La inapelable justicia divina

Una de las promesas, y características de Dios, es la de Su justicia, que será perfectísima y por ello Su sentencia inapelable.

La bondad y misericordia divina se ejercen mientras vivimos. Por eso, a nuestra existencia terrenal, al tiempo que estamos en esta vida, debemos llamarlo «tiempo de misericordia» y por eso mismo debemos aprovecharlo al máximo no pecando, no ofendiéndole, a fin de poder presentarnos ante Él en las mejores condiciones posibles, porque una vez delante de Él, en el mismo instante en que hayamos muerto, se acabó la misericordia y dará comienzo la justicia, es decir, procederá a juzgarnos y a emitir Su sentencia inapelable.

Dicho juicio, que en principio será particular, individual –habrá otro universal–, tenemos la garantía absoluta de que será perfecto, justísimo, sin error posible; tanto que, abiertos nuestros ojos, no sólo aceptaremos sin rechistar la sentencia, sino que la consideraremos justísima.

Ese instante, ese juicio, que durará un brevísimo instante, será el momento cumbre de nuestra existencia, el momento crucial hacia al que caminamos, será el instante con el que nos toparemos sin remisión, el verdadero antes y después, ya que terminada nuestra vida finita comenzará de inmediato la que no tiene fin, la eterna; y ello, que conste, para creyentes y no creyentes, para todos los seres humanos sin excepción alguna.

¿Y por qué el juicio y su consiguiente sentencia será perfectísima? Dirán ustedes que porque la dictará Dios que es perfectísimo. Pues bien, claro que sí, pero lo será porque Dios lo sabe todo, porque lo ve todo, pasado, presente y futuro, ya que conoce hasta nuestros más íntimos pensamientos, Dios es el único juez que puede juzgarnos a todos y cada uno de nosotros sin error posible, con absoluta perfección, con total justicia.

¿Se imaginan ustedes que acuden a un juicio, sea como denunciantes o como denunciados, y que el juez supiera perfectamente todo lo hecho por usted y por su contrario hasta en lo más íntimo? ¿No sería su sentencia perfecta, justísima? ¿Verdad que sí? ¿Cuánto nos gustaría acudir entonces a un juez, verdad? ¡Que seguridad de que se nos iba a hacer justicia! Pues bien, eso es lo que ocurrirá el día de nuestro juicio y el del los demás. El juez será Dios que conocerá hasta en los más íntimo lo que hicimos nosotros y los demás, por lo que Su juicio será perfectísimo, justísimo… e inapelable.

Lo dicho nos llena de alegría al saber que entonces, y sólo entonces, se nos hará justicia de todas las injusticias sufridas durante nuestra vida sin faltar la más mínima tal y como Él prometió: «bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». ¡Cómo debe animarnos cuando sufrimos injusticias tener la seguridad de que se nos hará justicia. Qué momento tan sublime será ese, qué tranquilidad, qué calma, qué paz tener tamaña seguridad.

Pero… ¡cuidado! porque si los que cometimos la injusticia fuimos nosotros, qué terrible instante aquel en el que Dios, que tiene anotado hasta el mínimo detalle, no dudará en sentenciarnos y en hacer justicia al otro a costa nuestra, a aquél con el que nosotros fuimos injustos.


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