La hipostenia de la política exterior española (y el idioma al fondo)

Termina de declarar el jefe de la oposición, desde la solvencia política, que “tenemos el peor gobierno en el momento más difícil”, en una valoración incisiva e inédita, donde salvados en lo salvable los extremismos, y vistas asimismo las muy visibles derivas, podría, puede darse por buena en la globalidad sin excesivos esfuerzos.

Por su parte, la política exterior prosigue en general siendo inercial, ininteligiblemente continuista, sin superar su hipostenia crónica en lo que se refiere a los contenciosos, cada vez más acuciantes, tipificación que mantenemos con total tranquilidad de conciencia moral y administrativa, al tiempo de insinuar, sotto voce desde luego, que en la dirección de Santa Cruz (que al parecer no cuenta conmigo en nuestros diferendos, donde mi competencia está considerada al máximo nivel, dentro y fuera de España, y lo han pedido desde distintos sectores, diplomáticos, incluidos un ministro y un subsecretario; militares, como un JEMAD; internacionalistas, con la única consejera de Estado entre el profesorado; la sola institución en primera línea y por ende experta en nuestras controversias; y hasta aficionados) tal vez pareciera que alguien no es precisamente un Metternich ni siquiera alguna/alguno de sus parientes lejanos.

Entre las ocurrencias, en el eufemismo de cortesía, figura el carácter inmutable de nuestras relaciones con Marruecos, punto nuclear de nuestros contenciosos, cuando ninguna política exterior es inalterable por definición en horizontes previsibles ya que también depende, amén de la evolución, de la o las contrapartes) en la que seguimos recibiendo touchés casi sin cuento, disculpen mi afición a la esgrima, que tiene algún aspecto próximo a la diplomacia como ya he escrito, aunque nos lleve nada menos que al incumplimiento de una de nuestras responsabilidades históricas, así como suena.

Con el franquismo, Madrid obligado a jugar siempre a la defensiva, la política africana, la única que ejercíamos de manera autónoma, la esforzada de nuestros Institutos de Cultura en Hispanoamérica no podía exceder de semiautónoma, se hacía con el omnipresente toque militarista con Carrero como director ejecutivo, “sin fecha fija y desde luego no próxima para nuestra salida”, en el aserto del diplomático Francisco Villar, hasta que Naciones Unidas nos puso como era de prever salvo para aquellos estrategas de la alta diplomacia, “en nuestro sitio”, como cantaban los triunfalistas políticos socialistas, copiando el lema de sus correligionarios franceses, y que no fue precisamente el que nuestra historia, ya sabemos que lejana pero ahí está y con indelebles mayúsculas refulgentes, de primera potencia planetaria y cofundadora del derecho internacional quizá al mejor título, la introducción del humanismo en el derecho de gentes, como siempre y en todas partes tenemos el honor de evocar, demandaba y legitimaba, sino el que desde nuestra entrada en la UE (y antes, en el 62, con la misiva que contenía determinado término mayor inapropiadamente dubitativo, solicitando la apertura de conversaciones para integrarnos en la CEE. que fue despachada directamente al archivo) y hasta ahora mismo, siendo la cuarta potencia, se ha ido tornando crecientemente mendicante.

Como es notorio, somos el primer o ya, es lo mismo, el segundo país receptor de fondos en la historia comunitaria, y por ende, con la consecuente, escasa influencia. No parece que persistir en nuestros hábitos de incumplimiento financiero, desoyendo ruidosamente llamadas de atención, alguna que otra no demasiado amable, faculte para ir corrigiendo la posición al ritmo debido.

Retomando la política con Rabat, incuestionable, constituye una obviedad, que nuestras relaciones tienen que estar entre las mejores, amén de las más intensas en el día a día, diríase oportuno ponderar con la debida pulcritud intelectual, la cotización real de algunas de las variables que condicionan nuestro accionar en la hipersensible zona del Magreb, que en este artículo, que quiere ser breve pero que continuará otro día, se limitará a la emigración, y siempre bajo el frontispicio de la conveniencia de la diplomacia regia para ciertas, trascendentes cuestiones, como vengo conferenciando y escribiendo hace tiempo y sobre la que, por descontado, insistiremos.

La nueva, casi desequilibrante crisis de los cayucos en el archipiélago, atenúa el monopolio marroquí en cuanto núcleo emisor y requiere, por consiguiente, ampliar y actuar con efectividad en el dramático y cada vez más extenso espectro de la emigración. «Las islas están siendo ocupadas por marroquíes seguidos por subsaharianos y en Lanzarote y Fuerteventura son ya más que los autóctonos; se dice que no hay fuerza política, ni policial, ni legal, que parezca capaz de empezar a resolver la  situación creada y quizá falte voluntad para hacerlo», gloso a uno de los amigos canarios que hice cuando la Milicia Aérea Universitaria, a mediados de los sesenta, en las añoradas Islas Afortunadas, merecedoras, qué menos, de haber albergado el Jardín de las Hespérides, que al parecer se situaría no lejos. Dejamos el tema ahí por evidente, por palpable, aunque no sin recordar la falta de previsión de nuestra política en la zona, que yo mismo y antes que yo tratadistas más cualificados, pusimos de manifiesto, en particular a partir de la crisis del 2006 y que he venido reflejando casi como un leitmotiv en mis publicaciones: Cuidemos las Canarias. Y los canarios, los primeros.

A ello hay que sumar neotéricas circunstancias, desde la delimitación de aguas y el descubrimiento de ricos minerales o las sugerencias para la subida del rango estratégico en los esquemas atlantistas, hasta el definitivo vecino, a 97 kms., una vez que llegue el más que esperado desenlace del tema saharaui, en el que yo me adscribo por mor de la realpolitik a la partición, y conozco el asunto porque he sido el primer y único diplomático que se ocupó in situ de los compatriotas que allí quedaron tras la salida de España. Tienen el gobierno y Exteriores claro, “la Carta de los 43”, en la que esa cifra simbólica de conocedores, los años transcurridos de conflicto, piden a Moncloa y Santa Cruz que se me nombre a fin de coadyuvar con el mediador de Naciones Unidas y para que España tenga mayor visibilidad. Claro que la deben de tener “silenciosa y cubierta de polvo” como el arpa de Bécquer o como la biografía de Gondomar, el embajador más positivamente activo que hemos tenido ante la corte de San Jaime, que reposaba ignorada en una esquina de la mesa del tresillo del secretario general técnico de Exteriores. Aparte de que, mientras la situación se deteriora tras los incidentes en Guerguerat, se sigue a la espera de que el secretario general tenga a bien designar a su representante, confiando de paso en que no incremente la larga lista onusiana en cuanto a su carácter desafortunado.

Además de que la referencia al conde de Gondomar, “a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles”, no es gratuita en un momento en que se asiste, es un decir, a contactos oficiales sobre Gibraltar y el Campo, y permite citar de pasada un cierto eco, va de sí que dentro de la levedad, de mi reciente artículo “La diplomacia secreta y Gibraltar” entre una opinión pública cada vez menos ayuna en asuntos exteriores por la cuenta que les tiene, en plenas y para no variar extraviadas negociaciones sobre the Rock, “los ingleses siguen engañando a nuestros ministros de Exteriores, uno tras otro”, ha acuñado Carrascal, el periodista con mayor dedicación al contencioso,  aprovecharemos aquí para un tan conciso como inexcusable approach español al juego tripolar.

El cambio en la presidencia de Estados Unidos parece abrir sugerentes expectativas, al tiempo que se prorroga un año la presencia norteamericana en Rota, incluible técnicamente en categorías próximas al semivasallaje y ello ab origine. Es archisabido que el Pentágono eligió a España para instalar sus bases antes que a Portugal, con similares calificaciones políticas y socioeconómicas, no tras ninguna sutil táctica diplomática por nuestra parte sino a causa del elemental factor de la mayor proximidad a la frontera soviética. Pues bien, lo único prudentemente pronosticable todavía, cuando ni siquiera se ha producido la toma de posesión, en la siempre compleja política exterior estadounidense, es que el nuevo mandatario no va a mandar al presidente hispánico, a quien no ha recibido el anterior, a retomar su sitio en una conferencia internacional y luego, se supone, a preguntar cuando le toque, o algo así, como dio la impresión, aunque sin descartar que errónea, que hizo su predecesor. El movimiento sobre Rota viene obligado por la inmediatez de la expiración del convenio defensivo, con las bases de Rota y Morón, que ante las exigencias de ampliación por parte de la Casa Blanca, y con la vista puesta en los ofrecimientos de bases de Marruecos y a su potencial incidencia en el Estrecho, el primer país que reconoció en el XVIII a los Estados Unidos y tradicional gran aliado suyo, habría que elevar a tratado, mediante la preceptiva ratificación por el Congreso.

Con Rusia, denunciada por al parecer ciertas (malas) artes oscuras, heterodoxas, acusada de exportar desinformación y de injerencia, y en concreto en España de tratar de influir en “el asunto Catalunya”, naturalmente hay que fomentar las relaciones, porque siempre forma, cierto que perdiendo predicamento a ojos vista, de la triada directiva, aunque asimismo naturalmente a los niveles asépticos que proceden y por expresivo y reciente ejemplo permitir el atraque de la flota, más económico que estratégico, en Ceuta, cuyas no demasiado boyantes finanzas resultan mejorables como las de Melilla, sin interferencias. Resulta inobjetable, sin necesidad de ulterior argumentación, y así debería de ser en aras de la dinámica de los equilibrios en la alta diplomacia y del básico multilateralismo. (Déjenme introducir, si me permiten, un toque festivo e intrascendente para romper en alguna manera en estas cortas referencias, la aridez del discurso exterior ruso. Yo inicié en el Kremlin las conversaciones en cooperación, en solitario, con mi ruso elegante, a juego con mi terno de Savile Row, pero con el abrigo puesto, sudando la gota gorda, por haberse roto los pantalones por el tafanario al inclinarme a besar la mano a la camarada que me recibía, como exigía Catalina la Grande a los enviados, ante el estupor de mis interlocutores, que, ignorantes de la circunstancia claro, insistían en que me quitara el gabán dado el calor reinante…)

Y con China, “la tierra de en medio”, más milenaria que respetuosa con los derechos humanos y de los animales, ya se sabe: hay que aprender mandarín, “no basta con hablarlo, hay que escribirlo”, es decir, se impone entenderlos cumplidamente, amén de ser conscientes de nuestras posibilidades y del retaso de nuestra llegada, para mejor avanzar en el inmenso reto amarillo, que por si fuera poco su gigantesca entidad y su creciente colonización en el tercermundo, que he seguido como vocal asesor para Asia Continental, ahora se lanza al establecimiento de la zona de libre comercio mayor del planeta en el Asia/Pacífico. Aplaudible, pues, la necesaria ampliación de nuestra red consular en China, que tiene que proseguir sin temor a la reciprocidad porque así es el juego, aunque obviamente siempre que no se haga a costa de alguna otra oficina consular y en particular en zona con mayor atingencia al ser histórico nacional: en Hispanoamérica no se debería clausurar ningún consulado ni siquiera honorario. En todo caso la batalla impostergable desde Asuntos Exteriores radica en el presupuesto, no difícilmente planteable por exiguo y ante asignaciones de fondos más opinables entre la megaburocracia hispánica.

Ya que hemos referenciado el Asia/Pacífico y justo cuando se está produciendo el inconcebible debate del idioma español en cuanto vehicular en territorio nacional, quizá venga a cuento, si se quiere por encima de lo anecdótico y con las dosis de recio y jocundo que conlleva, para valorar cuestiones tan inadjetivables por absurdas como la defensa de la lengua que hablan quinientos millones de personas a ambos lados del Atlántico, en su propio país, que como recuerda un presidente de honor de Morales y Políticas, (ahora asimismo que el actual presidente Herrero de Miñón tiene en sus competentes manos mi candidatura a esa Academia), que cuando Carlos Robles Piquer, que desde Santa Cruz se interesaba por “el valeroso Ballesteros y sus avatares en el Sáhara”, tiempo antes, al dirigir nuestra cultura exigiendo a sus colaboradores la dedicación que corresponde a tan noble tarea, el citado académico y profesor, un tanto agobiado, le pidió permiso para salir una tarde antes, y nuestro protagonista le fulminó con un “!tu con tu novia al cine y el español perdiéndose en Filipinas!”…


Una respuesta a «La hipostenia de la política exterior española (y el idioma al fondo)»

  1. Respetado don Ángel, es UN LUJO poder leerle en este diario, ESTUDIAR Y APRENDER DE USTED.
    Solo un gobierno de memos como el actual puede permitirse prescindir de sus grandes conocimientos, pero ya se sabe que los tontos son atrevidos ad nauseam, y creen saber de todo.
    Solo hay que ver la cara de LELA, y si me apura hasta de RETRASADA, de la actual «menestra» del ramo, para ver lo que da de si…
    Y el todavía presidente, cada día más en su «papel» de presidente de la tercera república de la Ex España, mientras que el Rasputín de los comunistas ejerce de primer ministro.
    En fin, un país como para echarse a llorar, Y SALIR CORRIENDO, pero ¿a dónde…?
    (Se admiten sugerencias).
    REITERO, USTED ES UN LUJO PARA EL ESPAÑOL DIGITAL, y para cualquier otro medio en el que decida colaborar.

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