a la Iglesia Católica, bajo la influencia del que fue después Cardenal Newman, fundó una comunidad religiosa integrada en el Oratorio de san Felipe Neri, y fue Superior en Londres desde 1849 hasta su muerte. Su obra Belén o el misterio de la Santa Infancia (Londres 1860). «El niño de Belén reposa en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos: allí es la causa de toda la creación, a la par que el modelo. No podemos separar su infancia terrestre de sus principios celestiales, porque sin ellos sería ininteligible». Contiene unos párrafos sugestivos y profundos que presentan a José como doctor de la Santa Infancia, adorador de Jesús niño e implantado en la vida trinitaria.

No podemos dejar de citar al jesuita Enrique Ramière (1821-1884), segundo fundador del Apostolado de la Oración y apóstol ferviente del Corazón de Jesús, que fundó y dirigió durante muchos años Le Messager du Coeur de Jésus. En esta revista se aprecian, entre otros rasgos el ambiente de amor a la Iglesia y ferviente devoción a san José, que precedió al acto de Pío IX por el que lo proclamó Patrono de la Iglesia. Su célebre libro El Apostolado de la Oración muestra en la figura y tarea de san José, cuál es la esencia del apostolado más eficaz. «San José es el «Jefe» de la Sagrada Familia: el Papa es el «Jefe» de la Iglesia. Pues Jesús y María están «subordinados» a José; la Iglesia aparece ya toda entera: la Iglesia es un gran cuerpo del que Jesús es la cabeza y los fieles los miembros; y todos los miembros del cuerpo místico de Jesús deben nacer y nacen espiritualmente de María: «Mater capitis, mater membrorum». Un mismo título, «Jefe de la Iglesia», es pues apropiado a san José y al Papa, aunque en sentidos diferentes. San José fue, en el verdadero sentido, jefe de Jesús; el Papa no lo es en absoluto: el Papa no es más que el Jefe visible de los miembros místicos de Jesucristo. San José no estaba investido de ninguna autoridad espiritual respecto a Jesús y María. No es como formando el cuerpo de la Iglesia que Jesús y María estaban subordinados a José, sino más bien como miembro de su familia de Nazaret. El Papa ejerce, por el contrario, una autoridad espiritual respecto a los miembros del cuerpo místico de Cristo. La Virgen misma ha reverenciado en la persona del primer Papa, san Pedro, esta autoridad de Jefe espiritual que Ella no pudo reverenciar en san José»(22).

La gran mensajera de la infancia espiritual y del amor misericordioso, santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897), con su experiencia interior de riquísimo contenido contemplativo, profesa una tierna devoción a san José a través de la sencilla poesía expresiva de la tradición carmelitana heredada de Santa Teresa de Jesús. «Pedí también a san José que fuera mi custodio. Mi devoción hacia él, desde la infancia, era una misma cosa con mi amor a la Santísima Virgen. Todos los días rezaba la oración: «¡Oh san José, Padre y Protector de las Vírgenes…». Parecíame ir muy protegida y a cubierto de todo peligro»(23).

El siglo XIX se caracteriza en Cataluña por una excepcional fecundidad apostólica y espiritual, que se manifiesta en numerosas fundaciones de institutos y congregaciones religiosas. Es la época de la que se ha dicho que nunca en Cataluña había habido tantos santos como entonces(24). En respuesta a un escrito del cisterciense Félix Genover, en que se discutía la primacía de José en santidad, los Padres Carmelitas Descalzos del convento barcelonés de san José vindican ya en 1743 la eminencia de su oficio y de su santidad. Un opúsculo polémico, Joseph vindicado, escrito en pocas semanas, constituye un excelente resumen y balance de la tarea doctrinal que caracteriza el siglo anterior a su publicación, a la vez que un testimonio de la expansión y arraigo popular de la corriente espiritual surgida de santa Teresa de Jesús.

La devoción a san José es característica de muchos de los hombres de aquella generación. Entre ellos Francisco Javier Butiñá (1834-1900), Fundador de las Siervas de san José y de las Hijas de san José, destacado por su doctrina, expresada especialmente en Las Glorias de San José, Barcelona 1893. «A san Rafael, siendo uno de los primeros príncipes de la corte celestial, designó el Omnipotente para compañero y guía del santo y joven Tobías en su viaje a la ciudad de Rajés: mas a san José le subió al altísimo cargo y ministerio de acompañar y defender al Hijo de Dios en sus caminos. San Gabriel tuvo a honra ser el mensajero de Dios para anunciar a María el incomprensible misterio de la divina maternidad; mayor fue la de san José levantado a la dignidad incomparable de ser virginal Consorte y compañero inseparable de la misma divina Madre. Cífrase la más brillante gloria de san Miguel en ocupar el trono supremo de la milicia celestial, como príncipe de los coros angélicos; mas le aventaja, y con mucho, san José, pues fue príncipe y cabeza de la familia de Dios en la tierra, compuesta no de purísimos espíritus, sino de la misma Reina de todos ellos y del Supremo Gobernador del universo visible e invisible»(25).

También José María Vilaseca, M.S.J. (1831-1910), fundador de los Institutos de Misioneros Josefinos en México, nació en Igualada, en Cataluña, y estudió en el seminario de Barcelona. Siguiendo su vocación misionera ingresó en la congregación de PP. Paúles. Destinado ya en México desplegó una intensa actividad apostólica que fructificó en la fundación de dos institutos josefinos, y la revista El Propagador de la Devoción a san José, en 1872, que subsiste todavía en la actualidad. La fecundidad de su apostolado se extendió a todo el mundo hispanoamericano, por lo que ha de ser considerado como uno de los más grandes apóstoles de la devoción a san José. «El poder de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de Dios y en el corazón de María»(26).

San Enrique de Ossó y Cervelló (1840-1896), nacido en Vinebre, en la Diócesis de Tortosa, destaca entre los sacerdotes catalanes del siglo pasado por su espíritu teresiano y su ferviente devoción josefina. Ha sido canonizado recientemente por Juan Pablo II. Fundó en 1876 la Compañía de santa Teresa de Jesús (Teresianas). Creador de la Hermandad josefina en Tortosa, el mismo año de 1876, redactó un devocionario josefino completo que con el título El devoto josefino publicó en 1890. Enumera siete privilegios de san José: 1º) Tener a Jesús por Hijo de Dios; 2º) Ser su esposa María, madre de Dios; 3º) Ser obedecido por Jesús y María; 4º) Haber gozado de los abrazos y caricias del Rey de la Gloria; 5º) Ser el primer adorador del Hijo de Dios nacido en Belén; 6º) Morir en brazos de Jesús y María; y 7º) Resucitar con Cristo en cuerpo y alma a la Gloria.

En la espiritualidad y en la acción pastoral del que fue gran Obispo Dr. Joseph Torras i Bages (1846-1916) ocupa un lugar importante la devoción a san José. Tiene algunos textos de su predicación como presbítero, que contienen ya expresión de pensamientos capitales, de decisivo valor teológico. «La vida oculta es muy alabada, pero muy poco seguida. José es el modelo de la vida oculta»(27). Desde luego, el gran sacerdote poeta Miquel Costa i Llobera (1854-1922), principal figura del renacimiento literario de Mallorca. Se dedicó intensamente a la predicación y recorrió los púlpitos de la isla durante muchos años. El panegírico de san José, en el que el lector descubrirá la presencia de una gran riqueza de fuentes, y la poesía a modo de «gozos» populares, escrita por su propio autor en castellano, son un testimonio excelso de la tradición josefina en su tierra de Mallorca. Y finalmente, publicadas como editorial en la revista barcelonesa CristiandadJaime Boffil (1910-1965), que fue prestigioso catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona, contienen una expresión «contemplativa» del sentido de la fe sobre el Patriarca san José. «La fe cristiana se nutre de la contemplación. De una contemplación sencilla, que se detiene donde sea que encuentre ternura, gozo, suavidad espiritual. Por esto las escenas del nacimiento de Jesús han nutrido secularmente esta contemplación. Y ¿cómo contemplar el nacimiento sin detenerse en la conversación y compañía de José»(28).

Las magníficas predicciones de Isolano se han realizado cumplidamente en la Edad Moderna y Contemporánea. La devoción a san José viene a ser una benéfica inundación, que se extiende por toda la Iglesia, para producir en todas partes abundantísima cosecha de flores y frutos de virtudes.

León XIII y La primera encíclica pontificia sobre san José

El siglo XIX presenció también una notable transformación de las realidades sociales. El auge del Capitalismo, la revolución industrial y la creación de los proletariados urbanos provocaron la aparición de un «problema social», desconocido hasta entonces. Ideologías de signo anticristiano, como el Marxismo y el Anarquismo(29), propugnaron nuevos modelos de sociedad e influyeron poderosamente en los movimientos obreros. El Papa León XIII (1878-1903) propuso un programa cristiano para el nuevo mundo del trabajo.

Ya el Concilio Vaticano I había reunido abundante documentación acerca de la cuestión social, con la intención de ocuparse del tema. Pero el brusco final de la Asamblea conciliar no llegó a tratarlo y fue León XIII quien lo hizo en su encíclica Rerum novarum, el 15 de mayo de 1891. Rechazaba por principio la dialéctica de la lucha de clases y pedía a patronos y obreros una armónica colaboración para el desarrollo de la nueva sociedad. Este pontificado fue el punto de partida del Catolicismo social, dentro del cual se perfilaron pronto una tendencia corporativista y otra, más politizada, de orientación democrático-progresista.

León XIII escribió la primera y magistral Encíclica dedicada a san JoséQuamquam pluries, y después publicó el Breve Neminem fugit, por medio del cual pedía a los hogares cristianos que se consagraran a la Sagrada Familia de Nazaret, «ejemplo perfectísimo de la Sociedad doméstica, al mismo tiempo que modelo de toda virtud y de toda santidad».

En ella enseña el papel de san José en la Iglesia: «La Sagrada Familia, que san José gobernó como investido de autoridad paterna, contenía en germen a la Iglesia. La Santísima Virgen María, al mismo tiempo que Madre de Jesucristo, es también Madre de todos los cristianos… Asimismo, Jesucristo es como el primogénito de los cristianos, que son sus hermanos de adopción y de redención. Estas son las razones por las que san José mismo se da cuenta de que la multitud de los cristianos le ha sido confiada de una manera muy particular. Esta multitud es la Iglesia, familia inmensa extendida por toda la tierra. Él tiene sobre ella la autoridad paterna, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesús. Es lógico que José cubra ahora a la Iglesia con su celestial patronazgo, como en otros tiempos atendía a las necesidades de la Sagrada Familia». Y para subrayar todavía más su deseo de ver a los fieles unir a José y a María en sus oraciones, pide que se termine el rezo del Santo Rosario con la invocación a san José: «Recurrimos a Vos en nuestra tribulación, bienaventurado José…».

Los 25 años que duró el Pontificado de León XIII, nos introducen ya en el siglo XX. Su magisterio desarrollado a través de sus grandes encíclicas fue de gran importancia, y un particular valor tuvo para la renovación del pensamiento cristiano la solemne restauración de la filosofía tomista. El anciano Papa acabó ganándose el respeto del mundo entero, pese a que en algún lugar, como Francia, sus esfuerzos conciliadores no tuvieron una respuesta satisfactoria.

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Notas
  1. Dos Papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios. Napoleón, restaurador de la Iglesia en Francia, asumió también la herencia del Galicanismo. La Restauración pretendió un retorno al Antiguo Régimen. Muchos católicos, impresionados por la experiencia sufrida, propugnaron una «alianza entre el Trono y el Altar».
  2. Cfr José Orlandis, Historia Breve del Cristianismo, Rialp, 5ª ed., Madrid 1997, pp. 155-159.
  3. La Asamblea exigió a los sacerdotes juramento de fidelidad a la Constitución política, dentro de la cual estaba la mencionada «Constitución civil». El Papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó a los sacerdotes que lo prestaran (12-III-1791). Un cisma se abrió entre los sacerdotes «juramentados» y los «no juramentados», que se convirtieron legalmente en individuos bajo sospecha. La Asamblea Legislativa, que sucedió a la Constituyente, decretó el 27 de mayo de 1792 la deportación de los sacerdotes «no juramentados»; en septiembre, la Convención sustituyó a la Asamblea Legislativa y comenzaron las matanzas de sacerdotes.
  4. Los años siguientes registraron alternativas de distensión y renovada persecución religiosa. Esta se recrudeció bajo el Directorio Jacobino (1797-1799), cuando los franceses ocuparon Roma y se proclamó la República Romana. El Papa Pío VI, anciano y enfermo, fue deportado a Siena, Florencia y, finalmente, a Francia.
  5. El Concordato tuvo, sin duda, consecuencias favorables para la Iglesia: permitió una restauración de la vida cristiana en Francia, favorecida por la renovación del sentimiento religioso, propia del primer Romanticismo, reacción apasionada contra el seco racionalismo de la Ilustración. El «Genio del Cristianismo» de Chateaubriand (1802), refleja fielmente un tal estado del espíritu. El Concordato hizo también posible la apertura de seminarios sostenidos por el Estado y la consiguiente formación de un nuevo clero; el criterio de Napoleón fue en cambio muy restrictivo con respecto a la Ordenes religiosas. Hay que advertir, por otra parte, que durante la época napoleónica tomó cuerpo en Francia un partido o un grupo de opinión claramente opuesto al Cristianismo y a la Iglesia, integrado por gentes de diversa extracción: propietarios de antiguos bienes eclesiásticos, funcionarios públicos, militares profesionales, intelectuales del Instituto de Francia y obreros del incipiente proletariado urbano. Estos sectores de opinión de signo anticristiano integraron una poderosa fuerza que se enfrentaría con la Iglesia a lo largo de todo el siglo XIX.
  6. Por decisión unilateral y sin consultar a la Santa Sede, Napoleón promulgó, junto al texto del Concordato, los «Setenta y siete Artículos orgánicos», que recogían el espíritu –y en ocasiones la letra– de los viejos «Artículos» galicanos, impuestos por Luis XIV en 1682.
  7. Muchos fueron los vejámenes que el Pontífice, en Savona, y después en el castillo de Fontainebleau, tuvo que sufrir en los tres años de destierro. Baste decir que Napoleón era quien gobernaba la Iglesia; que llegó a exigir se le entregase el Anillo del Pescador con que el Papa sellaba sus Breves, y el Papa le rompió antes de entregarle.
  8. Muy distinta fue la reacción de sus principales colaboradores, que se mantuvieron fieles a la Iglesia: Lacordaire fue el restaurador de la Orden dominicana en Francia; otros como Montalembert y Falloux, profesaron un liberalismo mitigado y defendieron con ahinco la libertad de enseñanza.
  9. Los liberales aplaudieron los reiterados alzamientos de la católica Polonia contra la opresión de la Rusia de los Zares. La Revolución de 1830 dio pie a una alianza entre católicos y liberales belgas, que lograron sustraer a Bélgica del dominio calvinista de la Monarquía holandesa y dotaron al nuevo reino de una Constitución liberal. El pueblo irlandés obtuvo su emancipación de la Corona británica bajo O’Connel. También en la Península itálica, enfebrecida por el «Risorgimento», su camino hacia la unidad nacional pasaba por la desaparición de los Estados Pontificios y la conversión de la Roma papal en la capital del Reino de los Saboya.
  10. Todas estas doctrinas sirvieron de base a una ofensiva generalizada contra el Cristianismo en el terreno de la ciencia y en particular de las Ciencias Naturales. Pero también el propio ámbito de las ciencias sagradas se transformó en palestra de lucha anticristiana. La crítica de la historicidad de la Sagrada Escritura o su vaciamiento de contenido sobrenatural llevaron a Straus hasta la negación de la existencia de Cristo y movieron a E. Renan a escribir una célebre «Vida de Jesús», de un Jesús que ya no sería Dios, aunque fuera el más noble de los hijos de los hombres.
  11. Es posible que muchos en nuestros días no terminen de comprender el empeño puesto por el Papa en la defensa del poder temporal. Pero la historia se falsea cuando no se acierta a contemplar los hechos desde el punto de vista de sus protagonistas. Pío IX defendió sus derechos hasta el final porque estos derechos eran para él un precioso legado que había recibido de sus antecesores en el Pontificado. Y, con mayor razón aún, porque aquellos Estados, con más de mil años de existencia, se consideraban entonces como condición indispensable para garantizar la independencia de los Papas en el gobierno de la Iglesia universal.
  12. A todo esto habría que añadir la pérdida de los cantones suizos en favor de los protestantes en la guerra del «Sonderbund» (1847) y la violencia anticlerical y los ataques del «Kulturkampf» de Bismark contra los católicos alemanes en los últimos años de Pío IX.
  13. El documento no encerraba novedades sustanciales, ya que todos los errores habían sido denunciados previamente en anteriores textos del Magisterio. Lo novedoso era ahora la forma y el acento más rotundo que parecían tener aquellas propuestas extraídas de sus anteriores contextos y puestas una tras otra, a manera de impresionante silabario.
  14. La última proposición en la que se rechazaba el pretendido deber del Romano Pontífice de reconciliarse con el progreso y la «civilización moderna», hizo rasgarse las vestiduras a los críticos liberales y enardeció el entusiasmo de los católicos tradicionales.
  15. Una de estas cartas le había emocionado particularmente, la del Padre Lataste, dominico, fundador de las dominicas de Betania, que había ofrecido su vida para que san José fuese proclamado Patrono de la Iglesia y para que su nombre fuese incluido en el Canon de la Santa Misa.
  16. Cuando fue Papa, publicó el 15 de agosto de 1889 la Encíclica Quamquam pluriessobre el verdadero lugar de san José en la Iglesia y sobre las razones que tenemos para invocarle.
  17. Por parte de Pío IX, éste es un gesto, una señal intrépida, un verdadero gesto profético. No hay más que pensar en las circunstancias trágicas en que se encontraba, todos sus Estados acababan de serle arrebatados; algunas semanas antes las tropas piamontesas se habían apoderado de Roma. El Papa estaba prisionero en su palacio del Vaticano. Permanecía preso allí voluntariamente con el fin de salvaguardar su libertad y la de la Iglesia. El nuevo rey de Italia le ofreció su policía y sus tropas para protegerle, muchas naciones le invitaron como huésped para que se instalara donde mejor quisiera. Pío IX rechazó todas estas propuestas, con el fin de no depender de ningún gobierno protector, y sobre todo para mantener en Roma el centro de la Iglesia.
  18. Entre este clero secular, el Cura de Ars, san Juan Maria Vianney, es un ejemplo de santidad heroica en la persona de un humilde párroco de aldea.
  19. Recordemos a los benedictinos de Dom Guéranguer, los dominicos impulsados por Lacordaire y a los jesuitas, restaurados por Pío VII.
  20. Entre ellas sobresalieron las «Conferencias de san Vicente», creadas por Federico Ozanam.
  21. Los párrafos que reproducimos corresponden a un retiro para huérfanas obreras pronunciado en Turín el 19 de marzo de 1857. Cfr Archivio Storico della Congregazione di S. Giuseppe, Casa generalicia de Roma, vol. XXXIII, p. 1316.
  22. Cfr El Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, 1870, pp. 174-180.
  23. Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. VI.
  24. Cfr F. Canals Vidal, San José, Patriarca del Pueblo de Dios, Balmes, Barcelona 1994, pp. 292 y ss.
  25. F.J. Butiñá, Las Glorias de San José, cap. III.
  26. J.M. Villaseca, Muy piadosas preces al Señor San José(México 1887; reeditado en 1966), Lección III.
  27. J. Torras i Bages, Obras completas, t. II, Balmes, Barcelona 1954, pp. 9-10.
  28. Jaime Boffil, vid nº 234, 24-XII-1953.
  29. La revolución industrial había dado lugar a la formación de una nueva clase obrera –un «proletariado»–, concentrado en los suburbios fabriles de las grandes urbes. La situación de esta clase obrera, en una época de absoluto predominio del capitalismo liberal, fue en sus orígenes deplorable: jornadas laborales agotadoras, jornales escasos, trabajo infantil, viviendas insalubres fueron algunos de tantos abusos que tuvieron que sufrir los obreros y algunos de los aspectos más oscuros que presentaba a mediados del siglo XIX la llamada «cuestión social». Esto suscitó lógicamente reacciones dirigidas a luchar contra la injusticia. El Anarquismo (M. Bakunin) propugnaba la acción violenta para terminar con el Estado y una ordenación social injusta. Diversos sistemas «socialistas», ideados por doctrinarios como Saint-Simón, Fourier o Proudhon, quedaron pronto eclipsados por el «socialismo científico» de Carlos Marx –el «Marxismo»–. Desde un punto cristiano era rechazada esta doctrina por su materialismo histórico y la dialéctica de la lucha de clases, y porque consideraba a la religión como el «opio del pueblo». El antiteísmo marxista mostró una particular hostilidad hacia la religión católica y fue un poderoso agente de descristianización de las clases trabajadoras.

Para mercaba


Una respuesta a «La devoción a San José en los dos últimos siglos (1/2)»

  1. Más allá de las personas y los personajes, el liberalismo y todo lo que sucedió al despotismo ilustrado es la misma cosa sembrada por los mismos( amos marranos anglosionistas nazis ), a través de los mismos( sus lacayos masones de las dos antítesis fundamentales liberal/conservadora y revolucionaria//dcha e izda//facha y progre//etc. ).

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