La España coronahistérica

Alexis de Tocqueville

Alexis de Tocqueville, en su archiconocida obra La democracia en América, advirtió de los peligros totalitarios a los que se iba a enfrentar Occidente y sus nuevos siervos –comúnmente conocidos como «ciudadanos»–: «Por encima de ellos se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga por sí solo de asegurar sus goces y de vigilar su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se parece al poder paterno si, como él, tuviese por objeto preparar a los hombres para la edad viril, pero, al contrario, no intenta más que fijarlos irrevocablemente en la infancia. Quiere que los ciudadanos gocen con tal de que sólo piensen en gozar. Trabaja con gusto para su felicidad, pero quiere ser su único agente y solo árbitro; se ocupa de su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, dirige sus principales asuntos, gobierna su industria, regula sus decisiones, divide sus herencias».

El coronavirus no ha supuesto un cambio de paradigma, empero, ha expuesto su verdadero rostros. Desde los medios de propaganda, los centros de adoctrinamiento y las cátedras pseudouniversitarias, se nos vende que España es una nación en la que reina la democracia, la libertad y la igualdad. El régimen del 78, según su relato, nos salvó del oscurantismo franquista e integró a España en la Europa del progreso y en la «fiesta de la democracia». Además, se liberó a los españoles del yugo que suponía la Iglesia. El Estado, por su parte, garantizó, mediante la redistribución de la riqueza, una basta red de servicios y todo lo que denomina «Estado de Bienestar».

Sin embargo, esta «oda aporídica» encuentra enormes dificultades para sostenerse. La partitocracia es incapaz de resolver más problemas que los que ella misma inventa y difunde. La misma unidad de la nación está en entredicho. El relativismo y el nihilismo campan por doquier. La separación de poderes y la libertad política son una quimera. El pueblo, hastiado de la corrupción sistémica, empezó a desconfiar en el 2014 de un bipartidismo que monopolizaba la política. No obstante, los cantos de sirena de estos nuevos partidos no suponían más que la llegada de otros actores que buscaban un espacio más dentro del conchabeo.

El sistema, a pesar de mostrar claros signos de languidez y putrefacción, ha sabido fortalecerse y apuntalar sus fisuras a base de manipulación, deuda, mercadotecnia y el panem et circenses romano. El pueblo, convertido en sociedad, está preso de su apetito concupiscible y de un individualismo que le aísla en el egoísmo y en la «servidumbre voluntaria» (Étienne de La Boétie). Su función se sintetiza en pagar impuestos abusivos y en rendir culto a las religiones políticas apadrinadas por la casta política y las fuerzas oligárquicas.

El Covid-19 ha expuesto e incrementado la tiranía que Tocqueville y Donoso Cortés pronosticaron en sus obras. Desde marzo de 2020, hemos sido testigos de una tiranía legislativa sin parangón. Después de la declaración del primer estado de alarma ilegal, el 14 de marzo de 2020, estamos padeciendo un nivel de inseguridad jurídica propio de las peores repúblicas bananeras. Los caciques locales y autonómicos se sienten legitimados para dirigir nuestras vidas. Deciden a qué hora debemos acostarnos, cuántos podemos acudir a un restaurante, si estamos facultados para entrar a la comunidad autónoma que (des) gobiernan y propone inocularnos «por lo civil o por lo militar».

La Libertad es un viejo vestigio que ha sido suplantado por el igualitarismo, el «totalitarismo liberal», las ideologías y, ahora, por la «dictadura sanitaria». Los oligarcas, escudados por «expertos científicos», se consideran impunes para aplicar sus caprichos liberticidas e impíos. Durante meses, con el silencio cómplice de la Iglesia, han impedido entierros dignos y la celebración de cualquier tipo de acto religioso, salvo para los musulmanes. Han «embozado» a la población, aunque estuviera solitaria en medio de la nada, y los medios de intoxicación soflaman en sus noticiarios con propaganda contradictoria en cuestión de días.

La actitud encarnada por un vulgo desorientado, narcotizado por Netflix, el botellón y la pornografía, es la propia de su condición civil. Los españoles han soportado todas las restricciones estrafalarias e, incluso, han rogado mayores limitaciones. Son constantes los conflictos y descalificaciones hacia los que niegan someterse a la «nueva normalidad». Han asumido con plena normalidad toques de queda estúpidos y la imposibilidad de acudir a su «patria chica2, al estar en otra provincia. Ahora bien, mientras se quedaban recluidos en sus «viviendas» de setenta metros cuadrados, observaban cómo los turistas recorrían libremente todo el territorio nacional. Mientras el tinglado partitocrático pedía a la población que se quedara en casa, acudían a la fiesta privada de Pedro J. Ramírez en el Casino de Madrid. Muchas familias no celebraron la Navidad con sus mayores para evitar «acumulación de personas». Entretanto, los platós de la telebasura estaban repletos de predicadores sistémicos y animadores, sin bozal, para abastecer de soma huxleiana a la «sociedad del espectáculo» (Guy Debord).

La pandemia ha causado un número elevado de muertes. Probablemente en una proporción inferior a l publicado, teniendo en cuenta que misteriosamente dejó de haber fallecimientos por gripe o un anciano con cáncer terminal fenecía, según las estadísticas, por el virus chino. Sin embargo, existe un silencio estridente ante los efectos causados por los toques de queda y la anormalidad impuesta: enfermedades graves sin diagnosticar; «morideros» repletos de ancianos abandonados; pauperización generalizada en beneficio de las grandes corporaciones transnacionales; un aumento inaguantable de suicidios y enfermedades mentales, principalmente en la juventud.

La verdad es silenciada y sólo se permite pensar conforme a la opinión publicada en los medios subvencionados. El que ose discrepar del consenso establecido se convierte en hereje, también conocido como «negacionista» o «bebelejía», que sólo merece la descalificación, la marginación y, en último término, el ostracismo. Estamos siendo testigos de una experimentación humana sin precedentes. Por todas las vías posibles, el poder busca imponer la vacunación obligatoria. Unas vacunas que, como bien señala Juan Manuel de Prada, son «una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente». Los medios culpan, sin evidencia alguna, a los «negacionistas» del aumento de muertes por el virus de Wuhan. El verano de 2020 se nos predicó, desde los medios del régimen, que tras la vacunación todas las restricciones desaparecerían. Sin embargo, lo cierto es que durante el periodo estival de 2021 ha habido mayores prohibiciones. El número de fallecimientos se sigue incrementando a pesar del aumento de las inoculaciones y aparecen efectos secundarios en muchas personas.

El establishment Ha logrado estigmatizar a aquellos que optan por no someterse a terapias experimentales que se han demostrado ineficaces para acabar con el coronavirus. Todo aquel que decide no formar parte del rebaño de los «tragacionistas» es despreciado y tratado como un paria, con refrendo del Tribunal Supremo. Este avaló el «pasaporte Covid» tras una nefasta sentencia el 14 de septiembre. Los jueces, con la excepción honrosa del Magistrado Antonio Jesús Fonseca-Herrero Raimundo, se han pasado por el arco del triunfo el derecho a la igualdad y a la intimidad. Entretanto, existen infinidades de impedimentos por la legislación de protección de datos, persiguen que asumamos el deber de enseñar a extraños datos tan reservados como son los relacionados con la salud. Los nuevos tiranos pretenden aislar, cual leprosos, a aquellos que decidan no inocularse la «doble dosis milagrosa». Acudir a restaurantes, conciertos, museos o viajar al extranjero se convertirán en privilegios reservados para los súbditos «tragacionistas» que cumplen con los deseos de Pedro Sánchez, Núñez Feijóo, Moreno Bonilla e, incluso, Díaz Ayuso. Sí, la del eslogan de «Comunismo o Libertad».

En Europa y en EEUU se han presenciado multitud de protestas contra semejantes disparates y caprichos draconianos. Italia, Francia y Austria muestran cómo, por el momento, existen hombres libres que se oponen a la Agenda 2030, al mundo moderno materialista, a la tiranía legislativa y a la «servidumbre voluntaria». Por desgracia, en España estos aullidos agonizantes son minúsculos y silenciados. Nuestra nación es, casi con toda seguridad, la más totalitaria, lánguida y sedada de Occidente. El «hombre masa» de Ortega y Gasset ha encontrado aquí en terreno fecundo para desplegar su estulticia y conformismo. El «tragacionista» se autodefine como «hombre libre», cuando sólo sabe vivir a merced del Leviatán. Es incapaz de tener criterio propio más allá de los que le dictan desde los púlpitos televisivos. Dócil cuando los de arriba quieren, y desenfrenado siempre que les dan permiso. Antes, al menos, reclamaba abstenerse «de palpar los muros del calabozo» (Gómez Dávila). Sin embargo, ahora, goza bajo los muros de su prisión porque lo exigen las sacras autoridades y los infalibles expertos.

Mientras sigue habiendo españoles presos del pánico –cuestión lógica cuando se ha perdido la fe en Dios–, los gobernantes continúan con su agenda. Pedro Sánchez busca destruir la Cruz del Valle de los Caídos y expulsar a los benedictinos. El Gobierno sigue explorando nuevas vías para aplicar el terrorismo fiscal a las clases medias. La religión climática y la ideología de género sigue erigiéndose como dogma de fe defendidas por todos los partidos, salvo VOX. Almeida, con su nuevo Madrid Central, aspira a que sólo puedan circular con su vehículo los potentados que se compren un automóvil sin emisiones. El precio de la luz se encuentra en máximos históricos por culpa del crony capitalism y una política energética estúpidamente ideológica.

En cualquier nación donde quedara un mínimo atisbo de libertad, como vimos con los gilets jaunes en Francia, el pueblo habría actuado para evitar el abismo económico, social y religioso hacia el que nos dirigen. ¿Cuántas tropelías, desfachateces, restricciones e intromisiones en la vida privada se va a seguir soportando? ¿Qué tiene que suceder para que el pueblo ejerza el derecho de resistencia? En definitiva, ¿cuándo dirá «Basta, ya» y empezará a defender su libertad, propiedad y derecho a vivir sin que el Minotauro le persiga?

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Una respuesta a «La España coronahistérica»

  1. Artículo magistral.
    En el fondo y en la forma.
    Análisis certero de la situación al que solamente falta identificar -o dicho más propiamente desenmascarar- a quienes tienen en sus manos los hilos del guiñol.
    Se pregunta el autor cuando el pueblo español dirá ¡¡¡basta ya!!!
    como lo dijo el dos de mayo de 1808 o el 18 de julio de 1936.
    Si en tales jornadas históricas fue la salida de los infantes y el asesinato de Calvo Sotelo, por esbirros del gobierno del Frente Popular, en la presente ocasión debe serlo -con retraso- la profanación del Valle de los Caídos….
    Y digo con retraso porque el levantamiento popular debió haberse producido ante la profanación del sepulcro de Franco.
    Es de esperar que si ante aquel nefando acto no hubo un alzamiento nacional, aquella ignominia haya servido para prender una mecha que avanza inexorablemente hacia un barril de pólvora.

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