La doctrina católica según los gustos del mundo

La Iglesia, tradicionalmente, movida por el amor de Dios y  la salvación de las almas, quiso siempre que éstas, como las familias y las mismas naciones estuvieran bajo el “yugo” salvífico de Jesucristo, Rey y Señor del Universo. Tal es el fin, cuya obligación recordaba constantemente, cuyo alcance siempre consideraba y cuya realización siempre ambicionaba. Dos aspectos tuvo siempre presentes: los derechos de Dios y el ideal de la “ciudad cristiana”; y esto teniendo siempre presente la realidad del hombre y sus necesidades; y la realidad de  las naciones y del mundo en general.

Y así, la Iglesia armada con una santa intransigencia, manteniéndose firme contra las falsas ideologías destructoras del hombre y de la convivencia social; con su prudente caridad para alentar a la construcción de la ciudad cristiana; ejerciendo su responsabilidad como Iglesia de Cristo, luz del mundo para los problemas de éste, caminó y ejerció su labor apostólica unida, sin fisuras, a la tradición apostólica.

La Iglesia siempre respondió a las necesidades esenciales de la sociedad, pero manteniendo siempre un principio absolutamente esencial, principio viciado completamente con el Concilio Vaticano II: Los derechos imprescriptibles de los hombres no dependen de la aceptación subjetiva por parte de estos. Las verdades que atañen a la Ley de Dios no están sujetas a la opinión de la masa, ni a la deliberación popular; así lo ha entendido siempre el Magisterio, porque así debe ser, y no de otra manera, porque así corresponde a la naturaleza de la Ley divina. La Iglesia condenó todo tipo de leyes contrarias a la Ley de Dios, y alentó  a su incumplimiento.

Pero con el Concilio Vaticano II se produjo un cambio radical tal que, a  seis décadas de aquel acontecimiento, la Iglesia es irreconocible en lo que vive, enseña y predica. Con el Concilio la Iglesia se olvidó, a conciencia, de aquel principio de la sabiduría pagana: Fas est ab hoste doceri[1] , “uno debe aprender incluso de sus enemigos”; principio que tiene su equivalente evangélico: la parábola del administrador astuto (Lc 16,1-13). El Señor alabó al administrador por haber actuado astutamente, reconociendo que “los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz”. La Sabiduría encarnada nos advierte de la prudencia de los hijos de este mundo. Pero la Iglesia conciliar prefirió olvidar el consejo de la sabiduría pagana y de la Sagrada Escritura, y, por tanto, ya no consideró la existencia de  enemigos ni de “administradores injustos”. Y he aquí el cambio de paradigma: el mundo es bueno, sus gustos y deseos son los de la Iglesia, que se abre y dialoga en fraternidad con todos los hermanos de la humanidad.

Pues, bien, aquí tenemos a la masonería, sin obstáculos, ni voces que adviertan de su presencia y de su labor destructiva, libre de la vigilancia y condena de la Iglesia; y siguen con su metódica perseverancia,  y con su astucia mezclada de audacia, construyendo la “ciudad secular universal”, fruto del largo tiempo de elaboración de su plan satánico en sus tenebrosas logias.

A la intransigencia masónica siempre se impuso la santa intransigencia católica, es decir, a la astucia del mal se opuso la prudencia iluminada por el Espíritu de Dios, Espíritu de fuerza y de verdad, como, así, de amor.

La Iglesia, tradicionalmente, se acomodó a las realidades del mundo sin sacrificar la verdad ante el error, los derechos de Dios a los caprichos o pasiones del hombre, y nunca corrigiendo su doctrina según los gustos del mundo, como desea la ideología liberal masónica.

Pero con el Concilio las “puertas” se abrieron, y el Magisterio, la doctrina católica, no ha hecho más que acomodarse al mundo, y hoy es irreconocible. La Iglesia se olvidó de la astucia de los hijos del mundo.

[1] Ovidio. Metamorfosis.

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