La Fe en tiempos de virus

A cuenta de la epidemia del Coronavirus, estamos asistiendo a lo que para nosotros es una aberración: se dispensa a los fieles de asistir al Santo Sacrificio de la Misa, se impide que asista más de un tercio del aforo de la iglesia e incluso se suspenden las Misas en sí; se obliga a comulgar en la mano; se suprime el agua bendita; en fin, para qué seguir. Para nosotros está claro: una prueba más de la falta de Fe de verdad que padecemos, sin duda la peor de las pandemias, la que de verdad nos está llevando al desastre.

No es la primera vez que en los dos mil años de historia de la Iglesia el mundo se ve azotado por una epidemia; pero sí es la primera vez, que sepamos, que la Iglesia adopta medidas como las citadas. En el caso de la comunión en la mano, más aún, toda vez que hasta 1977 siempre, siempre, la comunión se recibió en la boca. Y con todo lo dicho no se conoce ni un solo caso de contagio debido a la celebración de la Misa o a la comunión en la boca. Más bien todo lo contrario, pues sí están demostrados numerosos de sanación, o sea de milagros.

Es penoso comprobar hasta que punto de mundanidad ha llegado nuestra jerarquía en su práctica totalidad; hasta dispensar –también lo hacen con el ayuno y la abstinencia el Viernes Santo en alguna provincia– y suprimir el mayor bien que posee este mundo que es el Santo Sacrificio de la Misa.

La Misa, la comunión en la boca bien realizada por ambas partes (cura y fiel) –pero no sólo ahora, sino siempre–, el agua bendita que por ello es sagrada y demás prácticas religiosas, cuando lo son de verdad, nunca pueden dañar ni en lo físico ni en lo espiritual a nadie, sino todo lo contrario.

En Lourdes se han cerrado las piscinas… ¡por Santa Bernadette! ¡Si tal agua es santa, bendita, sagrada, fuente de sanación y milagros constantes!

No hay Fe, esa es la única y esencial raíz del problema.

Eso sí, se incluyen en las patéticas y también mundanizadas preces, rogativas por la desaparición de la epidemia. Ahora hasta los curas se acuerdan de Santa Bárbara… pero sólo cuando truena.

En la época que nos ha tocado vivir, vemos como nuestra sociedad ha asumido como base de sus proceder la negación de Dios y de sus leyes morales y sociales; vemos naciones que han dado la espalda a Dios de manera radical, premeditada y alevosa; unas naciones, y no referimos a las occidentales, donde se persigue a Dios con saña y constantemente… ¿qué pueden esperar esos pueblos ahora de ese mismo Dios al que acuden con preces, o sea, con el sentimiento, no con el alma y el corazón? Hipócritas, sepulcros blanqueados. Conversión es lo que Él quiere, arrepentimiento, penitencia y propósito verdadero de inmediata y total enmienda. Ojo, también en el seno de la Iglesia, de su clero y religiosos igualmente escandalosos y abandonados al mundo.

Y España más todavía, porque la Fe es la base de España y sin ella no existirá, como está ocurriendo.

No seamos cínicos, no clamemos al cielo por el fin de esta epidemia, volvámonos primero a Dios individual y colectivamente, con toda el alma, mente y corazón. Deroguemos las leyes inicuas: el aborto, la eutanasia, la sodomía, el divorcio…. Seamos honrados, eduquemos a nuestros hijos en la Fe, el bien y la caridad. Demos al culto el esplendor y realce que se debe, pues lo es a Dios. Arrepintámonos de nuestros horrendos pecados privados y públicos. Hagamos penitencia y… entonces, sólo entonces, pidamos a Dios que nos libre de este como de todos los males, porque pecadores arrepentidos quiere el Señor, y no cínicos e hipócritas que Le piden con una mano mientras con la otra le ofenden gravísimamente. Mejor aún, porque si hacemos lo que hemos dicho, Él se encargará de darnos, por añadidura, sin necesidad de pedírselo, lo que necesitamos, como el fin de esta epidemia.


4 respuestas a «La Fe en tiempos de virus»

  1. Magnífico análisis y certera conclusión.
    Nos falta fe.
    O, mejor, nos han arrebatado la fe fuendamentalmente nuestros Pastores, sin duda con poca oposición nuestra.
    Pero, el hecho es ese: no hay fe en la Jerarquía eclesiástica y en gran parte de los sacerdotes y consagrados.
    Ese terrible drama tiene, al menos, la bondad de que ahora está al descubierto, descaradamente.
    Si el engaño o la duda han facilitado la situación actual, ahora no hay más que certeza.
    Ha llegado el momento de la guerra de guerrillas, de las catacumbas, de mantener la fe con el esfuerzo individual o de pequeños grupos de oración, y de rogar por la bendición de un buen sacerdote
    Y de apretar los dientes ante el duro panorama que se avecina.

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