La familia: fundamento de la sociedad

Todos pensamos en la familia, pero pocos nos detenemos a pensar sobre su concepto y correspondencia en las relaciones humanas.

Hablar de la familia, es hablar de estructuras complejas que encierran diferentes miradas y puntos de vista.  No obstante para el desarrollo de este artículo asumiré la familia como la unión y convivencia de unas personas que comparten un proyecto de vida en común, entre las que existe un importante compromiso personal y entre las que se establecen intensas relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia. Así entendida, la familia constituye el principal contexto del desarrollo humano, es decir, es el ámbito en el que tienen lugar los principales procesos de socialización y desarrollo  de los hijos y la creación de vínculos afectivos.

En este sentido, es bien conocida la influencia e importancia que tiene lo que ocurre dentro de la familia de cara a comprender el desarrollo de los hijos. No obstante, la familia no es sólo un escenario de desarrollo para los más jóvenes, sino también para los adultos que en ella conviven. En este sentido, la familia constituye un contexto esencial tanto para la construcción del desarrollo individual de todos y cada uno de sus miembros, como para servir de punto de encuentro intergeneracional, donde mediante las interacciones que se establecen entre los progenitores y su descendencia, los adultos ponen en marcha un proyecto vital de educación y socialización de los miembros más jóvenes del sistema.

Así, desde una perspectiva ecológico-sistémica, podemos entender la familia como un conjunto de relaciones interpersonales que están sometidas a distintas fuentes de influencia y que experimentan diversas situaciones de cambio.

Al ser una institución de estándar mundial es transcultural; con cambios a través de la historia que además dependen del contexto geográfico que permiten delimitar formas culturales y de socialización familiar diferentes. Establecida desde una estructura variada que obedece al tipo de unión y de conformación familiar.

La familia juega un papel muy importante en la sociedad  y en la cultura, ya que influye de manera significativa en la construcción de las dinámicas relacionales que a la vez la permean, la influencian y la afectan por el conjunto de factores políticos, sociales, económicos y culturales que se interrelacionan y que dan lugar a un sin número de dinámicas y relaciones nuevas. Esto implica entonces considerar a la familia dentro de la sociedad y la cultura como un espacio de influencia reciproca en los procesos de producción y reproducción social.

La familia por tanto es generadora de hábitos, estilos de vida, sistemas de valores, normas, actitudes y comportamientos, que a su vez se reproducen y son elementos constitutivos de la cultura y la sociedad. De  tal manera que no se puede mirar aisladamente a la familia sin una interrelación con el contexto social y cultural donde se ubica.

La mejor manera de describir una sociedad cristiana orgánica quizá sea tomar el ejemplo de una sociedad del pasado, que existió otrora en la Cristiandad.

En esta sociedad, el elemento más palpitante de todos era la familia. De hecho, aunque el Estado y otros grupos sociales inferiores nacieron del orden natural de las cosas, ninguna sociedad es más convincente y, por así decirlo, creada con urgencia por naturaleza como es el caso de la familia.

Podemos concebir una sociedad que viva como un embrión, por así decirlo, dentro de la estructura familiar anterior a la existencia del Estado. Sin embargo, no podemos concebir el Estado existente antes de la familia o sin ella.

Al mismo tiempo, no hay otra sociedad a la que seamos inclinados tan naturalmente. Todas las disposiciones necesarias para el buen funcionamiento de la familia existen espontáneamente en nosotros hasta cierto punto: respeto de los hijos por los padres, comprensión, amor y ayuda mutua entre los miembros.

En comparación con la familia, cualquier otra sociedad parece anquilosada, rígida y, bajo algunos aspectos, artificial.

Uno de los rasgos característicos creados por la civilización cristiana después de las invasiones bárbaras fue hacer de la familia algo más que una institución de vida doméstica y privada como lo es hoy, sino una fuerza impulsora de casi todas las actividades sociales, políticas y profesionales.

Los bienes inmuebles, por ejemplo, pertenecían generalmente a la familia más que al individuo. Una casa, una tierra o un dominio feudal era considerado mucho más como patrimonio de la familia que del individuo.

Lo mismo sucedió en las artes y oficios, porque existía una fuerte tendencia a transmitir una profesión de padre a hijo durante varias generaciones. Si observamos los campos de la ciencia y las artes, también vemos cómo los miembros de la familia a menudo han seguido la misma línea.

Encontramos esta misma tendencia en todos los niveles administrativos en los dominios feudal, municipal y real. En todos los campos, ya sea en el dominio de las finanzas, la diplomacia o la guerra, observamos que la familia, tal como existía en ese momento, constituía una gran unidad de acción y un impulso también lo más amplio posible.

Nada escapó a la penetración de la influencia de la familia; se encuentra en dominios, gremios, universidades y municipios feudales. En consecuencia, el Estado ‒un reino, por ejemplo‒ era en realidad una familia de familias encabezadas por una familia: la familia real.


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