La intervención inglesa en las guerras separatistas de América

Francisco de Miranda

Los españoles del siglo XIX no podían concebir cómo pudo producirse la destrucción del Imperio; y en el siglo XXI, al menos este español, tampoco.

A finales del XVIII Francisco de Miranda estaba en Londres, y ahí creó la primera asociación secreta denominada Gran Reunión Americana, que llevaría a cabo una frenética actuación captando e iniciando a un importante número de personas que serían significativas en el desarrollo de los procesos separatistas americanos. Todos los próceres separatistas acabarían perteneciendo a esta o a otras logias masónicas.

En cumplimiento de su labor, presentó en 1800 un memorando al gobierno británico que tenía en cuenta informaciones muy precisas sobre la geografía, clima, pasos estratégicos, idiosincrasia de los hispanoamericanos, etc. Consideraba asimismo la baja condición de la capacidad militar española y se planteaba un asalto en el Río de la Plata.

Thomas Maitland

En base a esas informaciones, Thomas Maitland generaba un proyecto subsiguiente en el que subrayaba que con una fuerza racional Inglaterra tendría capacidad sobrada para la conquista de América.

El plan tenía ya un siglo; ahora sería corregido y actualizado, con indicaciones de todo tipo facilitadas por Francisco de Miranda a Maitland, que se perfeccionó con el concurso de William Pitt, Henry Dundas Home Riggs Popham, el 12 de octubre de 1804, en el que Popham quedó encargado de preparar un plan de ataque en colaboración con Miranda que abarcaría desembarcos en Nueva Granada y el Río de la Plata, que serían simultáneos a ataques desarrollados contra Valparaíso y Lima.

Era algo que venía a perfeccionar el proyecto nacido en 1711, por parte del Foreing Office británico, titulado Una propuesta para humillar a España, en el que se relataba:

Dada la considerable falta (?) que tienen de estas mercaderías (textiles ingleses), que tanto necesitan el consumo de ellas, aumentaría, porque nuestros productos y tales son irrazonablemente caros (debido a la restricción del libre comercio en ese entonces), por las razones ya mencionadas, y así los pobres y aún los comerciantes, hacen uso de las telas de Quito para sus vestidos y solo los mejores usan géneros y telas inglesas. Pero si, de una vez, nosotros podemos fijar nuestro comercio, por el camino que yo propongo (directamente por Buenos Aires y a través del continente hacia el interior, sin tener que pasar por Cádiz), con seguridad, arruinaríamos, en pocos años, la manufactura de Quito. (Núñez)

Juan Pablo Vizcardo y Guzmán

Estas actuaciones llevaban largo tiempo gestándose, y en ellas estuvieron involucrados varios personajes, como el jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un personaje que, constando como católico, curiosamente, fue muy bien atendido por la corte británica. Llegó a Londres a requerimiento del gobierno británico; y, bajo su auspicio, en 1799 publicaba el manifiesto titulado Carta dirigida a los españoles americanos.

Y la prensa británica aireaba en 1804 una consigna:

A España hay que vencerla en América, no en Europa.

También, el 22 de Diciembre de 1797 se habían reunido en París José del Pozo y SucreFrancisco Miranda y Pablo de Olavide:

No solo para deliberar conjuntamente sobre el estado de las negociaciones seguidas con Inglaterra en diferentes épocas, para nuestra independencia absoluta. (Acta de París)

Sino para llegar a una serie de acuerdos que quedarían plasmados en un acta que resulta esclarecedora para entender lo que sucedería después. Se detecta en el acta la existencia de acuerdos previos con el reino de la Gran Bretaña, a la que se le abren las puertas sin cortapisa de ningún tipo en lo que se puede entender como pacto para la dominación colonial británica.

Habiendo resuelto, por unanimidad, las Colonias Hispano-Americanas [sic], proclamar su independencia y asentar su libertad sobre bases inquebrantables, se dirigen ahora, aunque privadamente, a la Gran Bretaña instándole para que las apoye en empresa tan justa como honrosa, pues si en estado de paz y sin provocación anterior, Francia y España favorecieron y reconocieron la independencia de los Anglo-Americanos, cuya opresión seguramente no era comparable a la de los Hispano-Americanos, Inglaterra no vacilará en ayudar la Independencia de las Colonias de la América Meridional.

En su artículo segundo es de destacar que reclaman a favor de Inglaterra condiciones de dominio en los territorios liberados; algo que jamás ofrecieron los independentistas norteamericanos como contrapartida hacia España por su apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Dice así:

Se estipularán, en favor de Inglaterra, condiciones más ventajosas, más justas y más honrosas. Por una parte la Gran Bretaña debe comprometerse a suministrar a la América Meridional fuerzas marítimas y terrestres con el objeto de establecer la Independencia de ella y ponerla al abrigo de fuertes convulsiones políticas; por la otra parte, la América se compromete a pagar a su aliada una suma de consideración en metálico, no solo para indemnizarla de los gastos que haga por los auxilios prestados, hasta la terminación de la guerra, sino para que liquide también una buena parte de su deuda nacional. Y para recompensar hasta cierto punto, el beneficio recibido, la América Meridional pagará a Inglaterra inmediatamente después de establecida la Independencia, la suma de… millones de libras.

 Se comprometían así a una hipoteca que sigue vigente doscientos años después de haber sido rota la unidad nacional española.

Y los términos de la mentada hipoteca comienzan a señalarse en su artículo quinto, donde se indica:

Se hará con Inglaterra un tratado de comercio, concebido en los términos más ventajosos a la nación británica; y aun cuando debe descartarse toda idea de monopolio, el trazado le asegurará naturalmente, y en términos ciertos, el consumo de la mayor parte de sus manufacturas.

El paso o navegación por el Istmo de Panamá, que de un momento a otro debe ser abierto, lo mismo que la navegación del lago de Nicaragua, que será igualmente abierto para facilitar la comunicación del mar del Sud con el Océano Atlántico, todo lo cual interesa altamente a Inglaterra, le será garantizado por la América Meridional durante cierto número de años, en condiciones que no por ser favorables lleguen a ser exclusivas.

De todos es conocido que, finalmente, el canal sería abierto por EE.UU. Pero eso no dependió de la inexistente independencia Hispanoamericana, sino de un pacto entre iguales: el tratado Clayton-Bówdler entre Estados Unidos de América e Inglaterra, firmado en 1850, en donde se le reconoce a la primera el derecho de hacer un canal.

Volviendo al acta de París, en el capítulo octavo se abren las puertas al banco de Inglaterra:

Las relaciones íntimas de asociación que el Banco de Londres pueda trabar enseguida con los de Lima y de México, para sostenerse mutuamente, no será una de las menores ventajas que procure a Inglaterra la independencia de la América Meridional y su alianza con ella. Por este medio el crédito monetario de Inglaterra quedará sentado sobre sólidas bases.

Y el noveno apunta una nueva hipoteca con los Estados Unidos:

Puede invitarse a los Estados Unidos de América a formar un tratado de amistad y alianza. Se le garantizará en este caso la posesión de las dos Floridas y aun la de la Louisiana, para que el Missisipi sea la mejor frontera que pueda establecerse entre las dos grandes naciones que ocupan el continente americano. En cambio los Estados Unidos suministrarán, a su costa, a la América Meridional un cuerpo auxiliar de 5.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería mientras dure la guerra que es necesaria pata obtener su independencia.

En el artículo Once hay otra cesión territorial directa:

Respecto de las islas que poseen los hispano-americanos en el archipiélago americano, la América Meridional solo conservará la de Cuba, por el puerto de la Habana, cuya posesión —como la llave del Golfo de México— le es indispensable para su seguridad. Las otras islas de Puerto Rico, Trinidad y Margarita, por las cuales la América Meridional no tiene interés directo, podrán ser ocupadas por sus aliados, la Inglaterra y los Estados Unidos, que sacarán de ellas provechos considerables.

Destaquemos principalmente estos aspectos. Los hechos posteriores  ― los tratados comerciales, el expolio…― no han sido excesos de británicos y norteamericanos. Todo estaba pactado por los libertadores, sus agentes.

Pablo de Olavide

Pero este expolio no puede achacarse solo a los firmantes del Acta de París de 1797, puesto que la misma se llevó a efecto con la anuencia de las logias que laboraban por el rompimiento de España, y que en esos momentos se encontraban diseminados por toda Europa. Entre ellos no hay que olvidar a Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, a Manuel de Solar, a Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, a Pedro José Caro, a Pablo de Olavide, a Antonio Nariño

Hecho este salto atrás para aclarar aspectos, el 4 de Julio de 1808, después de la invasión napoleónica de España y Portugal, se firmó la paz entre España e Inglaterra. Inglaterra cesó las hostilidades contra España en América. Ahora le preocupaba, más que continuar en el acoso de su eterno enemigo, parar los pies al emergente peligro representado por Napoleón; así, el ejército que se había formado para invadir Hispanoamérica fue derivado a la Península para ayudar a la resistencia portuguesa y española. Curiosa situación que presentó como aliado a su eterno enemigo: España, postrada, e Inglaterra, triunfante.

¿Cuál era el fin de la ayuda inglesa? Torpes seríamos si por un momento creyésemos que se trataba de apoyar a España. Bien al contrario, sería una importante base para conseguir su destrucción.

Debemos ser conscientes de que el liberalismo y la masonería no solo actuaban influyendo intelectualmente sobre los separatistas, sino que se infiltraban en todos los órganos de la administración nacional, peninsular y americana, maniatando a España y haciéndola llevar una política errática, cuando no de abandono. Así vemos cómo en 1820 provocan una sublevación como la de Riego, producida en el momento más crítico y cuando se disponía a embarcar hacia América en refuerzo del ejército que combatía a los separatistas.

La oligarquía criolla, como la oligarquía peninsular, se había imbuido de las mismas ideas en Europa, bebiendo de las fuentes de la Ilustración y militando en sectas masónicas. Esas ideas y el desarrollo del mercantilismo al margen de cualquier otra consideración, que era la estratagema británica para hacerse con el control del comercio, hizo nacer en la oligarquía el espejismo de una prosperidad que le prometía la órbita británica.

Desde la Guerra de Sucesión española (1700-1714), en la que la armada española quedó desarbolada y España se vio forzada a permitir a los ingleses el asiento de negros en el Tratado de Utrecht, primero Inglaterra, luego Francia y en menor intensidad Holanda, serán quienes controlen de manera efectiva el mercado hispanoamericano. Esta dependencia económica será la que, finalmente, posibilitará la introducción de los principios mercantilistas de la Ilustración en la oligarquía criolla. No obstante, será un quiste que no trascenderá más allá de sus propios círculos sino hasta 1820, gracias a la actuación decidida de Inglaterra en un doble frente: la actuación de sus esbirros masones en ambos lados del Atlántico y el aporte de aventureros y material de guerra en apoyo de los rebeldes libertadores. Apoyo que, por supuesto no llegó nunca a ser gratuito.

El plan de invasión, para estas fechas, ya contaba con más de un siglo. Fue la Guerra de Sucesión un momento en el que la Gran Bretaña prestó especial interés a sus objetivos de invasión de América. Desde un primer momento intentó extender la guerra al territorio americano, con resultado adverso. Esa circunstancia provocaría que, ya encarada la victoria británica que desembocó en la destrucción del Imperio español, sus voceros, y en particular Daniel O’Leary, proclamasen despectivamente:

La guerra de Sucesión, que al comenzar el siglo XVIII absorbió la atención de Europa, no alcanzó á turbar la tranquilidad sepulcral de la América española, aunque en esa lucha se debatían los más vitales intereses de la monarquía española. Ninguno de los pretendientes ofrecía á la América remedio á sus dolencias; por tanto, ¿qué le importaba á ella quién saliese vencedor de esa lucha, pues ella bien sabía que era su destino Servire semper, o victrice o victa? (O’Leary: 38)

En esos momentos, las Provincias Unidas tenían un territorio de cerca de cinco millones de kilómetros cuadrados, con vertiente en el Océano Pacífico y en el Atlántico,  abarcando la Banda Oriental, y abarcaban desde el extremo sur de América hasta la actual Bolivia (en el momento Alto Perú)… y el Paraguay… Y las Misiones… Algo que no resultaba manejable para Inglaterra, que prefería territorios más pequeños, con fronteras entre ellos, lo que para los intereses mercantilistas británicos resultaba más rentable… Sin contar con que la posible fuerza de oposición a sus intereses disminuía al concentrarse en varios puntos.

Con una particularidad añadida que significaba una potencia de gran envergadura y que marca la abismal diferencia con relación a otras potencias en la vida americana antes y después de la separación: el control del comercio del Pacífico, que estaba regulado por el real de a ocho.

China, Japón y, por supuesto, los enclaves españoles del Pacífico utilizaban la onza de plata como moneda de cambio internacional; una situación que no cesó sino un siglo después de la debacle de España, habiendo cumplido un ciclo que no ha sido igualado por ninguna otra moneda hasta el momento.

Seguridad económica mundial… y seguridad física de los habitantes, hasta el extremo que Alexander Humbolt, geógrafo que viajó por toda América con claro sentido de espionaje a favor de Inglaterra, llegó a  señalar que no se encontraba más felicidad que en las posesiones españolas de América.

Inglaterra llevaba ya dos siglos intentando hundir a quien le impedía extender el genocidio que solo había podido desarrollar en Norteamérica y en Irlanda. Y esa testarudez acabó fraguando primero la idea de la Ilustración y el Liberalismo, armas que se afirmarían como letales, primero con España y luego con la Humanidad.

La ocasión definitiva para el cumplimiento de los planes británicos la brindaría la invasión francesa de la Península, momento en que en América se desarrolló un activismo en torno a la gestión autónoma, en el que se infiltraron todos los agentes británicos.

La obtención de esa gestión autónoma significaría la entrega con armas y bagajes en manos de los británicos, quienes no dudaron en eliminar a quienes les pusiesen la menor cortapisa. Así sucedió con uno de sus agentes principales, Mariano Moreno: por negarse a que se cumpliesen los designios ingleses (el motivo parece remitirnos al hecho de que Mariano Moreno se había mostrado contrario a la decisión británica de crear diversos estados en América) moriría asesinado el 4 de Marzo de 1811 mientras viajaba en un barco inglés, como protegido. Sobre este hecho existen cartas remitidas por las autoridades británicas; en una de ellas, el almirante De Courcy da cuenta a su ministro de que había dado órdenes de impedir el desembarco de Moreno en Río de Janeiro.

Tras ser eliminado, los ingleses instalaron un Triunvirato en las Provincias Unidas del Río de la Plata, el primero, bajo la dirección de Bernardino Rivadavia, quien concedió a los comerciantes ingleses todo lo que pretendían, con absoluta liberalidad, lo cual significó la transformación de Buenos Aires en factoría comercial británica. A los pocos años de la Revolución, todo el comercio de importación y exportación, y buena parte del Comercio interior, habían pasado a manos de los ingleses.

Tal era la situación de dependencia, que los ingleses tenían un control absoluto del tráfico marítimo, lo que les permitía facilitar las acciones cuando y como les parecía conveniente; y consiguientemente tenían el control sobre las noticias generadas por los movimientos revolucionarios y las acciones militares.

A partir de 1812, ya con el proceso segregacionista avanzado, y cuando los separatistas tenían el control de importantes zonas del territorio, los inversores ingleses iniciaron una gran campaña especulativa que tenía América como objetivo. Constituyeron compañías para la explotación minera, transporte naviero, representación comercial y financiera, y concedieron grandes empréstitos a los “libertadores”, que finalmente serían liquidados con los tesoros de los Virreinatos, con cuyos fondos, además, concederían nuevos empréstitos a los nuevos entes políticos; empréstitos que sumirían a toda América en una deuda “externa” que ha devenido en “deuda eterna”.

El colonialismo inglés dejó de lado la toma militar del terreno para llevar a cabo la misma función, pero con un ejército de mercaderes que serían quienes financiarían a los agentes ideológicamente captados, facilitándoles todo tipo de medios, incluidos los militares, para que les allanasen el terreno.

San Martín y Bolivar

Los libertadores, de entre los que destacaremos a Francisco Miranda y a Simón Bolívar, no ocultaban ni la dependencia política ni la dependencia económica de Inglaterra; y, lógicamente, la misma se extendería como el aceite por toda la América, hasta entonces libre. Todos los territorios liberados fueron firmando onerosos tratados de comercio que los encadenaban a Inglaterra.

Esa actitud subrepticia, evidentemente, fue para Inglaterra mucho más fructífera que el plan desarrollado a principios del XVIII para humillar a España, y cuyo cumplimiento les resultó fallido en 1806 y 1807. En cumplimiento del plan, en 1806 fue tomada Buenos Aires en una sorpresiva acción militar que se quedó en la rapiña que venía caracterizando las acciones británicas a lo largo de los siglos XVII y XVIII, y utilizando la misma parafernalia de puro carácter pirático: la posterior exhibición de lo robado en las calles de Londres.

En 1807, una nueva expedición inglesa conquista Montevideo y es rechazada en Buenos Aires… Y un año después, en 1808, ¡oh milagro!, Inglaterra se alía con España en la lucha contra Napoleón… La verdad del cuento es que en 1808 comenzó la conquista de España en lo que debe conocerse, no como Guerra de la Independencia, que es una falacia más, sino Guerra franco británica para la dominación de España, que en la práctica no finalizaría sino en 1824 en el teatro de Ayacucho (vulgo: batalla de Ayacucho).

En todo ese teatro, y no solo en el de Ayacucho, sino desde 1808 y hasta hoy mismo, con especial significación en 1898… y todo el siglo diecinueve, la función no hubiese sido posible sin la actuación estelar de la monarquía y de la clase política españolas, que se convirtieron, de hecho en la quinta columna de Inglaterra dentro de España.

El interés demostrado por parte de Gran Bretaña en el Río de la Plata procedía de haber perdido su influencia en el enclave de Sacramento, al objeto de recuperar, y por supuesto ampliar, la cuota de mercado que anteriormente poseía cuando, desde el Tratado de Utrecht, gozaban de una gran libertad de actuación.

En Noviembre de 1808 Inglaterra enviaba a Buenos Aires un escuadrón al mando del Contralmirante Michael DeCourcy, con base en Río de Janeiro, y que incluía a los buques de Su Majestad Británica Agamemnon, Mutine, Bedford, Elizabeth y Foudroyant.

El 25 de mayo de 1810, entraba el Mutine en Buenos Aires, tras ser arriada la bandera española e izada la bandera británica, para, acto seguido, el día 26, fraguar el tratado de amistad entre los mandos británicos y los miembros de la Junta, ante quienes desfilaron las tropas. Pocos días antes había atracado en Buenos Aires la fragata inglesa John Parish, la cual había arribado a Montevideo el 14 de mayo procedente de Cádiz y Gibraltar, de donde había salido a mediados de marzo; y el buque de guerra inglés Miseltoe, que entró el 14 de mayo procedente de Río de Janeiro; y la fragata Venerable, llegada a Buenos Aires el 18 de mayo. Era una toma militar en toda regla…

Pero esto no representaba más que uno de los primeros pasos en el plan Maitland, que tenía como objetivo crear tres países (finalmente entenderían que el número debía multiplicarse) que se ignorasen entre ellos, lo que posibilitaría la paralización de los principales sectores de la producción, nacería la necesidad de un comercio internacional entre ellos, el cual sería controlado por Inglaterra, y se rompería el comercio con lo que quedaba de España.

Todo estaba calculado con exactitud y fue ejecutado con exquisita fidelidad. El comercio giraría en torno a Inglaterra.

Entre 1808 y 1811, en efecto, aproximadamente un tercio del total de las exportaciones británicas se destinó a Hispanoamérica. (Chaunu, 1964: 210).

Las exportaciones británicas y, de paso, el expolio de todo cuanto encontraban a su paso. Por ejemplo, la toma de Potosí, la cual en 1810 fue llevada a cabo por Pueyrredón, asistido por el agente británico Paroissien, a quien pagó los servicios con el tesoro allí existente y con la recomendación dada a los agentes británicos miembros del llamado Primer Triunvirato: el otorgamiento de la ciudadanía para el agente inglés, recomendación unánimemente aceptada por la Asamblea del año 1813.

La Junta de Buenos Aires firmaba sus comunicados conjuntamente con el capitán de la armada británica Mark Bavfield, a quien el gobierno autorizaba:

Luis de Onís, embajador

Para que introduzca sin derecho alguno en valor de la fábrica cien mil pesos de géneros y extraiga otros tantos en frutos del País igualmente libres. (Pampero)

El 1 de abril de 1812, Luis de Onís, embajador de España en los Estados Unidos, comunicaba al Virrey de la Nueva España, Francisco Javier Venegas, que Estados Unidos se mostraba hostil a España y pretendía extenderse hasta el Río Bravo.

Pero esa hostilidad no quedaría demostrada solo al norte. También acudieron al sur en apoyo de Bolívar, y para llevar a cabo actos de terrorismo.

Alejandro Macaulay, al alimón con Pedro Montúfar, hermano del marqués de Selva Alegre, infligió una feroz persecución sobre Pasto y Barbacoas, donde la política de tierra quemada conoció sus más grandes expresiones. El 23 de enero de 1813 sería fusilado en Pasto.

Por su parte, la actuación de Gran Bretaña variaba conforme a sus conveniencias, algunas de las cuales son de difícil comprensión; como ejemplo, lo sucedido en 1825 cuando, tras haber reconocido en 1820 a la Gran Colombia, y a pesar de que el Foreign Office se había entusiasmado ante la creación de lo que en principio se presentaba como la primera república que se separaba de España; en cinco años se procuraba su descomposición. La Royal Navy incluso participó en ella. Quizá, solo quizá, la razón sería la actuación que tenía previsto realizar en la Guayana, y que culminó en 1831, cuando la consolidó como colonia.

El río revuelto no cejó en el suministro de piezas para los codiciosos pescadores; así, con la independencia, el Perú abrió sus puertos a Inglaterra… y a todas las potencias del mundo… que fuesen sumisas a Inglaterra.

No era pequeño el trato, pues hasta ese momento las mercancías británicas entraban en Perú tras haber atravesado el estrecho de Magallanes. Ahora los barcos se ahorrarían unas cuantas millas…

A partir de ese momento, el comercio marítimo estaría monopolizado por Inglaterra, teniendo cierta cuota menor Estados Unidos y Francia.

Quedaba cerrado un proceso que había comenzado en la segunda mitad del siglo XVIII: la dominación efectiva de España por parte de Inglaterra. Una circunstancia que siempre ha sido recordada por los británicos cuando han tenido ocasión; a modo de ejemplo, destaquemos lo que J. Hermoel, Presidente del Consejo de Tenedores de Bonos, decía a Antonio Borrero Cortázar, presidente que fue de Ecuador durante del año 1876:

Habiendo con nuestros capitales favorecido la Independencia de esas repúblicas, y ofrecido muchos compatriotas nuestros su sangre a la causa y bajo el mando de Bolívar, la fortuna del Ecuador ha sido siempre mirada en nuestro país con generosa simpatía.

Conseguidos ya todos los objetivos militares británicos, tocaba consolidar otros aspectos; así, en Panamá, al amparo de la crisis nacida como consecuencia del enfrentamiento entre Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, en un acta del 16 de septiembre de 1826, los mercaderes istmeños plasmaron su proyecto: no importa cómo se resuelva el problema político en Colombia, siempre que ambas partes coincidan en convertir al Istmo en un país hanseático.

Era el signo del destino a que está sometido el mundo hispánico en el proyecto británico: la absoluta disolución, hasta las últimas consecuencias, y siempre que conlleve el sometimiento a los intereses ingleses.

Un nuevo estatuto colonial bajo la forma de protectorado en el que los ingleses son los guardianes, en principio, de la economía; y de ahí, a todos y cada uno de los ámbitos de la vida… hasta la imposición de su música, de su comida basura de sus vicios, y últimamente de su idioma.

En resumen, resulta un hecho incuestionable que la separación de América y su fragmentación fue conseguida por ejércitos extranjeros, muy especialmente británicos, con el objetivo de desmembrar y conquistar España y convertirla en proveedor de materias primas, objetivo que cumplió a plena satisfacción; que este hecho acabó con la prosperidad y la libertad de un continente que había sido tierra de promisión, próspera y rica; y ahora, en el siglo XXI, es referencia de miseria y tercermundismo, y que no deparó mejor porvenir a la España peninsular, convertida en factoría inglesa y comparsa de sus actuaciones.

Para España en la Historia


2 respuestas a «La intervención inglesa en las guerras separatistas de América»

  1. Guerras civiles y para taparlo , tienen un relato inventado y vigente, la prevalecerán, ver los himnos, las nomenclaturas, las organizaciones militares, un ejemplo, en América no tienen la tradición castrense española, en la India, si , la británica y eso que Los mataban con luz y taquigrafos. Un saludo de paz.

  2. Me ha encantado y me ha entristecido enormemente. ¿ Qué fue España? ¿ Por qué siempre esté final tan depresivo? ¿ Por qué estas élites tan alevosas, tan desleales y tan entreguistas al enemigo? ¿ España tiene solución? ¿ España es una pasión imposible? .

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