La devoción a San José en los dos últimos siglos (2/2)

La veneración pontificia por san José en el siglo XX

La presencia activa de los católicos en la vida político-social, tal como impulsó León XIII, tenía también sus riesgos y en el interior de la Iglesia se incubaba, además, una crisis doctrinal, que no tardaría en declararse abiertamente. Los primeros años del siglo XX, hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se recordarán siempre como un periodo brillante y feliz de la historia europea, que vino a truncar el estallido de la más inútil y absurda de la contiendas bélicas. En la vida cristiana, sin embargo, no fue una época fácil y sin problemas. Pero la gran crisis doctrinal que agitó a la Iglesia, fue la llamada crisis modernista, ya en el pontificado del último de los papas que ha merecido el honor de los altares: san Pío X (1903-1914)(1).

Bajo el influjo de causas muy diversas –como las filosofías irreligiosas, el cientifismo decimonónico y el Protestantismo liberal– tomó cuerpo en la Iglesia el fenómeno modernista. El Modernismo, que en el ánimo de algunos habría de reconciliar Catolicismo y mentalidad moderna y superar así la pretendida quiebra entre la fe y la ciencia, venía en la práctica a vaciar de contenido sobrenatural la fe católica. San Pío X fue un Papa valiente que atendió por encima de todo a los «intereses de Dios» y promovió con ardor la piedad cristiana. Pío X tenía una gran devoción por san José, cuyo nombre le impusieron en el Bautismo. Él fue quien aprobó las letanías en honor de este Santo y autorizó su inserción en los libros litúrgicos. En esto, como dice él mismo, está de plena conformidad con sus predecesores: Pío IX y León XIII. José es una ayuda poderosa y muy útil para la familia y para la sociedad (1909).

La Primera Guerra Mundial estalló el 28 de julio de 1914. A las tres semanas fallecía san Pío X (el 20 de agosto). El nuevo Papa Benedicto XV (1914-1922) apenas pudo hacer otra cosa durante aquellos años que esforzarse inútilmente en intentar la paz entre los bandos beligerantes. El final llegó en noviembre de 1918, gracias a la victoria de los Aliados sobre los Imperios centrales. La Santa Sede fue rigurosamente excluida de la mesa donde se negoció el Tratado de Versalles. Pero este tratado no trajo la paz, sino veinte años de «entreguerras», una simple tregua entre dos conflictos mundiales. Benedicto XV, en 1917 promulgó el primer Código de Derecho Canónico, –que inició su predecesor Pío X– y publicó en 1920, un poco después de la Primera Guerra Mundial, una Encíclica sobre la paz; más tarde, publicó un Motu proprio invitando a todos los obispos del mundo a celebrar el cincuentenario del patronazgo de san José animando a los fieles para que renovasen su devoción al Santo y a la Sagrada Familia. «El desenvolvimiento de la devoción de los fieles hacia san José, traerá consigo como una consecuencia necesaria, el culto hacia la Sagrada Familia de Nazaret, de la que fue san José el augusto jefe; naturalmente, una de estas devociones hace brotar la otra. José nos conduce directamente a María y por medio de María a la fuente de toda santidad, Jesús, que santificó las virtudes familiares por su obediencia a José y a María…»(2).

En efecto, un ejemplo de estas orientaciones del Papa se ve en el documento colectivo de los Obispos de todas las diócesis catalanas. En particular, el Obispo de Barcelona, Enrique Reig y Casanova, publicaba una Carta Pastoral, que tiene un gran valor doctrinal, el carácter de un testimonio de la ferviente tradición josefina de Cataluña y en especial de Barcelona, y un gran interés histórico, por aludir al origen josefino del Templo de la Sagrada Familia(3), y referirse al movimiento espiritual suscitado por la Madre Petra de san José, fundadora del Santuario de San José de la Montaña. Recurrir a san José es un remedio para «la situación difícil en que se encuentra hoy el género humano». Sus ejemplos y su protección sostendrán en su deber, y preservarán de las falsas doctrinas a quienes ganan su vida con su trabajo, en todas partes del mundo. El 26 de octubre de 1921, Benedicto XV extendió a toda la Iglesia la fiesta de la Sagrada Familia.

El periodo de «entreguerras» coincidió prácticamente con el Pontificado de Pío XI (1922-1939); y fue la edad de oro de la Acción Católica(4) y de claro florecimiento del Cristianismo y la Iglesia(34). El prestigio de la Santa Sede en el mundo creció de modo extraordinario y su personalidad internacional se vio robustecida por la firma de numerosos Concordatos, varios de ellos con los nuevos países nacidos de la última guerra. Pero el acontecimiento de más envergadura fue la firma de los «Pactos Lateranenses» que pusieron fin a la «cuestión romana». Así el 11 de febrero de 1929 aparece el Estado de la Ciudad del Vaticano, mínimo solar territorial indispensable para garantizar la independencia de la Santa Sede.

Como contrapunto negativo tuvieron lugar sangrientas persecuciones sobre la Iglesia en distintos países. En Rusia, la implantación del Comunismo produjo un sinfín de violencias antirreligiosas, que afectaron sobre todo a los cristianos ortodoxos. Pero la persecución llegó también a países de población católica con una dureza nunca alcanzadas por el anticlericalismo del siglo pasado. La persecución en México, y sobre todo la desencadenada en España durante la guerra civil de 1936 a 1939.

Pío XI pronunció sobre san José palabras de excepcional importancia. Este hombre audaz y valiente no puede ser acusado de ignorancia o de piedad sentimental. El 21 de abril de 1926, con ocasión de la beatificación de Jeanne-Anthide Thouret y de Andre-Hubert Fournet, concreta cuáles son los fundamentos del patronazgo de san José, cuya fiesta caía en ese día:

«Este es un Santo que entra en la vida y se desgasta entero cumpliendo una misión única de parte de Dios, la misión de conservar la pureza de María, de proteger a nuestro Señor, y de esconder, por medio de su admirable cooperación, el secreto de la Redención. La santidad incomparable de san José tiene sus raíces en la grandeza de esta misión, ya que no fue confiada a ningún otro santo… Es evidente que, en virtud de tan alta misión, José poseía ya el título de gloria que le corresponde, el de Patrono de la Iglesia universal. Toda la Iglesia se encontraba ya presente junto a él, en estado de germen fecundo».

Dos años más tarde, el 19 de marzo de 1928 en la fiesta de san José, vuelve sobre el mismo tema y muestra cómo la misión de san José es más importante que las de san Juan el Bautista y la de san Pedro. Entre la misión de Juan el Bautista y la de san Pedro está la de san José. «Misión recogida, silenciosa, casi inadvertida y desconocida, misión llevada a cabo con humildad y silencio… Allá en donde más profundo es el misterio, en donde más espesa la noche que lo envuelve y mayor el silencio, es precisamente donde encontramos la misión más alta y el más brillante cortejo de virtudes requeridas y de méritos que de ellas derivan. Misión única, altísima, la de conservar la virginidad y la santidad de María, la de tomar parte en el gran misterio escondido a los ojos de los siglos y cooperar así en la Encarnación y en la Redención».

Esta misión única de José en la tierra se traduce en el cielo por un gran poder de intercesión. Pío XI declara el 19 de marzo de 1935: «José es quien lo puede todo cerca del divino Redentor y cerca de su divina Madre, de una manera y con una autoridad que superan las de un simple depositario». Y tres años más tarde en la misma fecha: «La intercesión de María es la de la madre, no vemos qué es lo que su divino Hijo podría negarle a tal madre. La intercesión de José es la del esposo, la del padre putativo, la del jefe de familia, no puede dejar de ser todopoderosa, pues nada pueden negarle Jesús y María a José que les consagró toda su vida y a quien realmente debieron los medios de su existencia terrestre».

Ante la tangible amenaza de los totalitarismos ateos o paganos y para hacer realidad su divisa: «La paz de Cristo en el reino de Cristo», Pío XI cuenta especialmente con la intervención de san José. En su célebre Encíclica Divini Redemptoris, contra el comunismo, en 1937(5), donde fijaba con claridad la actitud de la Iglesia, declara: «Ponemos la gran acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial bajo la égida del poderoso protector de la Iglesia, san José. Él pertenece a la clase obrera y él experimentó el peso de la pobreza en sí y en la Sagrada Familia, de la que era jefe solícito y amante; a él le fue confiado el divino niño, cuando Herodes envió sus sicarios contra él. Con una vida de absoluta fidelidad en el cumplimiento del deber cotidiano, ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganar el pan con el trabajo de sus manos. Y mereció ser llamado el justo, ejemplo viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social».

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) superó ampliamente a la Primera en duración y magnitud. Millones de personas perdieron la vida en los frentes de batalla y en los campos de concentración. El sucesor de Pío XI fue Pío XII (1939-1958) que dio un paso grande en la universalidad real de la Iglesia cuando en 1946 realizó su primera promoción cardenalicia(6). Ejercitó un infatigable magisterio, tratando en sus alocuciones múltiples aspectos de la vida y moral cristianas, en las nuevas circunstancias del mundo(7). Quiso cristianizar la «fiesta del trabajo del 1 de mayo» instituyendo la fiesta de san José Artesano. Una y otra vez señalaba a san José como el protector con mejor título de todas las clases de la sociedad y de todas las profesiones. Habló de este Santo a los obreros, a los matrimonios jóvenes, a los cristianos militantes, a los estudiantes y a los niños. Para él, el patronazgo de san José no es una hermosa fórmula teológica, o una piadosa apelación, sino una verdad fundamental. José, igual que María, está íntimamente unido a la doctrina del cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia del cielo y de la tierra.

El Concilio Vaticano II y san José

Juan XXIII (1958-1963) sucede a Pío XII. Cuando fue elegido Papa, sintió no poder tomar el nombre de José, a causa de la costumbre, pero no obstante, escogió el 19 de marzo como fecha de su fiesta personal. Pese a su brevedad tuvo gran impacto en la Iglesia. A los tres meses de su elección, el 25 de enero de 1959, reveló su intención de convocar un concilio ecuménico y así en la Bula Humanae salutis lo convocó el 25 de diciembre de 1961 para «promover el incremento de la fe católica y una saludable renovación de las costumbres del pueblo cristiano, y adaptar la disciplina eclesiástica a la condiciones de nuestro tiempo».

Juan XXIII, dio múltiples testimonios de su devoción a san José. Confesaba: «Amo mucho a san José, hasta tal punto que no sé empezar mi jornada, ni terminarla, sin que mi primera palabra y mi último pensamiento se dirijan a él». Siendo Nuncio en París visitó la casa madre de las Hermanitas de los Pobres en La Tour Saint-Joseph. En esta ocasión contó que quiso recibir la consagración episcopal en la fiesta de san José «porque es el Patrono de los diplomáticos». Explicó: «Como san José, los diplomáticos pueden al mismo tiempo presentar a Jesús y esconderlo. Como san José, deben saber callar, medir sus palabras, saber emplearse sin mirar la dignidad del servicio… y sobre todo paladear dulce y tragar amargo…, obedecer aun cuando no se comprenda, como san José cuando partió con su borriquillo».

Cuando fue Papa, dio las mismas consignas a todos los cristianos: Emplearse igual en tareas humildes que en misiones importantes, sin calibrar la dignidad de lo que se hace. José, esposo de María, no fue más que un artesano que ganaba su pan con su trabajo. Lo que cuenta delante de Dios es la fidelidad. El 19 de marzo de 1959, celebrando la Misa para un grupo de trabajadores de la ciudad de Roma, les decía: «Todos los santos glorificados merecen un honor y un respeto particulares, pero es evidente que san José posee, con justo título, un lugar muy particular, más suave, más íntimo, más penetrante en nuestro corazón».

El 1 de mayo de 1960, Juan XXIII dirige un radio-mensaje sobre san José a todos los que trabajan y a todos los que sufren. Comienza así: «Es natural que nuestro pensamiento se dirija a cada una de las regiones y ciudades en que se desenvuelve la vida de todos los días: los hogares, las escuelas, las oficinas, los mercados, las fábricas, los despachos, los laboratorios, a todos los lugares santificados por el trabajo intelectual o manual, en las varias y nobles formas que reviste según la fuerza y capacidad de cada uno… Con la ayuda de san José, cada familia cristiana dedicada al trabajo puede reflejar fielmente el ejemplo y la imagen de la Sagrada Familia de Nazaret… El trabajo es, en verdad, una alta misión: es para el hombre como una colaboración inteligente y efectiva con Dios Creador, del cual ha recibido los bienes de la tierra para cultivarlos y hacerlos prosperar».

La gran iniciativa de Juan XXIII fue convocar el Concilio Vaticano II. En las Letras Apostólicas de 19 de marzo de 1961, explica por qué quiere este Concilio tan importante, que ha colocado bajo la protección especial de san José. Comienza por recordar lo que sus predecesores hicieron por la gloria de san José, a continuación explica que el Concilio es para todo el pueblo cristiano, que debe beneficiarse de él por una corriente de gracia, para una vitalidad mayor. Añade que no se puede encontrar mejor protector que san José para obtener la ayuda del cielo en la preparación y el desarrollo de este Concilio, que debe señalar toda una época.

Otra iniciativa importante de Juan XXIII fue introducir en 1962 el nombre de san José en el Canon de la Santa Misa, inmediatamente detrás de la Virgen María. Pío IX no se decidió a hacerlo. Las peticiones que habían sido formuladas en el Concilio Vaticano I, volvieron a formularse en número muy grande en el Concilio Vaticano II(8). Los Padres del Concilio no tenían nada que deliberar acerca de esto, puesto que se refería a un rito litúrgico entre tantos otros(9).

No obstante, el Concilio hizo suya esta decisión de Juan XXIII incorporando el texto del Communicantes, en el que se encuentra el nombre de san José, en la Constitución dogmática Lumen gentium. Esta Constitución habla del misterio de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. El capítulo séptimo concierne especialmente a la unión muy íntima que liga a los miembros de la Iglesia que caminan todavía en la tierra con aquellos que ya gozan de la vida de plenitud en el cielo. Esta presencia invisible de nuestros amigos los santos se actualiza cuando nos reunimos para orar, y muy particularmente en la celebración de la Santa Misa. El texto es digno de meditación, pues afirma que san José merece un lugar escogido:

«Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza de manera nobilísima especialmente en la sagrada liturgia, en la que la fuerza del Espíritu Santo se ejerce sobre nosotros a través de los signos sacramentales, celebrando juntos la alabanza de la majestad divina con alegría común…, celebrando el Sacrificio Eucarístico es como nos sumamos mejor al culto de la Iglesia celestial, unidos en una misma comunión y venerando la memoria, en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María y de san José, de los bienaventurados Apóstoles y mártires y de todos los Santos»(10).

La apertura solemne fue el 11 de octubre de 1962, pero el buen Papa Juan tan sólo vivió el primer periodo de sesiones. Le sucedió Pablo VI (1963-1978), que gobernó la Iglesia durante las tres etapas ulteriores del Concilio, celebradas en los tres años siguientes, hasta la clausura, el 8 de diciembre de 1965. El desarrollo económico producido tras el periodo de la posguerra hizo surgir en los países más ricos una nueva «sociedad del bienestar», que ha demostrado tener una sorprendente capacidad de disolución del espíritu cristiano. El vértigo del consumismo ha difundido entre gentes de todos los niveles una oleada de materialismo práctico, una afán hedonista de gozar si medida de las cosas terrenas, con olvido de las realidades eternas. En suma, una visión naturalista de la vida humana, reducida al plano de la pura temporalidad(11).

El Concilio Vaticano II trazó un importante programa de renovación cristiana, capaz de reportar grandes bienes a la Iglesia(12). Pero en torno a la época de su celebración afloró a la superficie una profunda crisis en la vida eclesial, traducida en un sinfín de abusos cometidos en nombre de un pretendido «espíritu conciliar». En la sociedad eclesiástica se produjo entonces una violenta explosión «neomodernista» de extensión y alcance universales(13). Pablo VI habla con frecuencia de san José. Se detiene menos en subrayar sus prerrogativas que en recordar su misión en la Iglesia de hoy. Así en el Ángelus del 19 de marzo de 1970 decía: «la misión de José al lado de Jesús y de María fue una misión de protección, de defensa, de salvaguardia y de subsistencia… La Iglesia tiene necesidad de ser defendida, tiene necesidad de ser custodiada, en la escuela de Nazaret, pobre y laboriosa, pero viva, consciente y disponible para su vocación mesiánica. Esta necesidad de protección, hoy, es grande para poder mantenernos indemnes y para actuar en el mundo…, la misión de san José es la nuestra: custodiar a Cristo, hacerle presente, en nosotros y alrededor de nosotros».

Y tres años más repetía en una homilía: «José es el protector de Cristo cuando entra en este mundo, el protector de la Virgen María, de la Sagrada Familia, el protector de la Iglesia, el protector de quienes trabajan. Todos podemos decir: Nuestro protector».

La devoción a san José en el siglo XX

En nuestro siglo XX, desde el Oriente al Occidente, allí donde resuena el nombre del Salvador, resuena también con gloria y alabanza, el nombre del que tan perfectamente hizo con Él las veces de «padre». Por todas partes templos, imágenes, altares dedicados en honor de san José. Por todo el mundo cofradías y congregaciones, para implorar su favor durante la vida y en el trance de la muerte. Por doquier muchedumbres, cada vez más numerosas, que respondiendo a los deseos de la Iglesia, acuden a san José, para obsequiarle y pedir su protección, con fervientes cultos, en novenas, visitas semanales, siete domingos y aun meses enteros.

El documento colectivo de los Obispos del Canadá, del 26-XI-1955, lo escogemos como una muestra eminente de la enseñanza universal del Episcopado católico sobre el glorioso Patriarca. Por ser Canadá el primer país del mundo –año 1624– puesto bajo el Patrocinio de san José, y por el hecho de la existencia en él del Oratoire de Saint Joseph, de tan providencial significado en nuestra época.

Se puede afirmar, sin embargo, que la devoción tradicional a san José permanece viva hasta el Concilio Vaticano II, en que para ella, lo mismo que para el culto de María, comienza un período de crisis. En la etapa posconciliar, concretamente en 1975 escribe H. Holstein en un fascículo de los Cahiers marials dedicado a san José, un artículo titulado «¿Una devoción desacelerada?»(14). El autor observa ante todo que «la devoción a san José experimenta actualmente un declive del que no es preciso aducir pruebas: relegación de las estatuas al fondo de las sacristías o de los graneros polvorientos, desuso de los meses de san José, escasez de predicaciones y novenas». Respecto a las múltiples causas de este desinterés o alergia respecto a san José, H. Holstein descubre la principal en la «reacción, espontánea más que refleja, contra el fervor experimentado en el siglo XIX hacia el padre nutricio de Jesús».

Frente a una presentación de José que acentúa su autoridad en la familia y su poder para defender a la Iglesia y a la sociedad de los peligros del mundo moderno, está justificada la reacción de disgusto y hasta de rechazo. Sí –insiste H. Holstein– porque se trata de un triple rechazo: «Rechazo de un espléndido aislamiento de san José, admirado e invocado en su poder de padre de familia, sin referencia primordial al misterio de la Encarnación; rechazo de la sociología familiar y del respeto al orden establecido, que se funda en la obediencia impuesta por el orden providencial…; rechazo del clima de asedio de una Iglesia que, lejos de buscar una irradiación, se ve reducida a implorar un defensor contra incesantes ataques y peligros inminentes…».

Sin forzar las deficiencias del pasado ni renegar de sus valores, se impone no obstante una renovación de la teología y del culto de san José siguiendo las huellas de cuanto han propuesto sobre María el Concilio Vaticano II y la Marialis cultus de Pablo VI. El cristiano en nuestros días no tiene una especial devoción al Santo Patriarca. Para contrarrestar los peligros de la sociedad moderna, ha querido la Iglesia nuestra Madre ofrecernos en la devoción a nuestro Santo un auxilio y un modelo perfectísimo. Auxilio y modelo para la pureza, en medio del mundo corrompido; auxilio y modelo para la vida de oración, en medio del mundo disipado como nunca; auxilio para el trabajo encaminado al servicio de Dios; auxilio para el amor y abnegación en obsequio al Verbo humanado y a su santísima Madre, auxilio para una santa vida, y para una santa muerte. He aquí por qué la Iglesia nos encamina en estos tiempos, y con tanto anhelo, al Santo Patriarca.

Ya escribía sobre san José el entonces Obispo auxiliar de Cracovia, Karol Wojtyla, el 20 de marzo de 1960 en el semanario Tygodnik Powszechny: «Desde el siglo XIX predomina en la Iglesia, tanto en su Magisterio como en su liturgia, otro modo de interpretar a san José. No se acentúa tanto el rasgo contemplativo, sino más bien su papel social»(15). «San José, que fue durante su vida en la tierra el tutor del Cristo histórico, tiene que ser ahora necesariamente el tutor del Cristo místico, esto es, de la santa Iglesia»(66).

Vemos, pues, que la Iglesia está renovando constantemente la lectura de este personaje y que no cesa de hallar en él nuevas riquezas no conocidas, mejor, no reveladas desde el principio, pues la historia de la humanidad ayuda también a esta comprensión. La personalidad de san José nos permite acercarnos a los más profundos valores humanos. Si en siglos pasados el Santo Patriarca era puesto como modelo de las almas contemplativas, actualmente hemos de verlo modelo del hombre contemporáneo, más social y más como tutor o padre.

El futuro Papa reflexiona sobre el problema del hombre. Siendo san José uno de los muchos hombres que aparecen en el Evangelio, todos ellos están relacionados con Cristo, el Señor. Entre los que están de parte de Jesús destacan los Apóstoles y Juan el Bautista. San José cierra el cuadro. En efecto, «la personalidad de san José tiene un peso específico muy considerable en el Evangelio, y el tipo de hombre que configura su persona, en sí, nos señala, no solamente la disposición natural de las fuerzas y relaciones dominantes en el Reino de Dios en la tierra, en la Iglesia. La Iglesia, en su configuración externa, es la organización, la sociedad transparentemente organizada; pero en su interior es la familia de Dios, gracias a su comunidad de fines y a su vida sobrenatural. Por lo mismo toda su actividad externa, socialmente organizada por el hombre dentro de la Iglesia, debe estar impregnada del espíritu de paternidad o tutela. En caso contrario, esa actividad, a pesar del posible esplendor externo, se realizaría dentro de un vacío interior. Ateniéndonos, pues, al problema del hombre en su totalidad y en el Evangelio, deberíamos pensar igualmente en cierta paternidad de los Apóstoles y en cierto apostolado en san José. En consecuencia puede decirse que, en la Iglesia se es apóstol, cuando se es a la vez tutor y padre. Solamente entonces se cumple en pleno sentido de la palabra la misión del Reino de Dios en la tierra».

La devoción a san José en el Beato Josemaría Escrivá

Es indudable que la persona de san José, su vocación y misión, meditada a la luz del amplio contexto evangélico, puede conducirnos ciertamente a una confrontación con la vida actual. Quien lo ha conseguido de modo admirable en el siglo XX es el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), Fundador del Opus Dei, pionero –desde 1928– en la difusión de la llamada universal a la santidad en nuestros días, mensaje nuclear del Concilio Vaticano II. El lector encontrará en su homilía En el taller de José(17), un rico pensamiento teológico entroncado con las fuentes más tradicionales, y en especial sintonía con Santa Teresa de Jesús. Y a su vez, sus enseñanzas sobre san José –y su devoción personal–, tanto por escrito como recogidas de viva voz, componen toda una teología espiritual –sobre fundamentos sólidamente dogmáticos–, de base firme para la devoción relevante que en la Prelatura Opus Dei se tiene a san José.

En una primera lectura de En el taller de José se ve claramente que se propone al Santo Patriarca como modelo acabado para los cristianos que viven en el mundo. «Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación –en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos– estamos llamados a participar del reino de los cielos. Eso nos enseña la vida de san José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros. Lo he pensado muchas veces, al meditar sobre la figura de san José, y ésta es una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial»(18).

Los que le conocían sabían de sobra hasta qué hondura llegaban las raíces de esa devoción, realmente especial, que el Beato Josemaría manifestaba haber tenido «desde el principio». Cuenta el mismo Fundador del Opus Dei en la homilía que hemos citado: «Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del Concilio Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo Padre Juan XXIII anunció que en el canon de la Misa se haría mención del nombre de san José, una altísima personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono para decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar ese anuncio pensé en seguida en usted, en la alegría que le habría producido. Y así era: porque en la asamblea conciliar, que representa a la Iglesia entera reunida en el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor sobrenatural de la vida de san José, el valor de una vida sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de la divina voluntad(19). Esa era la razón fundamental de aquella alegría que le produjo el gesto de Juan XXIII. Es conocido que, en la lista de firmantes en la petición presentada con tal motivo al Santo Padre, figuraba la del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer(20).

Quienes lo trataban conocían su devoción a san José y lo proclamaba con gratitud y orgullo filial: «Yo le llamo mi Padre y Señor y, además, no me da vergüenza decir que lo quiero mucho»(21). «San José –decía en otra ocasión–, que no te puedo separar de Jesús y de María; san José, por el que he tenido siempre devoción, pero comprendo que debo amarte cada día más y proclamarlo a los cuatro vientos, porque éste es el modo de manifestar el amor entre los hombres, diciendo: ¡te quiero!, San José, Padre y Señor nuestro: ¡en cuántos sitios te habrán repetido ya a estas horas, invocándote, esta misma frase, estas mismas palabras! San José, nuestro Padre y Señor, intercede por nosotros»(22). Este amor al Santo Patriarca se desarrolló con ímpetu creciente(23) en los últimos años de su vida en la tierra, y con singular intensidad desde la gran catequesis que hizo por América. Ciertamente había sido una constante este cariño, esta devoción especial hacia san José, maestro de vida interior protector de la Iglesia universal y patrono del Opus Dei.

Como vivencia personal apoyada en sólidas bases doctrinales, se explica que la devoción a san José tenga un lugar notablemente destacado en la espiritualidad del Opus Dei: en la celebración de su fiesta de marzo y en la tradicional costumbre de los Siete Domingos; en la veneración de sus imágenes; en el recurso constante a «San José, nuestro Padre y Señor» a la hora del trato con Dios en la oración; en la inseparabilidad de los tres nombres –Jesús, María y José–, redescubrimiento, en línea con la más entrañable devoción popular, del puesto protagonista que ocupa en la Historia de la Salvación la Sagrada Familia, la trinidad de la tierra, como gustaba de repetir el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer(24).

A modo de conclusión: Juan Pablo II y la «Redemptor Custos«

Tras la muerte de Pablo VI, vino el fugaz pero luminoso pontificado de Juan Pablo I (26-VIII al 29-IX de 1978); y el 16 de octubre de 1978, el cardenal Karol Wojtila, arzobipo de Cracovia, fue elegido Papa y tomó el nombre de Juan Pablo II. La nueva elección pontificia constituyó un acontecimiento de gran trascendencia: por primera vez en cuatro siglos y medio un no italiano ocupaba la Cátedra de Pedro.

En una Audiencia general del 19 de marzo de 1980, Juan Pablo II, con gran riqueza de ideas tradicionales, comentando algunos pasajes evangélicos de la vida de Infancia, profundiza en la paternidad de san José y en su continuidad en la familia de Dios, que es la Iglesia: «José, al que conocemos por el Evangelio, es hombre de acción. Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna apalabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones; acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de profundidad espiritual y de la sencillez madura. Así es la actividad de José, así son sus obras, antes de que le fuese revelado el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que el Espíritu Santo había obrado en su Esposa (…) El Hijo de Dios, el verbo encarnado, durante los treinta años de la vida terrena permaneció oculto: se ocultó a la sombra de José. Al mismo tiempo María y José permanecieron «escondidos en Cristo», en su misterio y en su misión»

Y más adelante añade: «Eran necesarias almas profundas –como santa Teresa de Jesús– y los ojos penetrantes de «la contemplación», para que pudiesen ser revelados los espléndidos rasgos de José de Nazaret: aquel de quien el Padre celestial quiso hacer, en la tierra, el hombre de su confianza. Sin embargo, la Iglesia ha sido siempre consciente, y lo es hoy especialmente, de cuán fundamental ha sido la vocación de este hombre: del esposo de María, de Aquél que, ante los hombres, pasaba por el padre de Jesús y que fue, según el espíritu, una «encarnación» perfecta de la paternidad en la familia humana y al mismo tiempo sagrada».

El domingo día 23 de mayo de 1982, Juan Pablo II beatificó a cinco siervos de Dios, y entre ellos a Frère André (1845-1837), canadiense, Hermano de la Congregación de la Santa Cruz, que ha sido un apóstol escogido por Dios en nuestro siglo para la difusión del culto y confianza hacia san José, fundador del Oratoire de Saint Joseph, al que acuden anualmente millones de peregrinos y por el que Montreal se ha convertido en «la capital mundial del culto a san José». Dice el Papa en la homilía de la Beatificación que el hermano Andrés se sintió muy próximo a la vida de san José «trabajador pobre y aislado, tan cercano al Salvador», Santo a quien Canadá, y especialmente la Congregación de la Santa Cruz, ha honrado siempre mucho. El hermano Andrés tuvo que soportar incomprensiones y burlas por el éxito de su apostolado, pero siguió siendo siempre sencillo y jovial, porque «acudió a san José y ante el Santísimo Sacramento, practicaba él largamente y con fervor en nombre de los enfermos, la oración que les enseñaba».

Además, Juan Pablo II, con motivo del centenario de la encíclica de León XIII, Quamquam pluries –que ya comentamos–, publica la Exhortación apostólica Redemptoris Custos, el 15-VIII-1989, para preparar a la Iglesia bajo la protección del santo Patriarca en su entrada en el Tercer Milenio. Es ya el último comentario sobre José de Nazaret del Magisterio pontificio. El Romano Pontífice actual nos resume, por una parte, la reciente historia del magisterio pontificio sobre el patronazgo de san José para la Iglesia universal(25), y, por otra, recuerda así que en tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró «patrono de la Iglesia Católica»(26). El pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, «la Iglesia, después de la virgen santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José y a él recurrió sin cesar en las angustias»(27).

En nuestros días, el recién fallecido P. Francisco de Paula(28) escribe una introducción a la lectura de la Exhortación apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II, en estos términos: «Nuestro Papa actual Juan Pablo II, al verse envuelto en tan graves acontecimientos mundiales, ha vuelto los ojos a san José. La «Redemptoris Custos», que forma una trilogía con la Redemptor Hominis y la Redemptoris Mater es una llamada a san José para que «bendiga a la Iglesia», el Santo personalmente. El Santo Padre, cede el lugar que ocupa de «representante», a san José que es el «verdadero Padre», en el sentido en que el Padre Eterno, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, le concedió la potestad paterna sobre Cristo y su Obra. La exhortación apostólica de Juan Pablo II, se firmó también el 15 de agosto. (…) Que san José proteja a la Iglesia, la bendiga y con ella de modo particular al Papa Juan Pablo II, que tan providencialmente nos ha dado Dios y la Virgen, en estos momentos cruciales en la historia de la humanidad y que se ha puesto al servicio y bajo la protección de toda la Sagrada Familia»(29).

En efecto, hace cien años el papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La carta encíclica Quamquam pluries se refería a aquel «amor paterno» que José «profesaba al niño Jesús»; a él, «próvido custodio de la sagrada familia», recomendaba la «heredad que Jesucristo conquistó con su sangre». Desde entonces la Iglesia –como he recordado al comienzo de esta sección– implora la protección de san José en virtud de «aquel sagrado vínculo que lo une a la inmaculada Virgen María», y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana. Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas…; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad»(30). Y termina glosando Juan Pablo II: «Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José»(31). Que así sea.

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  1. Recientemente se ha anunciado la próxima beatificación en setiembre del año 2000, de dos Papas: Pío IX y Juan XXIII.
  2. Benedicto XV, Breve Bonum sane, 25-VII-1920: AAS 12 (1920) 313-317.
  3. En fecha muy reciente se ha anunciado también la incoación del proceso de beatificación de su arquitecto, Gaudí.
  4. Pío XI concedía gran importancia al apostolado seglar y se esforzó por encuadrarlo dentro de una nueva concepción de la Acción Católica. Como movimiento apostólico multiforme existía ya con anterioridad, había sido impulsado por san Pío X, pero en este tiempo le dio una organización centralizada y jerárquica, con el fin de ser un instrumento privilegiado para la cristianización de una sociedad cada vez más secularizada. La institución de la fiesta de Cristo Rey, en la encíclica Quas primas(1925), fue la expresión de este reinado social de Jesucristo, núcleo fundamental del magisterio de Pío XI. Y a la luz de este proyecto recristianizador han de contemplarse las encíclicas Casti connubi (30-XII-1930) sobre el matrimonio y la familia; y la Quadragesimo Anno (15-V-1931), puesta al día de la doctrina social de la Iglesia a los 40 años de la Rerum novarum de León XIII.
  5. La expansión misionera en Asia y Africa hizo grandes progresos, se multiplicaron las conversiones, y se dieron pasos decisivos para la consolidación de las nuevas cristiandades. Importancia en tal sentido tuvo el desarrollo del clero indígena. Una fecha señalada en la historia de las Misiones fue el 28 de octubre de 1926, en la que Pío XI consagró solemnemente, en la basílica de san Pedro de Roma, a seis nuevos Obispos de raza china.
  6. Con pocos días de diferencia publica otra encíclica, Mit Brennender Sorge, contra el nacional-Socialismo alemán y su doctrina racista.
  7. Terminada la contienda, existían 32 vacantes en un Colegio cardenalicio de 70. En el primer nombramiento de su pontificado creó cuatro cardenales italianos y 28 de otras nacionalidades, poniendo así término a un periodo de predominio absoluto de purpurados italianos en el Sacro Colegio
  8. Particular importancia tuvo, desde el punto de vista doctrinal, la encíclica Humani Generisdel 12-VIII-1950, que enlazaba con las enseñanzas de san Pío X, ante los rebrotes neomodernistas.
  9. El movimiento mariano, que adquiere nuevo impulso con las apariciones de la Rue du Bac (1830) y de Lourdes (1858), aparte de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción (1854), tiene su correspondencia en un movimiento de amplificación del culto de san José a partir de 1865. Se pedían tres cosas: el patronato sobre la iglesia universal, el culto de protodulíay la inserción del nombre de José en las oraciones de la misa. Más que ningún otro autor, el jesuita Cipriano Macabiau (+1915) expresa este movimiento con sus significativos volúmenes De cultu s. Joseph amplificando… (1887) y Primauté de saint Joseph (1897). Las peticiones son acogidas, pero progresivamente o de modo equivalente: en 1870 Pío IX proclama a san José «patrono de la iglesia»; la protodulia no entra en los documentos oficiales, sin embargo los pontífices exaltan la dignidad y el poder del santo y recomiendan su devoción: «José nos conduce directamente a María y, por medio de ella, a Jesús, fuente de toda santidad» (Bendicto XV, Bonum sane, 25-VII-1920, en AAS 12,313-317).
  10. También las liturgias orientales se hacen eco de las enseñanzas de los Papas: «¡Oh José! Gloria a quien te ha honrado, gloria al que te ha coronado, gloria al que te ha hecho patrono de nuestras almas» (Rito melquita). «¡Oh José! lleva a David la buena nueva: Aquí está el Padre de Dios. Tú has visto a la Virgen encinta, junto con los pastores has cantado el Gloria,con los Magos te has postrado, con el Ángel has tratado asuntos divinos. Ruega, pues, a Cristo, nuestro Dios, que salve nuestras almas» (Rito bizantino).
  11. LG, 50.
  12. Entre las expresiones más típicas de este fenómeno pueden señalarse: la disminución de la práctica religiosa en tierras de vieja cristiandad, el menosprecio de la ley divina como norma de moralidad, la crisis de numerosos matrimonios y de la propia institución familiar, víctimas de la plga del divorcio; los atentados contra el derecho a la vida de los seres más indefensos, el desbordamiento de la violencia.
  13. No hizo el Concilio ninguna definición dogmática, por lo que sus enseñanzas no tienen la prerrogativa de la infalibilidad; pero constituyen actos del magisterio solemne de la Iglesia y exigen por tanto de los fieles una adhesión interna y externa. Constituciones dogmáticas, Decretos, declaraciones y una Constitución pastoral –la Gaudium et spes— sobre la Iglesia en el mundo actual.
  14. El eclipse de la virtud teologal de la fe y la pérdida del sentido trascendente de la vida del hombre parecen ser las raíces últimas de la crisis, uno de cuyos principales intentos fue la tergiversación de la naturaleza de la Redención y, en consecuencia, de la misión de la Iglesia en el mundo. Este es el objetivo de dos importantes documentos de Pablo VI: «El Credo del Pueblo de Dios» (30-VI-1968) y la encíclica Humanae vitae(25-VII-1968) sobre los problemas del matrimonio y la familia. Cfr supra p. II-22.
  15. H. Holstein, Une dévotion en perte de vitesse?, en «Cahiers Marials», Paris, 20 (1975) 5, n. 100, pp. 289-297.
  16. En primer lugar san José es la cabeza de la familia de Nazaret, y ya se sabe que la familia es la célula elemental de toda sociedad, nación, Estado o Iglesia. En segundo lugar, al ser su cabeza, trabaja para su sustento y para sostener la familia con el trabajo de sus manos. El Evangelio en varias ocasiones señala que era artesano, carpintero, y que pertenecía, con su familia, a la clase de hombres pobres. El personaje y la figura de san José obrero empapó tanto, en los últimos tiempos, a la misma liturgia, que incluso logró desdibujar el culto de la paternidad de san José dentro de la familia nazaretana, con la consecuencia de su calidad de tutor de Jesús y también de padre de la Iglesia.
  17. Este magnífico pensamiento litúrgico, tomado de la antigua fiesta que se celebraba el miércoles de la tercera semana de Pascua de Resurrección (con octava), lleno de profundidad y a la vez de singular sabor litúrgico, ha sido relegado a segundo plano ante el papel social de san José.
  18. Es una de las homilías recogidas en su obra Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid 1973.
  19. ECP, 44.
  20. ECP, 44.
  21. Cfr. Isidoro de José y José de Jesús María, San José en e1 Sacrificio de la Misa(Historia de una magna campaña josefina) Centro Español de Investigaciones Josefinas, Padres Carmelitas Descalzos, Valladolid, 1963.
  22. En una tertulia en Pozoalbero, 9-XI-1972.
  23. Citado por S. Bernal, o.c., epílogo, pág. 319. Cfr FOR, 272.
  24. Cfr ECP, 38.
  25. Comentando un cuadro que había encargado pintar, decía: «Amad al Señor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la Trinidad Beatísima, Dios único. Y también a ésta como trinidad de la tierra –no soy el primero que lo dice, pero a mí me da mucha devoción–, a Jesús, María y José». De una tertulia en Roma, 19-III-1973. Pero ya antes, en una meditación predicada en Roma en la fiesta de San José, el año 1971, afirmaba: «Entre los bienes que el Señor ha querido darme está la devoción a la Trinidad Beatísima, la Trinidad del Cielo, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, único Dios; y la trinidadde la tierra: Jesús María y José. Comprendo bien la unidad y el cariño de esta Sagrada Familia. Eran tres corazones, pero un solo amor». Cfr FOR, 551.
  26. Cfr RC, nn. 28-31.
  27. Cfr Sacr. Rituum Congr., decr. Quemadmodum Deus(8-XII-1870): l.c., 283.
  28. Ibidem l.c., 282s.
  29. P. Francisco de Paula Solá Carrió (1907-1993), profesor de Teología Dogmática y Bibliotecario de la Fundación Balmesiana de Barcelona, es internacionalmente conocido como uno de los más eminentes estudiosos en el campo de la Mariología y de la Josefología.
  30. Se reproduce aquí su editorial en la revista Cristiandad(nº 703-705, X-XII 1989).
  31. Cfr León XIII, «Oratio ad Sanctum Ioseph», que aparece inmediatamente después del texto de la carta enc. Quamquam pluries(15-VIII-1889): Leonis XIII P.M. Acta IX (1890) 183
  32. RC, 31 in fine.

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