La Infamia, divinidad posmoderna

El potente poder del Mal supera al del Bien en una característica que lo hace temible: su actividad. Sus luciferinos sicarios añaden a ese incansable y malévolo trajín, el matiz esencial de la diligencia; con lo cual, si con la actividad se hace mucho, con la diligencia se hace mucho y se hace bien con vistas al objetivo final: hacer del mundo un templo de ignominia, cuyos sacerdotes poseen los poderes precisos para experimentar y ejecutar lo trazado por sus siniestros amos.

Mientras sea posible, estamos obligados a difundir las abominaciones de los que quieren destruir la libertad y dignidad humanas. No cesar de enfrentarlos a sus contradicciones y crímenes. Es imperativo situarlos permanentemente ante el espejo, no tanto para que contemplen la carcoma de su alma, como para tener siempre presente lo imprescindible que resulta su encierro y su control.

Sabemos que no es la democracia lo que inflama a las izquierdas resentidas, sino la venganza; ni la inteligencia lo que les mueve, sino la envidia, que los hace nefandos y sutiles en su propaganda. Sabemos, así mismo, que la inquina, el espíritu sectario y el amor al poder, son otros de sus rasgos distintivos dominantes, y que, por culpa de su odio patológico, son una peste. Todo lo relacionado con ellas, todo lo que tocan, todo lo que organizan y traman, tiene un carácter de odio social, de rencorosa finalidad.

Su insidiosa propaganda no deja de tejer perfidias, intimidaciones y desafíos. Se mantienen gracias a esa red liberticida, a ese matonismo y ese agitprop deleznables ante cuya desaforada presión la llamada derecha -salvo VOX, de momento- no ha dejado de recular ideológica y moralmente, dejando el campo libre durante más de cuarenta años a la sedición y a la hispanofobia.

A pesar de lo que su propaganda ha intentado hacernos creer, en los últimos años no ha habido conservadores, sólo socialdemocracias e izquierdas radicales, y todas ellas embarcadas hacia el mismo puerto: el habitado por los doctrinarios nacionalistas y financieros del Sistema, con las consecuencias morales, sociales y económicas de inflación y depresión cíclicas que todos conocemos.

Junto con sus satélites han conseguido que exista el marxismo sin Carlos Marx, transformando El Capital en un Libro Rosa, mientras que, en el extremo opuesto, la Iglesia se tambalea como credo al olvidar o arrinconar a Dios, haciendo de la teología y del propio Dios unos sucedáneos. De ahí que el mundo moderno acepte con más facilidad Das Kapital que los Evangelios. Pero no por convicción, pues nuestra época carece de convicciones, sino por publicidad, porque la Iglesia ha abandonado su poder doctrinal, mientras que el marxismo y sus adláteres no dejan de adiestrar con su agobiante divulgación ideológica.

Por sistema legislan a favor de la delincuencia y de la inmoralidad para defender a sus sectarios y a sus dogmas. Porque ¿en qué espejo se va a reflejar el detrito social, es decir, la infamia, sino en el de la infamia? A través de los medios vasallos neutralizan cualquier alternativa política que pueda ser ofrecida con el suficiente atractivo, y para ello, entre sus infinitos engaños y malignidades, tratan de fomentar la resignación y la inercia del «o yo o el caos».

Poseen la virtud de no defraudar nunca: siempre hay algo malvado y tenebroso detrás de sus actos. Una de las cosas que logran es sembrar la desconfianza entre la ciudadanía. Que cuando te encuentres con el vecino sospeches que es uno de esos apolíticos infiltrados que los votan contra toda razón, uno de esos compatriotas que comparten gustosos las frases espeluznantes que han dejado a lo largo de la historia y que no se recuerdan lo suficiente: Acataremos la legalidad mientras nos favorezca, de lo contrario la destruiremos. O conseguimos el poder o ateneos a las consecuencias.

Junto a sus amos globalistas aglutinan los impulsos destructores contra España, erigiéndose en representantes del estado de inmoralidad en que se encuentra una buena parte de la sociedad española, ese populacho dichoso con su esclavitud, o aquellos que en todas las cosas son de la opinión que les dan los corruptos y miserables nativos y foráneos.

Su revolución se ciñe al derribo de la libertad y de la moral, a las que desprecian y odian. Cuando un político de izquierda dice que acabará con la pobreza, se refiere a la suya. (Paulo Coelho). La izquierda no siempre mata, pero siempre miente. (Gómez-Dávila). Frases éstas que, enmarcadas en carteles publicitarios, debieran ser distribuidas por las calles de España para recuerdo de tibios, olvidadizos y votantes fanáticos, y por ver si se les cae la cara de vergüenza.

Si la mera coacción no surte efecto a la hora de hacer prosélitos, consideran absolutamente lícito persuadir a las víctimas valiéndose de la violencia, de la injuria y del engaño. Al que se opone, se le agravia con insidias y se le aísla empujándole al ostracismo mediático o a la checa. Por donde pasan, hunden a la clase media y al pueblo trabajador y estabilizan por el contrario a la delincuencia, a los parásitos y, en el otro extremo, a los intereses del NOM, de ahí que acepten gustosos la exhibición del lujo junto a la miseria.

Estos lacayos del Sistema y sus satélites se apropian del Estado, no creen en la persona y duermen junto a la riqueza producida por el capital financiero y especulativo que dicen combatir, pero que los enriquece a ellos y a su clientela. Mientras no son comprimidos por otras fuerzas, se expanden hasta donde pueden, pero huyen con el rabo entre las piernas cuando un patriótico Alzamiento Nacional se les enfrenta -llevándose, eso sí, todos los sacos de oro que pueden.

Las grandes deudas de gratitud no suscitan lealtad ni homenaje a las almas innobles, sino encono y rencor. Por eso odian a Franco, que se impuso el deber de reconstruir un país que ellos habían previamente arrasado, alzándolo hasta situarlo entre las diez naciones más prósperas y de mayor porvenir del mundo. El franquismo se empeñó en crear algo más elevado aún que su propio espíritu, mientras que a las izquierdas resentidas les impulsa la destrucción, el asesinato de Montesquieu, para que en los ojos de sus jueces se transparente la mirada del prevaricador o la cuchilla del verdugo.

La maldad debe ser señalada, acosada y en lo posible, eludida. Si no somos capaces de encarcelar y borrar políticamente del mapa a estos perros de paja y a sus amos, y seguimos financiando sus vicios y demencias, es porque vivimos en una sociedad inerme que, traicionando un legado secular, se ha complotado y dejado engullir por los déspotas a cambio de compartir con ellos la ineficacia y la miseria administrativa, moral y económica.

Algunos, aun describiendo la situación, no perdemos la esperanza de alcanzar por fin la necesaria regeneración sociopolítica. Porque, aunque escasos, hay ciudadanos íntegros, movidos por la verdad y por la libertad, que saben ver, leer e interpretar textos y vida. Confiemos en éstas mujeres y hombres empeñados en alcanzar la excelencia para su patria, y que saben que de todo lo que se ha vivido y escrito, lo más valioso es lo que se ha vivido y escrito con el propio sudor y la propia sangre.


Una respuesta a «La Infamia, divinidad posmoderna»

  1. Cada nuevo artículo suyo, apreciado don Jesús, es más profundo y mejor escrito que el anterior. Ojalá sirvan de ayuda, hasta donde ello sea posible, para que esta «zombie» de nuestros amores -todavía llamada España- recupere la salud perdida y el buen camino en la Historia.

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