La educación hecha jirones

¿Quo vadis? -¿A dónde vas-? Me permito utilizar esta expresión latina bíblica para interrogarme sobre el aciago destino del sistema educativo español impulsado por el ejecutivo de la Moncloa. Desde mi experiencia profesional, de más de treinta y dos años de docencia, me permito formular esta valoración crítica, tan contundente como lamentable, de señalar que estamos abocados a una mediocridad y vulgaridad de la educación en nuestra maltratada España. Es, literalmente para llorar y estar muy preocupado por el porvenir de la calidad de nuestro sistema, tan fundamental como necesario, para apuntalar el porvenir de nuestra sociedad.

Supongo que estarán al corriente de la nueva Ley de Educación aprobada, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE), con los últimos y ya vigentes añadidos criterios de evaluación puestos en marcha en el presente curso académico. La comunidad escolar, a la sazón, profesores, alumnos y padres, se encuentra desconcertada y profundamente contrariada. Sin consenso, sin la participación de los sectores directamente implicados, se ha impulsado un modelo verdaderamente devastador para, no ya una imprescindible mejora, sino para garantizar una mejor calidad. Es un capítulo más de las llamadas leyes ideológicas, claramente sectarias y discriminatorias, que el gobierno de Pedro Sánchez viene desarrollando desde el comienzo de la legislatura.

¿Dónde esta la excelencia? ¿En qué punto se plantean los necesarios objetivos de la cultura del esfuerzo y el trabajo? Sencillamente, en ninguna parte. La cuestión, por la notoria gravedad del asunto, es sumamente seria y peligrosa. Solamente, por los espurios deseos de combatir estadísticamente los resultados de fracaso escolar que se vienen originando, se aspira a maquillar el desastre educativo triunfante en las aulas de nuestros centros de enseñanza. La cultura del esfuerzo, el trabajo, el sacrificio y la necesidad de aprender han sido condenados al más absoluto ostracismo, desterrando lo genuino del proceso de enseñanza-aprendizaje, el importantísimo papel del educador, la fundamentar tarea que el alumno debe desarrollar en su crecimiento del conocimiento y en el marginal papel, claro y clamoroso, de las familias en su derecho a escoger qué educación quieren para sus hijos.

Desde hace años –demasiados, diría yo- una evolución degenerativa, involutiva desde todo punto de vista, nos ha condenado a los españoles a sufrir un empeoramiento de la formación de nuestros alumnos de enseñanza medias. Así de claro y así de rotundo. Triunfa de manera incontestable los defectos sobre las virtudes propias de un sistema que, necesariamente, tiene la obligación de garantizar el porvenir del conjunto de la sociedad. La escuela, los colegios y los institutos se han transformado en centros de adoctrinamiento y en auténticas fábricas de analfabetos funcionales. Es terrible, dramático y ciertamente preocupante.

España, evaluada por los informes PISA (Programa para la Evaluación Integral de los Alumnos), manifiesta claramente que nos encontramos por debajo de la media de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), integrada por treinta y seis países. Este estudio muestral del sistema educativo se centra en la valoración de tres competencias troncales: ciencias, lectura y matemáticas, también en la evaluación global general de las competencias en su conjunto. La bajada en nuestros registros, año a año, es una evidencia. Esto lo señalo, no ya por la información aportada por el mencionado estudio, también desde mi papel de evaluador designado por la Junta de Castilla y León.

Por otra parte, dada la transferencia a las autonomías en materia de educación, la situación presenta enormes desequilibrios territoriales. Es decir, hay comunidades en las que los resultados evaluadores son óptimos, incluso buenos, como es el caso de Castilla y León, Madrid, Comunidad Foral de Navarra o Galicia, pero en el lado opuesto, son terriblemente desalentadores los de territorios como Ceuta, Melilla, Andalucía o Canarias. Es otra muestra más de los enormes desajustes que en diversas cuestiones presenta nuestro modelo territorial de organización política del Estado español.

Ahora, una nueva y desalentadora perogrullada, ha sido aprobada por vía de decreto con rango de ley por el Ministerio de Educación y Formación Profesional. Me refiero a los criterios a aplicar en el presente curso escolar. Se suprimen las convocatorias extraordinarias de septiembre, los alumnos de segundo curso de bachillerato podrán acudir a las pruebas de la EvAU (Evaluación de acceso a la universidad) con una asignatura suspensa y, por si fuera poco, la promoción automática de los alumnos de la ESO con independencia de las áreas suspensas. Es decir, el claustro de profesores se convierte en el chivo expiatorio de los desvaríos ministeriales, sin quererlo ni buscarlo, en los protagonistas de tal esperpento, siendo ellos los verdugos que ajustician el sistema. Ahora es más difícil suspender que aprobar, auténtica vergüenza insultante, para la comunidad de docentes que se ven impedidos para adoptar proyectos, iniciativas, pruebas de valoración objetiva, exámenes y demás criterios desde los que evaluar con claridad y objetividad.

¿De qué sirve estudiar si se va a superar, sí o sí, el curso en el que se está matriculado? ¿Cuál puede ser la motivación del alumnado a la hora de aprender? ¿Qué sentido tiene el que un alumno sin pegar un palo al agua esté en el mismo lugar que el que se entrega, de manera esforzada y sacrificada, al estudio y al aprendizaje? Quienes adoptan estas iluminadas decisiones hace tiempo que no pisan un aula. Baste con hablar con nuestros escolares para saber por dónde irán los tiros de tal dilapidación del sistema. Yo lo hago y por eso sé perfectamente que la degradación y el empobrecimiento progresivo serán, desde los vicios y las trampas, la cualidad final de la globalidad.

En resumen, deformaremos alumnos incompetentes en lo social y ciudadano, en comunicación lingüística, en lo matemático, lo espiritual –que también es otra competencia no descrita por la ley-, en lo cultural, en el conocimiento e interacción con el medio físico, en el tratamiento de la información. Quizás sí lo estén en lo artístico y lo digital. Así pues, un balance verdaderamente desfavorable. Insisto no escribo de oídas, lo hago pisando el terreno y como testigo de lo que afirmo y ahora subrayo. La actual legislación educativa es la tijera que hace jirones a un sistema raquítico, deficitario, insolvente, incompetente, fallido y demoledor de uno de los pilares que garantizan el progreso y el avance de la sociedad. La melodía – la música es otra de las áreas olvidadas y despreciadas actualmente- que podría acompañar a tanto despropósito es: Balada triste de trompeta o un Réquiem barroco aburrido y lastimoso.


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