La Iglesia deja de enseñar para empezar a decidir
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En la homilía de la fiesta de la Transfiguración, León XIV pronunció la siguiente frase: La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión. La frase no es inocente ni meramente pastoral. Encierra una redefinición profunda de la Iglesia, porque desplaza el centro desde la verdad recibida de Cristo hacia un proceso permanente de escucha, discernimiento y decisión, preparando así una concepción sinodal difícil de conciliar con la naturaleza tradicional de la Iglesia
No estamos, por tanto, ante una expresión accidental. La Iglesia deja de aparecer como la sociedad sobrenatural fundada por Jesucristo, depositaria de una Revelación que debe custodiar y transmitir fielmente, y comienza a describirse como una comunidad que escucha, conversa, discierne e interpreta colectivamente el camino que debe seguir.
La diferencia es decisiva. La Iglesia no existe para introducir a los fieles en un proceso permanente de escucha y decisión. Existe para conducirlos a Dios, comunicarles la gracia, enseñarles la verdad revelada, ofrecer el santo Sacrificio, perdonar los pecados y llevar las almas a la vida eterna. Cristo no fundó una asamblea deliberativa encargada de descubrir progresivamente qué debe creer y cómo debe vivir, sino una Iglesia docente, jerárquica y sobrenatural, depositaria de una verdad recibida de lo alto.
La astucia del lenguaje empleado por León XIV consiste en no negar directamente la doctrina tradicional sobre la Iglesia, sino en desplazarla mediante una nueva definición pastoral. No afirma que la Iglesia haya dejado de ser jerárquica, docente y depositaria de la Revelación. Tampoco declara que la verdad deba decidirse democráticamente. Le basta con afirmar que “la Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión”. Con una sola frase, aquello que siempre había sido secundario -la consulta, el diálogo y la deliberación prudencial- pasa a ocupar el lugar de la finalidad misma de la Iglesia.
Cuando la “escucha” aparece unida a la “decisión”, el planteamiento mental de León XIV introduce una lógica democrática. Primero se escucha a todos; después se disciernen las distintas posiciones; finalmente se decide qué camino debe seguir la Iglesia. La verdad deja entonces de presentarse como algo recibido de lo alto y comienza a aparecer como el resultado de un proceso comunitario. La doctrina ya no precede al diálogo y lo juzga, sino que parece emerger del propio diálogo.
La orientación de León XIV nos parece cada vez más clara: transformar profundamente la manera de comprender y vivir la Iglesia, sin negar formalmente la doctrina tradicional.
Admitimos que no puede probarse únicamente por esta frase una intención subjetiva de manipular por parte de León XIV; pero sí podemos señalar objetivamente su astucia retórica en su modo de proceder. La transformación se realiza sin formular una ruptura explícita. No dice: “La Iglesia debe democratizarse”. Habla de escucha, participación y decisión. No afirma: “La doctrina puede cambiar”. Pero habla de discernimiento, caminos nuevos y obediencia al Espíritu. No declara que “La autoridad ya no enseña”, pero dice que todos deben escucharse mutuamente. De este modo, la novedad queda protegida por un vocabulario muy medido que dificulta reconocer su alcance y peligro, en particular en quienes no ven entre líneas las intenciones de León XIV.
El problema de fondo es que la sinodalidad corre el riesgo de convertirse no ya en un método pastoral, sino en una nueva clave para comprender toda la Iglesia: la escucha, la participación y el discernimiento pasan a ocupar el lugar que tradicionalmente correspondía a la verdad recibida, a la autoridad docente y a la obediencia a la Revelación. De este modo, la experiencia y las sensibilidades de los fieles adquieren un peso creciente, la Iglesia aparece como una realidad siempre abierta a redefinir su camino y la apelación al Espíritu puede terminar legitimando procesos cuyos resultados deberían, por el contrario, ser juzgados por la fe recibida. La democratización no se proclama abiertamente, pero entra mediante un lenguaje de corresponsabilidad, consenso y decisión compartida, con el peligro de invertir el orden católico: ya no sería la verdad la que funda la comunión, sino la comunión y el proceso los que terminarían condicionando qué verdad puede enseñarse.
Para alterar profundamente la comprensión de la Iglesia no siempre es necesario negar un dogma, condenar una doctrina anterior o proclamar abiertamente una revolución eclesiológica. Puede bastar una simple frase.
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En la homilía de la fiesta de la Transfiguración, León XIV pronunció la siguiente frase: La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión. La frase no es inocente ni meramente pastoral. Encierra una redefinición profunda de la Iglesia, porque desplaza el centro desde la verdad recibida de Cristo hacia un proceso permanente de escucha, discernimiento y decisión, preparando así una concepción sinodal difícil de conciliar con la naturaleza tradicional de la Iglesia
No estamos, por tanto, ante una expresión accidental. La Iglesia deja de aparecer como la sociedad sobrenatural fundada por Jesucristo, depositaria de una Revelación que debe custodiar y transmitir fielmente, y comienza a describirse como una comunidad que escucha, conversa, discierne e interpreta colectivamente el camino que debe seguir.
La diferencia es decisiva. La Iglesia no existe para introducir a los fieles en un proceso permanente de escucha y decisión. Existe para conducirlos a Dios, comunicarles la gracia, enseñarles la verdad revelada, ofrecer el santo Sacrificio, perdonar los pecados y llevar las almas a la vida eterna. Cristo no fundó una asamblea deliberativa encargada de descubrir progresivamente qué debe creer y cómo debe vivir, sino una Iglesia docente, jerárquica y sobrenatural, depositaria de una verdad recibida de lo alto.
La astucia del lenguaje empleado por León XIV consiste en no negar directamente la doctrina tradicional sobre la Iglesia, sino en desplazarla mediante una nueva definición pastoral. No afirma que la Iglesia haya dejado de ser jerárquica, docente y depositaria de la Revelación. Tampoco declara que la verdad deba decidirse democráticamente. Le basta con afirmar que “la Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión”. Con una sola frase, aquello que siempre había sido secundario -la consulta, el diálogo y la deliberación prudencial- pasa a ocupar el lugar de la finalidad misma de la Iglesia.
Cuando la “escucha” aparece unida a la “decisión”, el planteamiento mental de León XIV introduce una lógica democrática. Primero se escucha a todos; después se disciernen las distintas posiciones; finalmente se decide qué camino debe seguir la Iglesia. La verdad deja entonces de presentarse como algo recibido de lo alto y comienza a aparecer como el resultado de un proceso comunitario. La doctrina ya no precede al diálogo y lo juzga, sino que parece emerger del propio diálogo.
La orientación de León XIV nos parece cada vez más clara: transformar profundamente la manera de comprender y vivir la Iglesia, sin negar formalmente la doctrina tradicional.
Admitimos que no puede probarse únicamente por esta frase una intención subjetiva de manipular por parte de León XIV; pero sí podemos señalar objetivamente su astucia retórica en su modo de proceder. La transformación se realiza sin formular una ruptura explícita. No dice: “La Iglesia debe democratizarse”. Habla de escucha, participación y decisión. No afirma: “La doctrina puede cambiar”. Pero habla de discernimiento, caminos nuevos y obediencia al Espíritu. No declara que “La autoridad ya no enseña”, pero dice que todos deben escucharse mutuamente. De este modo, la novedad queda protegida por un vocabulario muy medido que dificulta reconocer su alcance y peligro, en particular en quienes no ven entre líneas las intenciones de León XIV.
El problema de fondo es que la sinodalidad corre el riesgo de convertirse no ya en un método pastoral, sino en una nueva clave para comprender toda la Iglesia: la escucha, la participación y el discernimiento pasan a ocupar el lugar que tradicionalmente correspondía a la verdad recibida, a la autoridad docente y a la obediencia a la Revelación. De este modo, la experiencia y las sensibilidades de los fieles adquieren un peso creciente, la Iglesia aparece como una realidad siempre abierta a redefinir su camino y la apelación al Espíritu puede terminar legitimando procesos cuyos resultados deberían, por el contrario, ser juzgados por la fe recibida. La democratización no se proclama abiertamente, pero entra mediante un lenguaje de corresponsabilidad, consenso y decisión compartida, con el peligro de invertir el orden católico: ya no sería la verdad la que funda la comunión, sino la comunión y el proceso los que terminarían condicionando qué verdad puede enseñarse.
Para alterar profundamente la comprensión de la Iglesia no siempre es necesario negar un dogma, condenar una doctrina anterior o proclamar abiertamente una revolución eclesiológica. Puede bastar una simple frase.
En la homilía de la fiesta de la Transfiguración, León XIV pronunció la siguiente frase: La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión. La frase no es inocente ni meramente pastoral. Encierra una redefinición profunda de la Iglesia, porque desplaza el centro desde la verdad recibida de Cristo hacia un proceso permanente de escucha, discernimiento y decisión, preparando así una concepción sinodal difícil de conciliar con la naturaleza tradicional de la Iglesia
No estamos, por tanto, ante una expresión accidental. La Iglesia deja de aparecer como la sociedad sobrenatural fundada por Jesucristo, depositaria de una Revelación que debe custodiar y transmitir fielmente, y comienza a describirse como una comunidad que escucha, conversa, discierne e interpreta colectivamente el camino que debe seguir.
La diferencia es decisiva. La Iglesia no existe para introducir a los fieles en un proceso permanente de escucha y decisión. Existe para conducirlos a Dios, comunicarles la gracia, enseñarles la verdad revelada, ofrecer el santo Sacrificio, perdonar los pecados y llevar las almas a la vida eterna. Cristo no fundó una asamblea deliberativa encargada de descubrir progresivamente qué debe creer y cómo debe vivir, sino una Iglesia docente, jerárquica y sobrenatural, depositaria de una verdad recibida de lo alto.
La astucia del lenguaje empleado por León XIV consiste en no negar directamente la doctrina tradicional sobre la Iglesia, sino en desplazarla mediante una nueva definición pastoral. No afirma que la Iglesia haya dejado de ser jerárquica, docente y depositaria de la Revelación. Tampoco declara que la verdad deba decidirse democráticamente. Le basta con afirmar que “la Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión”. Con una sola frase, aquello que siempre había sido secundario -la consulta, el diálogo y la deliberación prudencial- pasa a ocupar el lugar de la finalidad misma de la Iglesia.
Cuando la “escucha” aparece unida a la “decisión”, el planteamiento mental de León XIV introduce una lógica democrática. Primero se escucha a todos; después se disciernen las distintas posiciones; finalmente se decide qué camino debe seguir la Iglesia. La verdad deja entonces de presentarse como algo recibido de lo alto y comienza a aparecer como el resultado de un proceso comunitario. La doctrina ya no precede al diálogo y lo juzga, sino que parece emerger del propio diálogo.
La orientación de León XIV nos parece cada vez más clara: transformar profundamente la manera de comprender y vivir la Iglesia, sin negar formalmente la doctrina tradicional.
Admitimos que no puede probarse únicamente por esta frase una intención subjetiva de manipular por parte de León XIV; pero sí podemos señalar objetivamente su astucia retórica en su modo de proceder. La transformación se realiza sin formular una ruptura explícita. No dice: “La Iglesia debe democratizarse”. Habla de escucha, participación y decisión. No afirma: “La doctrina puede cambiar”. Pero habla de discernimiento, caminos nuevos y obediencia al Espíritu. No declara que “La autoridad ya no enseña”, pero dice que todos deben escucharse mutuamente. De este modo, la novedad queda protegida por un vocabulario muy medido que dificulta reconocer su alcance y peligro, en particular en quienes no ven entre líneas las intenciones de León XIV.
El problema de fondo es que la sinodalidad corre el riesgo de convertirse no ya en un método pastoral, sino en una nueva clave para comprender toda la Iglesia: la escucha, la participación y el discernimiento pasan a ocupar el lugar que tradicionalmente correspondía a la verdad recibida, a la autoridad docente y a la obediencia a la Revelación. De este modo, la experiencia y las sensibilidades de los fieles adquieren un peso creciente, la Iglesia aparece como una realidad siempre abierta a redefinir su camino y la apelación al Espíritu puede terminar legitimando procesos cuyos resultados deberían, por el contrario, ser juzgados por la fe recibida. La democratización no se proclama abiertamente, pero entra mediante un lenguaje de corresponsabilidad, consenso y decisión compartida, con el peligro de invertir el orden católico: ya no sería la verdad la que funda la comunión, sino la comunión y el proceso los que terminarían condicionando qué verdad puede enseñarse.
Para alterar profundamente la comprensión de la Iglesia no siempre es necesario negar un dogma, condenar una doctrina anterior o proclamar abiertamente una revolución eclesiológica. Puede bastar una simple frase.
¿Por qué se le presta atención a semejante papoide? ¿Acaso no lo nombró anti-cardenal Bergoglione? ¿Acaso no lo nombraron anti-papa los anti-cardenales de su misma ralea? ¿Qué sentido tiene comentar todas y cada uno de sus maldades? ¿Cómo ante el incendio de la Iglesia tantos se quedan boquiabiertos y atontaos mirando el fuego?