La guerra nacional española ante la Moral y el Derecho (1/4)
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Introducción
La historia de España es casi siempre incomprendida por los pensadores extranjeros, aun los más objetivos y desapasionados, y sus hechos más relevantes desconciertan a todos los que no se han criado a las ubres saturadas de espiritualidad de esta Madre fecunda.
Ni el utilitarismo inglés podrá comprender jamás la generosidad del alma española, que desprecia todos los bienes ante un ideal incoercible que parece de ensueño. Ni el racismo abarcará la amplitud ecuménica de nuestros pensamientos, que nos presentan el amor a la humanidad como el hijo legítimo del amor a la Patria. Ni el humanismo semipagano de algunos pueblos latinos será capaz de contemplar, sin caer deslumbrado, la divina belleza de la estrella fulgurante que guía nuestros pasos a través de los siglos. Ni siquiera el espiritualismo francés, cuidadoso del gesto, atento siempre a todos los pormenores que puedan embellecer la vida, podrá atisbar la grandeza sobrehumana del espiritualismo español, que vive de la alegría del sacrificio y lo arriesga todo en un arranque de heroísmo; que parece dormido cuando está cara al cielo en visión inefable y beodo parece al salir de sus éxtasis para realizar sus gestas heroicas; descuidado y zafio tal vez en las apariencias, más diligente y vigoroso en su contenido de sublimes esencias. Ni mucho menos podrá elevarse a una altura mayor que la de nuestros calcaños, si quiere vernos la cara, el materialismo soez en cualquiera de sus formas, aun aquellas que se presentan con atuendos de progreso, civilización y cultura. Somos, para todos, los eternos Quijotes, faltos de razón para quienes no saben elevarse sobre la razón misma ni trasponer las fronteras de lo que es limitado.
No es extraño, por tanto, que en la actual guerra nacional seamos incomprendidos, como lo hemos sido siempre, y por incomprendidos, calumniados. Mas no tenemos que arredrarnos ante el sarcasmo, la incomprensión o la calumnia, sino continuar nuestro camino con la frente alzada y la mirada altiva; no por desprecio, porque el desprecio no cabe en un corazón generoso; ni por orgullo, porque el orgullo es patrimonio de los que ignoran la verdadera grandeza; sino por seguir el impulso que agita nuestra alma y cumplir los destinos de nuestra Patria, sin atender siquiera a quienes desde la vera del camino ladran y gruñen.
El alma española es naturalmente cristiana, totalmente cristiana, universalmente cristiana. Acaso en ningún pueblo de la tierra el cristianismo se naturalizó en tanto grado que apenas se puede separar ni distinguir lo que tenemos de españoles de lo que tenemos de cristianos. Y cuando en nuestros días se ha querido arrancar a Cristo de nuestras almas, no se ha conseguido sin arrancar también a España de esas mismas almas, que vienen a renegar de su madre piadosa y escupirle al rostro, para esclavizarse a una despótica madrastra. Y cuando se ha querido descristianizar la vida española con un frío laicismo, las esencias cristianas rezuman de continuo bajo el caparazón laico, como en aquel alcalde que preguntaba cómo se celebraba el bautismo laico, o en el que rezaba un Padrenuestro por el alma del que acababa de ser enterrado civilmente, al finalizar un discurso enalteciendo esta manera de sepelio. Y aun aquellos hijos traidores que hoy luchan contra Cristo y contra España, conservan en su mayoría un rescoldo de fe cristiana, que muchas veces se enciende cuando el vendaval de la adversidad sopla en los carbones de sus almas, ennegrecidas por la pasión, el engaño y la malicia. Prueba de ello es el que muchos de éstos confiesan humildemente sus pecados cuando se ven en los linderos de la muerte.
Y si el alma española se compenetró en tanto grado con la religión cristiana, que ésta venga a ser su segunda naturaleza, toda el alma española ha sido por ello cristianizada, sin que en ella quedase sentimiento alguno ni manifestación alguna de su vida individual o colectiva que no participase de esta misma cristianización en sumo grado. La religión cristiana no es solamente un culto, ni es solamente una moral; es una vida que eleva nuestra vida humana a la categoría de hijos de Dios por nuestra unión con el Dios-Hombre, y no es posible, sin desfigurar y empequeñecer el cristianismo, separar en el cristiano lo que pertenece al hombre religioso de lo que pertenece al hombre sabio, al hombre social o al hombre económico, porque el cristiano tiene que ser cristiano y proceder como cristiano en todas sus actividades y en todas las manifestaciones de su vida. Así es como el alma española ha comprendido su religión, y por eso no la ha relegado nunca al santuario y al hogar, sino que la ha llevado a todas las manifestaciones de su vida pública y todas las ha moldeado en el troquel de su cristiandad.
Mas no sólo eran cristianas las instituciones populares, como salta a la vista de quien abra por donde quiera el libro de nuestra historia, sino que cristiano era el gobierno de la nación mientras España fue grande y se conservó en su plenitud el alma española. Los reyes consultaban con los teólogos la licitud o ilicitud de las guerras que habían de emprender o de las leyes que se proponían sancionar, cristianizando así los acuerdos o resoluciones de los hombres de Estado, sin menoscabo alguno de su soberanía en el orden meramente humano y sin que nadie conceptuase que había intromisión alguna por parte de la Iglesia o de sus hombres, pues se limitaban sus deliberaciones al terreno puramente moral, que por derecho propio le pertenece.
Las leyes de Indias, modelo de legislación que a todos admira, fueron elaboradas más bien por teólogos que por juristas. El cargo de confesor de reyes era considerado como cargo trascendental para la nación, pues se suponía que el rey había de gobernar según su conciencia de cristiano y el encargado de formarla y dirigirla tenía una misión elevadísima que a todos afectaba.
De este modo España fué totalmente cristiana, universalmente cristiana, sin distingos ni cortapisas, y esta es la clave de nuestra grandeza, el impulsivo de nuestras empresas y el distintivo que nos hace inconfundibles con otros pueblos. Cuando exotismos indeseables vinieron a empañar la blancura de nuestra alma tan profundamente cristiana, en España comenzó la decadencia.
Hoy España trata de encontrarse a sí misma en una lucha formidable, porque los tóxicos que le venían propinando han producido en ella excrescencias patológicas que necesitan de una fuerte acción quirúrgica, y es preciso que los que se proponen crear una España nueva no desprecien las enseñanzas de la historia.
Ha pasado la época ominosa en que los gobernantes se avergonzaban de ser católicos, temiendo ser tachados de clericales, pues el ser católicos es nuestro blasón de nobleza e hidalguía y nuestro timbre de gloria; y si hemos de levantar a España arriba, muy arriba, tenemos que levantarla hasta Dios, que es lo más alto. Seremos tanto más españoles cuanto más cristianos, y más fuerte y más grande será España cuanto más compenetrada viva con la religión, que es el alma de su alma.
Para contribuir con nuestro granito de arena a la recristianización de la nueva España, y para dar alguna luz a quienes no han visto todavía despuntar el alba y dudan de la licitud y carácter de nuestro movimiento, vamos a enjuiciar, dentro del tribunal de la Moral cristiana, la presente guerra nacional. Y aunque también nos referimos a la parte del Derecho, es sólo en cuanto el Derecho es subalterno de la Moral, con un contenido de justicia, que es virtud moral por excelencia, pues, como dice Vitoria, estas cuestiones no han de resolverse según las leyes humanas, sino según la ley natural y divina.
Procederemos por conclusiones precisas y argumentos escuetos, al estilo de las escuelas, sin amplificaciones ni relaciones efectistas, pues los hechos están en la mente de todos.
I
Legitimidad del Gobierno Nacional y licitud del movimiento
Proposición primera.—El Gobierno del Frente Popular es ilegítimo, tiránico, traidor a la Patria y a la Nación, enemigo de Dios y de la Iglesia.
1.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ILEGÍTIMO EN SU ORIGEN Y USURPADOR INJUSTO DEL PODER
a) El origen inmediato de tal Gobierno fueron unas elecciones amañadas, en que se prohibió la propaganda a los partidos católicos, se perpetraron toda clase de violencias, se corrompió descaradamente el sufragio y se anularon las actas de muchos Diputados católicos por vanos y fútiles pretextos. A pesar de lo cual los partidos católicos tuvieron mayoría de votos. Prescindimos de la injusticia que ha dado origen a estas elecciones, consistentes en no haber querido entregar el poder a los partidos católicos que actuaban dentro de la ley, y a quienes pertenecía según derecho reconocido del régimen parlamentario, por ser el grupo más numeroso de la Cámara. Y aun podemos prescindir del hecho de haberse apoderado definitivo el Frente Popular antes de conocerse el resultado definitivo de las elecciones en varias provincias de España. Por lo que aparece bien claro que el Gobierno del Frente Popular es ilegítimo en su origen inmediato y usurpador injusto del poder.
b) El origen remoto de este Gobierno es la República, ilegítima también, puesto que nunca fue votada por la nación. La nación sólo había elegido sus Municipios, a quienes pertenece la administración local, mas no la determinación del régimen supremo, pues para ello no tenían capacidad ni mandato. Y aun debemos añadir que el mayor número de los Municipios elegidos y de sus representantes pertenecía a los monárquicos. Y no vale aducir que la República triunfó en las principales capitales de la nación, que son su parte selecta, mientras que los monárquicos sólo obtuvieron mayoría en los «burgos podridos», pues aún en el supuesto de que esto fuera exacto, en un régimen democrático tiene igual valor el voto de un rústico labriego que el del más refinado y culto ciudadano. El régimen republicano no es, pues, la expresión de la voluntad del pueblo. Ni se puede afirmar que este régimen se haya legitimado con el transcurso del tiempo por el consentimiento tácito del pueblo en un orden jurídico de paz y bienandanza, porque jamás ese orden ha existido en los cinco años de republicanismo ni el pueblo ha dejado de manifestarse en contra de los poderes republicanos—por lo menos una parte bien considerable del mismo—, siempre que la opresión triunfante le permitía algún respiradero. De donde resulta que, no sólo es bastardo el injerto, sino que está dañado el tronco desde la raíz misma. El Gobierno del Frente Popular es, pues, verdadero usurpador y detentador del poder público.
2.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TIRANO EN EL RÉGIMEN
Para probar esto basta abrir los ojos ante la realidad histórica. El Gobierno del Frente Popular atentó constantemente contra las instituciones más sagradas y consustanciales de la nación, como religión, familia, propiedad, oprimiendo a los ciudadanos honrados y elevando a los cargos públicos a los criminales que en los presidios cumplían la pena impuesta por los tribunales de justicia, despojando a los hombres pacíficos de sus derechos naturales, religiosos y civiles, fomentando el libertinaje de todo género y hasta impulsando al crimen, como en el asesinato de Calvo Sotelo. Esto, que comenzó a realizar antes del levantamiento, ha llegado a su plenitud después de entablada la lucha en las regiones que le están sometidas, y no por desquite o represalia, sino porque estaba en su programa, y de igual manera lo hubiera realizado en toda España si la guerra civil no estalla. Es, por tanto, un Gobierno tiránico, de lo más tiránico que se ha conocido, y en el sentido más crudo de la palabra.
3.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TRAIDOR A LA PATRIA Y A LA NACIÓN
a) Ha fomentado las luchas intestinas y atentado contra la unidad nacional, descuartizando la Patria en locos separatismos y secundando las ambiciones de quienes pretendían medrar sobre los despojos de la Patria deshecha. Y, aunque gravísimo, no es esto lo peor.
b) Ha atentado igualmente contra la libertad e independencia de la nación (que es atentar contra su misma existencia), entregándola a la más ominosa esclavitud soviética, hasta el punto de considerar delictivo el grito de «Viva España», al cual se contraponía el vergonzoso grito de «Viva Rusia». Ha cometido, pues, el crimen de la más alta traición que el Gobierno de una nación puede realizar.
4.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ENEMIGO DE DIOS Y DE LA IGLESIA
a) Esto se prueba ante todo con los hechos. Ha establecido la enseñanza atea, impuesto el laicismo en todas las manifestaciones de la vida social, destruido templos y conventos y perseguido al clero. Esto, que empezó realizando antes del levantamiento, lo completó ahora en las regiones que aún gimen bajo su tiranía, donde no queda ni un sacerdote ni un religioso más que alguno que permanece oculto o a sus pesquisas; donde los ciudadanos honrados son fusilados o martirizados por el solo delito de ser católicos; donde apenas queda, en fin, un solo templo, como sucede en casi todas las regiones de Levante. El mismo Vicario de Cristo los ha declarado enemigos de la sociedad, de la religión y del mismo Dios, cuando en la alocución del 13 de Marzo de 1933, refiriéndose al Gobierno de entonces, que fue el predecesor del Frente Popular, dice: «éstos encienden y aprietan la guerra contra la sociedad humana, contra la Religión santísima y, finalmente, contra el mismo Dios». Y equipara la persecución religiosa de España a la de Rusia y Méjico, cuando dice poco después: «Lo que ocurre desde hace tiempo y constantemente en las dilatadas e infelicísimas regiones de Rusia, en España, en los Estados Unidos de Méjico…» (Acta A. S., vol. 25, págs. 112, 113).
b) Pruébase igualmente que el Frente Popular es enemigo de Dios y de la Iglesia porque sus filas se nutren principalmente de socialistas, comunistas y anarquistas, y se mueve a impulsos de las nefandas sectas masónicas. El comunismo (en cualquiera de sus fases, desde las más mitigadas hasta las más violentas) es el compendio de todos los errores, de todas las herejías, de todas las impiedades. Constantemente nos lo vienen repitiendo los Sumos Pontífices desde Pío IX, advirtiéndonos que es el gran peligro del cristianismo y de la humanidad. Sólo recogeremos algunas palabras del actual Pontífice Pío XI. En la Encíclica Caritate Christi compulsi, escribe: «Los enemigos de todo orden social, cualquiera que sea su nombre: comunismo, socialismo u otros… se emplean con audacia en romper todo freno, en quebrar toda ligadura impuesta por la ley divina o humana». Y en la Encíclica Quadragesimo Anno: «Nos no juzgamos, dice, seguramente necesario advertir a los hijos buenos y fieles de la Iglesia en lo tocante a la naturaleza impía e injusta del comunismo». Y también: «Hemos llamado de nuevo a juicio al comunismo y al socialismo y hemos encontrado que todas sus formas, aun las más suaves, están muy lejos de los preceptos evangélicos». Y en cuanto a la masonería, que alienta y mueve secretamente al Frente Popular, no es preciso hablar, pues la Iglesia la ha condenado con las más severas censuras. El Frente Popular con su Gobierno es, por lo tanto, enemigo declarado de Dios y de la Iglesia.
Proposición segunda.—El alzamiento en armas contra el Frente Popular y su Gobierno es, no sólo justo y lícito, sino hasta obligatorio, y constituye por parte del Gobierno Nacional y sus seguidores la guerra más santa que registra la historia.
1.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR Y SU GOBIERNO, ES JUSTO Y LÍCITO
a) Es doctrina común de teólogos y filósofos cristianos que se puede resistir por la fuerza al tirano que ha usurpado el poder, a no ser que más adelante se haya legitimado de alguna manera. Así lo enseña Santo Tomás por estas palabras: «Qui per violentiam dominium surripit, non efficitur vere praelatus vel dominus, et ideo, cum facultas adest, potest aliquis tale dominium repellere» (II Sent., d. 44, q. 2, a. 2). Y añade contestando a un argumento: «Quando aliquis dominium sibi per violentiam surripit, nolentibus subditis, vel etiam ad consensum coactis… tunc qui ad liberationem Patriae tyrannum occidit, laudatur et praemium accipit» (ad 5). Este es manifiestamente el caso del Gobierno del Frente Popular, que de ningún modo ha podido legitimarse.
b) También es doctrina de Santo Tomás, al cual siguen la mayoría de los teólogos, que se puede destituir violentamente al que gobierna tiránicamente, aun cuando su gobierno originariamente hubiera sido legítimo. Veamos sus palabras: «Si ad jus multitudinis alicujus pertineat sibi providere de rege (en el régimen republicano siempre pertenece a la multitud elegir sus gobernantes), non injuste ab eadem rex institutus potest destitui vel refraenari ejus potestas, si potestate regia tyrannice abutatur» (De Reg. Princ., Lib. I, cap. VI). Y en la Summa Theologica demuestra que el levantamiento en armas contra el tirano no es sedición y, por tanto, no es injusto, cuando escribe: «Regimen tyrannicum non est justum, quia non ordinatur a bonum commune, sed ad bonum privatum regentis… Et ideo perturbatio hujus regiminis non habet rationem seditionis (porque en ese caso sería ilícita)… Magis autem tyrannus seditiosus est, qui in populo sibi subjecto discordias et seditiones nutrit (como hizo el Frente Popular), ut titius dominari possit: hoc enim tyrannicum est, cum sit, ordinatum ad bonum proprium praesidentis, cum multitudinis nocumento. (Sum. Theol., 2.ª, 2.ae, q. 42, a. 2 ad 3). El levantamiento armado contra el Frente Popular es, pues, justo y lícito, por tratarse de un Gobierno usurpador y tiránico en sumo grado. Y este levantamiento reúne todas las condiciones que exigen los teólogos, pues no quedaba otro recurso humano y no se podía dilatar su ejecución por el peligro inmenso que había en la tardanza.
2.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR ERA OBLIGATORIO
a) Por la obligación de defender a la Patria cuando está en peligro.—Es ésta una verdadera guerra defensiva. El agresor injusto es el Frente Popular y su Gobierno. Para convencerse de esto basta recordar las estadísticas de crímenes, desórdenes, asesinatos, incendios de templos y conventos, perpetrados por el Frente Popular, con la anuencia expresa o tácita de su Gobierno, durante los meses que precedieron al levantamiento. Esas listas fueron leídas en el Congreso de los Diputados por los señores Calvo Sotelo y Gil Robles, y publicadas en el Diario de Sesiones. Y el mismo Gobierno del Frente Popular se ha declarado «parte beligerante», es decir, agresiva, puesto que los católicos a nadie agredían y se limitaban a reclamar el ejercicio de sus derechos. Y más clara aparece la agresión por parte del Frente Popular si se tiene en cuenta los fines perversos que éste se proponía, atentando a la misma independencia de la Patria y a la existencia de la nacionalidad española, como dicho queda. Ahora bien, cualquier nación tiene la obligación de defenderse contra los enemigos extraños y, a fortiori, con mayor motivo, contra los enemigos internos. Puede un individuo particular renunciar al derecho de defensa que a todos asiste, pero una nación no puede renunciar a este derecho, porque sería conculcar el derecho de la multitud y atentar contra el bien común. Y es que la Patria es como nuestra madre y estamos obligados para con ella por la misma virtud de la piedad y con los mismos deberes que tenemos para con nuestros padres, como Santo Tomás enseña (II-II, q. 101). Mas ningún hijo habrá que se crea exento del deber de defender a su madre cuando la ve ultrajada, perseguida y en peligro de perecer. Pues bien, los ultrajes que recibía nuestra Patria en sus instituciones y en sus ciudadanos eran continuos; máximo e inminente era el peligro en que ella misma se encontraba; y la obligación de defenderla pesaba, por lo tanto, gravísimamente sobre todos sus buenos hijos.
b) Por la obligación de defender a la religión.—El insigne Maestro Vitoria, fundador y padre del derecho internacional, entre los títulos legítimos por los cuales se puede hacer la guerra a los indios y aun despojarlos de su soberanía, establece dos que tienen aplicación al caso presente. Son el tercero y el quinto. En el tercero se dice: «Si algunos de los bárbaros se convierten al cristianismo y sus príncipes quieren por la fuerza y el miedo volverlos a la idolatría, pueden por este capítulo también los españoles, si de otro modo no puede hacerse, declarar la guerra y obligar a los bárbaros a que desistan de semejante injuria, y utilizar todos los derechos de guerra contra los obstinados y, por consiguiente, destituir en ocasiones a los señores, como en las demás guerras justas». Y el quinto título dice: «Otro título puede obedecer a la tiranía de los mismos bárbaros o de las leyes inhumanas que perjudican a los inocentes, como el sacrificio de hombres inocentes o el matar a hombres inculpables para comer sus carnes… Y esto no sólo se entiende para el preciso momento de ser llevados a la muerte, sino que también pueden obligar a los bárbaros a que renuncien en absoluto a tal costumbre; y si se niegan, ya hay causa para declararles la guerra y emplear contra ellos todos los derechos de guerra» (Vitoria , De los indios (primera), Ed. y traduc. del P. Getino. Madrid, 1934, Tomo 2.º). Según esto, es lícito hacer la guerra a una nación extraña y hasta deponer a sus príncipes legítimos, para defender a algunos cristianos que hubiere en ella y fueren impedidos en el ejercicio de su religión; lo mismo que si se da la muerte sistemáticamente a gentes inocentes. Ambas cosas hacían los bárbaros del Frente Popular en España, matando sacerdotes, etc.; y tanto más es aquí lícita la guerra, cuanto que no se trata de una nación pagana, sino de una nación católica, que es de este modo vejada y oprimida. Y si cualquier nación podría en este caso venir a España y hacer la guerra al Frente Popular y deponer a su Gobierno tiránico, para que la nación eligiese otro conforme a su religión y conservador del bien común, la propia España no sólo tiene el derecho, sino el deber ineludible de defender la propia religión e impedir los crímenes que contra ella y sus sacerdotes y seguidores se cometen. Y no se diga que algunos teólogos no admiten ese tercer título de Vitoria, porque la Iglesia de Cristo no ha de defenderse por la fuerza, pues una cosa es que la Iglesia en cuanto tal no haya de tomar las armas, y otra cosa es que las naciones cristianas no las tomen en defensa de ella, o mejor dicho de su propia religión, que es el bien más grande que poseen. La nación española, por lo tanto, tiene la obligación de defender su propia religión, que es la católica, por medio de las armas, si de otro modo no puede conseguirlo, contra cualesquier enemigos exteriores o interiores. Y si se pregunta con qué autoridad se puede realizar esto, contestaré con el mismo Vitoria, que con la autoridad de todo el orbe («auctoritate totius orbis»), pues la muerte de inocentes es un crimen de lesa humanidad; o con la autoridad de toda la comunidad cristiana, pues crimen de lesa cristiandad es la persecución de la cristiana religión; o con la autoridad de la propia nación, que en ella radicalmente existe, como enseña el mismo Vitoria, antes que en cualquier poder constituido.
Parte 1
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Introducción
La historia de España es casi siempre incomprendida por los pensadores extranjeros, aun los más objetivos y desapasionados, y sus hechos más relevantes desconciertan a todos los que no se han criado a las ubres saturadas de espiritualidad de esta Madre fecunda.
Ni el utilitarismo inglés podrá comprender jamás la generosidad del alma española, que desprecia todos los bienes ante un ideal incoercible que parece de ensueño. Ni el racismo abarcará la amplitud ecuménica de nuestros pensamientos, que nos presentan el amor a la humanidad como el hijo legítimo del amor a la Patria. Ni el humanismo semipagano de algunos pueblos latinos será capaz de contemplar, sin caer deslumbrado, la divina belleza de la estrella fulgurante que guía nuestros pasos a través de los siglos. Ni siquiera el espiritualismo francés, cuidadoso del gesto, atento siempre a todos los pormenores que puedan embellecer la vida, podrá atisbar la grandeza sobrehumana del espiritualismo español, que vive de la alegría del sacrificio y lo arriesga todo en un arranque de heroísmo; que parece dormido cuando está cara al cielo en visión inefable y beodo parece al salir de sus éxtasis para realizar sus gestas heroicas; descuidado y zafio tal vez en las apariencias, más diligente y vigoroso en su contenido de sublimes esencias. Ni mucho menos podrá elevarse a una altura mayor que la de nuestros calcaños, si quiere vernos la cara, el materialismo soez en cualquiera de sus formas, aun aquellas que se presentan con atuendos de progreso, civilización y cultura. Somos, para todos, los eternos Quijotes, faltos de razón para quienes no saben elevarse sobre la razón misma ni trasponer las fronteras de lo que es limitado.
No es extraño, por tanto, que en la actual guerra nacional seamos incomprendidos, como lo hemos sido siempre, y por incomprendidos, calumniados. Mas no tenemos que arredrarnos ante el sarcasmo, la incomprensión o la calumnia, sino continuar nuestro camino con la frente alzada y la mirada altiva; no por desprecio, porque el desprecio no cabe en un corazón generoso; ni por orgullo, porque el orgullo es patrimonio de los que ignoran la verdadera grandeza; sino por seguir el impulso que agita nuestra alma y cumplir los destinos de nuestra Patria, sin atender siquiera a quienes desde la vera del camino ladran y gruñen.
El alma española es naturalmente cristiana, totalmente cristiana, universalmente cristiana. Acaso en ningún pueblo de la tierra el cristianismo se naturalizó en tanto grado que apenas se puede separar ni distinguir lo que tenemos de españoles de lo que tenemos de cristianos. Y cuando en nuestros días se ha querido arrancar a Cristo de nuestras almas, no se ha conseguido sin arrancar también a España de esas mismas almas, que vienen a renegar de su madre piadosa y escupirle al rostro, para esclavizarse a una despótica madrastra. Y cuando se ha querido descristianizar la vida española con un frío laicismo, las esencias cristianas rezuman de continuo bajo el caparazón laico, como en aquel alcalde que preguntaba cómo se celebraba el bautismo laico, o en el que rezaba un Padrenuestro por el alma del que acababa de ser enterrado civilmente, al finalizar un discurso enalteciendo esta manera de sepelio. Y aun aquellos hijos traidores que hoy luchan contra Cristo y contra España, conservan en su mayoría un rescoldo de fe cristiana, que muchas veces se enciende cuando el vendaval de la adversidad sopla en los carbones de sus almas, ennegrecidas por la pasión, el engaño y la malicia. Prueba de ello es el que muchos de éstos confiesan humildemente sus pecados cuando se ven en los linderos de la muerte.
Y si el alma española se compenetró en tanto grado con la religión cristiana, que ésta venga a ser su segunda naturaleza, toda el alma española ha sido por ello cristianizada, sin que en ella quedase sentimiento alguno ni manifestación alguna de su vida individual o colectiva que no participase de esta misma cristianización en sumo grado. La religión cristiana no es solamente un culto, ni es solamente una moral; es una vida que eleva nuestra vida humana a la categoría de hijos de Dios por nuestra unión con el Dios-Hombre, y no es posible, sin desfigurar y empequeñecer el cristianismo, separar en el cristiano lo que pertenece al hombre religioso de lo que pertenece al hombre sabio, al hombre social o al hombre económico, porque el cristiano tiene que ser cristiano y proceder como cristiano en todas sus actividades y en todas las manifestaciones de su vida. Así es como el alma española ha comprendido su religión, y por eso no la ha relegado nunca al santuario y al hogar, sino que la ha llevado a todas las manifestaciones de su vida pública y todas las ha moldeado en el troquel de su cristiandad.
Mas no sólo eran cristianas las instituciones populares, como salta a la vista de quien abra por donde quiera el libro de nuestra historia, sino que cristiano era el gobierno de la nación mientras España fue grande y se conservó en su plenitud el alma española. Los reyes consultaban con los teólogos la licitud o ilicitud de las guerras que habían de emprender o de las leyes que se proponían sancionar, cristianizando así los acuerdos o resoluciones de los hombres de Estado, sin menoscabo alguno de su soberanía en el orden meramente humano y sin que nadie conceptuase que había intromisión alguna por parte de la Iglesia o de sus hombres, pues se limitaban sus deliberaciones al terreno puramente moral, que por derecho propio le pertenece.
Las leyes de Indias, modelo de legislación que a todos admira, fueron elaboradas más bien por teólogos que por juristas. El cargo de confesor de reyes era considerado como cargo trascendental para la nación, pues se suponía que el rey había de gobernar según su conciencia de cristiano y el encargado de formarla y dirigirla tenía una misión elevadísima que a todos afectaba.
De este modo España fué totalmente cristiana, universalmente cristiana, sin distingos ni cortapisas, y esta es la clave de nuestra grandeza, el impulsivo de nuestras empresas y el distintivo que nos hace inconfundibles con otros pueblos. Cuando exotismos indeseables vinieron a empañar la blancura de nuestra alma tan profundamente cristiana, en España comenzó la decadencia.
Hoy España trata de encontrarse a sí misma en una lucha formidable, porque los tóxicos que le venían propinando han producido en ella excrescencias patológicas que necesitan de una fuerte acción quirúrgica, y es preciso que los que se proponen crear una España nueva no desprecien las enseñanzas de la historia.
Ha pasado la época ominosa en que los gobernantes se avergonzaban de ser católicos, temiendo ser tachados de clericales, pues el ser católicos es nuestro blasón de nobleza e hidalguía y nuestro timbre de gloria; y si hemos de levantar a España arriba, muy arriba, tenemos que levantarla hasta Dios, que es lo más alto. Seremos tanto más españoles cuanto más cristianos, y más fuerte y más grande será España cuanto más compenetrada viva con la religión, que es el alma de su alma.
Para contribuir con nuestro granito de arena a la recristianización de la nueva España, y para dar alguna luz a quienes no han visto todavía despuntar el alba y dudan de la licitud y carácter de nuestro movimiento, vamos a enjuiciar, dentro del tribunal de la Moral cristiana, la presente guerra nacional. Y aunque también nos referimos a la parte del Derecho, es sólo en cuanto el Derecho es subalterno de la Moral, con un contenido de justicia, que es virtud moral por excelencia, pues, como dice Vitoria, estas cuestiones no han de resolverse según las leyes humanas, sino según la ley natural y divina.
Procederemos por conclusiones precisas y argumentos escuetos, al estilo de las escuelas, sin amplificaciones ni relaciones efectistas, pues los hechos están en la mente de todos.
I
Legitimidad del Gobierno Nacional y licitud del movimiento
Proposición primera.—El Gobierno del Frente Popular es ilegítimo, tiránico, traidor a la Patria y a la Nación, enemigo de Dios y de la Iglesia.
1.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ILEGÍTIMO EN SU ORIGEN Y USURPADOR INJUSTO DEL PODER
a) El origen inmediato de tal Gobierno fueron unas elecciones amañadas, en que se prohibió la propaganda a los partidos católicos, se perpetraron toda clase de violencias, se corrompió descaradamente el sufragio y se anularon las actas de muchos Diputados católicos por vanos y fútiles pretextos. A pesar de lo cual los partidos católicos tuvieron mayoría de votos. Prescindimos de la injusticia que ha dado origen a estas elecciones, consistentes en no haber querido entregar el poder a los partidos católicos que actuaban dentro de la ley, y a quienes pertenecía según derecho reconocido del régimen parlamentario, por ser el grupo más numeroso de la Cámara. Y aun podemos prescindir del hecho de haberse apoderado definitivo el Frente Popular antes de conocerse el resultado definitivo de las elecciones en varias provincias de España. Por lo que aparece bien claro que el Gobierno del Frente Popular es ilegítimo en su origen inmediato y usurpador injusto del poder.
b) El origen remoto de este Gobierno es la República, ilegítima también, puesto que nunca fue votada por la nación. La nación sólo había elegido sus Municipios, a quienes pertenece la administración local, mas no la determinación del régimen supremo, pues para ello no tenían capacidad ni mandato. Y aun debemos añadir que el mayor número de los Municipios elegidos y de sus representantes pertenecía a los monárquicos. Y no vale aducir que la República triunfó en las principales capitales de la nación, que son su parte selecta, mientras que los monárquicos sólo obtuvieron mayoría en los «burgos podridos», pues aún en el supuesto de que esto fuera exacto, en un régimen democrático tiene igual valor el voto de un rústico labriego que el del más refinado y culto ciudadano. El régimen republicano no es, pues, la expresión de la voluntad del pueblo. Ni se puede afirmar que este régimen se haya legitimado con el transcurso del tiempo por el consentimiento tácito del pueblo en un orden jurídico de paz y bienandanza, porque jamás ese orden ha existido en los cinco años de republicanismo ni el pueblo ha dejado de manifestarse en contra de los poderes republicanos—por lo menos una parte bien considerable del mismo—, siempre que la opresión triunfante le permitía algún respiradero. De donde resulta que, no sólo es bastardo el injerto, sino que está dañado el tronco desde la raíz misma. El Gobierno del Frente Popular es, pues, verdadero usurpador y detentador del poder público.
2.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TIRANO EN EL RÉGIMEN
Para probar esto basta abrir los ojos ante la realidad histórica. El Gobierno del Frente Popular atentó constantemente contra las instituciones más sagradas y consustanciales de la nación, como religión, familia, propiedad, oprimiendo a los ciudadanos honrados y elevando a los cargos públicos a los criminales que en los presidios cumplían la pena impuesta por los tribunales de justicia, despojando a los hombres pacíficos de sus derechos naturales, religiosos y civiles, fomentando el libertinaje de todo género y hasta impulsando al crimen, como en el asesinato de Calvo Sotelo. Esto, que comenzó a realizar antes del levantamiento, ha llegado a su plenitud después de entablada la lucha en las regiones que le están sometidas, y no por desquite o represalia, sino porque estaba en su programa, y de igual manera lo hubiera realizado en toda España si la guerra civil no estalla. Es, por tanto, un Gobierno tiránico, de lo más tiránico que se ha conocido, y en el sentido más crudo de la palabra.
3.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TRAIDOR A LA PATRIA Y A LA NACIÓN
a) Ha fomentado las luchas intestinas y atentado contra la unidad nacional, descuartizando la Patria en locos separatismos y secundando las ambiciones de quienes pretendían medrar sobre los despojos de la Patria deshecha. Y, aunque gravísimo, no es esto lo peor.
b) Ha atentado igualmente contra la libertad e independencia de la nación (que es atentar contra su misma existencia), entregándola a la más ominosa esclavitud soviética, hasta el punto de considerar delictivo el grito de «Viva España», al cual se contraponía el vergonzoso grito de «Viva Rusia». Ha cometido, pues, el crimen de la más alta traición que el Gobierno de una nación puede realizar.
4.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ENEMIGO DE DIOS Y DE LA IGLESIA
a) Esto se prueba ante todo con los hechos. Ha establecido la enseñanza atea, impuesto el laicismo en todas las manifestaciones de la vida social, destruido templos y conventos y perseguido al clero. Esto, que empezó realizando antes del levantamiento, lo completó ahora en las regiones que aún gimen bajo su tiranía, donde no queda ni un sacerdote ni un religioso más que alguno que permanece oculto o a sus pesquisas; donde los ciudadanos honrados son fusilados o martirizados por el solo delito de ser católicos; donde apenas queda, en fin, un solo templo, como sucede en casi todas las regiones de Levante. El mismo Vicario de Cristo los ha declarado enemigos de la sociedad, de la religión y del mismo Dios, cuando en la alocución del 13 de Marzo de 1933, refiriéndose al Gobierno de entonces, que fue el predecesor del Frente Popular, dice: «éstos encienden y aprietan la guerra contra la sociedad humana, contra la Religión santísima y, finalmente, contra el mismo Dios». Y equipara la persecución religiosa de España a la de Rusia y Méjico, cuando dice poco después: «Lo que ocurre desde hace tiempo y constantemente en las dilatadas e infelicísimas regiones de Rusia, en España, en los Estados Unidos de Méjico…» (Acta A. S., vol. 25, págs. 112, 113).
b) Pruébase igualmente que el Frente Popular es enemigo de Dios y de la Iglesia porque sus filas se nutren principalmente de socialistas, comunistas y anarquistas, y se mueve a impulsos de las nefandas sectas masónicas. El comunismo (en cualquiera de sus fases, desde las más mitigadas hasta las más violentas) es el compendio de todos los errores, de todas las herejías, de todas las impiedades. Constantemente nos lo vienen repitiendo los Sumos Pontífices desde Pío IX, advirtiéndonos que es el gran peligro del cristianismo y de la humanidad. Sólo recogeremos algunas palabras del actual Pontífice Pío XI. En la Encíclica Caritate Christi compulsi, escribe: «Los enemigos de todo orden social, cualquiera que sea su nombre: comunismo, socialismo u otros… se emplean con audacia en romper todo freno, en quebrar toda ligadura impuesta por la ley divina o humana». Y en la Encíclica Quadragesimo Anno: «Nos no juzgamos, dice, seguramente necesario advertir a los hijos buenos y fieles de la Iglesia en lo tocante a la naturaleza impía e injusta del comunismo». Y también: «Hemos llamado de nuevo a juicio al comunismo y al socialismo y hemos encontrado que todas sus formas, aun las más suaves, están muy lejos de los preceptos evangélicos». Y en cuanto a la masonería, que alienta y mueve secretamente al Frente Popular, no es preciso hablar, pues la Iglesia la ha condenado con las más severas censuras. El Frente Popular con su Gobierno es, por lo tanto, enemigo declarado de Dios y de la Iglesia.
Proposición segunda.—El alzamiento en armas contra el Frente Popular y su Gobierno es, no sólo justo y lícito, sino hasta obligatorio, y constituye por parte del Gobierno Nacional y sus seguidores la guerra más santa que registra la historia.
1.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR Y SU GOBIERNO, ES JUSTO Y LÍCITO
a) Es doctrina común de teólogos y filósofos cristianos que se puede resistir por la fuerza al tirano que ha usurpado el poder, a no ser que más adelante se haya legitimado de alguna manera. Así lo enseña Santo Tomás por estas palabras: «Qui per violentiam dominium surripit, non efficitur vere praelatus vel dominus, et ideo, cum facultas adest, potest aliquis tale dominium repellere» (II Sent., d. 44, q. 2, a. 2). Y añade contestando a un argumento: «Quando aliquis dominium sibi per violentiam surripit, nolentibus subditis, vel etiam ad consensum coactis… tunc qui ad liberationem Patriae tyrannum occidit, laudatur et praemium accipit» (ad 5). Este es manifiestamente el caso del Gobierno del Frente Popular, que de ningún modo ha podido legitimarse.
b) También es doctrina de Santo Tomás, al cual siguen la mayoría de los teólogos, que se puede destituir violentamente al que gobierna tiránicamente, aun cuando su gobierno originariamente hubiera sido legítimo. Veamos sus palabras: «Si ad jus multitudinis alicujus pertineat sibi providere de rege (en el régimen republicano siempre pertenece a la multitud elegir sus gobernantes), non injuste ab eadem rex institutus potest destitui vel refraenari ejus potestas, si potestate regia tyrannice abutatur» (De Reg. Princ., Lib. I, cap. VI). Y en la Summa Theologica demuestra que el levantamiento en armas contra el tirano no es sedición y, por tanto, no es injusto, cuando escribe: «Regimen tyrannicum non est justum, quia non ordinatur a bonum commune, sed ad bonum privatum regentis… Et ideo perturbatio hujus regiminis non habet rationem seditionis (porque en ese caso sería ilícita)… Magis autem tyrannus seditiosus est, qui in populo sibi subjecto discordias et seditiones nutrit (como hizo el Frente Popular), ut titius dominari possit: hoc enim tyrannicum est, cum sit, ordinatum ad bonum proprium praesidentis, cum multitudinis nocumento. (Sum. Theol., 2.ª, 2.ae, q. 42, a. 2 ad 3). El levantamiento armado contra el Frente Popular es, pues, justo y lícito, por tratarse de un Gobierno usurpador y tiránico en sumo grado. Y este levantamiento reúne todas las condiciones que exigen los teólogos, pues no quedaba otro recurso humano y no se podía dilatar su ejecución por el peligro inmenso que había en la tardanza.
2.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR ERA OBLIGATORIO
a) Por la obligación de defender a la Patria cuando está en peligro.—Es ésta una verdadera guerra defensiva. El agresor injusto es el Frente Popular y su Gobierno. Para convencerse de esto basta recordar las estadísticas de crímenes, desórdenes, asesinatos, incendios de templos y conventos, perpetrados por el Frente Popular, con la anuencia expresa o tácita de su Gobierno, durante los meses que precedieron al levantamiento. Esas listas fueron leídas en el Congreso de los Diputados por los señores Calvo Sotelo y Gil Robles, y publicadas en el Diario de Sesiones. Y el mismo Gobierno del Frente Popular se ha declarado «parte beligerante», es decir, agresiva, puesto que los católicos a nadie agredían y se limitaban a reclamar el ejercicio de sus derechos. Y más clara aparece la agresión por parte del Frente Popular si se tiene en cuenta los fines perversos que éste se proponía, atentando a la misma independencia de la Patria y a la existencia de la nacionalidad española, como dicho queda. Ahora bien, cualquier nación tiene la obligación de defenderse contra los enemigos extraños y, a fortiori, con mayor motivo, contra los enemigos internos. Puede un individuo particular renunciar al derecho de defensa que a todos asiste, pero una nación no puede renunciar a este derecho, porque sería conculcar el derecho de la multitud y atentar contra el bien común. Y es que la Patria es como nuestra madre y estamos obligados para con ella por la misma virtud de la piedad y con los mismos deberes que tenemos para con nuestros padres, como Santo Tomás enseña (II-II, q. 101). Mas ningún hijo habrá que se crea exento del deber de defender a su madre cuando la ve ultrajada, perseguida y en peligro de perecer. Pues bien, los ultrajes que recibía nuestra Patria en sus instituciones y en sus ciudadanos eran continuos; máximo e inminente era el peligro en que ella misma se encontraba; y la obligación de defenderla pesaba, por lo tanto, gravísimamente sobre todos sus buenos hijos.
b) Por la obligación de defender a la religión.—El insigne Maestro Vitoria, fundador y padre del derecho internacional, entre los títulos legítimos por los cuales se puede hacer la guerra a los indios y aun despojarlos de su soberanía, establece dos que tienen aplicación al caso presente. Son el tercero y el quinto. En el tercero se dice: «Si algunos de los bárbaros se convierten al cristianismo y sus príncipes quieren por la fuerza y el miedo volverlos a la idolatría, pueden por este capítulo también los españoles, si de otro modo no puede hacerse, declarar la guerra y obligar a los bárbaros a que desistan de semejante injuria, y utilizar todos los derechos de guerra contra los obstinados y, por consiguiente, destituir en ocasiones a los señores, como en las demás guerras justas». Y el quinto título dice: «Otro título puede obedecer a la tiranía de los mismos bárbaros o de las leyes inhumanas que perjudican a los inocentes, como el sacrificio de hombres inocentes o el matar a hombres inculpables para comer sus carnes… Y esto no sólo se entiende para el preciso momento de ser llevados a la muerte, sino que también pueden obligar a los bárbaros a que renuncien en absoluto a tal costumbre; y si se niegan, ya hay causa para declararles la guerra y emplear contra ellos todos los derechos de guerra» (Vitoria , De los indios (primera), Ed. y traduc. del P. Getino. Madrid, 1934, Tomo 2.º). Según esto, es lícito hacer la guerra a una nación extraña y hasta deponer a sus príncipes legítimos, para defender a algunos cristianos que hubiere en ella y fueren impedidos en el ejercicio de su religión; lo mismo que si se da la muerte sistemáticamente a gentes inocentes. Ambas cosas hacían los bárbaros del Frente Popular en España, matando sacerdotes, etc.; y tanto más es aquí lícita la guerra, cuanto que no se trata de una nación pagana, sino de una nación católica, que es de este modo vejada y oprimida. Y si cualquier nación podría en este caso venir a España y hacer la guerra al Frente Popular y deponer a su Gobierno tiránico, para que la nación eligiese otro conforme a su religión y conservador del bien común, la propia España no sólo tiene el derecho, sino el deber ineludible de defender la propia religión e impedir los crímenes que contra ella y sus sacerdotes y seguidores se cometen. Y no se diga que algunos teólogos no admiten ese tercer título de Vitoria, porque la Iglesia de Cristo no ha de defenderse por la fuerza, pues una cosa es que la Iglesia en cuanto tal no haya de tomar las armas, y otra cosa es que las naciones cristianas no las tomen en defensa de ella, o mejor dicho de su propia religión, que es el bien más grande que poseen. La nación española, por lo tanto, tiene la obligación de defender su propia religión, que es la católica, por medio de las armas, si de otro modo no puede conseguirlo, contra cualesquier enemigos exteriores o interiores. Y si se pregunta con qué autoridad se puede realizar esto, contestaré con el mismo Vitoria, que con la autoridad de todo el orbe («auctoritate totius orbis»), pues la muerte de inocentes es un crimen de lesa humanidad; o con la autoridad de toda la comunidad cristiana, pues crimen de lesa cristiandad es la persecución de la cristiana religión; o con la autoridad de la propia nación, que en ella radicalmente existe, como enseña el mismo Vitoria, antes que en cualquier poder constituido.
Parte 1
Introducción
La historia de España es casi siempre incomprendida por los pensadores extranjeros, aun los más objetivos y desapasionados, y sus hechos más relevantes desconciertan a todos los que no se han criado a las ubres saturadas de espiritualidad de esta Madre fecunda.
Ni el utilitarismo inglés podrá comprender jamás la generosidad del alma española, que desprecia todos los bienes ante un ideal incoercible que parece de ensueño. Ni el racismo abarcará la amplitud ecuménica de nuestros pensamientos, que nos presentan el amor a la humanidad como el hijo legítimo del amor a la Patria. Ni el humanismo semipagano de algunos pueblos latinos será capaz de contemplar, sin caer deslumbrado, la divina belleza de la estrella fulgurante que guía nuestros pasos a través de los siglos. Ni siquiera el espiritualismo francés, cuidadoso del gesto, atento siempre a todos los pormenores que puedan embellecer la vida, podrá atisbar la grandeza sobrehumana del espiritualismo español, que vive de la alegría del sacrificio y lo arriesga todo en un arranque de heroísmo; que parece dormido cuando está cara al cielo en visión inefable y beodo parece al salir de sus éxtasis para realizar sus gestas heroicas; descuidado y zafio tal vez en las apariencias, más diligente y vigoroso en su contenido de sublimes esencias. Ni mucho menos podrá elevarse a una altura mayor que la de nuestros calcaños, si quiere vernos la cara, el materialismo soez en cualquiera de sus formas, aun aquellas que se presentan con atuendos de progreso, civilización y cultura. Somos, para todos, los eternos Quijotes, faltos de razón para quienes no saben elevarse sobre la razón misma ni trasponer las fronteras de lo que es limitado.
No es extraño, por tanto, que en la actual guerra nacional seamos incomprendidos, como lo hemos sido siempre, y por incomprendidos, calumniados. Mas no tenemos que arredrarnos ante el sarcasmo, la incomprensión o la calumnia, sino continuar nuestro camino con la frente alzada y la mirada altiva; no por desprecio, porque el desprecio no cabe en un corazón generoso; ni por orgullo, porque el orgullo es patrimonio de los que ignoran la verdadera grandeza; sino por seguir el impulso que agita nuestra alma y cumplir los destinos de nuestra Patria, sin atender siquiera a quienes desde la vera del camino ladran y gruñen.
El alma española es naturalmente cristiana, totalmente cristiana, universalmente cristiana. Acaso en ningún pueblo de la tierra el cristianismo se naturalizó en tanto grado que apenas se puede separar ni distinguir lo que tenemos de españoles de lo que tenemos de cristianos. Y cuando en nuestros días se ha querido arrancar a Cristo de nuestras almas, no se ha conseguido sin arrancar también a España de esas mismas almas, que vienen a renegar de su madre piadosa y escupirle al rostro, para esclavizarse a una despótica madrastra. Y cuando se ha querido descristianizar la vida española con un frío laicismo, las esencias cristianas rezuman de continuo bajo el caparazón laico, como en aquel alcalde que preguntaba cómo se celebraba el bautismo laico, o en el que rezaba un Padrenuestro por el alma del que acababa de ser enterrado civilmente, al finalizar un discurso enalteciendo esta manera de sepelio. Y aun aquellos hijos traidores que hoy luchan contra Cristo y contra España, conservan en su mayoría un rescoldo de fe cristiana, que muchas veces se enciende cuando el vendaval de la adversidad sopla en los carbones de sus almas, ennegrecidas por la pasión, el engaño y la malicia. Prueba de ello es el que muchos de éstos confiesan humildemente sus pecados cuando se ven en los linderos de la muerte.
Y si el alma española se compenetró en tanto grado con la religión cristiana, que ésta venga a ser su segunda naturaleza, toda el alma española ha sido por ello cristianizada, sin que en ella quedase sentimiento alguno ni manifestación alguna de su vida individual o colectiva que no participase de esta misma cristianización en sumo grado. La religión cristiana no es solamente un culto, ni es solamente una moral; es una vida que eleva nuestra vida humana a la categoría de hijos de Dios por nuestra unión con el Dios-Hombre, y no es posible, sin desfigurar y empequeñecer el cristianismo, separar en el cristiano lo que pertenece al hombre religioso de lo que pertenece al hombre sabio, al hombre social o al hombre económico, porque el cristiano tiene que ser cristiano y proceder como cristiano en todas sus actividades y en todas las manifestaciones de su vida. Así es como el alma española ha comprendido su religión, y por eso no la ha relegado nunca al santuario y al hogar, sino que la ha llevado a todas las manifestaciones de su vida pública y todas las ha moldeado en el troquel de su cristiandad.
Mas no sólo eran cristianas las instituciones populares, como salta a la vista de quien abra por donde quiera el libro de nuestra historia, sino que cristiano era el gobierno de la nación mientras España fue grande y se conservó en su plenitud el alma española. Los reyes consultaban con los teólogos la licitud o ilicitud de las guerras que habían de emprender o de las leyes que se proponían sancionar, cristianizando así los acuerdos o resoluciones de los hombres de Estado, sin menoscabo alguno de su soberanía en el orden meramente humano y sin que nadie conceptuase que había intromisión alguna por parte de la Iglesia o de sus hombres, pues se limitaban sus deliberaciones al terreno puramente moral, que por derecho propio le pertenece.
Las leyes de Indias, modelo de legislación que a todos admira, fueron elaboradas más bien por teólogos que por juristas. El cargo de confesor de reyes era considerado como cargo trascendental para la nación, pues se suponía que el rey había de gobernar según su conciencia de cristiano y el encargado de formarla y dirigirla tenía una misión elevadísima que a todos afectaba.
De este modo España fué totalmente cristiana, universalmente cristiana, sin distingos ni cortapisas, y esta es la clave de nuestra grandeza, el impulsivo de nuestras empresas y el distintivo que nos hace inconfundibles con otros pueblos. Cuando exotismos indeseables vinieron a empañar la blancura de nuestra alma tan profundamente cristiana, en España comenzó la decadencia.
Hoy España trata de encontrarse a sí misma en una lucha formidable, porque los tóxicos que le venían propinando han producido en ella excrescencias patológicas que necesitan de una fuerte acción quirúrgica, y es preciso que los que se proponen crear una España nueva no desprecien las enseñanzas de la historia.
Ha pasado la época ominosa en que los gobernantes se avergonzaban de ser católicos, temiendo ser tachados de clericales, pues el ser católicos es nuestro blasón de nobleza e hidalguía y nuestro timbre de gloria; y si hemos de levantar a España arriba, muy arriba, tenemos que levantarla hasta Dios, que es lo más alto. Seremos tanto más españoles cuanto más cristianos, y más fuerte y más grande será España cuanto más compenetrada viva con la religión, que es el alma de su alma.
Para contribuir con nuestro granito de arena a la recristianización de la nueva España, y para dar alguna luz a quienes no han visto todavía despuntar el alba y dudan de la licitud y carácter de nuestro movimiento, vamos a enjuiciar, dentro del tribunal de la Moral cristiana, la presente guerra nacional. Y aunque también nos referimos a la parte del Derecho, es sólo en cuanto el Derecho es subalterno de la Moral, con un contenido de justicia, que es virtud moral por excelencia, pues, como dice Vitoria, estas cuestiones no han de resolverse según las leyes humanas, sino según la ley natural y divina.
Procederemos por conclusiones precisas y argumentos escuetos, al estilo de las escuelas, sin amplificaciones ni relaciones efectistas, pues los hechos están en la mente de todos.
I
Legitimidad del Gobierno Nacional y licitud del movimiento
Proposición primera.—El Gobierno del Frente Popular es ilegítimo, tiránico, traidor a la Patria y a la Nación, enemigo de Dios y de la Iglesia.
1.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ILEGÍTIMO EN SU ORIGEN Y USURPADOR INJUSTO DEL PODER
- a) El origen inmediato de tal Gobierno fueron unas elecciones amañadas, en que se prohibió la propaganda a los partidos católicos, se perpetraron toda clase de violencias, se corrompió descaradamente el sufragio y se anularon las actas de muchos Diputados católicos por vanos y fútiles pretextos. A pesar de lo cual los partidos católicos tuvieron mayoría de votos. Prescindimos
de la injusticia que ha dado origen a estas elecciones, consistentes en no haber querido entregar el poder a los partidos católicos que actuaban dentro de la ley, y a quienes pertenecía según derecho reconocido del régimen parlamentario, por ser el grupo más numeroso de la Cámara. Y aun podemos prescindir del hecho de haberse apoderado definitivo el Frente Popular antes de conocerse el resultado definitivo de las elecciones en varias provincias de España. Por lo que aparece bien claro que el Gobierno del Frente Popular es ilegítimo en su origen inmediato y usurpador injusto del poder.
- b) El origen remoto de este Gobierno es la República, ilegítima también, puesto que nunca fue votada por la nación. La nación sólo había elegido sus Municipios, a quienes pertenece la administración local, mas no la determinación del régimen supremo, pues para ello no tenían capacidad ni mandato. Y aun debemos añadir que el mayor número de los Municipios elegidos y de sus representantes pertenecía a los monárquicos. Y no vale aducir que la República triunfó en las principales capitales de la nación, que son su parte selecta, mientras que los monárquicos sólo obtuvieron mayoría en los «burgos podridos», pues aún en el supuesto de que esto fuera exacto, en un régimen democrático tiene igual valor el voto de un rústico labriego que el del más refinado y culto ciudadano. El régimen republicano no es, pues, la expresión de la voluntad del pueblo. Ni se puede afirmar que este régimen se haya legitimado con el transcurso del tiempo por el consentimiento tácito del pueblo en un orden jurídico de paz y bienandanza, porque jamás ese orden ha existido en los cinco años de republicanismo ni el pueblo ha dejado de manifestarse en contra de los poderes republicanos—por lo menos una parte bien considerable del mismo—, siempre que la opresión triunfante le permitía algún respiradero. De donde resulta que, no sólo es bastardo el injerto, sino que está dañado el tronco desde la raíz misma. El Gobierno del Frente Popular es, pues, verdadero usurpador y detentador del poder público.
2.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TIRANO EN EL RÉGIMEN
Para probar esto basta abrir los ojos ante la realidad histórica. El Gobierno del Frente Popular atentó constantemente contra las instituciones más sagradas y consustanciales de la nación, como religión, familia, propiedad, oprimiendo a los ciudadanos honrados y elevando a los cargos públicos a los criminales que en los presidios cumplían la pena impuesta por los tribunales de justicia, despojando a los hombres pacíficos de sus derechos naturales, religiosos y civiles, fomentando el libertinaje de todo género y hasta impulsando al crimen, como en el asesinato de Calvo Sotelo. Esto, que comenzó a realizar antes del levantamiento, ha llegado a su plenitud después de entablada la lucha en las regiones que le están sometidas, y no por desquite o represalia, sino porque estaba en su programa, y de igual manera lo hubiera realizado en toda España si la guerra civil no estalla. Es, por tanto, un Gobierno tiránico, de lo más tiránico que se ha conocido, y en el sentido más crudo de la palabra.
3.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES TRAIDOR A LA PATRIA Y A LA NACIÓN
- a) Ha fomentado las luchas intestinas y atentado contra la unidad nacional, descuartizando la Patria en locos separatismos y secundando las ambiciones de quienes pretendían medrar sobre los despojos de la Patria deshecha. Y, aunque gravísimo, no es esto lo peor.
- b) Ha atentado igualmente contra la libertad e independencia de la nación (que es atentar contra su misma existencia), entregándola a la más ominosa esclavitud soviética, hasta el punto de considerar delictivo el grito de «Viva España», al cual se contraponía el vergonzoso grito de «Viva Rusia». Ha cometido, pues, el crimen de la más alta traición que el Gobierno de una nación puede realizar.
4.º EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR ES ENEMIGO DE DIOS Y DE LA IGLESIA
- a) Esto se prueba ante todo con los hechos. Ha establecido la enseñanza atea, impuesto el laicismo en todas las manifestaciones de la vida social, destruido templos y conventos y perseguido al clero. Esto, que empezó realizando antes del levantamiento, lo completó ahora en las regiones que aún gimen bajo su tiranía, donde no queda ni un sacerdote ni un religioso más que alguno que permanece oculto o a sus pesquisas; donde los ciudadanos honrados son fusilados o martirizados por el solo delito de ser católicos; donde apenas queda, en fin, un solo templo, como sucede en casi todas las regiones de Levante. El mismo Vicario de Cristo los ha declarado enemigos de la sociedad, de la religión y del mismo Dios, cuando en la alocución del 13 de Marzo de 1933, refiriéndose al Gobierno de entonces, que fue el predecesor del Frente Popular, dice: «éstos encienden y aprietan la guerra contra la sociedad humana, contra la Religión santísima y, finalmente, contra el mismo Dios». Y equipara la persecución religiosa de España a la de Rusia y Méjico, cuando dice poco después: «Lo que ocurre desde hace tiempo y constantemente en las dilatadas e infelicísimas regiones de Rusia, en España, en los Estados Unidos de Méjico…» (Acta A. S., vol. 25, págs. 112, 113).
- b) Pruébase igualmente que el Frente Popular es enemigo de Dios y de la Iglesia porque sus filas se nutren principalmente de socialistas, comunistas y anarquistas, y se mueve a impulsos de las nefandas sectas masónicas. El comunismo (en cualquiera de sus fases, desde las más mitigadas
hasta las más violentas) es el compendio de todos los errores, de todas las herejías, de todas las impiedades. Constantemente nos lo vienen repitiendo los Sumos Pontífices desde Pío IX, advirtiéndonos que es el gran peligro del cristianismo y de la humanidad. Sólo recogeremos algunas palabras del actual Pontífice Pío XI. En la Encíclica Caritate Christi compulsi, escribe: «Los enemigos de todo orden social, cualquiera que sea su nombre: comunismo, socialismo u otros… se emplean con audacia en romper todo freno, en quebrar toda ligadura impuesta por la ley divina o humana». Y en la Encíclica Quadragesimo Anno: «Nos no juzgamos, dice, seguramente necesario advertir a los hijos buenos y fieles de la Iglesia en lo tocante a la naturaleza impía e injusta del comunismo». Y también: «Hemos llamado de nuevo a juicio al comunismo y al socialismo y hemos encontrado que todas sus formas, aun las más suaves, están muy lejos de los preceptos evangélicos». Y en cuanto a la masonería, que alienta y mueve secretamente al Frente Popular, no es preciso hablar, pues la Iglesia la ha condenado con las más severas censuras. El Frente Popular con su Gobierno es, por lo tanto, enemigo declarado de Dios y de la Iglesia.
Proposición segunda.—El alzamiento en armas contra el Frente Popular y su Gobierno es, no sólo justo y lícito, sino hasta obligatorio, y constituye por parte del Gobierno Nacional y sus seguidores la guerra más santa que registra la historia.
1.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR Y SU GOBIERNO, ES JUSTO Y LÍCITO
- a) Es doctrina común de teólogos y filósofos cristianos que se puede resistir por la fuerza al tirano que ha usurpado el poder, a no ser que más adelante se haya legitimado de alguna manera. Así lo enseña Santo Tomás por estas palabras: «Qui per violentiam dominium surripit, non efficitur vere praelatus vel dominus, et ideo, cum facultas adest, potest aliquis tale dominium repellere» (II Sent., d. 44, q. 2, a. 2). Y añade contestando a un argumento: «Quando aliquis dominium sibi per violentiam surripit, nolentibus subditis, vel etiam ad consensum coactis… tunc qui ad liberationem Patriae tyrannum occidit, laudatur et praemium accipit» (ad 5). Este es manifiestamente el caso del Gobierno del Frente Popular, que de ningún modo ha podido legitimarse.
- b) También es doctrina de Santo Tomás, al cual siguen la mayoría de los teólogos, que se puede destituir violentamente al que gobierna tiránicamente, aun cuando su gobierno originariamente hubiera sido legítimo. Veamos sus palabras: «Si ad jus multitudinis alicujus pertineat sibi providere de rege (en el régimen republicano siempre pertenece a la multitud elegir sus gobernantes), non injuste ab eadem rex institutus potest destitui vel refraenari ejus potestas, si potestate regia tyrannice abutatur» (De Reg. Princ., Lib. I, cap. VI). Y en la Summa Theologica demuestra que el levantamiento en armas contra el tirano no es sedición y, por tanto, no es injusto, cuando escribe: «Regimen tyrannicum non est justum, quia non ordinatur a bonum commune, sed ad bonum privatum regentis… Et ideo perturbatio hujus regiminis non habet rationem seditionis (porque en ese caso sería ilícita)… Magis autem tyrannus seditiosus est, qui in populo sibi subjecto discordias et seditiones nutrit (como hizo el Frente Popular), ut titius dominari possit: hoc enim tyrannicum est, cum sit, ordinatum ad bonum proprium praesidentis, cum multitudinis nocumento. (Sum. Theol., 2.ª, 2.ae, q. 42, a. 2 ad 3). El levantamiento armado contra el Frente Popular es, pues, justo y lícito, por tratarse de un Gobierno usurpador y tiránico en sumo grado. Y este levantamiento reúne todas las condiciones que exigen los teólogos, pues no quedaba otro recurso humano y no se podía dilatar su ejecución por el peligro inmenso que había en la tardanza.
2.º EL ALZAMIENTO EN ARMAS CONTRA EL FRENTE POPULAR ERA OBLIGATORIO
- a) Por la obligación de defender a la Patria cuando está en peligro.—Es ésta una verdadera guerra defensiva. El agresor injusto es el Frente Popular y su Gobierno. Para convencerse de esto basta recordar las estadísticas de crímenes, desórdenes, asesinatos, incendios de templos y conventos, perpetrados por el Frente Popular, con la anuencia expresa o tácita de su Gobierno, durante los meses que precedieron al levantamiento. Esas listas fueron leídas en el Congreso de los Diputados por los señores Calvo Sotelo y Gil Robles, y publicadas en el Diario de Sesiones. Y el mismo Gobierno del Frente Popular se ha declarado «parte beligerante», es decir, agresiva, puesto que los católicos a nadie agredían y se limitaban a reclamar el ejercicio de sus derechos. Y más clara aparece la agresión por parte del Frente Popular si se tiene en cuenta los fines perversos que éste se proponía, atentando a la misma independencia de la Patria y a la existencia de la nacionalidad española, como dicho queda. Ahora bien, cualquier nación tiene la obligación de defenderse contra los enemigos extraños y, a fortiori, con mayor motivo, contra los enemigos internos. Puede un individuo particular renunciar al derecho de defensa que a todos asiste, pero una nación no puede renunciar a este derecho, porque sería conculcar el derecho de la multitud y atentar contra el bien común. Y es que la Patria es como nuestra madre y estamos obligados para con ella por la misma virtud de la piedad y con los mismos deberes que tenemos para con nuestros padres, como Santo Tomás enseña (II-II, q. 101). Mas ningún hijo habrá que se crea exento del deber de defender a su madre cuando la ve ultrajada, perseguida y en peligro de perecer. Pues bien, los ultrajes que recibía nuestra Patria en sus instituciones y en sus ciudadanos eran continuos; máximo e inminente era el peligro en que ella misma se encontraba; y la obligación de defenderla pesaba, por lo tanto, gravísimamente sobre todos sus buenos hijos.
- b) Por la obligación de defender a la religión.—El insigne Maestro Vitoria, fundador y padre del derecho internacional, entre los títulos legítimos por los cuales se puede hacer la guerra a los indios
y aun despojarlos de su soberanía, establece dos que tienen aplicación al caso presente. Son el tercero y el quinto. En el tercero se dice: «Si algunos de los bárbaros se convierten al cristianismo y sus príncipes quieren por la fuerza y el miedo volverlos a la idolatría, pueden por este capítulo también los españoles, si de otro modo no puede hacerse, declarar la guerra y obligar a los bárbaros a que desistan de semejante injuria, y utilizar todos los derechos de guerra contra los obstinados y, por consiguiente, destituir en ocasiones a los señores, como en las demás guerras justas». Y el quinto título dice: «Otro título puede obedecer a la tiranía de los mismos bárbaros o de las leyes inhumanas que perjudican a los inocentes, como el sacrificio de hombres inocentes o el matar a hombres inculpables para comer sus carnes… Y esto no sólo se entiende para el preciso momento de ser llevados a la muerte, sino que también pueden obligar a los bárbaros a que renuncien en absoluto a tal costumbre; y si se niegan, ya hay causa para declararles la guerra y emplear contra ellos todos los derechos de guerra» (Vitoria , De los indios (primera), Ed. y traduc. del P. Getino. Madrid, 1934, Tomo 2.º). Según esto, es lícito hacer la guerra a una nación extraña y hasta deponer a sus príncipes legítimos, para defender a algunos cristianos que hubiere en ella y fueren impedidos en el ejercicio de su religión; lo mismo que si se da la muerte sistemáticamente a gentes inocentes. Ambas cosas hacían los bárbaros del Frente Popular en España, matando sacerdotes, etc.; y tanto más es aquí lícita la guerra, cuanto que no se trata de una nación pagana, sino de una nación católica, que es de este modo vejada y oprimida. Y si cualquier nación podría en este caso venir a España y hacer la guerra al Frente Popular y deponer a su Gobierno tiránico, para que la nación eligiese otro conforme a su religión y conservador del bien común, la propia España no sólo tiene el derecho, sino el deber ineludible de defender la propia religión e impedir los crímenes que contra ella y sus sacerdotes y seguidores se cometen. Y no se diga que algunos teólogos no admiten ese tercer título de Vitoria, porque la Iglesia de Cristo no ha de defenderse por la fuerza, pues una cosa es que la Iglesia en cuanto tal no haya de tomar las armas, y otra cosa es que las naciones cristianas no las tomen en defensa de ella, o mejor dicho de su propia religión, que es el bien más grande que poseen. La nación española, por lo tanto, tiene la obligación de defender su propia religión, que es la católica, por medio de las armas, si de otro modo no puede conseguirlo, contra cualesquier enemigos exteriores o interiores. Y si se pregunta con qué autoridad se puede realizar esto, contestaré con el mismo Vitoria, que con la autoridad de todo el orbe («auctoritate totius orbis»), pues la muerte de inocentes es un crimen de lesa humanidad; o con la autoridad de toda la comunidad cristiana, pues crimen de lesa cristiandad es la persecución de la cristiana religión; o con la autoridad de la propia nación, que en ella radicalmente existe, como enseña el mismo Vitoria, antes que en cualquier poder constituido.
Parte 1
Brillante estudio, que suscribo totalmente, de la A a la Z.
Mis felicitaciones al autor, y a EL ESPAÑOL DIGITAL, por publicarlo.
«Solo de la Verdad sale la Luz».
Mis felicitaciones al responsable de este diario digital por haber publicado una joya bibliográfica casi imposible de hallar hoy en día. Es que ni siquiera está en Internet como PDF.
Señor
¡Muchas Gracias!
Saludos