La Edad Media en Murcia

La historia de España, como la de casi cualquier país, está llena de invasiones, guerras y conflictos políticos, económicos y religiosos. Pero todos estos factores, que tanto dificultaron la convivencia pacífica, también favorecieron un contacto entre culturas y un mestizaje de la población, a un nivel que no se encuentra con tanta frecuencia en otros lugares. El resultado es un país con una idiosincrasia única a la que se llegó tras un complejo proceso de siglos. Para ilustrarlo usaremos una parte de la historia singular de una zona relativamente pequeña de la península Ibérica, la Región de Murcia.

1. La Alta Edad Media en Murcia. Visigodos y bizantinos

La conversión de Recaredo al cristianismo

A principios del siglo VI los visigodos fueron derrotados y expulsados de la Galia por los francos. Evitaron su desaparición como pueblo gracias al apoyo de sus primos los ostrogodos, pero el centro de gravedad de su reino pasó a estar en la Península Ibérica. Muy escasos en número, a mediados de siglo sólo dominaban parte del territorio. Su régimen político era una monarquía electiva, propensa al asesinato de sus reyes (el “morbo gótico”) y a los conflictos civiles.

En el año 551, una facción de la nobleza encabezada por Atanagildo se rebeló contra el rey Agila. Ante la imposibilidad de lograr el trono, Atanagildo pidió ayuda a los bizantinos. Estos habían destruido pocos años antes el reino que los vándalos fundaran un siglo atrás en el norte de África. Los vándalos habían asolado las riberas del Mediterráneo y su destrucción fue un objetivo mucho tiempo perseguido. Por eso las tropas del emperador Justiniano ocupaban ahora puntos cercanos al reino visigodo como Ceuta y las islas Baleares. La política imperial de aquel momento era expansiva y decidieron apoyar a los rebeldes enviando una flota con un pequeño ejército en el año 552.

La intervención de los romanos de oriente sólo dio un giro a la situación en el año 554 cuando, tras acabar también con el reino ostrogodo de Italia, pudieron enviar refuerzos a la Península. Los propios partidarios de Agila asesinaron a su rey y entregaron el trono a Atanagildo. Pero entonces los aliados bizantinos decidieron dejar de serlo y quedarse allí. Con el apoyo de la población hispano-romana llegaron a controlar desde Denia (Valencia) hasta el río Guadalete (Cádiz). Cartagena, a la que llamaron Justina, fue la capital de su provincia Spaniae.

Atanagildo y Justiniano firmaron un tratado de paz, pero la presión territorial y política bizantina sobre el reino godo continuó siendo grande y pronto el propio Atanagildo comenzó la lucha para expulsarlos de los territorios que ocupaban. La resistencia fue tenaz y los resultados desiguales. Leovigildo, el más importante de los reyes visigodos, emprendió al principio de su reinado (572-586) varias campañas, aunque con escaso éxito. El rey Sisebuto (612-621) estuvo a punto de conseguir el objetivo de echarlos. Pero fue el rey Suintila (621-631) quien logró por fin conquistar Cartagena, el último reducto imperial, en el año 625.

Suintila fue el primer monarca cuya autoridad se extendió, más o menos, por toda la Península Ibérica por lo que es considerado el primer rey de toda Hispania.


Reino visigodo al morir Leovigildo, incluyendo (con fechas) sus campañas de conquista

Corona votiva del rey Recesvinto conservada en el Museo Arqueológica Nacional en Madrid. Los visigodos destacaron como orfebres y como legisladores

Estatua del rey visigodo Suintila. Plaza de Oriente. Madrid

2. La Alta Edad Media en Murcia. El reino de Teodomiro

Teodomiro

Los visigodos mantuvieron en Hispania la organización administrativa heredada de los romanos. Se basaba en la existencia de pocas y grandes provincias. Al frente de cada una estaba un dux (duque). Al principio los duques eran sólo una especie de gobernadores militares. Con el tiempo se encargaron también de la administración civil.

Las provincias se dividían en distritos, que estaban a cargo de un comex (conde).

A finales del siglo VII, la Región de Murcia, la provincia de Alicante y algunas zonas limítrofes pertenecían a un condado cuya capital era Orihuela y su conde se llamaba Teodomiro.

La Crónica Mozárabe del año 754, principal fuente documental de la época que nos ha llegado, resaltaba de Teodomiro su formación religiosa, humanista y militar: “era amante de las Escrituras, de admirable elocuencia y experto guerrero”.

También cuenta dicha crónica que Teodomiro rechazó un nuevo intento desembarco de una flota bizantina. Este ataque lo discuten los historiadores y algunos opinan que fue un tanteo para evaluar las posibilidades de una invasión de la península ibérica, pero por parte de los árabes, no de los bizantinos.

Un islam en expansión, que ya en el año 638 había arrebatado Jerusalén al imperio de Bizancio, pugnaba por desalojarlos ahora del norte de África. Como casi siempre a través sus más de mil años de historia, los romanos de oriente presentaron una resistencia tenaz y con numerosos contragolpes. En el año 705, Cartago, la capital del exarcado (provincia) de África, cayó definitivamente y fue arrasada. Los musulmanes alcanzaron las puertas de Hispania, igual que siglo y medio antes los propios bizantinos.

Batalla de Guadalete

La historia volvió a repetirse. En el convulso reino visigodo, los hijos del fallecido rey Witiza (702-710) querían derrocar al rey Roderico (710-711) y pidieron auxilio a los seguidores de Mahoma. En la batalla del Guadalete el ejército visigodo fue destruido y Roderico (o Rodrigo) muerto. El ejército musulmán inició una fulgurante conquista de Hispania. El apoyo de los judíos, que habían sufrido la hostilidad de los reyes godos, sobre todo desde Sisebuto, y la indiferencia de la población hispano-romana facilitaron el derrumbe de un reino que hacía tiempo estaba en descomposición.

Teodomiro resistió en su condado a los invasores y consiguió firmar con ellos un pacto ventajoso.  Este pacto regía en las siete ciudades principales (Orihuela, Alicante, Elche y Lorca entre otras). Por él se comprometía a pagar un tributo anual y no colaborar con los enemigos de los musulmanes. A cambio mantenía una semi independencia y podría conservar su religión, leyes y tierras.

En realidad, estos pactos o tratados no eran raros. Los musulmanes lograban gracias a ellos controlar nuevos territorios manteniendo las estructuras de poder preexistentes. La aristocracia local solía convertirse al islam, cosa que no ocurrió aquí.

El tratado de Tudmir, como llamaban los árabes a Teodomiro, detallaba los productos agrícolas cultivados en la zona y que debían pagar como tributo: cereales (trigo y cebada), derivados de la vid (mosto y vinagre), aceite y miel.

Este tratado mantuvo al territorio en relativa paz y prosperidad, al margen de las encarnizadas guerras civiles (fitnas) que sostuvieron los musulmanes, incluso antes de finalizada su conquista de Hispania. Los invasores de origen árabe, yemení y sirio estuvieron siempre enfrentados entre sí, pero sobre todo con los bereberes norteafricanos. Los bereberes, mal islamizados, constituían la base de los ejércitos islámicos en la Península Ibérica.

No está claro cuánto tiempo sobrevivió el reino de Teodomiro. Se sabe que lo heredó su hijo Atanagildo. Algunos historiadores creen que hacia el año 779 ya no se respetaba el tratado, como consecuencia del apoyo dado a un ejército enviado desde Siria contra Abderramán I, el primer emir independiente de Damasco.

Fíbula aquiliforme visigoda

3. La Edad Media en Murcia. El dominio musulmán

Los musulmanes ejercieron el poder político en la Región de Murcia durante 530 años. Este largo periodo comenzó en el año 713, con la firma del tratado de Tudmir, y acabó en el año 1243, cuando el reino taifa de Murcia se convirtió en un protectorado del reino de Castilla.

La historia de este medio milenio largo en Murcia se puede estructurar en las siguientes etapas:

  • 713-779 (aprox.) Reino de Tudmir o Teodomiro
  • 756-929 Emirato independiente
  • 929-1031 Califato de Córdoba
  • 1012-1091 Primeras taifas
  • 1091-1147 Dominio almorávide
  • 1147-1172 Segunda taifa (reinado de Ibn Mardanis, el Rey Lobo)
  • 1172-1228 Dominio almohade
  • 1228-1243 Tercera taifa (reinado de Ibn Hud)
  • 1243-1266 Protectorado castellano, revueltas mudéjares (1264), conquista definitiva (1266) e integración en la corona de Castilla.

La desaparición del reino de Tudmir hacia el año 779 vino acompañada de largos conflictos civiles, principalmente entre los habitantes de ascendencia yemení y los de etnia mudarí, de origen árabe. La base de la población la constituían los muladíes, los habitantes hispano-romano-visigodos convertidos al islam.

Estos conflictos entre la aristocracia musulmana, ya fuera de origen árabe, sirio o yemení, los bereberes y los muladíes fueron muy frecuentes en el emirato independiente de Damasco fundado por el omeya Abderramán I (756-788) en el año 756 y cuya capital era Córdoba.

Abderramán II

Abderramán II (822-852) llevó a cabo una reorganización administrativa del emirato. En ella, como consecuencia de las revueltas en la kora (provincia) de Tudmir y para controlarla mejor, en el año 825 decidió construir una nueva capital de la provincia, Mursiya, la actual ciudad de Murcia.

Alrededor de un siglo más tarde, en el año 929, el emir Abderramán III (929-961) se proclamó califa. Así rompía los últimos lazos espirituales que unían a Al-Ándalus con el califato de Bagdad y daba lugar al califato de Córdoba. Al-Ándalus era el término usado por los autores árabes medievales para designar a todas las zonas conquistadas por los musulmanes en la península Ibérica y sur de Francia.

Durante un periodo de apenas cien años, pero de imperecedera memoria, brillaron la economía, el comercio, el pensamiento y la cultura y el poder militar. Córdoba se convirtió en la mayor ciudad del occidente europeo, siendo su esplendor comparable sólo al de Bizancio, que en aquella época comenzaba una segunda edad de oro.

La actual Región de Murcia se vio muy beneficiada por la mejora y ampliación musulmanas de las infraestructuras hidráulicas de origen romano usadas para el regadío y almacenamiento de agua. Con ellas se desarrolló la agricultura y la ganadería. Numerosos restos arqueológicos de esta época descubiertos y excavados en el Campo de Cartagena demuestran la existencia de muchas alquerías, a menudo herederas de otras que ya existían durante el imperio romano. Se encontraban en general dispersas, salpicadas por todo el paisaje.

Cartagena, destruida por el rey visigodo Suintila cuando expulsó a los bizantinos, fue reconstruida y el comercio y la industria (por ejemplo, de la seda) se desarrollaron también. Mursiya comenzó por fin a prosperar y se convirtió en una importante ciudad del Califato.

En el año 1002 murió Almanzor, tras ejercer durante cerca de 30 años un poder dictatorial en nombre del califa Hixen II (976-1009). Almanzor, brillante militar, había derrotado en repetidas ocasiones a los reinos cristianos del norte, que le temían. Político enérgico y sin escrúpulos, fue capaz de controlar las fuerzas disgregadoras existentes desde siempre en Al-Andalus. Tras su muerte, el poder de Córdoba comenzó su decadencia y volvieron las guerras civiles. Numerosas regiones se separaron formando reinos musulmanes independientes, políticamente inestables y a menudo enfrentados entre sí. Fueron los llamados primeros reinos de taifas.

El califato no desaparecería definitivamente hasta el año 1034, pero ya en el 1012 la actual Región de Murcia se hallaba dividida entre tres reinos distintos, Denia, Murcia y Almería, de desigual duración y fronteras rápidamente cambiantes. De hecho, la taifa de Murcia sólo fue realmente independiente muy avanzado el siglo XI y durante poco tiempo.

Alfonso VI

Esta situación de guerra civil sólo beneficiaba a los reinos cristianos que comenzaron a avanzar hacia el sur y a participar en los conflictos de los musulmanes. Apoyaban a quien más convenía a sus intereses en cada momento, fomentando nuevos conflictos y cobrando por sus servicios.

El rey de Castilla y León Alfonso VI (1072-1109) se apoderó en 1085 de Toledo, capital de una de las taifas más poderosas, y antigua capital del reino visigodo. García Jiménez, un caballero al servicio de Alfonso VI, se apoderó en 1086 de la estratégica fortaleza de Aledo, al suroeste de la actual región de Murcia. Desde allí obstaculizaban el comercio y las comunicaciones entre Levante y la Alta Andalucía a través del valle del Guadalentín.

Parecía que el poder musulmán se derrumbaba y que desaparecería con rapidez de la península ibérica. A la vista de la desesperada situación, el rey de la taifa de Sevilla pidió ayuda a la nueva fuerza emergente en el norte de África, un pueblo de etnia bereber conocido como los almorávides.

Los almorávides cruzaron en el año 1086 el estrecho de Gibraltar en apoyo de sus correligionarios y derrotaron a Alfonso VI en las batallas de Sagrajas (1086), Consuegra y Uclés. Aledo fue abandonada por los castellanos en 1092, tras resistir tres asedios. Los almorávides consiguieron unificar las taifas y la España musulmana quedó bajo su exclusivo poder. En pocos años la situación había dado un vuelco completo.

Sólo resistió durante algunos años Valencia donde el Cid, otro caballero castellano, consiguió apoderarse de esta taifa en el año 1094. El Cid murió en 1099 pero Jimena, su viuda, mantuvo el enclave en manos cristianas hasta 1102 cuando, ante la dificultad de continuar la defensa, se decidió abandonarla.

El dominio almorávide se prolongó algo más de medio siglo. Durante este periodo, su intransigencia religiosa les fue granjeando la enemistad de buena parte de la población. Los almorávides tuvieron que enfrentarse en el norte a la presión cristiana y en el sur, en sus dominios africanos, a la de un nuevo grupo, los almohades. Se empezaron a producir rebeliones por todo Al-Ándalus y el poder almorávide se desintegró en los segundos reinos de taifas.

Para 1145, otro grupo fundamentalista, los almohades, cruzaron a su vez a la península y fueron conquistando cada una de las taifas, la mayor parte de las cuales había sucumbido diez años después, en 1155.

Ibn Mardanis

La resistencia anti-almohade la lideró la taifa de Murcia que se había constituido en 1147. Su rey, Ibn Mardanis (1147-1171), llamado el Rey Lobo en las crónicas cristianas, era un almorávide. Apoyado por los castellanos, a lo largo de su reinado de un cuarto de siglo, llegó a dominar buena parte de Al-Ándalus. Sus éxitos militares fueron acompañados de éxitos económicos y Murcia se convirtió en la principal ciudad musulmana de la península ibérica. Su prosperidad se basó en la agricultura, para la que se desarrollaron nuevas infraestructuras hidráulicas, y en algunas industrias como la cerámica, que exportaban a toda Europa.

Pero a la larga Ibn Mardanis no pudo impedir que los almohades terminaran apoderándose de la mayor parte de su reino. El Rey Lobo murió en 1171, mientras Murcia se encontraba sitiada por tercera vez. Su sucesor en el trono pactó en 1172 la entrega de la ciudad y la integración de los restos de la taifa en el imperio almohade.

Una vez reunificado Al-Ándalus, los almohades pudieron dedicarse a los reinos cristianos. El rey castellano Alfonso VIII sufrió una grave derrota en la batalla de Alarcos (1195). Los almohades se habían convertido en una amenaza mayor que la que en su día supusieron los almorávides.

Al cabo de unos años los cristianos lograron organizar una cruzada en la que participaron castellanos, navarros, aragoneses, catalanes, portugueses y algunos extranjeros. El 16 de julio de 1212 los almohades sufrieron una trascendental derrota ante el ejército comandado por Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa.

Aunque aún mantuvieron su poder algunos años, quedaron tan debilitados que pronto, y por tercera vez, sus dominios andaluces estallaron en nuevos reinos de taifas.

La tercera taifa de Murcia surgió en 1228, cuando Ibn Hud (1228-1237), que se había rebelado contra los ocupantes almohades, consiguió ocupar la ciudad. Al igual que le había ocurrido menos de un siglo antes a Ibn Mardanis, Ibn Hud logró extender su reino por buena parte de Andalucía, con el apoyo de Castilla, con quién tenía de facto una relación de vasallaje. Pero sus éxitos fueron más efímeros.

Los castellanos y leoneses, definitivamente unificados bajo el cetro de Fernando III el Santo, entraron en tromba en Andalucía. La reconquista cristiana de Córdoba (1236), en poder de Ibn Hud, marcó el comienzo de rebeliones por doquier. Ibn Hud terminó siendo asesinado en 1237.

Los sucesores de Ibn Hud pactaron en 1243 con Fernando III aceptar formalmente el vasallaje a Castilla. Los murcianos conseguían así defenderse de la presión de aragoneses por el norte y de granadinos por el sur. Los castellano-leoneses lograban una salida al mar Mediterráneo.

El Califato de Córdoba en el año 1000

Taifas en 1037

El imperio almorávide hacia 1100

El imperio almohade hacia 1200. Fuente: Geacron

La península ibérica hacia 1250. Fuente: Geacron

4. La Edad Media en Murcia. El dominio cristiano

Alfonso X el Sabio

La ocupación efectiva de la taifa murciana, incluida la conquista de las localidades rebeldes de Lorca, Mula y Cartagena, que no habían aceptado el acuerdo, la llevó a cabo en 1244 el heredero del trono, el futuro Alfonso X el Sabio.

La presencia cristiana se reducía a las guarniciones de las fortalezas desde las que se aseguraba el dominio del territorio, a la ciudad de Murcia y a las otras ciudades conquistadas. De estas últimas se expulsó a parte de la población. Además, en los años siguientes hubo un movimiento migratorio de intensidad creciente cuyo destino más frecuente fue el vecino reino de Granada.

La corona castellana fomentó la venida de pobladores cristianos concediéndoles tierras libres o abandonadas por sus anteriores propietarios musulmanes. Pocos se asentaron por las dificultades de hacerlo en una región fronteriza con Granada y Aragón, con una población mayoritariamente musulmana que conservaba sus instituciones. La inseguridad general y el mayor atractivo de las zonas de Andalucía recién reconquistadas no animaban a emigrar a Murcia.

El interés de Alfonso X en integrar el antiguo reino de Murcia de forma efectiva en la corona de Castilla provocó incumplimientos de las condiciones pactadas. Los mudéjares (habitantes musulmanes de reinos cristianos) se rebelaron en 1264. La conquista castellana se culminó en 1266, gracias al apoyo del rey Jaime I de Aragón, que era suegro de Alfonso X. Bastantes catalanes y aragoneses se quedaron en la zona como súbditos del rey castellano. Su presencia, según se vio años después, resultó para Castilla como tener al enemigo en casa.

Murcia continuó siendo una zona sometida a incursiones desde Granada. Además, sobre todo en el Campo de Cartagena y el de Murcia (históricamente, el límite entre ambos se establece en la rambla del Albujón) existía el riesgo permanente de ataques de piratas. Debido a ese riesgo, utilizado como disculpa para justificar razones políticas, el antiguo obispado de Cartagena, que había sido restaurado en 1250, trasladó su sede a la ciudad de Murcia. Sin embargo, conservó (y conserva) el nombre de diócesis de Cartagena.

María de Molina y Fernando IV

En 1295, murió el rey de Castilla Sancho IV, hijo de Alfonso X. Su viuda y ahora reina regente, María de Molina, defendió los derechos de su hijo menor de edad y heredero al trono, el futuro Fernando IV. Estos derechos se vieron amenazados por las aspiraciones de los Infantes de la Cerda, apoyados por parte de la alta nobleza castellana. El rey aragonés Jaime II aprovechó la coyuntura tomando partido por los Infantes a cambio de ocupar en 1296 la antigua taifa de Murcia. Hacía mucho tiempo que Aragón ambicionaba este territorio.

El conflicto acabó en 1304 con la retirada de los invasores, negociada por el débil rey Fernando IV. Los aragoneses dejaron el territorio devastado y además conservaron la parte norte del reino, más o menos lo que hoy es el sur de la provincia de Alicante. Muchos catalanes y aragoneses que residían en la zona que quedó bajo dominio castellano, y castellanos que lo hacían en la zona bajo dominio aragonés, tuvieron que malvender sus posesiones y emigrar. En la división de Murcia, algunas lindes no quedaron bien delimitadas, lo que causó numerosos problemas hasta mediados del siglo XV, sobre todo entre los concejos de Murcia y Orihuela.

Durante el resto del siglo XIV Murcia siguió siendo una zona turbulenta. Nuevos pobladores cristianos llegaban gradualmente, mientras que la población musulmana declinaba en número y condición social. Numerosas localidades se quedaron sin habitantes porque emigraron a Granada.

En los campos de Cartagena y Murcia, la principal actividad económica giraba en torno a la ganadería trashumante de ovejas y cabras. Los intereses de los ganaderos los defendía La Mesta, institución fundada por Alfonso X. En la costa, la única localidad de importancia siguió siendo Cartagena. Existía también una población dispersa que solía agruparse en torno a algunas haciendas fortificadas aisladas.

En el siglo XV fueron frecuentes las banderías entre familias y facciones nobiliarias castellanas, auténticas guerras civiles, sobre todo desde la regencia de Catalina de Lancaster y el reinado de su hijo Juan II. La presión granadina disminuyó algo tras la batalla de los Alporchones, en 1452, pero no así la piratería. Las numerosas concesiones de tierras realizadas durante los últimos años de la Edad Media lograron por fin un cierto avance colonizador, preludio del que tendría lugar con intensidad a lo largo de todo el siglo XVI. La fortificación y habilitación de los puertos de Los Alcázares y Mazarrón impulsaron la actividad económica.

En 1469 se casaron los que serían Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Isabel era hija de Juan II de Castilla y nieta de Catalina de Lancaster. La llegada de Isabel y Fernando al trono de Castilla en 1474 y al de Aragón en 1479 supuso el comienzo del tránsito de España del mundo medieval al moderno. Isabel y Fernando consiguieron la unión de las coronas de Castilla y Aragón y la paz entre ambos reinos, que pugnaban por el territorio y la influencia política. En 1496 el Papa Alejandro VI (el Papa Borgia) les concedió el título de Reyes Católicos.

Casi 250 años después de la llegada de Alfonso X a Murcia, los Reyes Católicos se apoderaron de Granada. Fue tras una guerra de once años que sentó las bases del poder militar español del siguiente siglo y medio. El rey Boabdil les entregó las llaves de la ciudad el 2 de enero de 1492. Con aquella ceremonia desaparecía el último vestigio de poder político musulmán en la Península Ibérica. Lo que no significaba la desaparición de los musulmanes.

La península ibérica hacia 1305. Fuente: Geacron

Alberca musulmana del convento de Santa Clara. Murcia. Aquí estuvieron el palacio de Ibn Mardanis (s. XII) y el llamado alcázar menor de Ibn Hud (s. XIII)

5. La expulsión de los moriscos de Murcia

Desde que en el año 713 los musulmanes firmaron el pacto con el conde Teodomiro de Orihuela hasta la expulsión de los últimos moriscos murcianos en 1614, transcurrieron 900 años de presencia musulmana en la Región de Murcia. El último capítulo de esta larga historia se desarrolló más de un siglo después de concluida la Edad Media en España.

La rebelión de las Alpujarras

La relación entre los seguidores de Mahoma y los de Jesucristo nunca fue fácil. Para los reyes cristianos sus súbditos musulmanes, los mudéjares, eran una población considerada desafecta, con idioma, religión, cultura y costumbres diferentes, sospechosa de colaborar con la piratería berberisca que durante siglos asoló las costas mediterráneas. Además, sus tierras solían ser ambicionadas por los pobladores y señores cristianos.

En el año 1500, el incumplimiento de las capitulaciones estipuladas en la rendición de Granada provocó un levantamiento popular del Albaicín (Granada). Se extendió por toda la sierra de las Alpujarras, llegando hasta Almería y Ronda y fue reprimido con dureza.

En 1502 los Reyes Católicos dictaron una pragmática por la que se daba a elegir a los mudéjares entre la conversión al cristianismo o el exilio. Era una época en que la unidad de un reino se basaba en buena medida en la unidad religiosa y cultural de sus habitantes. Con dicha pragmática se intentaba forzar su integración.

Los mudéjares murcianos optaron por cambiar de religión de manera voluntaria y en masa, para intentar conseguir su asimilación legal con el resto de los cristianos y su permanencia en las tierras que ocupaban desde hacía siglos.

Estos conversos de origen musulmán (también había conversos de origen judío) pasaron a ser denominados moriscos. La lógica desconfianza que despertaba su conversión entre los cristianos viejos no hizo sino añadir un nuevo factor de recelo y rechazo hacia ellos. Los conflictos no acabaron ahí.

En un nuevo intento de forzar su integración, el rey Felipe II prohibió el uso del árabe, así como de trajes y ceremonias de origen musulmán. La aplicación de este nuevo decreto dio lugar en 1568 a otra rebelión en las Alpujarras. Los moriscos granadinos contaron con el apoyo poco eficaz de turcos, berberiscos y moriscos emigrados. De nuevo fueron derrotados, esta vez por las fuerzas al mando de Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II, y por sus propias disputas internas. Se dispersó a los supervivientes por el reino de Castilla. Parte de ellos se asentaron en Murcia.

Los moriscos siguieron siendo vistos como un enemigo interior. A principios del siglo XVII, teniendo noticias de que se estaba gestando una alianza entre moriscos y el rey de Francia, y aprovechando un periodo de paz en el reino, el rey Felipe III decretó en 1609 su definitiva expulsión de la península ibérica.

La expulsión de los moriscos

Fue una operación de una magnitud sin precedentes, trágica en muchos casos y dramática en todos, pero ejecutada con bastante eficacia a lo largo de varios años. A los expulsados sólo se les permitía transportar los bienes que pudieran llevar consigo.

La mayoría de los moriscos pasaron al Norte de África, donde fueron recibidos de forma desigual y desempeñaron papeles relevantes. No pocos engrosaron las fuerzas de los piratas, llegando a constituir en Marruecos una pequeña república, la república de Salé, dedicada a esta actividad. Fueron moriscos los que se apoderaron de Tombuctú, en la actual República de Mali, primero en nombre del sultán de Marruecos y luego en el de ellos mismos.

Las diversas fuentes consultadas coinciden en estimar la población total de Murcia en aquella época en unas 100.000 personas. Unos 6.000 eran moriscos de origen granadino, que habitaban sobre todo en la zona de Lorca. Otros 9.000 eran moriscos murcianos, asentados principalmente en comunidades del Valle de Ricote, descendientes de los mudéjares que más de un siglo antes se habían convertido al cristianismo. Estaban más integrados en la sociedad cristiana que las comunidades moriscas de otros lugares de España, no siendo extraños los matrimonios mixtos.

Los moriscos en general eran muy apreciados como agricultores, como muestra el dicho de aquella época “quién tiene un huerto y se lo cultiva un moro, tiene un tesoro”. La Inquisición los vigilaba de cerca y a menudo estaban sometidos a la explotación de nobleza y clero, que poseían cada vez más tierras y los utilizaban como siervos.

Precisamente los nobles levantinos y algunos prelados fueron los más perjudicados en sus intereses económicos por la expulsión de sus siervos moriscos y los que más se opusieron a ella. Llegaron a pedir al papa Paulo V una comisión para estudiar el tema. Pero sus escrúpulos se acabaron cuando el duque de Lerma, valido de Felipe III, les concedió los bienes de sus vasallos desterrados.

Los moriscos granadinos salieron de Murcia en 1610 y los murcianos en 1614. Esta expulsión fue la última masiva que se produjo es España, y la que acabó de borrar los vestigios de población musulmana.

La expulsión de los moriscos murcianos no fue todo lo completa que podría pensarse, pese a que algunos de los deportados fueran de hecho cristianos auténticos e incluso ocuparan cargos públicos. Lo cierto es que, recurriendo a diversos procedimientos y argucias legales, se estima que sólo unos 2.500 fueron llevados al destierro. Otros 3.500 lograron permanecer en Murcia. De los 3000 restantes, muchos optaron por la huida, principalmente hacia el antiguo reino de Valencia. Durante los años siguientes, bastantes se las arreglaron para retornar a sus lugares de origen. En 1626, el rey Felipe IV mandó que no se procediese más “contra los moriscos mudéjares que habían sido expulsados y se habían vuelto…”.

Hay desacuerdo entre los historiadores sobre los efectos económicos de la expulsión. Se admite que variaron según la zona. El porcentaje de la población total que suponían los expulsados y el ritmo al que fueron sustituidos por agricultores y artesanos cristianos determinaron estos efectos. En las publicaciones más modernas consultadas se tiende a opinar que en Murcia los perjuicios económicos fueron menores de lo que se pensaba.

La expulsión de los moriscos es un polémico episodio de nuestra historia que 400 años después sigue despertando pasiones. En todo caso, fue un drama que afectó a la vida y hacienda de miles de seres humanos.

Manuscrito aljamiado (textos en castellano, pero usando caracteres árabes) morisco con recetas médicas. Fuente: Biblioteca Nacional de España

Manuscrito morisco con leyendas y relatos. Fuente: Biblioteca Nacional de España
Este artículo recopila textos originalmente publicados en Hacienda Riquelme Blog. Salvo indicación expresa de otra fuente, las ilustraciones se han extraído de Wikipedia.

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