La gran sorpresa

¿Quién se lo podía imaginar? Ni la mente más calenturienta, ni la imaginación más fantasiosa. Nada hay en el Antiguo Testamento que permita vislumbrarlo; o, al menos, de una manera medianamente factible. Me refiero a la gran sorpresa que supone la existencia de la Santísima Trinidad. Revelación de Nuestro Señor que siempre me ha dejado perplejo desde que fui consciente de ella.

El Dios del Antiguo Testamento era uno solo. Jesucristo, que ya dijo que había venido a completarlo todo, desveló que ese uno y único Dios del Antiguo Testamento es… Trino. Que siendo uno y único, les dice a los apóstoles, está formado por tres personas, que son distintas, pero que poseen una sola y única naturaleza. Que ese Dios del Antiguo Testamento en el que creían y al que conocían como uno y único, es, en realidad, Padre, Hijo y Espírtu Santo.

Debió ser un aldabonazo, debió suponer para ellos como un puñetazo en plena cara, debieron quedarse perplejos, al igual que yo cuando fui consciente por primera vez de semejante realidad y, al tiempo, misterio incomprensile e inexplicable. Y debió plantearles un grave problema, porque además de tener que predicar Su resurrección, que ya era difíciol la cosa, debían también predicar semenjante novedad que, de entrada y aparentemente, rompía con todo ese Antiguo Testamento.

La gran sorpresa. Resulta que Dios, uno y único, es Trino. Y, a la par, qué maravilla. Y qué inmenso ejercicio de fe les pidió Nuestro Señor con dicha revelación, tanta, como hoy cada día a nosotros: creer a pies juntillas, sin más, sin entrar a analizarla, menos aún intentar comprenderla, como decimos hoy «como dogma de fe», la existencia de la Santísima Trinidad. Y a pesar de ello, lo hicieron.

Para aquellos judíos, primeros cristianos, el convertirse debió suponer un esfuerzo descomunal. Para los gentiles, lo mismo, porque romanos, griegos y otros, al creer en la existencia de múltiples dioses, pero distintos, tuvieron, al convertirse, que admitir que tres eran uno sólo y viceversa.

La gran sorpresa lo fue tanto, la exigencia de ceer en la Santísima Trinidad debió suponer tamaño esfuerzo, como hoy nos exige cuando, aunque sea fugazmente, se nos cruza por la mante ese cómo es posible por el que nuestra naturaleza nos incita constantemente en todo a razonarlo, comprenderlo y explicárnoslo; para qué hablar de explicarlo a otros.

Al final, nos damos cuenta de la maravilla que supone esa insondable gran sorpresa que es la Santísima Trinidad, así como lo seguros, maravillados, contentos y agradecidos que nos sentimos por aquella gran revelación de Nuestro Señor, cuya existencia nadie pudo ni sospechar, pero que una vez conocida gracias a Él, nos afianza y tranquiliza.


Una respuesta a «La gran sorpresa»

  1. El Hijo dijo que no era él el que obraba, sino el Padre. Evidentemente, el Padre es infinitamente más que el Hijo y que cualquier otra cosa, pues nada puede ser ajeno a EL; ya que si algo fuera ajeno a EL, él no sería el Padre, sino otro mayor… ¿Pues como puede ser el Padre el Hijo?; pues en espíritu: el Espíritu( santo ), es el Padre; el Verbo; el alma que trasciende a la materia. Que no un ancianito, como se le suele representar( por cierto se decía que no se debía representar al Padre ). Así, el Padre( su espíritu ), es el Hijo; y es igual una Nube en la Transfiguración y es una Zarza ardiendo cuando Moisés; porque el Padre puede ser cualquier cosa, y estar en cualquier cosa o persona si lo merece.

    Cuando Jesús felicitó a Pedro por su afirmación respecto a él, le vino a decir que le había inspirado( en ese momento estaba en él ), el espíritu santo del Padre; pero también le dijo en otra ocasión al mismísimo Pedro: ‘¡apártate de mi Satanás!’, cuando le tentó para que renunciara a su misión. Luego, podemos estar con uno o con el otro, depende de nuestro libre albedrío en este mundo/vida tamiz, nuestro mejor regalo.

    Así, también el Hijo es el Padre… por deseo del Padre; porque en su predilecto se complació( el Hijo está/es ‘antes que’ Abraham; de ahí que el resto fueramos concebidos a su imagen y semejanza). Sólo un ser concebido perfecto siempre, podría llegar a identificarse con el Creador( por eso el Hijo/el Padre, reinara sobre los elegidos en la Vida ); pero sólo UNO es el bueno, dijo el Hijo del Padre. Hay un sólo Dios; y el Hijo es Dios, porque el Padre obra siempre en EL. El que ofenda al Hijo… tendrá un pase, pero el que ofenda al espíritu santo del Padre( al Padre ), ese lo lleva claro…

    A veces, algunos de los mejores se identifican momentáneamente con Dios, pero como ‘el que no está conmigo, está contra mi’, muchas otras veces estamos con el Malo, como le pasó a Pedro en aquella ocasión, o cuando le negó. Unos más y unos menos hemos podido estar alguna vez en estado de gracia; porque alguien sembró cizaña junto al trigo( se supone que el Angel Caído ); de ahí la necesidad de este mundo/vida; muchos son los llamados y pocos los elegidos.

    En todo caso, esto no es lo importante de cara a ganarse el Reino. Saber, sabremos quizás, más adelante. No se nos pide saber, sino creer y cumplir. Es más, todo lo dicho hay que ponerlo en duda; son conjeturas personales para que todo case. El problema viene cuando se hacen cábalas y se dan por sentadas; se utilizan para adulterar el verdadero mensaje, cambiando la misericordia por el sacrificio y se obliga al mundo entero a pasar por el aro.

    El misterio de la Trinidad suele ser el típico argumento que airea el enemigo; so pretexto de defenderlo, para hacer dudar a los menos convencidos. Fábrica de gnósticos.

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