La fosa común de Las Cabezuelas: por la verdad histórica

Como introducción a este artículo, nada mejor que dar voz a alguien tan poco sospechoso como el propio Manuel Azaña que escribió lo que sigue en su libro «La revolución abortada»:

“Algunas de estas fosas se convertirán en depósito permanente de cadáveres durante toda la guerra, como el pozo de la mina de Camuñas, donde los milicianos irán arrojando a lo largo de tres años a sus víctimas de Ciudad Real y Toledo. Otras fosas, como las de Paracuellos, son fehaciente prueba de exterminios masivos con un alto grado de organización. Y en el mismo capítulo hay que mencionar el testimonio forense: los informes oficiales de las instituciones policiales o judiciales, aún no controladas por los comités del Frente Popular, que en las primeras semanas del Terror rojo proceden al levantamiento de los cadáveres y a su examen y registro fotográfico. Son especialmente abundantes las imágenes procedentes de Madrid, que es también la ciudad con mayor número de víctimas del Terror. Las fotografías hablan de tiros en la nuca, pero también de cabezas aplastadas con piedras de gran tamaño, antes o después de la muerte; los informes forenses detallan asimismo violaciones y torturas, así como miembros amputados. Esta fuente gráfica se cegará cuando el aparato institucional quede definitivamente bajo el poder de los partidos revolucionarios. En Gijón, por ejemplo, el 14 de agosto de 1936 los milicianos prohíben al médico forense del juzgado de instrucción del distrito de Oriente seguir identificando cadáveres mediante retratos fotográficos. Se trataba de borrar pistas. Lo mismo ocurrirá en el resto de España. Las muertes continuarán, pero ya nadie guardará la imagen de los cadáveres”.

Aproximadamente a la altura del kilómetro 131 de la carretera Madrid-Cádiz, y a unos dos de la misma en dirección oeste, dentro del término municipal de Camuñas, en la provincia de Toledo, se encuentra la mina conocida como “El Quijote”. Se halla situada en la finca “Las Cabezuelas”; por ello, muchas personas la conocen también por ese nombre.

En la ladera de una colina rodeada de viñedos está la mina, que se abriera tiempo atrás con la intención de buscar plomo. A partir de los primeros días de la contienda, las milicias rojas comenzaron a utilizar la sima para arrojar en ella a todas aquellas personas que podían resultarle molestas, aunque no tuvieran significación política. El simple hecho de ir a misa podía ser un buen motivo para terminar en la fosa.

Allí eran arrojados hombres, mujeres (algunas, embarazadas), ancianos y niños. En algunas ocasiones se arrojaban los cadáveres de los asesinados por los milicianos; en otros casos, ni se tomaban la molestia de matarlos y les echaban vivos.

“… En Alcázar de San Juan, a un joven que se distinguía por su piedad le arrancaron los ojos. En la provincia de Ciudad Real, los crímenes fueron realmente atroces. A la madre de dos jesuitas le obligaron a tragarse un crucifijo. Ochocientas personas fueron arrojadas al pozo de una mina. A menudo, el momento de la muerte era acogido con aplausos, como si se tratara del momento de una corrida. Luego venían los gritos de “Libertad”, “Muera el fascismo”. Más de un sacerdote se volvió loco ante estas atrocidades”. (Hugh Thomas, en su libro “La guerra civil española”)

No solo eran arrojados a la mina los habitantes de los alrededores, sino que también los traídos en camiones de Sevilla, Córdoba y otras provincias andaluzas, así como de Madrid y provincia, más otras muchas zonas de España.

Poco antes de finalizar la guerra, al pozo se arrojaron tres camiones de cal viva, quedando los restos sepultados. Todos los documentos sobre el tema fueron destruidos.

El pozo de la derecha es la mina por la que arrojaban a las víctimas, el de la izquierda es uno auxiliar

El informe de 1962

En 1962 un grupo de expertos en minas, a las órdenes del ingeniero José Granados Moreno, bajó al interior de la sima por iniciativa del dueño de la finca, Antonio Rodríguez, cuyo padre se encuentra sepultado en ella.

Reproducimos a continuación, algunas de las partes del informe resultante de aquella exploración, lo que nos ayudará a hacernos una composición de lugar:

“Antes de iniciar el reconocimiento se procedió a medir la profundidad del pozo, aprovechando que habían sido separadas dos de las cuatro losas de granito que lo cubren (habían sido colocadas por los hijos de los caídos, para tapar la entrada del pozo) y habían abierto un boquete de unos 50 centímetros de diámetro en la bóveda que hay debajo de las losas.

La profundidad de este pozo, al cual llamaremos principal, es de 20 metros desde la boca a los escombros que cubren la calderilla. Sus medidas son 3,5 x 2,5 metros. A unos 18 metros del pozo principal existe otro, al que llamaremos auxiliar, el cual también se encontraba tapado por una bóveda, pero en la cual se había abierto un espacio de 2,5 x 2 metros.

Se procedió a medir su profundidad y nos dio una distancia de nueve metros desde la boca al fondo. Este pozo auxiliar se comunica con el principal por medio de una galería en rampa, que forma una línea quebrada”.

Más adelante decía el informe:

“Se ha podido comprobar que, bajo los escombros, el pozo principal continúa su profundidad, aunque no podemos asegurar cuántos metros podrá tener. Se abrió un roza de unos 0,60 metros de profundidad en la parte más baja de los escombros del pozo principal y se han hallado vestigios de cal, sin poder asegurar si ésta procede de la que arrojaron sobre los cadáveres o es procedente de las obras realizadas posteriormente, aunque por la cantidad observada, es de suponer que se trata de la que cubre los cadáveres”.

En la actualidad, el pozo principal sigue cubierto por las losas; no así el auxiliar, que se encuentra abierto. Una cruz de madera y otra de piedra, que colocara la sobrina de uno de los caídos, completan, junto con los pozos, el escenario.

Hasta las piedras temblaban

“Un sacerdote, al que obligaron a ver cómo arrojaban a las personas al pozo, vomitó de horror. Cuando le arrojaron a él, se agarró a uno de los milicianos, llevándoselo consigo al fondo de la sima. A Concha Millana, “La Millanilla”, tras afeitarla y tenerla un tiempo de sirvienta, la arrojaron al pozo al grito de “Ahí os mandamos una cocinera”. (Carmen Conde, vecina de Herencia, localidad cercana a Camuñas)

Boca del pozo

“Para que os hagáis unan idea de la profundidad del pozo, os contaré que de pequeño jugaba con mis hermanos a tirar piedras, y el sonido se perdía sin oírlas llegar al fondo. Para hacer sitio a nuevas víctimas, cuando el pozo se llenaba, lo rociaban con gasolina y lo prendían fuego. Ya en agosto del 36 recuerdo la primera hoguera, que duraría varios días. Apenas acabar la guerra, un peón caminero me contó que allí había miles de cadáveres cubiertos con cal”. (Antonio Rodríguez, propietario de la finca “Las Cabezuelas”, y cuyo padre se halla sepultado en la mina)

“Alfredo González fue uno de los pocos que pudieron huir cuando le iban a tirar, pero luego fue denunciado por la mayorala de la casa “Los Machos”, donde se refugió, y le cogieron. Nadie puedo salvarle entonces y fue arrojado a la sima. En cambio, su hermano Manolo tuvo mejor suerte y, tras escapar, pudo esconderse sin que le encontraran. Todavía hoy vive. Recuerdo otro caso que fue muy comentado. Al sacerdote Antonio que se agarró a uno de los milicianos y se lo llevaba con él hacia el fondo, le cortaron las manos para que lo soltara”. (Antonio Rodríguez,…)

“Puedo asegurar que solo de Herencia hay más de cincuenta personas sepultadas”. (Emilio Osuna, vecino de Herencia, cuyo padre también había sido arrojado a la mina tras tenerle cuarenta y ocho horas detenido)

“A Manolo le llevaban junto a otro, un tal Jesús Rodríguez. Les habían dicho que les llevaban a Ciudad Real, pero cogieron el camino de la mina; entonces Manolo se dio cuenta del peligro y se situó en el borde del asiento, agarrando la manecilla de la puerta; al ir a desviarse, y aprovechando que el vehículo redujo la velocidad, se tiró afuera de cabeza y huyó corriendo; le tirotearon alcanzándole en una pierna y en la espalda, pero a pesar de ello, logró esconderse en el campo. Más tarde, y después de pasar varios días escondido, llegó a Herencia, donde permaneció oculto hasta el verano de 1937 en que, tras otras muchas vicisitudes, logró llegar a Madrid, donde permaneció conmigo hasta su incorporación a filas. Aparte de esto, solo puedo decirte una cosa: que en Herencia, cuando el sol se ponía, hasta las piedras temblaban de los horrores que en la mina se cometieron”. (Enrique González, vecino de Herencia, hermano de Alfredo y Manolo, quien perdió a su padre y cuatro hermanos asesinados por los milicianos)

«Aurelio Rodríguez, un carretero al que fueron a buscar a su casa y tirotearon en la cama. Su mujer, Úbeda Bolaños, se agarró a él, siendo también herida. A ambos les metieron en un camión y les llevaron a la mina, donde les arrojaron juntos; ella estaba todavía viva. (Mercedes Rodríguez Montes, vecina de Herencia)

Interior de la mina

“Al cura Tapia le llevaron a la sima. Él bendijo a los que habían de ser sus verdugos. Después le arrojaron vivo. A Ismael Moreno, que no podía levantarse de la cama, le cosieron a balazos. Su mujer tuvo que apagar las ropas del lecho, que ardían de los tiros. A mi tío Vicente, que se subió al tejado porque le acosaban, le acribillaron a tiros y luego le echaron a la mina”. (Mercedes Rodríguez Montes, vecina de Herencia)

Mercedes nos acompañó a casa de su amiga Encarnación Álvarez, señora de edad, que también vivió las atrocidades de la guerra. Allí encontramos a Aurelio Rodríguez, quien después nos proporcionaría la fotografía de los caídos en Herencia, y que reproducimos junto a estas líneas. Ellos nos relatarían otras historias de las que en aquellos días se produjeron.

“A Jesús Rodríguez y otro grupo les cogieron en sus casas; luego, les llevaron a una cueva que había en un monasterio y allí les torturaron hasta hartarse. Después les llevaron a la mina y allí les arrojaron, a unos muertos y a otros vivos. A Victoriano Rodríguez le emparedaron; a Emilio García le mataron en plena calle; a Moisés Beteta le asesinaron en el camino delante de unos niños, y como estas podríamos contarte cien historias, que no llegarían a dar ni siquiera una mínima idea de los horrores que aquí se cometieron”. (Mercedes Rodríguez Montes, Encarnación Álvarez y Aurelio Rodríguez, vecinos de Herencia)

Publicado en la revista Fuerza Nueva, 26.01.1980 con el título «Quince mil caídos sin historia»


3 respuestas a «La fosa común de Las Cabezuelas: por la verdad histórica»

  1. ¡¡¡ QUE HORROR !!!, Por mi edad y porque no soy tonto, siempre he pensado que se habían producido barbaridades, pero nunca había leído un relato tan escalofriante.
    Creo que el trabajo de librarnos de estos horrores, no deberíamos encargárselos a Dios – Él me perdone – sino a aquellos que tienen esa obligación y que por ello cobran.

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