ESCUCHAR NOTICIA:Tomáš Holub
El obispo checo Tomáš Holub, en un artículo que aparece en el blog “Come se non”, dirigido por el modernista liturgista Andrea Grillo, y del que se hace eco Infovaticana, sostiene que el Novus Ordo expresa mejor la Iglesia sinodal promovida por el Concilio Vaticano II, que consiste en una Iglesia basada en la asamblea, la corresponsabilidad, la participación activa y la diversidad de ministerios. En cambio, considera que el Vetus Ordo refleja una visión eclesiológica tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
A partir de la experiencia del sínodo diocesano de Pilsen, el obispo Holub presenta la sinodalidad como una forma permanente de vivir la fe, de reunirse, escucharse y discernir juntos. Según él, esta mentalidad debe reflejarse también en la liturgia, entendida como celebración visible de la comunidad reunida.
Respecto a los fieles tradicionales, este obispo checo, en su artículo, propone escucharlos y acompañarlos, pero desde una condición previa: la aceptación del Concilio Vaticano II y de la reforma litúrgica. El artículo revela así que la oposición al Vetus Ordo no se refiere solo a un rito, sino a la concepción de Iglesia que ese rito expresa y custodia.
La opinión de este obispo es la opinión de la gran mayoría de la jerarquía de la Iglesia.
La pregunta que nos surge tras la lectura del artículo del obispo Tomáš Holub es si la Iglesia contemporánea responde a la fe que la Misa tradicional custodia. La Misa tradicional no nació para reflejar una determinada época histórica ni para expresar las preferencias espirituales de una generación concreta. Se fue formando orgánicamente en la vida de la Iglesia como expresión del sacrificio de Cristo, del sacerdocio ministerial, de la adoración debida a Dios y de la continuidad de la fe apostólica.
Durante siglos, esa liturgia alimentó a santos, sostuvo a mártires, inspiró a misioneros, convirtió pueblos y levantó una civilización cristiana. No fue únicamente una forma de celebrar. Fue una escuela completa de fe.
La Misa tradicional presenta de manera inequívoca el carácter sacrificial de la Eucaristía. El sacerdote ofrece al Padre el mismo sacrificio de Cristo, renovado incruentamente sobre el altar. Las oraciones del ofertorio, las genuflexiones, los silencios, la separación entre el santuario y la nave y la orientación del celebrante manifiestan que allí sucede algo que no depende de la asamblea.
La Misa tradicional obliga a preguntar: ¿Sigue creyendo la Iglesia con toda su fuerza que la Eucaristía es ante todo el sacrificio propiciatorio de Cristo? ¿Sigue siendo Dios el centro real de la vida eclesial, o se ha convertido el hombre -sus necesidades, su experiencia y su participación- en la medida de todas las cosas? ¿Sigue anunciando la Iglesia contemporánea que el hombre debe arrepentirse, abandonar el pecado y vivir en gracia para salvarse?
La Misa tradicional recuerda que la Iglesia es fiel cuando transmite, no cuando reinventa. Y, por eso pregunta: ¿Sigue comprendiéndose la Iglesia contemporánea como depositaria de una fe recibida, o comienza a entenderse como una comunidad que construye progresivamente su propia identidad?
Todas estas preguntas hacen que la presencia de la Misa tradicional resulte incómoda. Su sola existencia actúa como juez que cuestiona, y recuerda que hubo -y sigue habiendo- una manera de celebrar en la que Dios ocupa el centro de manera inequívoca; en la que el sacerdote desaparece detrás del rito; en la que la comunidad no se celebra a sí misma; y en la que el hombre es conducido al arrepentimiento y a la adoración.
No es la Misa tradicional la que debe comparecer ante el tribunal de la modernidad. Es la Iglesia contemporánea la que debe examinarse ante la fe de los santos, de los mártires y de las generaciones que recibieron esa liturgia como un tesoro.
Estamos ante una situación más allá del aspecto litúrgico, pues afecta a la misma identidad de la Iglesia. Si la antigua liturgia manifiesta una concepción errónea o ya superada de la Iglesia, habría que preguntarse qué clase de Iglesia produjo entonces tantos santos, mártires, misioneros y doctores.
Las palabras del obispo Holub son especialmente reveladoras porque vinculan explícitamente el Novus Ordo con una Iglesia sinodal, basada en la asamblea, la corresponsabilidad y la multiplicidad de ministerios, mientras atribuyen al Vetus Ordo una visión tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
Esto significa que la reforma litúrgica aparece como la expresión visible de una nueva conciencia eclesial. No se trata simplemente de que, después del Concilio Vaticano II, la Iglesia haya adoptado una nueva forma de celebrar. Se trata de que el nuevo rito fue concebido como la manifestación litúrgica de una nueva manera de comprender qué es la Iglesia, quién es el sujeto de la acción eclesial y cómo debe relacionarse con el mundo moderno.
En este sentido, el Novus Ordo no sería únicamente una reforma ceremonial, sino el símbolo permanente de la identidad conciliar. Esta identidad conciliar se manifiesta en una Iglesia que escucha más que enseña, que dialoga más que convierte, que busca el consenso más que ejerce la autoridad, que busca la comunidad humana más que la sobrenatural, que busca la autonomía del mundo más que la realiza de Cristo en la sociedad. En definitiva, una conciencia eclesial que ya no se reconoce en la tradición.
La nueva identidad eclesial nacida del Concilio Vaticano II puede resumirse como el paso de una Iglesia que se sabía depositaria de una verdad divina a una Iglesia que desea caminar junto al mundo; de una Iglesia que llamaba a la conversión a una Iglesia que privilegia el diálogo; de una Iglesia centrada en el sacrificio y la autoridad a una Iglesia centrada en la asamblea y la participación.
Siendo esto así, nos hacemos una pregunta final, fruto de una duda práctica: ¿Puede una Iglesia que ya no se reconoce en la fe expresada por su liturgia tradicional afirmar que permanece plenamente fiel a la misma tradición apostólica?
Esta pregunta no equivale a juzgar que la Iglesia haya dejado de ser la Iglesia. Equivale a distinguir entre la Iglesia, indefectible por la promesa de Cristo, y los hombres que pueden gobernarla o enseñar en ella de manera deficiente.
La desconfianza indiscriminada no es católica. Pero tampoco lo es una obediencia que renuncia al uso de la razón y acepta cualquier novedad solo porque procede de una autoridad eclesiástica. Pero la desconfianza puede ser comprensible cuando la autoridad, en lugar de confirmar a los hermanos en aquello que la Iglesia creyó siempre, les pide que acepten como desarrollo lo que no ha demostrado ser continuidad.
No puede admitirse que el Concilio Vaticano II se haya convertido en criterio absoluto, porque entonces deja de presentarse como un concilio dentro de la tradición y comienza a funcionar como una frontera histórica: antes y después del Concilio.
Para el obispo checo Tomáš Holub se puede dialogar con los fieles tradicionales, pero siempre desde la plena aceptación del Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica surgida de él. Pero, para nosotros la verdadera pregunta es si la Iglesia sinodal está dispuesta a admitir que ellos pueden tener razón.Pulse para escuchar el textoTomáš Holub
El obispo checo Tomáš Holub, en un artículo que aparece en el blog “Come se non”, dirigido por el modernista liturgista Andrea Grillo, y del que se hace eco Infovaticana, sostiene que el Novus Ordo expresa mejor la Iglesia sinodal promovida por el Concilio Vaticano II, que consiste en una Iglesia basada en la asamblea, la corresponsabilidad, la participación activa y la diversidad de ministerios. En cambio, considera que el Vetus Ordo refleja una visión eclesiológica tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
A partir de la experiencia del sínodo diocesano de Pilsen, el obispo Holub presenta la sinodalidad como una forma permanente de vivir la fe, de reunirse, escucharse y discernir juntos. Según él, esta mentalidad debe reflejarse también en la liturgia, entendida como celebración visible de la comunidad reunida.
Respecto a los fieles tradicionales, este obispo checo, en su artículo, propone escucharlos y acompañarlos, pero desde una condición previa: la aceptación del Concilio Vaticano II y de la reforma litúrgica. El artículo revela así que la oposición al Vetus Ordo no se refiere solo a un rito, sino a la concepción de Iglesia que ese rito expresa y custodia.
La opinión de este obispo es la opinión de la gran mayoría de la jerarquía de la Iglesia.
La pregunta que nos surge tras la lectura del artículo del obispo Tomáš Holub es si la Iglesia contemporánea responde a la fe que la Misa tradicional custodia. La Misa tradicional no nació para reflejar una determinada época histórica ni para expresar las preferencias espirituales de una generación concreta. Se fue formando orgánicamente en la vida de la Iglesia como expresión del sacrificio de Cristo, del sacerdocio ministerial, de la adoración debida a Dios y de la continuidad de la fe apostólica.
Durante siglos, esa liturgia alimentó a santos, sostuvo a mártires, inspiró a misioneros, convirtió pueblos y levantó una civilización cristiana. No fue únicamente una forma de celebrar. Fue una escuela completa de fe.
La Misa tradicional presenta de manera inequívoca el carácter sacrificial de la Eucaristía. El sacerdote ofrece al Padre el mismo sacrificio de Cristo, renovado incruentamente sobre el altar. Las oraciones del ofertorio, las genuflexiones, los silencios, la separación entre el santuario y la nave y la orientación del celebrante manifiestan que allí sucede algo que no depende de la asamblea.
La Misa tradicional obliga a preguntar: ¿Sigue creyendo la Iglesia con toda su fuerza que la Eucaristía es ante todo el sacrificio propiciatorio de Cristo? ¿Sigue siendo Dios el centro real de la vida eclesial, o se ha convertido el hombre -sus necesidades, su experiencia y su participación- en la medida de todas las cosas? ¿Sigue anunciando la Iglesia contemporánea que el hombre debe arrepentirse, abandonar el pecado y vivir en gracia para salvarse?
La Misa tradicional recuerda que la Iglesia es fiel cuando transmite, no cuando reinventa. Y, por eso pregunta: ¿Sigue comprendiéndose la Iglesia contemporánea como depositaria de una fe recibida, o comienza a entenderse como una comunidad que construye progresivamente su propia identidad?
Todas estas preguntas hacen que la presencia de la Misa tradicional resulte incómoda. Su sola existencia actúa como juez que cuestiona, y recuerda que hubo -y sigue habiendo- una manera de celebrar en la que Dios ocupa el centro de manera inequívoca; en la que el sacerdote desaparece detrás del rito; en la que la comunidad no se celebra a sí misma; y en la que el hombre es conducido al arrepentimiento y a la adoración.
No es la Misa tradicional la que debe comparecer ante el tribunal de la modernidad. Es la Iglesia contemporánea la que debe examinarse ante la fe de los santos, de los mártires y de las generaciones que recibieron esa liturgia como un tesoro.
Estamos ante una situación más allá del aspecto litúrgico, pues afecta a la misma identidad de la Iglesia. Si la antigua liturgia manifiesta una concepción errónea o ya superada de la Iglesia, habría que preguntarse qué clase de Iglesia produjo entonces tantos santos, mártires, misioneros y doctores.
Las palabras del obispo Holub son especialmente reveladoras porque vinculan explícitamente el Novus Ordo con una Iglesia sinodal, basada en la asamblea, la corresponsabilidad y la multiplicidad de ministerios, mientras atribuyen al Vetus Ordo una visión tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
Esto significa que la reforma litúrgica aparece como la expresión visible de una nueva conciencia eclesial. No se trata simplemente de que, después del Concilio Vaticano II, la Iglesia haya adoptado una nueva forma de celebrar. Se trata de que el nuevo rito fue concebido como la manifestación litúrgica de una nueva manera de comprender qué es la Iglesia, quién es el sujeto de la acción eclesial y cómo debe relacionarse con el mundo moderno.
En este sentido, el Novus Ordo no sería únicamente una reforma ceremonial, sino el símbolo permanente de la identidad conciliar. Esta identidad conciliar se manifiesta en una Iglesia que escucha más que enseña, que dialoga más que convierte, que busca el consenso más que ejerce la autoridad, que busca la comunidad humana más que la sobrenatural, que busca la autonomía del mundo más que la realiza de Cristo en la sociedad. En definitiva, una conciencia eclesial que ya no se reconoce en la tradición.
La nueva identidad eclesial nacida del Concilio Vaticano II puede resumirse como el paso de una Iglesia que se sabía depositaria de una verdad divina a una Iglesia que desea caminar junto al mundo; de una Iglesia que llamaba a la conversión a una Iglesia que privilegia el diálogo; de una Iglesia centrada en el sacrificio y la autoridad a una Iglesia centrada en la asamblea y la participación.
Siendo esto así, nos hacemos una pregunta final, fruto de una duda práctica: ¿Puede una Iglesia que ya no se reconoce en la fe expresada por su liturgia tradicional afirmar que permanece plenamente fiel a la misma tradición apostólica?
Esta pregunta no equivale a juzgar que la Iglesia haya dejado de ser la Iglesia. Equivale a distinguir entre la Iglesia, indefectible por la promesa de Cristo, y los hombres que pueden gobernarla o enseñar en ella de manera deficiente.
La desconfianza indiscriminada no es católica. Pero tampoco lo es una obediencia que renuncia al uso de la razón y acepta cualquier novedad solo porque procede de una autoridad eclesiástica. Pero la desconfianza puede ser comprensible cuando la autoridad, en lugar de confirmar a los hermanos en aquello que la Iglesia creyó siempre, les pide que acepten como desarrollo lo que no ha demostrado ser continuidad.
No puede admitirse que el Concilio Vaticano II se haya convertido en criterio absoluto, porque entonces deja de presentarse como un concilio dentro de la tradición y comienza a funcionar como una frontera histórica: antes y después del Concilio.
Para el obispo checo Tomáš Holub se puede dialogar con los fieles tradicionales, pero siempre desde la plena aceptación del Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica surgida de él. Pero, para nosotros la verdadera pregunta es si la Iglesia sinodal está dispuesta a admitir que ellos pueden tener razón.
Tomáš Holub
El obispo checo Tomáš Holub, en un artículo que aparece en el blog “Come se non”, dirigido por el modernista liturgista Andrea Grillo, y del que se hace eco Infovaticana, sostiene que el Novus Ordo expresa mejor la Iglesia sinodal promovida por el Concilio Vaticano II, que consiste en una Iglesia basada en la asamblea, la corresponsabilidad, la participación activa y la diversidad de ministerios. En cambio, considera que el Vetus Ordo refleja una visión eclesiológica tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
A partir de la experiencia del sínodo diocesano de Pilsen, el obispo Holub presenta la sinodalidad como una forma permanente de vivir la fe, de reunirse, escucharse y discernir juntos. Según él, esta mentalidad debe reflejarse también en la liturgia, entendida como celebración visible de la comunidad reunida.
Respecto a los fieles tradicionales, este obispo checo, en su artículo, propone escucharlos y acompañarlos, pero desde una condición previa: la aceptación del Concilio Vaticano II y de la reforma litúrgica. El artículo revela así que la oposición al Vetus Ordo no se refiere solo a un rito, sino a la concepción de Iglesia que ese rito expresa y custodia.
La opinión de este obispo es la opinión de la gran mayoría de la jerarquía de la Iglesia.
La pregunta que nos surge tras la lectura del artículo del obispo Tomáš Holub es si la Iglesia contemporánea responde a la fe que la Misa tradicional custodia. La Misa tradicional no nació para reflejar una determinada época histórica ni para expresar las preferencias espirituales de una generación concreta. Se fue formando orgánicamente en la vida de la Iglesia como expresión del sacrificio de Cristo, del sacerdocio ministerial, de la adoración debida a Dios y de la continuidad de la fe apostólica.
Durante siglos, esa liturgia alimentó a santos, sostuvo a mártires, inspiró a misioneros, convirtió pueblos y levantó una civilización cristiana. No fue únicamente una forma de celebrar. Fue una escuela completa de fe.
La Misa tradicional presenta de manera inequívoca el carácter sacrificial de la Eucaristía. El sacerdote ofrece al Padre el mismo sacrificio de Cristo, renovado incruentamente sobre el altar. Las oraciones del ofertorio, las genuflexiones, los silencios, la separación entre el santuario y la nave y la orientación del celebrante manifiestan que allí sucede algo que no depende de la asamblea.
La Misa tradicional obliga a preguntar: ¿Sigue creyendo la Iglesia con toda su fuerza que la Eucaristía es ante todo el sacrificio propiciatorio de Cristo? ¿Sigue siendo Dios el centro real de la vida eclesial, o se ha convertido el hombre -sus necesidades, su experiencia y su participación- en la medida de todas las cosas? ¿Sigue anunciando la Iglesia contemporánea que el hombre debe arrepentirse, abandonar el pecado y vivir en gracia para salvarse?
La Misa tradicional recuerda que la Iglesia es fiel cuando transmite, no cuando reinventa. Y, por eso pregunta: ¿Sigue comprendiéndose la Iglesia contemporánea como depositaria de una fe recibida, o comienza a entenderse como una comunidad que construye progresivamente su propia identidad?
Todas estas preguntas hacen que la presencia de la Misa tradicional resulte incómoda. Su sola existencia actúa como juez que cuestiona, y recuerda que hubo -y sigue habiendo- una manera de celebrar en la que Dios ocupa el centro de manera inequívoca; en la que el sacerdote desaparece detrás del rito; en la que la comunidad no se celebra a sí misma; y en la que el hombre es conducido al arrepentimiento y a la adoración.
No es la Misa tradicional la que debe comparecer ante el tribunal de la modernidad. Es la Iglesia contemporánea la que debe examinarse ante la fe de los santos, de los mártires y de las generaciones que recibieron esa liturgia como un tesoro.
Estamos ante una situación más allá del aspecto litúrgico, pues afecta a la misma identidad de la Iglesia. Si la antigua liturgia manifiesta una concepción errónea o ya superada de la Iglesia, habría que preguntarse qué clase de Iglesia produjo entonces tantos santos, mártires, misioneros y doctores.
Las palabras del obispo Holub son especialmente reveladoras porque vinculan explícitamente el Novus Ordo con una Iglesia sinodal, basada en la asamblea, la corresponsabilidad y la multiplicidad de ministerios, mientras atribuyen al Vetus Ordo una visión tridentina que ya no respondería a las necesidades actuales.
Esto significa que la reforma litúrgica aparece como la expresión visible de una nueva conciencia eclesial. No se trata simplemente de que, después del Concilio Vaticano II, la Iglesia haya adoptado una nueva forma de celebrar. Se trata de que el nuevo rito fue concebido como la manifestación litúrgica de una nueva manera de comprender qué es la Iglesia, quién es el sujeto de la acción eclesial y cómo debe relacionarse con el mundo moderno.
En este sentido, el Novus Ordo no sería únicamente una reforma ceremonial, sino el símbolo permanente de la identidad conciliar. Esta identidad conciliar se manifiesta en una Iglesia que escucha más que enseña, que dialoga más que convierte, que busca el consenso más que ejerce la autoridad, que busca la comunidad humana más que la sobrenatural, que busca la autonomía del mundo más que la realiza de Cristo en la sociedad. En definitiva, una conciencia eclesial que ya no se reconoce en la tradición.
La nueva identidad eclesial nacida del Concilio Vaticano II puede resumirse como el paso de una Iglesia que se sabía depositaria de una verdad divina a una Iglesia que desea caminar junto al mundo; de una Iglesia que llamaba a la conversión a una Iglesia que privilegia el diálogo; de una Iglesia centrada en el sacrificio y la autoridad a una Iglesia centrada en la asamblea y la participación.
Siendo esto así, nos hacemos una pregunta final, fruto de una duda práctica: ¿Puede una Iglesia que ya no se reconoce en la fe expresada por su liturgia tradicional afirmar que permanece plenamente fiel a la misma tradición apostólica?
Esta pregunta no equivale a juzgar que la Iglesia haya dejado de ser la Iglesia. Equivale a distinguir entre la Iglesia, indefectible por la promesa de Cristo, y los hombres que pueden gobernarla o enseñar en ella de manera deficiente.
La desconfianza indiscriminada no es católica. Pero tampoco lo es una obediencia que renuncia al uso de la razón y acepta cualquier novedad solo porque procede de una autoridad eclesiástica. Pero la desconfianza puede ser comprensible cuando la autoridad, en lugar de confirmar a los hermanos en aquello que la Iglesia creyó siempre, les pide que acepten como desarrollo lo que no ha demostrado ser continuidad.
No puede admitirse que el Concilio Vaticano II se haya convertido en criterio absoluto, porque entonces deja de presentarse como un concilio dentro de la tradición y comienza a funcionar como una frontera histórica: antes y después del Concilio.
Para el obispo checo Tomáš Holub se puede dialogar con los fieles tradicionales, pero siempre desde la plena aceptación del Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica surgida de él. Pero, para nosotros la verdadera pregunta es si la Iglesia sinodal está dispuesta a admitir que ellos pueden tener razón.
7 respuestas a «La duda legítima y la crisis de confianza en el Magisterio»
Magnífico artículo, que toca el fondo de la cuestión: ¿Es la “Iglesia postconciliar” la verdadera Iglesia fundada por Jesucristo, o ya no queda de ella más que “un resto”, que ahora llamamos “iglesia tradicional”?
La simple distinción entre ambas, ya denota que se está perdiendo la Unidad, una de las notas irrenunciables de la catolicidad.
Un comentario al título: de «duda», nada. Los cristianos de corazón NO TENEMOS DUDAS: el gobierno de la Iglesia ha sido usurpado por los siervos de satanás, que quieren convertirnos en paganos o protestantes. ¡No hay más que ver al nauseabundo de Fernández o a ese pringao con el carisma de un trapo sucio de cocina que reclama ser papa! ¡Ya está bien de cautelas y moderación! ¡Valor!
Ningún razonamiento basado en el insulto es aceptable.
Sólo Dios sabe cómo y por qué la actual jerarquía ha llegado hasta donde está, pues sus designios son irrastreables.
El Papado hay que honrarlo y venerarlo, como todo lo que procede de nuestro Señor. Otra cosa, bien distinta, es que las personas que lo encarnan circunstancialmente, sean dignos sucesores de Pedro o hayan descarrilado.
El problema es que Prevost es un agendista, es un pro Agenda 2030.
Dejo un vídeo muy ilustrativo del mecenas de Prevost. Nada más y menos que el grosero tarado mental de Bergoglio y su ayundante el degenerado Tucho y a quién están esperando: https://www.youtube.com/watch?v=TzAjzn50s4w (vídeo de 2 minutos)
Denominarlos hijos de Satanás, no es un insulto, es una denominación.
Lo del llamamiento a la invasión, por parte de Prevost, en Canarias hace menos de un mes, es parte de su agenda satánica. Es un ataque directo a la civilización cristiana.
Precisamente por honrar AL PAPADO y a todo el Santo Cuerpo de Cristo llamo caterva de perros infernales y alimañas ponzoñosas a quienes usurpan el gobierno de la Iglesia, particularmente al sumamente asqueroso Fernández y al desgraciado que reclama ser papa. Mientes desvergonzadamente para ocultar tu tibieza, cobardía, traición o falsedad o lo que sea), pues no sólo Dios sabe cómo y porqué se infiltra el enemigo sino también cualquier cristiano que no se avergüence de Cristo: lo hace con mendacidad, enredos, calumnias, perjurio, maquinación, blasfemias, sacrilegios y toda suerte de abominaciones para destruir la Iglesia.
¡Deja, pues, de hacerte el tonto y quedarte como un saco de patatas entre Cielo y tierra: y decídete por Cristo o por sus enemigos! En todo caso allá tú con tu decisión, pero no me vas a arrastrar si decides mal.
Los pastores de cabras excomulgan a las ovejas, predican agua mientras beben vino, hacen el mal con una sonrisa y predican no se sabe qué como máquinas averiadas. Más que escucharlos habría que soplarles el solideo de un sartenazo en el cogote. Amén aleluya.
Magnífico artículo, que toca el fondo de la cuestión: ¿Es la “Iglesia postconciliar” la verdadera Iglesia fundada por Jesucristo, o ya no queda de ella más que “un resto”, que ahora llamamos “iglesia tradicional”?
La simple distinción entre ambas, ya denota que se está perdiendo la Unidad, una de las notas irrenunciables de la catolicidad.
Un comentario al título: de «duda», nada. Los cristianos de corazón NO TENEMOS DUDAS: el gobierno de la Iglesia ha sido usurpado por los siervos de satanás, que quieren convertirnos en paganos o protestantes. ¡No hay más que ver al nauseabundo de Fernández o a ese pringao con el carisma de un trapo sucio de cocina que reclama ser papa! ¡Ya está bien de cautelas y moderación! ¡Valor!
Ningún razonamiento basado en el insulto es aceptable.
Sólo Dios sabe cómo y por qué la actual jerarquía ha llegado hasta donde está, pues sus designios son irrastreables.
El Papado hay que honrarlo y venerarlo, como todo lo que procede de nuestro Señor. Otra cosa, bien distinta, es que las personas que lo encarnan circunstancialmente, sean dignos sucesores de Pedro o hayan descarrilado.
El problema es que Prevost es un agendista, es un pro Agenda 2030.
Dejo un vídeo muy ilustrativo del mecenas de Prevost. Nada más y menos que el grosero tarado mental de Bergoglio y su ayundante el degenerado Tucho y a quién están esperando:
https://www.youtube.com/watch?v=TzAjzn50s4w (vídeo de 2 minutos)
Denominarlos hijos de Satanás, no es un insulto, es una denominación.
Lo del llamamiento a la invasión, por parte de Prevost, en Canarias hace menos de un mes, es parte de su agenda satánica. Es un ataque directo a la civilización cristiana.
Precisamente por honrar AL PAPADO y a todo el Santo Cuerpo de Cristo llamo caterva de perros infernales y alimañas ponzoñosas a quienes usurpan el gobierno de la Iglesia, particularmente al sumamente asqueroso Fernández y al desgraciado que reclama ser papa. Mientes desvergonzadamente para ocultar tu tibieza, cobardía, traición o falsedad o lo que sea), pues no sólo Dios sabe cómo y porqué se infiltra el enemigo sino también cualquier cristiano que no se avergüence de Cristo: lo hace con mendacidad, enredos, calumnias, perjurio, maquinación, blasfemias, sacrilegios y toda suerte de abominaciones para destruir la Iglesia.
¡Deja, pues, de hacerte el tonto y quedarte como un saco de patatas entre Cielo y tierra: y decídete por Cristo o por sus enemigos! En todo caso allá tú con tu decisión, pero no me vas a arrastrar si decides mal.
LA IGLESIA ESTÁ TOTALMENTE DESNORTADA, DESDE EL CONCILIÁBULO VATICANO II.
Muchas veces es mejor hacer lo contrario de lo que predican…
Los pastores de cabras excomulgan a las ovejas, predican agua mientras beben vino, hacen el mal con una sonrisa y predican no se sabe qué como máquinas averiadas. Más que escucharlos habría que soplarles el solideo de un sartenazo en el cogote. Amén aleluya.