La Gloria divina

Hemos sido creados para la gloria de Dios, lo que quiere decir que debo dedicar a su conocimiento, a su amor y a su servicio los recursos y facultades de que dispongo. El siervo que ha recibido cinco talentos devuelve otros cinco más a su amo; el que ha recibido dos devuelve también otros dos; uno y otro se han aplicado a utilizar para su amo lo que les fue confiado y le devuelven el fruto de su aplicación, y esta aplicación y este rendimiento son los que glorifican al dueño. El mal siervo no se aplicó y nada devolvió; no honró a su amo y fue castigado. Así, pues, dedicar las facultades que Dios me ha dado para conocerle, amarle y servirle, y de esta manera devolverle todo mi ser, esto es para mí glorificarle.

Dios tiene en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo una gloria eterna, infinita, infinitamente digna de Él; una gloria que le es propia, que es tan grande como Él, que es su vida, que es Él. ¿Cómo puede dar gloria la criatura al Creador? El objeto de la gloria, que es Dios, es infinito, pero la gloria que da la criatura es finita. Pero aunque sea finita, la alabanza puede ser plena cuando al glorificar a Dios la criatura agota en ese acto todas las fuerzas de su vida. ¡Todas las fuerzas de su vida! Si así fuera en cada uno, qué distinta sería nuestra vida. No estaríamos apegados a las “cosas”, ni a los “otros”, ni mucho menos al gran tirano de nuestra soberbia, prepotencia, autosuficiencia, dureza de corazón y sensualidad. Es la oculta miseria de cada uno, que la sobrelleva con la “tranquilidad” de saber que nadie la conoce; es la “tranquilidad”  tras la máscara de una farsa de vida. Dar gloria es emplear todas las fuerzas de nuestra vida en Él. Tarea casi heroica, de unos pocos, aquellos que transitan por el “camino estrecho”, verdaderamente “estrecho”.

Las cualidades gloriosas del Ser infinito están todas expresadas en las Sagradas Escrituras con esta sola palabra: el nombre de Dios. Es decir, “santificado sea tu nombre”, primera petición del Padrenuestro. Los actos por los cuales puedo glorificar las perfecciones divinas -porque glorificar a Dios es glorificar sus perfecciones- están resumidas en esta sola palabra: la piedad. Por tanto, la concurrencia de mi piedad con el nombre de Dios es loque constituye la gloria de Dios. El “nombre” de Dios dice todo lo que hay en Dios; la palabra “piedad” dice todo lo que hay en mí; la palabra “gloria” dice a la ve todo lo que en Él y todo lo que hay  en mí, en la concurrencia en la cual nos unimos: es la expresión más universal de mi vida.

“¡Oh, alma mía! Alaba al Señor”, dice el Salmo 145,2. -Sí, responde el alma, “alabaré al Señor durante toda mi vida, bendeciré a mi Dios mientras dure mi ser”. Es mi vida la que glorifica a Dios. Mi vida; es decir, aquí abajo el crecimiento, allá arriba la plenitud de mi ser. “Creced y multiplicaos” dijo Dios al principio. Y el Apóstol, recogiendo y explicando la primera orden del Creado, dice: Crezcamos en Jesucristo por medio de todas las cosas (2Pe.3,18), haciendo la verdad en la caridad. La gloria de Dios puede crecer en mí, puesto que yo puedo crecer; debe ensancharse, puesto que yo debo desarrollarme.

Mi vida ha de ser un constante y completo crecimiento, para que mi ser alcance la plena capacidad de alabanza de que es susceptible. Nuestra vida es la que glorifica al Señor. “No son los hombres de la muerte ni los que bajan al infierno los que os alabarán. ¡Dios mío! Mas nosotros que tenemos la vida, nosotros glorificaremos a Dios ya desde ahora y después de la eternidad” (Sal. 113, 18). No, “no moriré, sino viviré y cantaré las maravillas de Dios” (Sal. 117,17). “Sois mi Dios y os alabaré, sois mi Dios y os ensalzaré” (Sal. 117,28).

Ave María Purísima.


2 respuestas a «La Gloria divina»

  1. Como criaturas que somos de Dios, debemos dar gloria a Dios.
    Hemos sido hechos para dar gloria a Dios, pero no como siervos, sino como hijos suyos, destinados a compartir su gloria:

    “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho.” (San Juan 15,14)

    Gloria que se hace presente en nuestras vidas a través de la gracia santificante:

    “La gracia santificante es una participación de la vida divina. Esta vida divina no le es natural al hombre, le es añadida a su naturaleza. La gracia nos hace semejantes a Dios».
    “La gracia santificante hace el alma sea capaz de conocer a Dios como Él se conoce, de amarle como Él se ama, de vivir su vida divina.”
    “La gracia santificante se acrecienta por los sacramentos recibidos en estado de gracia, por la oración y principalmente por la Eucaristía.”
    Fuente: La Gracia Santificante (clerus.org)

    Sobre los efectos de la gracia santificante en la persona:

    “El padre Ed Broom, sacerdote oblato experto en retiros y en evangelización digital, recuerda que en una ocasión Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, recibió de Dios el regalo de contemplar un alma en estado de gracia santificante. Encantada y cautivada por la magnífica belleza de esta alma la santa cayó de rodillas lista para adorarla, creyendo que el alma era Dios mismo. Rápidamente Dios le informó a Santa Catalina que esta persona no era Dios, sino simplemente un alma que vivía en esta gracia santificante.
    Pero, ¿qué es la gracia santificante? Esta es un don permanente y sobrenatural, es decir, superiores a las posibilidades de la naturaleza, que eleva y perfecciona nuestras almas haciendo que seamos hijos de Dios y herederos del Cielo.”

    Fuente: La «gracia santificante»: 10 formas para crecer diariamente en ella y lograr mantenerla – ReL (religionenlibertad.com)

  2. Los pueblos idólatras ofrecen presentes materiales. Esos presentes son más eficaces cuando se dan al prójimo en nombre del Padre, pues como nos dijo por boca de su Predilecto, cuando a un necesitado ayudamos, a él le ayudamos. Y cuando a uno despreciamos, le despreciamos a él.
    Interesa revisar el Sermón de la montaña detenidamente; las formas de agradar a Dios. Santificar el nombre del Padre debe ser inmediato a su pensamiento, como aparece en el Padrenuestro. Y en cada ocasión agradecerle todo; sintiéndolo y con propósito de enmienda; pues erramos como respiramos.

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