¿La humanidad ocupa el lugar de Cristo? Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas

ESCUCHAR NOTICIA: En el punto 1 de la Introducción aparece la siguiente frase: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”. Que la humanidad -sea lo que fuere lo que significa “humanidad”[1]– encuentre en Jesucristo el camino, la verdad y la vida, no nos extraña, porque esa es la verdad de nuestra fe católica. Entendida de este modo, la frase puede pasar inadvertida, y leerse sin mayor dificultad. Sin embargo, el texto original italiano encierra un pequeño problema. Dice: “Questa magnifica umanità in Gesù Cristo diventa la Via, la Verità e la Vita, aprendo per ciascuno di noi la strada per crescere verso la pienezza”. La traducción castellana es la siguiente: “Esta magnífica humanidad, en Jesucristo, se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida, abriendo para cada uno de nosotros el camino para crecer hacia la plenitud”. Y aquí cambia notablemente el sentido. El texto no dice simplemente que la humanidad encuentra en Cristo “el Camino, la Verdad y la Vida”, sino que afirma que “esta magnífica humanidad”, en Cristo, se convierte ella misma en “el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero las palabras de Jn 14,6 no tienen por sujeto a la humanidad, sino a la persona misma de Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Hemos comprobado, además, que no se trata únicamente de una peculiaridad del texto italiano. Las versiones francesa, inglesa, alemana, portuguesa y polaca conservan igualmente la idea de que “esta humanidad” se convierte en el “Camino, la Verdad y la Vida”. Solamente la versión española modifica el verbo y ofrece una formulación mucho menos problemática. La traducción española no se limita a traducir, sino que corrige o, al menos, suaviza la expresión italiana teológicamente ambigua y problemática, y tomada literalmente falsa. Este punto merece mucha atención si el italiano es el texto original del documento. El problema está en que la encíclica atribuye a “esta magnífica humanidad” lo que el Evangelio atribuye de modo personal a Jesucristo. Sabemos que la humanidad puede ser asumida por el Verbo, redimida, elevada y conducida en Cristo hacia su plenitud; que puede participar de su vida y ser configurada con Él; pero la humanidad, considerada en cuanto tal, no se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida. Es Cristo, la Persona del Verbo encarnado, quien lo es. El original italiano, al igual que las demás versiones, salvo la española, introduce así una peligrosa confusión entre lo que corresponde a la humanidad creada y lo que pertenece propiamente a Cristo, dando a aquella títulos que corresponden únicamente al Verbo encarnado. Si esta distinción se pierde, el sentido cambia profundamente. Ya no es Cristo quien ilumina, salva y guía a la humanidad, sino que es la propia humanidad la que termina recibiendo títulos que pertenecen únicamente a Cristo. Y de ahí puede abrirse paso otra consecuencia, que sea el propio hombre, desde su situación concreta, su experiencia y sus circunstancias personales, quien termine juzgando moralmente su vida y convirtiendo esa experiencia en criterio de lo que debe hacer. Nos encontramos -ya lo hemos planteado en otros artículos- ante la relación entre experiencia vital y criterio moral; donde se da una verdadera consagración de la experiencia vital como criterio moral. No necesariamente se dirá que “la experiencia crea el bien y el mal”, porque eso sería demasiado explícito; pero sí puede establecerse una dinámica más sutil, que la experiencia personal se convierte en punto de partida privilegiado, el discernimiento interpreta esa experiencia, y la norma moral objetiva queda progresivamente subordinada a lo que la persona juzgue como apropiado a su propia situación. Entonces, la experiencia deja de ser materia que debe ser juzgada por la verdad y empieza a convertirse en instancia que juzga la verdad. En definitiva, detrás de este tipo de lenguaje de la encíclica puede encontrarse una tendencia a elevar la experiencia vivida hasta convertirla en criterio para interpretar la moral. Y si ese principio termina prevaleciendo sobre la ley moral objetiva, el resultado se aproxima mucho a una moral de situación, aunque se siga utilizando el vocabulario de discernimiento, acompañamiento y conciencia. ¿No estamos en la lógica que ya apareció con fuerza en el capítulo VIII de Amoris Laetitia, donde la experiencia concreta, las circunstancias personales y el discernimiento de cada situación adquieren un peso cada vez mayor en el juicio moral? ¿No estamos ante un proceso de inversión de la moral católica, en el que se pasa de una moral donde la verdad objetiva juzga la situación concreta a otra en la que la situación concreta termina condicionando el sentido práctico de la verdad moral? [1] La encíclica no se explica suficientemente si se habla de naturaleza humana, género humano, humanidad redimida o humanidad asumida por Cristo.   Pulse para escuchar el texto En el punto 1 de la Introducción aparece la siguiente frase: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”. Que la humanidad -sea lo que fuere lo que significa “humanidad”[1]– encuentre en Jesucristo el camino, la verdad y la vida, no nos extraña, porque esa es la verdad de nuestra fe católica. Entendida de este modo, la frase puede pasar inadvertida, y leerse sin mayor dificultad. Sin embargo, el texto original italiano encierra un pequeño problema. Dice: “Questa magnifica umanità in Gesù Cristo diventa la Via, la Verità e la Vita, aprendo per ciascuno di noi la strada per crescere verso la pienezza”. La traducción castellana es la siguiente: “Esta magnífica humanidad, en Jesucristo, se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida, abriendo para cada uno de nosotros el camino para crecer hacia la plenitud”. Y aquí cambia notablemente el sentido. El texto no dice simplemente que la humanidad encuentra en Cristo “el Camino, la Verdad y la Vida”, sino que afirma que “esta magnífica humanidad”, en Cristo, se convierte ella misma en “el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero las palabras de Jn 14,6 no tienen por sujeto a la humanidad, sino a la persona misma de Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Hemos comprobado, además, que no se trata únicamente de una peculiaridad del texto italiano. Las versiones francesa, inglesa, alemana, portuguesa y polaca conservan igualmente la idea de que “esta humanidad” se convierte en el “Camino, la Verdad y la Vida”. Solamente la versión española modifica el verbo y ofrece una formulación mucho menos problemática. La traducción española no se limita a traducir, sino que corrige o, al menos, suaviza la expresión italiana teológicamente ambigua y problemática, y tomada literalmente falsa. Este punto merece mucha atención si el italiano es el texto original del documento. El problema está en que la encíclica atribuye a “esta magnífica humanidad” lo que el Evangelio atribuye de modo personal a Jesucristo. Sabemos que la humanidad puede ser asumida por el Verbo, redimida, elevada y conducida en Cristo hacia su plenitud; que puede participar de su vida y ser configurada con Él; pero la humanidad, considerada en cuanto tal, no se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida. Es Cristo, la Persona del Verbo encarnado, quien lo es. El original italiano, al igual que las demás versiones, salvo la española, introduce así una peligrosa confusión entre lo que corresponde a la humanidad creada y lo que pertenece propiamente a Cristo, dando a aquella títulos que corresponden únicamente al Verbo encarnado. Si esta distinción se pierde, el sentido cambia profundamente. Ya no es Cristo quien ilumina, salva y guía a la humanidad, sino que es la propia humanidad la que termina recibiendo títulos que pertenecen únicamente a Cristo. Y de ahí puede abrirse paso otra consecuencia, que sea el propio hombre, desde su situación concreta, su experiencia y sus circunstancias personales, quien termine juzgando moralmente su vida y convirtiendo esa experiencia en criterio de lo que debe hacer. Nos encontramos -ya lo hemos planteado en otros artículos- ante la relación entre experiencia vital y criterio moral; donde se da una verdadera consagración de la experiencia vital como criterio moral. No necesariamente se dirá que “la experiencia crea el bien y el mal”, porque eso sería demasiado explícito; pero sí puede establecerse una dinámica más sutil, que la experiencia personal se convierte en punto de partida privilegiado, el discernimiento interpreta esa experiencia, y la norma moral objetiva queda progresivamente subordinada a lo que la persona juzgue como apropiado a su propia situación. Entonces, la experiencia deja de ser materia que debe ser juzgada por la verdad y empieza a convertirse en instancia que juzga la verdad. En definitiva, detrás de este tipo de lenguaje de la encíclica puede encontrarse una tendencia a elevar la experiencia vivida hasta convertirla en criterio para interpretar la moral. Y si ese principio termina prevaleciendo sobre la ley moral objetiva, el resultado se aproxima mucho a una moral de situación, aunque se siga utilizando el vocabulario de discernimiento, acompañamiento y conciencia. ¿No estamos en la lógica que ya apareció con fuerza en el capítulo VIII de Amoris Laetitia, donde la experiencia concreta, las circunstancias personales y el discernimiento de cada situación adquieren un peso cada vez mayor en el juicio moral? ¿No estamos ante un proceso de inversión de la moral católica, en el que se pasa de una moral donde la verdad objetiva juzga la situación concreta a otra en la que la situación concreta termina condicionando el sentido práctico de la verdad moral? [1] La encíclica no se explica suficientemente si se habla de naturaleza humana, género humano, humanidad redimida o humanidad asumida por Cristo.

En el punto 1 de la Introducción aparece la siguiente frase:

“En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”.

Que la humanidad -sea lo que fuere lo que significa “humanidad”[1]– encuentre en Jesucristo el camino, la verdad y la vida, no nos extraña, porque esa es la verdad de nuestra fe católica. Entendida de este modo, la frase puede pasar inadvertida, y leerse sin mayor dificultad.

Sin embargo, el texto original italiano encierra un pequeño problema. Dice:

“Questa magnifica umanità in Gesù Cristo diventa la Via, la Verità e la Vita, aprendo per ciascuno di noi la strada per crescere verso la pienezza”.

La traducción castellana es la siguiente:

“Esta magnífica humanidad, en Jesucristo, se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida, abriendo para cada uno de nosotros el camino para crecer hacia la plenitud”.

Y aquí cambia notablemente el sentido. El texto no dice simplemente que la humanidad encuentra en Cristo “el Camino, la Verdad y la Vida”, sino que afirma que “esta magnífica humanidad”, en Cristo, se convierte ella misma en “el Camino, la Verdad y la Vida”. Pero las palabras de Jn 14,6 no tienen por sujeto a la humanidad, sino a la persona misma de Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Hemos comprobado, además, que no se trata únicamente de una peculiaridad del texto italiano. Las versiones francesa, inglesa, alemana, portuguesa y polaca conservan igualmente la idea de que “esta humanidad” se convierte en el “Camino, la Verdad y la Vida”. Solamente la versión española modifica el verbo y ofrece una formulación mucho menos problemática.

La traducción española no se limita a traducir, sino que corrige o, al menos, suaviza la expresión italiana teológicamente ambigua y problemática, y tomada literalmente falsa. Este punto merece mucha atención si el italiano es el texto original del documento.

El problema está en que la encíclica atribuye a “esta magnífica humanidad” lo que el Evangelio atribuye de modo personal a Jesucristo. Sabemos que la humanidad puede ser asumida por el Verbo, redimida, elevada y conducida en Cristo hacia su plenitud; que puede participar de su vida y ser configurada con Él; pero la humanidad, considerada en cuanto tal, no se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida. Es Cristo, la Persona del Verbo encarnado, quien lo es.

El original italiano, al igual que las demás versiones, salvo la española, introduce así una peligrosa confusión entre lo que corresponde a la humanidad creada y lo que pertenece propiamente a Cristo, dando a aquella títulos que corresponden únicamente al Verbo encarnado.

Si esta distinción se pierde, el sentido cambia profundamente. Ya no es Cristo quien ilumina, salva y guía a la humanidad, sino que es la propia humanidad la que termina recibiendo títulos que pertenecen únicamente a Cristo. Y de ahí puede abrirse paso otra consecuencia, que sea el propio hombre, desde su situación concreta, su experiencia y sus circunstancias personales, quien termine juzgando moralmente su vida y convirtiendo esa experiencia en criterio de lo que debe hacer.

Nos encontramos -ya lo hemos planteado en otros artículos- ante la relación entre experiencia vital y criterio moral; donde se da una verdadera consagración de la experiencia vital como criterio moral. No necesariamente se dirá que “la experiencia crea el bien y el mal”, porque eso sería demasiado explícito; pero sí puede establecerse una dinámica más sutil, que la experiencia personal se convierte en punto de partida privilegiado, el discernimiento interpreta esa experiencia, y la norma moral objetiva queda progresivamente subordinada a lo que la persona juzgue como apropiado a su propia situación. Entonces, la experiencia deja de ser materia que debe ser juzgada por la verdad y empieza a convertirse en instancia que juzga la verdad.

En definitiva, detrás de este tipo de lenguaje de la encíclica puede encontrarse una tendencia a elevar la experiencia vivida hasta convertirla en criterio para interpretar la moral. Y si ese principio termina prevaleciendo sobre la ley moral objetiva, el resultado se aproxima mucho a una moral de situación, aunque se siga utilizando el vocabulario de discernimiento, acompañamiento y conciencia.

¿No estamos en la lógica que ya apareció con fuerza en el capítulo VIII de Amoris Laetitia, donde la experiencia concreta, las circunstancias personales y el discernimiento de cada situación adquieren un peso cada vez mayor en el juicio moral?

¿No estamos ante un proceso de inversión de la moral católica, en el que se pasa de una moral donde la verdad objetiva juzga la situación concreta a otra en la que la situación concreta termina condicionando el sentido práctico de la verdad moral?

[1] La encíclica no se explica suficientemente si se habla de naturaleza humana, género humano, humanidad redimida o humanidad asumida por Cristo.

7 respuestas a «¿La humanidad ocupa el lugar de Cristo? Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas»

  1. Como siempre hay que felicitar a D. Carlos.
    Se supone que el «texto original» se redacta en ITALIANO y luego se traduce.
    Las logias tomaron el Vaticano a finales del papado de Pio XII y, desde entonces, NO han abandonado el «poder».
    Pablo VI se hizo célebre con su «famoso humo» y los hijos de Lucifer se encontraban ya desde mucho antes dentro del recinto vaticano.
    El «Dossier Gagnon» y la «lista Pecorelli» pusieron de manifiesto esa toma de poder.
    Como un comentario de ayer indica que los masones, en un principio, pretendian destruir la Iglesia, a posteriori de esa «toma de poder» pensaron que era preferible NO destruirla sino «cambiar la doctrina» poco a poco de forma casi imperceptible y NO yendo nunca contra los dogmas en directo.
    HOY y desde poco antes del CV II todos los papas han sido masones, es posible que exceptuando a Pablo VI, los «otros», Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y este Prevost lo fueron o en el caso de este gringo lo es,.
    «Hablar» de «papas», entiendo que es un error, pues hay que desenmascarar a estos canallas cuyo «credo» es el mismo que los anglicanos, el «credo de Lucifer» y ese es su objetivo, convertir poco a poco a la «vieja iglesia» en ese «credo de Lucifer».
    Gracias por sus trabajos que confirman lo que pensamos desde hace tiempo

  2. Pura soberbia renacentista. Seguimos ustituyendo a Dios por la progredumbre humana. Estamos retrocediendo, como los cangrejos; camino de la caverna y más allá; por muy tecnológica que sea.

  3. Pura soberbia renacentista. Seguimos sustituyendo a Dios por la progredumbre humana. Estamos retrocediendo, como los cangrejos; camino de la caverna y más allá; por muy tecnológica que sea. Lo bueno es que están cada vez más claras las cosas y muchas veces no hace falta pasar de la primera frase.

  4. Muchas gracias por su artículo pues nos da mucha información. ¿Encuentra alguna explicación para el hecho de que en la traducción al castellano la frase sea más correcta que la de las traducciones a otras lenguas? Y otra cuestión más ¿sabe si el título de la encíclica «Magnifica Humanitas» ha recibido algunas opiniones negativas por parte de teólogos, religiosos, etc.? A mi modo de ver la Humanidad hoy en día no es nada Magnífica y el título me parece arrogante.

    1. Estimada señora:
      Nos pide el autor que le hagamos llegar su contestación, pues tiene problemas informáticos para hacerlo él. Esta es:

      María, el traductor tuvo que advertir -es nuestra suposición-que la traducción del italiano implicaba un verdero problema teológico. Así que,no tradujo literalmente, sino que interpretó -corrigió- la frase de forma ortodoxa.

      En cuanto al título de la encíclica, le remito a nuestro artículo: «La hipérbole de una ‘humanidad magnifica'»

      Saludos cordiales

  5. Son los maestros del engaño y la maldad. En este caso, actuando como trileros de palabras en el lenguaje. Utilización del lenguaje en su satánica ingeniería social de perdición de las almas.

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