La Iglesia abierta al comunismo

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El mal, disfrazado de bien. Ésa es la tragedia. Y habiendo visto la evolución vertiginosa de la doctrina comunista, que ya no tiene nada que ver con la redención del proletariado, sino con la liquidación de la moral cristiana y su absoluta erradicación del mundo; y visto además que sigue aspirando a la conquista del poder haciendo el mal: maleando de diversas formas a la sociedad a la que quiere dominar (véase, p. ej., la antaño riquísima Venezuela; ahora, los riquísimos son ellos). A la vista de todo esto, uno se pregunta qué se le ha perdido ahí a la Iglesia. Una Iglesia que en vez de alardear de cristiana, alardea de “progresista”. (En Cataluña, la moda es otra: el clero, con sus pastores a la cabeza, tiene a gala ser además de progre, la punta de lanza del independentismo).

Cuando el comunismo estaba disfrazado de doctrina redentora justamente de los más pobres, hasta tenía su explicación (que no justificación) que la Iglesia se enredase en eso que llamaron “teología de la liberación”. Pero resulta que esos teólogos de la liberación (el comunismo e incluso el terrorismo -o la guerra si se prefiere- elevados a categoría teológica), esos teólogos, digo, se han visto impelidos por su propia lógica política, a convertirse en teólogos de la homosexualidad (que, ¡vaya sorpresa!, lleva de la mano a la pederastia en la que talmente se ha enfangado el clero), teólogos de la eutanasia, teólogos de la ingeniería sexual… En fin, que a estos grandes innovadores empeñados en hacer progresar a la Iglesia, no les duelen prendas a la hora de elevar cualquier disparate doctrinal y moral a categoría teológica (me enternece la teología del ahorro de agua). Tampoco es que tengan demasiadas opciones, cuando cometieron la genialidad en su momento, de elevar el comunismo (en el que siguen hoy erre que erre a pesar de haberse convertido en lo que es) en movimiento tan afín del cristianismo, que un sector muy considerable del clero y de la jerarquía se dedicó a profesar y predicar esa doctrina en lugar de profesar y predicar el cristianismo. ¡Parecía todo tan ingenuo y tan inocente! Iban de buena fe. Ni se imaginaban que el comunismo pudiera llegar a ser lo que hoy es.

Un tremendísimo drama doctrinal que para más inri se instaló en los seminarios, en los que se formaron generaciones de sacerdotes (y obispos) no cristianos, no católicos, sino comunistas. Como a eso lo llamaban progreso, y además genuinamente evangélico, pues se echaron a la piscina. ¿Estaba el drama en el hecho de que se abrazasen a tal o cual doctrina? No, no estuvo ahí el drama, sino en que deslumbrados por esas otras doctrinas, abandonasen la que era su razón de ser y se quedasen sin razón de ser, totalmente desnortados, colgados de la brocha. ¡Y ellos, ellos y sus maestros, pobres fatuos, sin enterarse! ¡Y siguen!

Con esos antecedentes, ¿es de extrañar que la Iglesia ande dando tumbos de manera tan absolutamente inmoral y vergonzosa? Cuando enormes contingentes de ministros (es decir servidores) de la Iglesia tienen su mente y su corazón en otro sitio, nada tiene de extraño que ocurra lo que está ocurriendo. Si han sido tan incapaces que han confundido cristianismo con comunismo, entregándose a este último con pasión obcecada, ¿nos ha de extrañar que cuando el comunismo se ha convertido en promotor de toda inmoralidad para desarmar y someter a la sociedad, se hayan erigido ellos en abanderados “teólogos” de esas aberraciones?

Lamentablemente el primer tercio del siglo XXI está siendo para España una réplica del primer tercio del siglo XX. Con la variante de que esta vez no es la URRSS la que está empeñada en implantar un régimen comunista en España, sino que es Venezuela dando la cara; pero detrás de ella, la antigua URRSS, China y su peón caribeño: Cuba. España vuelve a ser el laboratorio en que se ensaya con gran intensidad el nuevo orden mundial. Y esta vez, los vientos les soplan más a favor a los diseñadores de esta revolución, porque tienen como aliado a veces tácito y a veces explícito, nada menos que a la Iglesia. La tuvieron enfrente en la confrontación del siglo XX y desencadenaron contra ella una persecución sangrienta. Pero esta vez han sido más astutos: no sólo no la tienen en contra, sino que gracias primero a la corrupción doctrinal (nos han colado gato por liebre) y luego a la corrupción moral, la Iglesia no sólo no es un obstáculo para su renovación del mundo, sino que por momentos hasta pretende liderar esos cambios. Un ejemplo sangrante de Iglesia dando gato por liebre y liderando la descristianización de la sociedad con enorme entusiasmo, es Cataluña.

Es estremecedora la actitud de la Iglesia, sobre todo de la jerarquía, ante la que se nos viene encima. Los obispos, tocando el violón y revisando cuánto les transfiere el fisco a cuenta de las crucecitas. El eminentísimo cardenal de Barcelona, ofreciéndose como mediador no entre los catalanes abusadores y los abusados, sino entre los abusadores de aquí y los abusadores de allí. El Vaticano, como Zapatero, intentando mediar también en favor del régimen criminal de Venezuela, a ver si unas nuevas elecciones le ofrecen “chance democrática”. El papel de la Iglesia en la tremenda movida de principios del siglo XXI, es inquietante a más no poder.

Lo único que no ha cambiado de la debacle del siglo XX a la que se nos viene el XXI, es que el actor principal y desencadenante de estas crisis es el comunismo: esa doctrina que ha ganado tantos, tantísimos adeptos en la Iglesia, llegando esa adhesión hasta las más altas cumbres: con todas las consecuencias. Acaba de morírsenos Ernesto Cardenal, prócer de la teología de la liberación.

Porque lo que vemos aquí en España es que Venezuela es el gran peón del comunismo para Europa y la América hispanoportuguesa. Venezuela tiene pillados a Zapatero en primer lugar, con algunos de sus ministros (léase p. ej. Pepe Bono); tiene pilladas a las mareas comunistas de España (Pablo Iglesias, Monedero, Errejón, Garzón y tutti cuanti) y por contagio inevitable tiene pillado al presidente del gobierno español con muchos de sus ministros. Otra vez, como en la Iglesia, la corrupción es clave: ¿a cuántos ha logrado corromper y por tanto tiene bien pillados Venezuela? Porque claro, el espectáculo de un vicepresidente del gobierno español a los pies y a las órdenes de la vicepresidenta de Maduro saltándose todas las barreras legales, tiene una explicación y sólo una. Pillados hasta las cachas, no tienen más remedio que acatar las órdenes del que se ha convertido en su jefe de facto, gracias al chantaje. Y no hay más. Sería un tremendo conflicto diplomático que Venezuela sacase los trapos sucios de los que tienen ocupado el poder en España. De momento sólo tienen el gobierno; pero van a por el Estado (la Justicia y demás) a velocidad de vértigo. Son los más encarnizados enemigos de la Iglesia: ya lo demostraron al principio del siglo pasado. Pero la Iglesia está en su idílico confort de la crucecita y de los conciertos para la que desvergonzadamente siguen llamando escuela cristiana.

En el mundo, como en la Iglesia; y en la Iglesia, como en el mundo. En medio de tanta corrupción, el chantaje es el motor que lo mueve todo y que explica lo más inexplicable: es el chantaje. Así se explica que después de haber renunciado la Iglesia a su doctrina, haya abrazado una doctrina política que proclama su inmoralidad con la mayor desvergüenza. Y la caterva de eclesiásticos adictos a ella, van con el pretexto de que es tan buena, que no importa renunciar al Evangelio para abrazar estas doctrinas políticas. El bien ha cambiado de bando para un sector amplísimo de la Iglesia, ayudando así a la sociedad a asumir ese cambio. Y a asumir también el mal que conlleva. Resulta que la sociedad, en un porcentaje parecido al de los clérigos, ha mudado la percepción. Ahora los buenos son Pedro Sánchez y sus secuaces, más Quim Torra y sus secuaces. Y a la Iglesia se la tolera en la medida en que esté a favor de los nuevos paradigmas de la bondad, o por lo menos guarde silencio; y se la detesta y se la insulta si se atreve a predicar su doctrina.

He sentido una tremenda desazón al iniciar la lectura de la “Querida Amazonia” (¿Para cuándo la “Querida Europa”?) Todo el análisis de situación en lenguaje político en vez de afrontarla en lenguaje evangélico. Como si este lenguaje hubiera perdido su virtud y su fuerza. Dejo para otro momento el análisis de ese inquietante fenómeno.

Para Germinans Germinabit


2 respuestas a «La Iglesia abierta al comunismo»

  1. La iglesia católica hace tiempo que fue infiltrada por «orden e inspiracion del camarada Stalin»
    Por supuesto que solo es una parte de los curas, monjas, frailes etc.
    Si ser cristiano significa ser discipulo de Cristo (algo de por sí, dificilisimo de llevar a cabo) el Vaticano y los intelectuales teologos están en otra lucha
    La función del cristianismo seria la salvación del ser humano (quien ya sea queriendo o sin querer, está condenado por su naturaleza a hacer el mal, pero puede ser perdonado y salvado)

    1. Estimado seguidor: eso es, ahí esta buena parte de la clave de nuestros males. No todos, como usted bien apunta, pero no pocos son los infiltrados y muchos, por desgracia, los que por distintos y nada disculpables intereses, les hacen el juego. Saludos cordiales

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