La iglesia abraza los postulados liberales

Mientras que la doctrina católica tradicional representaba la sujeción absoluta de la razón individual y social a la Ley de Dios, el liberalismo es, por esencia, la independencia absoluta del individuo ante la Ley divina. En la actualidad no hay oposición radical entre liberalismo y Magisterio, como lo había antes del Concilio Vaticano II, pues hablar de “derechos de Dios”, de “Cristo Rey” y de la propia “Iglesia” es hablar de conceptos superados por el Magisterio contemporáneo.

La diosa Razón

Veamos de forma rápida cómo los postulados liberales fueron contestados con firmeza por el Magisterio tradicional; tales postulados han sido asumidos de facto por el Magisterio posconciliar.

Fijémonos en el aspecto de la razón. Para el liberalismo, la razón es la medida y fuente de todo; valorizando sobremanera la razón individual no sujeta a ningún condicionamiento. Frente a esta concepción se oponía el Magisterio tradicional, indicando que la razón debe estar sometida a su objeto, ya sea natural o sobrenatural; además, también a la tradición.

En cuanto a la autonomía y libertad, el liberalismo exalta ambos aspectos de forma absoluta; la tradición eclesiástica consideró la autonomía al amparo del bien y de la ley; así como consideró la libertad como un medio para conseguir un fin; no un fin en sí mismo.

Al igualitarismo liberal siempre se opuso la jerarquización y la organización de la Iglesia.

Para el liberalismo, la dignidad humana exige la independencia del individuo, mientras que la tradición le recuerda que la verdadera dignidad proviene de la sumisión a la ley, fuente única de perfección. Qué decir de la bondad natural del hombre, tan cacareada por el liberalismo, cuando la Iglesia recordaba que el hombre está viciado por el pecado original y los pecados personales.

En el liberalismo, la libertad es esencialmente independencia, cuando la verdadera libertad depende de la autoridad, de la ley y del orden. Esta falsa libertad lleva al postulado liberal de hacer lo que uno quiera, mientras la Iglesia recordaba que la libertad debe estar reglada por el bien que debe hacerse.

Qué decir del gran logro liberal de la soberanía del hombre y del pueblo; a este principio siempre la Iglesia lo contrarrestó con el principio de la soberanía de Dios y de los que Él eligió.

Si observamos bien los principios liberales enunciados están hoy asumidos en su gran mayoría por la Iglesia, y con aquellos que quizá no están asumidos,  el Magisterio coquetea. Los principios liberales llevan en sí la esencia del desorden, de la rebelión constante contra todo orden y toda ley. Podemos observar cómo el Magisterio de la Iglesia está en constante pugna con la enseñanza tradicional, es el fruto de la semilla liberal que ha asumido. Cada documento magisterial es un “aldabonazo” a otro anterior; hay un constante deseo de derribar, de destruir, de modificar, de olvidar…, de “pasar página”. Es el liberalismo que, bajo una falsa apertura o falso diálogo, ha penetrado completamente en la Iglesia.

Estamos frente a un verdadero ataque contra la fe católica tradicional y contra los principios de la vida sobrenatural. Es el odio formal a Dios y a su presencia en la sociedad y hasta en el mismo individuo. Nos encontramos en una constante revolución contra Dios y el orden por Él establecido. No vemos que la Iglesia se oponga con firmeza y determinación a esta situación. Las leyes de los Estados están en “sublevación” contra el mismo orden divino y contra el mismo ser humano, creado a su imagen y semejanza, y de parte de la Iglesia sólo oímos  lamentos por el cambio climático y los inmigrantes.


Una respuesta a «La iglesia abraza los postulados liberales»

  1. El relativismo que guía toda la parafernalia moderna (de unos siglos a esta parte), es timo del tocomocho de los amos, pues como dijo su lacayo Marx, «en el futuro el ideario de la sociedad será el de las clases dominantes». Es decir, la conveniencia del dueño de la granja. Así, en su afán de predominio, que diría Disraeli Rothschild, el bien está en maltratar a los humanos, no elegidos (la inmensa mayoría), so pretexto de que eso ayuda al planeta, y hasta el propio lacayo Bergoglio toma parte en ello como base de su catolicismo sincrético modelo chino.
    Ya empezó la Iglesia hace mucho a ceder a estos conspiradores marranos, aceptando hechos consumados (y si no les gustan mis principios, tengo otros), que van directamente en contra de lo dicho por el Cristo (por el Padre), por ejemplo en el Sermón de la Montaña. Cuando llega un curilla y va y te dice que hay que ir con los tiempos, está admitiendo, no se si sabiéndolo o no, el relativismo de ZP, del Malo. De las otras pseudo iglesias/sectas mejor ni hablar, porque hace mucho están a lo que la Católica va fatalmente avocada, otro protestantismo.
    La fe cristiana (solo hay una realmente fuera de los «preceptos de hombres»), como el error sarraceno, no son, sin perder su ser, susceptibles de ser sincretizadas… relativizadas.
    La Palabra (del Hijo/del Padre) es absoluta y atemporal. No debe ser relativa ni mezclarse con nada que la adultere, ni lo necesita (para ir con los tiempos,…. con las modas impuestas… por los medios controlados con arte por los sembradores del Malo).
    Hay que saberse el Evangelio de memoria, preferiblemente el de Mateo, estudiar y meditar las palabras de Jesús y, con el espíritu que emana de todas ellas, intentar trasladarlas a esta vida, a nuestras vidas. No interesa saber lo superfluo, lo meramente histórico, anecdótico… sino el fondo del asunto. Todo lo que está pasando de muy malo hoy, va contra esas palabras, lo cual es un alivio, porque al final todo encaja.

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