La jaula de grillos partitocrática
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Cuando una persona acude a un casino de juego, se está introduciendo en una nueva realidad que deja claro su principio fundamental, el axioma sobre el que descansa semejante lucrativa actividad: “No se trata de que ganes o pierdas, se trata de que juegues”
La realidad política demo liberal mantiene el mismo esquema conceptual, aunque la base del juego no consiste en el azar, sino en el conflicto, en el conflicto constante como motor funcional. Y por supuesto, para ello necesita que el individuo se encuadre en algunos de sus esquemas partidistas. A partir de ahí, necesita que ese mismo individuo crea que la solución la encontrará en la próxima elección, que el ciclo electoral es el mecanismo correcto para procesar cualquier problema social. Ese es el pilar del edificio demo liberal en el que el individuo vive satisfechamente condicionado para revolcarse en un conflicto constante e irresoluble.
Igual que el individuo, la sociedad también se divide en derechas e izquierdas que se odian con una intensidad tan genuina como falsa, tan aparente como oculta, pero que viven inmersas en el conflicto permanente. Las familias se rompen, las amistades se pudren, los conocidos se saludan con resquemor, y el gran gallinero de las redes sociales cacarea sin cesar en un maremágnum de ruido estéril.
Por supuesto, cualquier intento serio de crítica a semejante trampantojo de ficticia realidad, se califica de irresponsable, absurdo, o reaccionario. Pero el daño a la vida del ciudadano no es abstracto, aunque él crea ser dueño de su propio destino. Se le induce a creer que existe un enemigo real en su vecino, en su compatriota, en su familiar, un enemigo tan necesario como aterrador, que parezca dispuesto a destruir todo lo que le importa. Sin ese monstruo construido por el sistema político partitocrático no hay conflicto, y sin conflicto no hay razón para que el individuo comulgue con la verdad inobjetable que le sumininistra “su” partido. Una verdad que todo lo transforma beatíficamente, y que solucionará todos los problemas.
La realidad es que el partido político no quiere destruir a su oponente, lo necesita vivo y coleando, bien financiado y perfectamente reconocible para convertirse en el objeto de aborrecimiento de una masa electoral alimentada con el conflicto constante. Porque el conflicto no es el fracaso del sistema demo-liberal, al contrario, es su producto más rentable, su procedimiento existencial. El conflicto político contemporáneo sostenido y amplificado por la prensa sistémica, es el mecanismo mas perfecto de somnolencia social, porque es genuino en sus emociones y funcionalmente operativo en sus efectos. Griterío constante en torno a menudencias diseñadas al efecto, supuestamente convertidas en falsas cuestiones de principios, pero que sirven para el enfrentamiento cainita entre personas, entre grupos o entre simples asociaciones de vecinos, abducidas por tales falacias.
El hecho, es que los equipos de “estrategas” de los partidos saben que el miedo al enemigo moviliza mas que cualquier propuesta concreta. Y que, por tanto, cualquier persona construye su identidad alrededor de un bando político, al mismo tiempo que pierde capacidad para evaluarlo, para exigirle cuentas, o para abandonarlo cuando miente, roba, o simplemente no dice la verdad. De esta manera, los bandos partidistas se convierten en un especie de sectas de consumo, que identifican al adepto y lo convierten en un consumidor ideológico. En realidad, los pomposamente llamados estrategas, no son mas que chuscos vendedores de crecepelo, competentes publicistas diseñando campañas de mercadotecnia política.
La consecuencia es sumamente rentable para la clase política democrática y parlamentaria, una minoría organizada que gobierna y alcanza al control presupuestario, no por mérito sino por un puro acceso estructural elaborado por sí misma, y para sí misma. Un grupo que habla en nombre de unos supuestos representados atenazados por el miedo inducido y el referido conflicto constante, un miedo y un conflicto, promovidos por el mismo sistema de partidos y en el que encuentra su sustento social.
En los platos de televisión en las tertulias radiofónicas, en las cartas al director de los periódicos, en los artículos de opinión diarios, en las redes sociales, y por supuesto en el parlamento, el conflicto político consume energía, tiempo, relaciones y salud mental, con una voracidad que ninguna otra actividad humana iguala en la vida cotidiana de las entidades contemporáneas. La sociedad invierte recursos emocionales y racionalidad aparente para decidir quién tiene razón o cual es el lado correcto de la historia. Con argumentos que superficialmente parecen construidos para llegar a algún lugar, la discusión se torna bizantina y el conflicto en espectáculo público constante.
Todo ¿para que? Para que el ruido tape el silencio con el que se toman las decisiones trascendentes y para que, en cualquier caso, el cacareo gallináceo, la supuesta indignación ciudadana, no se preocupe de la gramática profunda del sistema que mantiene tal estado de cosas. Se trata de diluir energía, de dispersarla atenuando su posible lucidez, para mantener al ciudadano preso de sus artificiales convicciones impuestas por el poder partitocrático. Por ejemplo, difícilmente he oído discusión entre izquierdas y derechas por nada relacionado con la subida salarial de los propios parlamentarios, algo que se aprueba con velocidad, unanimidad y atronadora ausencia de debate. La realidad, es que la convergencia de intereses entre los grupos políticos se manifiesta sin objeciones ni interpelaciones, cuando afecta a la necesidad de que el sistema siga funcionando para su propio beneficio.
Tras este paréntesis de auto representación parlamentaria, de fidelidad introspectiva y de silencio interesado hacia sus propios intereses como clase política, el conflicto resurge de nuevo como el motor que mueve la máquina democrática, para volver a inducir en los representados, en los ciudadanos, la identidad partidista como trampa y como su razón de ser.
Porque pronto, de nuevo, el futuro votante defiende con más energía las acciones de sus “representantes” políticos que sus propios intereses materiales, justifica lo injustificable para disculpar las arbitrariedades de su partido y siente la derrota electoral, cuando se produce, como una humillación propia. La explicación de tal servilismo mental, se encuentra en la reconfortante sensación de pertenencia a la tribu que está en posesión de la verdad. Una verdad que el propio sistema estimula y facilita para que sea lo más diversa posible, lo más inútil posible, y lo más conflictiva posible. Y una persona que no puede abandonar su pertenencia partidista sin importar lo que el partido haga, no es un individuo libre, es un votante cautivo con la ilusión de estar eligiendo libremente. Un ser humano que no puede abandonar su pertenencia partidaria sin sentir que se abandona a si mismo. Hasta tal extremo llega la perversión de las conciencias en el mundo demo-liberal.
De hecho, el acto de votar no es un acto racional, sino un proceso psíquico influido de forma determinante por ilusiones de identidad, presión social y sosiego psicológico, convertido en un simple atajo mental, antes que en cualquier análisis consciente. Las decisiones se toman reaccionando a simples señales de pertenencia, o a sensaciones de identidad amenazada que hay que proteger. Existen numerosos experimentos de psicología conductual al respecto, con imágenes de resonancia magnética cerebral, que lo demuestran. La idea sensata no se percibe como una solución posible, sino como una pura señal de amenaza, la mente no busca comprender sino proteger esa identidad construida a través del trabajo de ingeniería social de los partidos y sus supuestas “ideologías” que todo lo explican. La pertenencia al grupo todo lo justifica.
Estos resultados científicos son aterradores. Porque significan que se puede hacer que las personas nieguen las evidencias simples que tienen ante sus narices, o quizá incluso que lleguen a ver realmente el mundo de una forma diferente, sólo por la presión del grupo. Se trata de fenómeno, ya conocido en las dinámicas adolescentes y juveniles, que se hace también patente en las sociedades adultas. El efecto sería aún mayor cuando se trata de formar creencias políticas.
Ese patrón se repite elección tras elección. Promesas incumplidas se transforman en excusas. Decisiones equivocadas se interpretan como inevitables. Mentiras evidentes como simples cambios de opinión o mas hipócritamente como pura “madurez política”. De tal forma, el candidato deja de ser evaluado como gestor gubernamental y pasa a convertirse en símbolo autoidentitario, y cualquier crítica al símbolo, es comprendido y convertido, en un ataque personal. Por tanto, surge de nuevo el conflicto, siempre el conflicto.
En gran medida, se trataría de la convalidación de la famosa frase de Groucho Marx, demostrando que el inmortal humorista y su corrosivo y absurdo sentido del humor tenían más profundidad de lo que pudiera parecer: “¿A quién va a creer usted, a mi o a lo que ven sus propios ojos?”
En pocas palabras, poco importa la verdad. La mentira es disculpada, atenuada, comprendida, e incluso elogiada, si proviene de “los nuestros”.
Cualquier español del tiempo presente podrá reconocer en este proceso mental la analogía con el comportamiento de los políticos que hoy nos toca sufrir, y en especial la amnesia colectiva que contamina imparable a los aplaudidores tragasables de Sánchez Pérez-Castejón y sus “cambios de opinión”, que han batido, un difícilmente superable, record mundial al efecto.
No es de extrañar, por tanto, que sea seguido por un partido enfervorizado compuesto por hooligans fanatizados ante la contemplación de la audacia de su líder. Para ellos no existe necesidad alguna de ejercer el control reflexivo sobre la vergüenza que se cierne sobre sus propias mentes, esclavizadas por el poder omnímodo del partido y su eficaz control mental.
Pero la realidad es que Sánchez no es más que un subproducto, elaborado, refinado y estructurado en la factoría de la sociedad democrática. Cierto que él es un espécimen exclusivo, casi un prototipo experimental, de cuya existencia se podrán sacar las consecuencias que se quiera, pero que en última instancia ha sido incubado en las mismas máquinas de gestación sistémica del resto de los políticos que le acompañan en el arco parlamentario, y utiliza los mismos instrumentos de acción política que el sistema le facilita. Porque, la realidad es que estamos ante la consecuencia lógica, casi inevitable, del sistema democrático liberal, y de su organización de partidos
Y ahí está el problema. La jaula de grillos partitocrática.
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Cuando una persona acude a un casino de juego, se está introduciendo en una nueva realidad que deja claro su principio fundamental, el axioma sobre el que descansa semejante lucrativa actividad: “No se trata de que ganes o pierdas, se trata de que juegues”
La realidad política demo liberal mantiene el mismo esquema conceptual, aunque la base del juego no consiste en el azar, sino en el conflicto, en el conflicto constante como motor funcional. Y por supuesto, para ello necesita que el individuo se encuadre en algunos de sus esquemas partidistas. A partir de ahí, necesita que ese mismo individuo crea que la solución la encontrará en la próxima elección, que el ciclo electoral es el mecanismo correcto para procesar cualquier problema social. Ese es el pilar del edificio demo liberal en el que el individuo vive satisfechamente condicionado para revolcarse en un conflicto constante e irresoluble.
Igual que el individuo, la sociedad también se divide en derechas e izquierdas que se odian con una intensidad tan genuina como falsa, tan aparente como oculta, pero que viven inmersas en el conflicto permanente. Las familias se rompen, las amistades se pudren, los conocidos se saludan con resquemor, y el gran gallinero de las redes sociales cacarea sin cesar en un maremágnum de ruido estéril.
Por supuesto, cualquier intento serio de crítica a semejante trampantojo de ficticia realidad, se califica de irresponsable, absurdo, o reaccionario. Pero el daño a la vida del ciudadano no es abstracto, aunque él crea ser dueño de su propio destino. Se le induce a creer que existe un enemigo real en su vecino, en su compatriota, en su familiar, un enemigo tan necesario como aterrador, que parezca dispuesto a destruir todo lo que le importa. Sin ese monstruo construido por el sistema político partitocrático no hay conflicto, y sin conflicto no hay razón para que el individuo comulgue con la verdad inobjetable que le sumininistra “su” partido. Una verdad que todo lo transforma beatíficamente, y que solucionará todos los problemas.
La realidad es que el partido político no quiere destruir a su oponente, lo necesita vivo y coleando, bien financiado y perfectamente reconocible para convertirse en el objeto de aborrecimiento de una masa electoral alimentada con el conflicto constante. Porque el conflicto no es el fracaso del sistema demo-liberal, al contrario, es su producto más rentable, su procedimiento existencial. El conflicto político contemporáneo sostenido y amplificado por la prensa sistémica, es el mecanismo mas perfecto de somnolencia social, porque es genuino en sus emociones y funcionalmente operativo en sus efectos. Griterío constante en torno a menudencias diseñadas al efecto, supuestamente convertidas en falsas cuestiones de principios, pero que sirven para el enfrentamiento cainita entre personas, entre grupos o entre simples asociaciones de vecinos, abducidas por tales falacias.
El hecho, es que los equipos de “estrategas” de los partidos saben que el miedo al enemigo moviliza mas que cualquier propuesta concreta. Y que, por tanto, cualquier persona construye su identidad alrededor de un bando político, al mismo tiempo que pierde capacidad para evaluarlo, para exigirle cuentas, o para abandonarlo cuando miente, roba, o simplemente no dice la verdad. De esta manera, los bandos partidistas se convierten en un especie de sectas de consumo, que identifican al adepto y lo convierten en un consumidor ideológico. En realidad, los pomposamente llamados estrategas, no son mas que chuscos vendedores de crecepelo, competentes publicistas diseñando campañas de mercadotecnia política.
La consecuencia es sumamente rentable para la clase política democrática y parlamentaria, una minoría organizada que gobierna y alcanza al control presupuestario, no por mérito sino por un puro acceso estructural elaborado por sí misma, y para sí misma. Un grupo que habla en nombre de unos supuestos representados atenazados por el miedo inducido y el referido conflicto constante, un miedo y un conflicto, promovidos por el mismo sistema de partidos y en el que encuentra su sustento social.
En los platos de televisión en las tertulias radiofónicas, en las cartas al director de los periódicos, en los artículos de opinión diarios, en las redes sociales, y por supuesto en el parlamento, el conflicto político consume energía, tiempo, relaciones y salud mental, con una voracidad que ninguna otra actividad humana iguala en la vida cotidiana de las entidades contemporáneas. La sociedad invierte recursos emocionales y racionalidad aparente para decidir quién tiene razón o cual es el lado correcto de la historia. Con argumentos que superficialmente parecen construidos para llegar a algún lugar, la discusión se torna bizantina y el conflicto en espectáculo público constante.
Todo ¿para que? Para que el ruido tape el silencio con el que se toman las decisiones trascendentes y para que, en cualquier caso, el cacareo gallináceo, la supuesta indignación ciudadana, no se preocupe de la gramática profunda del sistema que mantiene tal estado de cosas. Se trata de diluir energía, de dispersarla atenuando su posible lucidez, para mantener al ciudadano preso de sus artificiales convicciones impuestas por el poder partitocrático. Por ejemplo, difícilmente he oído discusión entre izquierdas y derechas por nada relacionado con la subida salarial de los propios parlamentarios, algo que se aprueba con velocidad, unanimidad y atronadora ausencia de debate. La realidad, es que la convergencia de intereses entre los grupos políticos se manifiesta sin objeciones ni interpelaciones, cuando afecta a la necesidad de que el sistema siga funcionando para su propio beneficio.
Tras este paréntesis de auto representación parlamentaria, de fidelidad introspectiva y de silencio interesado hacia sus propios intereses como clase política, el conflicto resurge de nuevo como el motor que mueve la máquina democrática, para volver a inducir en los representados, en los ciudadanos, la identidad partidista como trampa y como su razón de ser.
Porque pronto, de nuevo, el futuro votante defiende con más energía las acciones de sus “representantes” políticos que sus propios intereses materiales, justifica lo injustificable para disculpar las arbitrariedades de su partido y siente la derrota electoral, cuando se produce, como una humillación propia. La explicación de tal servilismo mental, se encuentra en la reconfortante sensación de pertenencia a la tribu que está en posesión de la verdad. Una verdad que el propio sistema estimula y facilita para que sea lo más diversa posible, lo más inútil posible, y lo más conflictiva posible. Y una persona que no puede abandonar su pertenencia partidista sin importar lo que el partido haga, no es un individuo libre, es un votante cautivo con la ilusión de estar eligiendo libremente. Un ser humano que no puede abandonar su pertenencia partidaria sin sentir que se abandona a si mismo. Hasta tal extremo llega la perversión de las conciencias en el mundo demo-liberal.
De hecho, el acto de votar no es un acto racional, sino un proceso psíquico influido de forma determinante por ilusiones de identidad, presión social y sosiego psicológico, convertido en un simple atajo mental, antes que en cualquier análisis consciente. Las decisiones se toman reaccionando a simples señales de pertenencia, o a sensaciones de identidad amenazada que hay que proteger. Existen numerosos experimentos de psicología conductual al respecto, con imágenes de resonancia magnética cerebral, que lo demuestran. La idea sensata no se percibe como una solución posible, sino como una pura señal de amenaza, la mente no busca comprender sino proteger esa identidad construida a través del trabajo de ingeniería social de los partidos y sus supuestas “ideologías” que todo lo explican. La pertenencia al grupo todo lo justifica.
Estos resultados científicos son aterradores. Porque significan que se puede hacer que las personas nieguen las evidencias simples que tienen ante sus narices, o quizá incluso que lleguen a ver realmente el mundo de una forma diferente, sólo por la presión del grupo. Se trata de fenómeno, ya conocido en las dinámicas adolescentes y juveniles, que se hace también patente en las sociedades adultas. El efecto sería aún mayor cuando se trata de formar creencias políticas.
Ese patrón se repite elección tras elección. Promesas incumplidas se transforman en excusas. Decisiones equivocadas se interpretan como inevitables. Mentiras evidentes como simples cambios de opinión o mas hipócritamente como pura “madurez política”. De tal forma, el candidato deja de ser evaluado como gestor gubernamental y pasa a convertirse en símbolo autoidentitario, y cualquier crítica al símbolo, es comprendido y convertido, en un ataque personal. Por tanto, surge de nuevo el conflicto, siempre el conflicto.
En gran medida, se trataría de la convalidación de la famosa frase de Groucho Marx, demostrando que el inmortal humorista y su corrosivo y absurdo sentido del humor tenían más profundidad de lo que pudiera parecer: “¿A quién va a creer usted, a mi o a lo que ven sus propios ojos?”
En pocas palabras, poco importa la verdad. La mentira es disculpada, atenuada, comprendida, e incluso elogiada, si proviene de “los nuestros”.
Cualquier español del tiempo presente podrá reconocer en este proceso mental la analogía con el comportamiento de los políticos que hoy nos toca sufrir, y en especial la amnesia colectiva que contamina imparable a los aplaudidores tragasables de Sánchez Pérez-Castejón y sus “cambios de opinión”, que han batido, un difícilmente superable, record mundial al efecto.
No es de extrañar, por tanto, que sea seguido por un partido enfervorizado compuesto por hooligans fanatizados ante la contemplación de la audacia de su líder. Para ellos no existe necesidad alguna de ejercer el control reflexivo sobre la vergüenza que se cierne sobre sus propias mentes, esclavizadas por el poder omnímodo del partido y su eficaz control mental.
Pero la realidad es que Sánchez no es más que un subproducto, elaborado, refinado y estructurado en la factoría de la sociedad democrática. Cierto que él es un espécimen exclusivo, casi un prototipo experimental, de cuya existencia se podrán sacar las consecuencias que se quiera, pero que en última instancia ha sido incubado en las mismas máquinas de gestación sistémica del resto de los políticos que le acompañan en el arco parlamentario, y utiliza los mismos instrumentos de acción política que el sistema le facilita. Porque, la realidad es que estamos ante la consecuencia lógica, casi inevitable, del sistema democrático liberal, y de su organización de partidos
Y ahí está el problema. La jaula de grillos partitocrática.
Cuando una persona acude a un casino de juego, se está introduciendo en una nueva realidad que deja claro su principio fundamental, el axioma sobre el que descansa semejante lucrativa actividad: “No se trata de que ganes o pierdas, se trata de que juegues”
La realidad política demo liberal mantiene el mismo esquema conceptual, aunque la base del juego no consiste en el azar, sino en el conflicto, en el conflicto constante como motor funcional. Y por supuesto, para ello necesita que el individuo se encuadre en algunos de sus esquemas partidistas. A partir de ahí, necesita que ese mismo individuo crea que la solución la encontrará en la próxima elección, que el ciclo electoral es el mecanismo correcto para procesar cualquier problema social. Ese es el pilar del edificio demo liberal en el que el individuo vive satisfechamente condicionado para revolcarse en un conflicto constante e irresoluble.

Igual que el individuo, la sociedad también se divide en derechas e izquierdas que se odian con una intensidad tan genuina como falsa, tan aparente como oculta, pero que viven inmersas en el conflicto permanente. Las familias se rompen, las amistades se pudren, los conocidos se saludan con resquemor, y el gran gallinero de las redes sociales cacarea sin cesar en un maremágnum de ruido estéril.
Por supuesto, cualquier intento serio de crítica a semejante trampantojo de ficticia realidad, se califica de irresponsable, absurdo, o reaccionario. Pero el daño a la vida del ciudadano no es abstracto, aunque él crea ser dueño de su propio destino. Se le induce a creer que existe un enemigo real en su vecino, en su compatriota, en su familiar, un enemigo tan necesario como aterrador, que parezca dispuesto a destruir todo lo que le importa. Sin ese monstruo construido por el sistema político partitocrático no hay conflicto, y sin conflicto no hay razón para que el individuo comulgue con la verdad inobjetable que le sumininistra “su” partido. Una verdad que todo lo transforma beatíficamente, y que solucionará todos los problemas.
La realidad es que el partido político no quiere destruir a su oponente, lo necesita vivo y coleando, bien financiado y perfectamente reconocible para convertirse en el objeto de aborrecimiento de una masa electoral alimentada con el conflicto constante. Porque el conflicto no es el fracaso del sistema demo-liberal, al contrario, es su producto más rentable, su procedimiento existencial. El conflicto político contemporáneo sostenido y amplificado por la prensa sistémica, es el mecanismo mas perfecto de somnolencia social, porque es genuino en sus emociones y funcionalmente operativo en sus efectos. Griterío constante en torno a menudencias diseñadas al efecto, supuestamente convertidas en falsas cuestiones de principios, pero que sirven para el enfrentamiento cainita entre personas, entre grupos o entre simples asociaciones de vecinos, abducidas por tales falacias.
El hecho, es que los equipos de “estrategas” de los partidos saben que el miedo al enemigo moviliza mas que cualquier propuesta concreta. Y que, por tanto, cualquier persona construye su identidad alrededor de un bando político, al mismo tiempo que pierde capacidad para evaluarlo, para exigirle cuentas, o para abandonarlo cuando miente, roba, o simplemente no dice la verdad. De esta manera, los bandos partidistas se convierten en un especie de sectas de consumo, que identifican al adepto y lo convierten en un consumidor ideológico. En realidad, los pomposamente llamados estrategas, no son mas que chuscos vendedores de crecepelo, competentes publicistas diseñando campañas de mercadotecnia política.
La consecuencia es sumamente rentable para la clase política democrática y parlamentaria, una minoría organizada que gobierna y alcanza al control presupuestario, no por mérito sino por un puro acceso estructural elaborado por sí misma, y para sí misma. Un grupo que habla en nombre de unos supuestos representados atenazados por el miedo inducido y el referido conflicto constante, un miedo y un conflicto, promovidos por el mismo sistema de partidos y en el que encuentra su sustento social.
En los platos de televisión en las tertulias radiofónicas, en las cartas al director de los periódicos, en los artículos de opinión diarios, en las redes sociales, y por supuesto en el parlamento, el conflicto político consume energía, tiempo, relaciones y salud mental, con una voracidad que ninguna otra actividad humana iguala en la vida cotidiana de las entidades contemporáneas. La sociedad invierte recursos emocionales y racionalidad aparente para decidir quién tiene razón o cual es el lado correcto de la historia. Con argumentos que superficialmente parecen construidos para llegar a algún lugar, la discusión se torna bizantina y el conflicto en espectáculo público constante.
Todo ¿para que? Para que el ruido tape el silencio con el que se toman las decisiones trascendentes y para que, en cualquier caso, el cacareo gallináceo, la supuesta indignación ciudadana, no se preocupe de la gramática profunda del sistema que mantiene tal estado de cosas. Se trata de diluir energía, de dispersarla atenuando su posible lucidez, para mantener al ciudadano preso de sus artificiales convicciones impuestas por el poder partitocrático. Por ejemplo, difícilmente he oído discusión entre izquierdas y derechas por nada relacionado con la subida salarial de los propios parlamentarios, algo que se aprueba con velocidad, unanimidad y atronadora ausencia de debate. La realidad, es que la convergencia de intereses entre los grupos políticos se manifiesta sin objeciones ni interpelaciones, cuando afecta a la necesidad de que el sistema siga funcionando para su propio beneficio.
Tras este paréntesis de auto representación parlamentaria, de fidelidad introspectiva y de silencio interesado hacia sus propios intereses como clase política, el conflicto resurge de nuevo como el motor que mueve la máquina democrática, para volver a inducir en los representados, en los ciudadanos, la identidad partidista como trampa y como su razón de ser.
Porque pronto, de nuevo, el futuro votante defiende con más energía las acciones de sus “representantes” políticos que sus propios intereses materiales, justifica lo injustificable para disculpar las arbitrariedades de su partido y siente la derrota electoral, cuando se produce, como una humillación propia. La explicación de tal servilismo mental, se encuentra en la reconfortante sensación de pertenencia a la tribu que está en posesión de la verdad. Una verdad que el propio sistema estimula y facilita para que sea lo más diversa posible, lo más inútil posible, y lo más conflictiva posible. Y una persona que no puede abandonar su pertenencia partidista sin importar lo que el partido haga, no es un individuo libre, es un votante cautivo con la ilusión de estar eligiendo libremente. Un ser humano que no puede abandonar su pertenencia partidaria sin sentir que se abandona a si mismo. Hasta tal extremo llega la perversión de las conciencias en el mundo demo-liberal.
De hecho, el acto de votar no es un acto racional, sino un proceso psíquico influido de forma determinante por ilusiones de identidad, presión social y sosiego psicológico, convertido en un simple atajo mental, antes que en cualquier análisis consciente. Las decisiones se toman reaccionando a simples señales de pertenencia, o a sensaciones de identidad amenazada que hay que proteger. Existen numerosos experimentos de psicología conductual al respecto, con imágenes de resonancia magnética cerebral, que lo demuestran. La idea sensata no se percibe como una solución posible, sino como una pura señal de amenaza, la mente no busca comprender sino proteger esa identidad construida a través del trabajo de ingeniería social de los partidos y sus supuestas “ideologías” que todo lo explican. La pertenencia al grupo todo lo justifica.
Estos resultados científicos son aterradores. Porque significan que se puede hacer que las personas nieguen las evidencias simples que tienen ante sus narices, o quizá incluso que lleguen a ver realmente el mundo de una forma diferente, sólo por la presión del grupo. Se trata de fenómeno, ya conocido en las dinámicas adolescentes y juveniles, que se hace también patente en las sociedades adultas. El efecto sería aún mayor cuando se trata de formar creencias políticas.
Ese patrón se repite elección tras elección. Promesas incumplidas se transforman en excusas. Decisiones equivocadas se interpretan como inevitables. Mentiras evidentes como simples cambios de opinión o mas hipócritamente como pura “madurez política”. De tal forma, el candidato deja de ser evaluado como gestor gubernamental y pasa a convertirse en símbolo autoidentitario, y cualquier crítica al símbolo, es comprendido y convertido, en un ataque personal. Por tanto, surge de nuevo el conflicto, siempre el conflicto.
En gran medida, se trataría de la convalidación de la famosa frase de Groucho Marx, demostrando que el inmortal humorista y su corrosivo y absurdo sentido del humor tenían más profundidad de lo que pudiera parecer: “¿A quién va a creer usted, a mi o a lo que ven sus propios ojos?”
En pocas palabras, poco importa la verdad. La mentira es disculpada, atenuada, comprendida, e incluso elogiada, si proviene de “los nuestros”.
Cualquier español del tiempo presente podrá reconocer en este proceso mental la analogía con el comportamiento de los políticos que hoy nos toca sufrir, y en especial la amnesia colectiva que contamina imparable a los aplaudidores tragasables de Sánchez Pérez-Castejón y sus “cambios de opinión”, que han batido, un difícilmente superable, record mundial al efecto.
No es de extrañar, por tanto, que sea seguido por un partido enfervorizado compuesto por hooligans fanatizados ante la contemplación de la audacia de su líder. Para ellos no existe necesidad alguna de ejercer el control reflexivo sobre la vergüenza que se cierne sobre sus propias mentes, esclavizadas por el poder omnímodo del partido y su eficaz control mental.
Pero la realidad es que Sánchez no es más que un subproducto, elaborado, refinado y estructurado en la factoría de la sociedad democrática. Cierto que él es un espécimen exclusivo, casi un prototipo experimental, de cuya existencia se podrán sacar las consecuencias que se quiera, pero que en última instancia ha sido incubado en las mismas máquinas de gestación sistémica del resto de los políticos que le acompañan en el arco parlamentario, y utiliza los mismos instrumentos de acción política que el sistema le facilita. Porque, la realidad es que estamos ante la consecuencia lógica, casi inevitable, del sistema democrático liberal, y de su organización de partidos
Y ahí está el problema. La jaula de grillos partitocrática.
Desde el momento en que » la soberania del pueblo» tiene obligatoriamente que ser regida y dirigida por los partidos politicos la nacion pasa a ser un producto propiedad de unos cuantos
Al final tuvo que…salir Sánchez …
Lo que tiene la nación es bastante ajustado a lo que se merece