La España de Franco y el fascismo

En el primer Gobierno de Franco, designado el 1 de febrero de 1938, había tres falangistas, tres monárquicos, tres democristianos y tres militares. Este planteamiento se mantuvo durante cuarenta años: todos los sucesivos Gobiernos fueron de coalición, y los falangistas estuvieron siempre en minoría. Y, a medida que los Gabinetes se fueron tecnificando, fue decreciendo la presencia falangista. Es, pues, evidente que, incluso en la descartada hipótesis de que Falange fuera un fascismo, esta calificación no podría extenderse a la España de Franco, cuyos gobernantes solían proceder de áreas políticas muy alejadas del falangismo y, en ocasiones, discrepantes de él. El supuesto fascismo de la España de Franco ha de ser examinado a partir del hecho de que Falange  de septiembre constituyó sólo un factor decreciente.

El Fascio era Mussolini; el hombre y el régimen se identificaban absolutamente. En cambio, el Estado del 18 de julio no fue una obra de Franco únicamente, ni él fue su inspirador doctrinal, aunque es indudable  que el Generalísimo fue su catalizador y su punto de apoyo, y que sin él pudo ser rápidamente desmontado. Por eso comprar las dos figuras es una reveladora introducción al paralelo entre ambos sistemas.

Mussolini era un proletario y Franco era un miembro de la clase media superior. Uno se formó a sí mismo y el otro fue un producto típico de las academias militares. Mussolini conoció la miseria laboral y Franco las fatigas de la guerra. La juventud de Mussolini fue desordenada y aventurera, mientras que la de Franco fue épica y disciplinada. Mussolini carecía de creencias religiosas, y Franco era un creyente más piadoso cuanto más avanzaba en años. La vida privada de Mussolini fue agitada y romántica, mientras que la de Franco fue reglada y clásica. El Duce era un extrovertido retórico y espectacular, mientras que el Generalísimo era un introvertido sobrio e intimista. Uno era un orador fascinante y otro era la negación de la elocuencia. El talante de Mussolini era imaginativo, audaz y arrebatado, el de Franco era razonador, cauto y tímido. A Mussolini le seducía la teoría, mientras que Franco se ceñía siempre a los hechos. El italiano se solía equivocar en la valoración de las personas,; el español rarísima vez. Mussolini fue un civil con brillante uniforme y Franco fue un soldado en traje gris. Mussolini estaba dominado por la pasión de mandar y Franco por la de cumplir. El Duce rendía culto a la política y al Generalísimo le inspiraba un desprecio invencible. Uno era dionisiaco y el otro senequista.

Se parecían en muy poco: adoraban a sus patrias, tenían una dolorosa experiencia de la lucha entre las clases y los partidos, desconocía el temor y menospreciaban el dinero.

Si Mussolini fuera, como se ha dicho, el arquetipo de líder fascista, Franco sería un prototipo de lo contrario. En la medida en que ambos influyeron sobre sus respectivo regímenes, contribuyeron a diferenciarlos. La rotunda contraposición temperamental y biográfica de los protagonistas es un primer indicio de diferenciación política. Pero, aunque sea muy improbable, no es absolutamente imposible que caracteres antípodas realicen obras similares. Se impone la comparación de los sistemas.

El origen y el término de ambas formas políticas fue muy dispar. El ascenso de Mussolini al poder se produjo dentro de la más rigurosa legalidad formal: nombramiento por el Rey y voto de confianza del Parlamento (306 votos a favor y 116 en contra). En cambio, la elevación de Franco al ejercicio de la soberanía fue como consecuencia de una guerra civil e implicó una ruptura radical de la legalidad. Uno aspiró desde su adolescencia a la conquista de la potestad suprema y el otro fue inesperadamente llamado a ella. Inversamente, la liquidación del nuevo  Estado español se efectuó por los propios gobernantes del régimen, y respetando la legalidad anterior y la legitimidad de todos los poderes constituidos, mientras que la destitución de Mussolini , aunque fue formalmente legal, fue promovida por los antifascistas, y el impulso físico y moral fue voluntad de las potencias vencedoras. Estos hechos explican que el periodo constituyente italiano fuera más breve que el español y que la operación desmanteladora fuera más brusca y revanchista en Italia que en España. Esto también induce a pensar que el desarrollo de ambos sistemas fuera distinto.

El Estado encarnado por el Duce atravesó tres etapas. La primera fue la parlamentaria, que se inició cuando el Rey nombró a Mussolini presidente del Gobierno en octubre de 1922 y concluyó con la reforma constitucional de enero de 1926, si bien el Parlamento pluripartidista no fue reemplazado por el unipartidista hasta las elecciones de marzo de 1929. La segunda etapa, la de la diarquía del Rey y el Duce, se extiende desde 1926 hasta que el monarca decide la destitución en julio de 1943. Y la tercera etapa, la república, abarca desde septiembre de 1943, poco después de la liberación de Mussolini, hasta su muerte en abril de 1945. La primera etapa es de transición y muy fluida, y la tercera es de transición y muy precaria. El modelo fascista madura en la segunda etapa y, sobre todo, en la fase central, comprendida entre las elecciones de 1929 y la declaración de guerra en 1940; ese es el decenio de plenitud institucional.

El Estado configurado bajo la presidencia de Franco también se divide en tres etapas. La primera es la excepcional, que se abre con el Decreto de 29 de septiembre de 1936, que otorga plenos poderes al Generalísimo, y que se prolonga hasta la Ley constitutiva de las Cortes de 17 de julio de 1942. La segunda etapa, la constitucional, se inicia con la legislatura de las Cortes de 1943 y finaliza con la muerte de Franco en 1975. Y la tercera etapa, la de liquidación, que es póstuma, se extiende desde principios de 1976 hasta la promulgación de la Constitución en diciembre de 1978. El modelo político franquista se concreta durante la segunda etapa y especialmente en la fase comprendida entre la citada Ley de Cortes y la Ley orgánica del Estado de 10 de marzo de 1967, remate del esquema constitucional. El paralelo político no es, pues, coetáneo; cuando en 1943 se extingue la diarquía italiana acaba de iniciarse la constitucionalización del nuevo  Estado español. Este distanciamiento cronológico es otro factor de diferenciación institucional. Pero la decisiva nota distintiva es que Mussolini protagoniza una trayectoria decreciente personalización y concentración de mando, mientras que Franco instrumenta una progresiva institucionalización y difusión del poder.

El primer Gobierno de Mussolini fue de coalición y era responsable ante el Parlamento. El segundo Gobierno fue monocolor; y una Ley de diciembre de 1925 liberó al Duce de la dependencia parlamentaria. Más tarde, Mussolini asumió la jefatura suprema de las Corporaciones y el mando efectivo de las Fuerzas Armadas. cada año iba acumulando más poder ejecutivo y legislativo. Y dentro del partido la voluntad del Duce llegó a no tener contrapeso alguno. La última reunión del Gran Consejo no fue una fiscalización, sino una ingenuidad de Mussolini. La previsión sucesoria era que al Duce le sucediese otro hombre con análogas potestades . Era la perennización de la autoridad concentrada y personal.

El proceso franquista fue de sentido inverso. En virtud del artículo 1 del Decreto de 29 de septiembre de 1936, la Junta Nacional, integrada por los mandos de las Fuerzas Armadas, entregó a Franco «todos los poderes del nuevo Estado» y le nombró «Generalísimo de las fuerzas nacionales de tierra, mar y aire… y general jefe de los ejércitos de operaciones». El punto de partida fue, pues, una potestad civil y militar absoluta. Desde esta posición revolucionaria y, a la vez, cesarista, Franco va orientando el ordenamiento constitucional en dos direcciones: autolimitación de sus poderes y extinción de su excepcional magistratura al cumplirse la previsiones sucesorias. Los pasos decisivos son: la promulgación de los derechos humanos, la autonomía de los ministros, la restauración de las Cortes, que asumen prácticamente todas las tareas legislativas; el restablecimiento del recurso contencioso-administrativo, la implantación de la responsabilidad de la Administración ante los administrador, la creación de miembros de las Cortes elegidos por sufragio universal, la separación de la jefatura del Estado de la presidencia del Gobierno y la configuración de un sucesor a título de rey con facultades limitadas. Años antes de la muerte de Franco, el efectivo poder político estaba ya en las instituciones. Si la esencia del fascismo fue la condensación de la soberanía en un jefe carismático, la historia del franquismo fue lo contrario: una serie de acumulativas cesiones de poder. Las supremas competencias que aún conservaba Franco eran, en los últimos años, predominantemente formales y apenas tenían otra virtualidad que la de aparecer como «última ratio». Al final, la suya no era una magistratura potenciada por autolimitación como la del Duce, sino esencializada por sucesivas renuncias. Para llegar al límite sólo le faltó un paso como el d Carlo V; pero, en cambio, a diferencia del Emperador, no legó una monarquía absoluta, sino limitada por un ejecutivo presidencialista. Este proceso de ascesis política es lo menos fascista que cabe imaginar.

Los  que han tratado de construir un modelo fascista de validez internacional le atribuyen como fundamental componente el racismo. Esta es, sin duda, una característica esencial del nacionalismo alemán; pero no del Fascismo propiamente dicho, que es el italiano, en el cual los criterios racistas aparecen tardía y marginalmente. Aunque hay algunas fugaces alusiones mussolinianas, que incluso se remontan a 1921, el primer testimonio importante es el Manifiesto de la raza, suscrito el 15 de julio de 1938 por numerosos intelectuales y publicado por el Ministerio de Cultura. La idea dominante en el documento es la de que la nación italiana es «de origen ario y de cultura aria»1. Poco después, el 17 de noviembre del mismo año, el rey-emperador firmó un decreto que afectaba a unos cincuenta mil judíos nacidos o residentes en Italia. La aplicación de esta legislación antisemita, inspirada por Alemania, fue relativamente flexible; pero en muchos casos efectiva. En la doctrina del nuevo Estado español no había ningún postulado antisemita. Al contrario, la noción de Hispanidad, forjada por Maeztu e incorporada al ideario del régimen, era universalista y excluía toda discriminación por razón de raza. Durante el mandato de Franco no se dictó ni una sola norma antisemita. Al revés, los representantes diplomáticos y consulares de España, siguiendo instrucciones de su Gobierno, salvaron a millares de judíos de la persecución nazi en toda Europa; pero muy singularmente en Grecia y, sobre todo, en Salónica, donde fueron concedidos centenares de pasaportes a los sefarditas. Las organizaciones judías han dado reiterados testimonios de esta protección y han rendido homenaje de gratitud a Franco, incluso después de su muerte. Ni racismo negativo en forma de antisemitismo o discriminación, ni tampoco racismo positivo como afirmación de una supuesta etnia española. El Día de la Raza o Fiesta de la Hispanidad, coincidente con el aniversario del descubrimiento de América, nunca tuvo un sentido biológico, sino cultural y de explicación de una capacidad integradora de múltiples etnias en una comunidad espiritual. Si el racismo fuera una constante del fascismo, el nuevo Estado español no podría estar incluido dentro del género.

Otro rasgo que se suele atribuir a los fascismos es el militarismo, el cual puede interpretarse como militarización del Estado o como estilo militar de vida, si bien Esparta demuestra que ambos rasgos suelen ser complementarios. Este fue más verdadero que aquélla en el Fascismo italiano; pero en el Estado español no se dio ni el uno ni la otra. Los dieciséis primeros Gobiernos de Franco se extienden desde el 1 de febrero de 1938 al 4 de enero de 1974 y totalizan 254 carteras2. Si se prescinde de las correspondientes a los tres ministerios de las Fuerzas Armadas de Tierra, Mar y Aire (era sólo uno, de Defensa, en el primer Gobierno), que siempre fueron ocupadas por oficiales generales de las respectivas armas, quedan 208 carteras, de las cuales sólo 22 (frecuentemente la Vicepresidencia y el Interior) fueron ocupadas por militares con mando de tropas, lo cual representa sólo el 10,5%. Y este bajo porcentaje es todavía menor en los altos cargos políticos de libre designación. En el Estado del 18 de julio la mayor parte de los gobernantes fueron civiles. Y el hecho de que en la suprema magistratura se encontrar el único Capitán General anuló, por razones de disciplina, cualquier ambición política de la oficialidad. La participación de las Fuerzas Armadas españolas en los presupuestos del Estado fue, durante el periodo 1939-1975, la más baja de Europa occidental y, en la etapa 1950-1970, las remuneraciones de los oficiales figuraban entre las más modestas de la Administración estatal. Durante el mandato de Franco, los ejércitos no produjeron más que dos figuras destacadas, la del general Muñoz-Grandes y la del almirante Carrero-Blanco. La despolitización de la Fuerzas Armadas fue tan profunda que aceptaron la liquidación del régimen, prácticamente sin más protestas que dos individuales y corteses dimisiones ministeriales (el teniente general de Santiago y el almirante Pita da Veiga) durante el trienio 1976-78. Y el estilo militar de vida, ausente de la sociedad española tan pronto como acabó la guerra civil, no volvió a manifestarse en ningún sector. Se redujeron las plantillas del ejército, desaparecieron las milicias y demás organizaciones paramilitares, y el Frente de Juventudes se convirtió en una organización deportiva y cultura. Lo más militar del Estado era su jefe, quien, por cierto, cumplía sus funciones de presidente del Gobierno siempre vestido de civil. Pero la España del segundo tercio del siglo XX, la Francia De Gaulle y el Portugal de Carmona estuvieron regidos por generales, sin que por eso pudiera afirmarse que fueran Estados militaristas. Si el militarismo fuese una característica esencial de los regímenes fascistas no se podría considerar como tal al español.

El nacionalismo es otra de las notas supuestamente determinantes del Estado fascista. ¿En qué consiste? Cuando se trata de un grupo no soberano, el nacionalismo es el propósito colectivo de convertirse en Estado, y puede ser integrador; como el que promovió la unidad de Italia y de Alemania en el siglo XIX; o secesionista, como el que dio lugar a la atomización de las Indias españolas y del Imperio austrohúngaro. Pero cuando se trata de sociedades ya dotadas de un Estado, el nacionalismo es una exaltación del carácter nacional como factor de solidaridad interno y de afirmación frente al exterior. En este último sentido, casi todos los pueblos contemporáneos –quizás Suiza sea la excepción europea– han sido nacionalistas; y no basta afirmar que los fascistas lo fueron en mayor grado que los no fascistas, porque será muy difícil probar que la Italia mussoliniana fue más nacionalistas que la Francia gaullista. Pero aceptemos la dudosísima hipótesis a efectos del paralelo italo-español. El nacionalismo interno de los hispanos ha sido menos homogéneo que el de los itálicos como consecuencia de los hechos diferenciales vasco y catalán, incomparablemente más intensos que el napolitano o el piamontés. «Estamos aquí –afirmaba Mussolini– fascistas de Trieste, de Istria, de Venecia, de toda la Italia septentrional; pero también están los de las islas, de Sicilia, de Cerdeña; todos para afirmar, serena y categóricamente, nuestra indestructible fe unitaria que rechaza todo intento, más o menos lanzado, de autonomismo y de separatismo»3. El Estado del 18 de julio no negó, sino que reconoció las peculiaridades jurídicas forales vascas y catalana e incluso codificó y promulgó la de Navarra. Franco celebró periódicamente consejos de ministros en Galicia, Cataluña y Vascongadas como tácito reconocimiento de las personalidades regionales y, a partir de la década de los sesenta, se promovieron las lenguas regionales. El nacionalismo interno del Estado presidido por Franco no fue mayor que el de los reinados de Felipe V o de Alfonso XII. La otra forma de nacionalismo, la de afirmación frente a los demás Estados, es opuesta al internacionalismo y, cuando se traduce en imperialismo, también es contraria al pacifismo. La Italia del Duce conquistó Etiopía y participó en la segunda gran guerra con el propósito de anexionarse zonas irredentas y mejorar sus posiciones africanas. En cambio, la España de Franco se mantuvo neutral en el conflicto mundial y otorgó la independencia a todos sus protectorados y colonias: Marruecos, Guinea Ecuatorial y el Sáhara. Estos fueron los hechos, independientemente de ciertas declaraciones aisladas y retóricas. Además, la política exterior se articuló sobre coordenadas de neto significado internacionalista: la comunidad hispanoamericana, la fraternidad con los países árabes y la alianza especial con Portugal, tres diáfanos ejemplo de supranacionalismo. «No somos nacionalistas –afirmaba Primo de Rivera– porque el nacionalismo es el individualismo de los pueblos»4.  Y Franco remacha en 1946: «lo que ha de pesar en el futuro es la suma de las naciones, la solidaridad de los pueblos; ya no es posible el nacionalismo aldeano»5. Si la radicalización del nacionalismo interno y externo fuese una connotación política necesaria al modelo fascista, tal calificación no sería adecuada al nuevo Estado español.

Se alude  también al totalitarismo como carácter típico  de un régimen fascistas. Su definición más clara y tajante es la de Mussolini: el Estado «es forma y norma interior y disciplina de toda la persona: penetra la voluntad y la inteligencia»6. «Nuestra fórmula es ésta: todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado»7. Es la teoría gentiliana del Estado ético y pedagogo, y el de la economía intervencionista y racionalista. Es dudoso que estas declaraciones se transformaran en plena realidad política sobre la Italia mussoliniana; pero es que en España ni siquiera existieron como simples declaraciones de intención. Afirmaba primo de Rivera: «Óiganlo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal: nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental porque este es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos»8. Y Franco insistía muy enérgicamente en idéntico postulado en 1938: «Los principios en que se inspira nuestra revolución nacional se basan en la noción de la persona humana. Para nosotros, la integridad espiritual y la libertad del hombre son valores intangibles. Y de aquí lo que diferencia también nuestra doctrina de lasa doctrinas totalitarias que todo lo atribuyen al Estado»9. La raíz filosófica del ideario del nuevo Estado español era la concepción cristiana de la sociedad y del mundo, la cual era radicalmente incompatible con la estatolatría, lo mismo en su versión decisionista que en la idealista. Si el totalitarismo fuera consustancial a los Estados fascistas, el español no podría ser considerado como tal.

El unipartidismo de masas es otra de las características del fascismo. En Italia el partido era homogéneo, sobre todo después de la crisis de Mateotti, que relegó a los sectores más radicales. En España el partido originario __FET y de las JONS– era el resultado de la unificación de diferentes grupos y, luego, el Movimiento Nacional fue una entidad integrada por diferentes familias ideológicas, entre las que figuraban democristianos, monárquicos tradicionalistas, monárquicos dinásticos, falangistas, excombatientes, tecnócratas y gentes sólo definidos por el no marxismo. Cuando se promulgó el Estatuto de Asociaciones Políticas (21-XII-74) el Movimiento se fragmentó en varios partidos que, en líneas generales, correspondían a algunos de los grupos que lo integraron. El partido italiano asimiló a muchos elementos procedentes de la izquierda, incluso del comunismo, y la inmensa mayoría de sus miembros era de la clase media. El Movimiento Nacional era constitutivamente antimarxista e interclasista. Por otro lado, el Fascio contaba con centenares de miles de militantes, mientras que el Movimiento fue siempre una organización d e cuadros que tenía pocos afiliados cotizantes. Mussolini se apoyó en un partido de masas, mientras que Franco lo hizo en un consenso nacional difuso y amplio de ciudadanos que no militaban en el Movimiento, pero que respaldaban al régimen ya tácitamente, ya con su voto, ya excepcionalmente en las escasas aunque multitudinarias manifestaciones públicas. El sistema español no incluía, pues, un unipartidismo de masas.

Las diferencias entre los dos regímenes son demasiado numerosas y afectan a dimensiones tan esenciales que es imposible considerar al español, no ya como un reflejo del italiano, sino ni siquiera como muy influido por él. Y las coincidencias accidentales no desmienten la radical disimilitud.

NOTA.- Capítulo III del artículo del autor titulado «España y el fascismo» publicado en Razón Española Nº 234 (2023).

1.- TANNENBAUM, Eduard R.: The fascist experience, N. York, 1972; trad. esp. Madrid, 1975, ed. Alianza, pág. 328.
2.- MUNDO: Los noventa ministros de Franco, 3ª ed. barcelona, 1971.
3.- MUSSOLINI, B.: Discurso en Nápoles (24-IX-1933), en Opera Omnia. ed. Susmel, Florencia, 1956, vol.. XVIII, pág. 453.
4.- PRIMO DE RIVERA, op. cit. pág. 811.
5.- FRANCO, Francisco: Franco ha dicho, Madrid, 1947, pág. 250.
6.- MUSSOLINI: La doctrina  del fascismo, pág. 21.
7.- Ídem: Discurso en el III aniversario de la marcha sobre Roma (20-X-1925), en El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, 1936, pág. 217.
8.- PRIMO DE RIVERA: op. cit. pág. 571.
9.- FRANCO: op. cit. págs, 38 y 39.

Para Razón Española Nº 234. Revista bimestral en papel sólo para subscriptores. 65€/año. Telf.- 617 32 61 23 ó Correo.- fundacionbalmes@yahoo.es


2 respuestas a «La España de Franco y el fascismo»

  1. Don Gonzalo Fernández de la Mora, un gran intelectual, un gran ministro, y una persona honrada.
    Aprovecho para decir que RAZÓN ESPAÑOLA es una revista que merece la pena leer…

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