La lección de moral militar del Capitán Palacios en “Embajadores en el Infierno”

“Embajadores en el Infierno” es el relato novelado de los 11 años de cautiverio del Capitán de la División Azul D. Teodoro Palacios Cueto, en los campos de concentración de Stalin. Es un libro, premio nacional de Literatura 1955, y es también una película basada en estos hechos.

Hay muchas cosas memorables de este relato, pero hay una especialmente importante que es la lección de moral militar cuando se haya perdida toda esperanza, de no dejarse vender al enemigo, ni por unas botas nuevas, ni por una manta, ni por una plato de comida, ni por nada al precio de la indignidad. Los mandos militares o de la Guardia civil que en la actualidad dan sus discursos en catalán, o los que simpatizan con el enemigo marroquí, o los enemigos interiores, el separatismo o el derrotismo, los que se venden por un cargo, o por un fajín, y no le hacen ascos a trabajar con los que destruyen España, deberían echarle un vistazo a esta lección del Capitán Palacios en Rusia.

En el cautiverio las condiciones de vida son atroces y tremendas. El frío intensísimo, el hambre, la extenuación, las enfermedades hacen mella en la moral de los soldados, y estas debilidades son utilizadas por los mandos soviéticos para que a cambio de una manta, unas botas nuevas o unos calcetines, los soldados traicionen a España.

En el libro esto está contado al final, en el último capítulo (el XXVII, titulado “Por la puerta grande”), en la película sin embargo, contiene las escenas de estos flaqueos de la tropa, que se van sucediendo en diversos momentos, y en la escena final cuando el Semiramis llega al puerto de Barcelona.

Hay un primer intento de traición, de hablar por la radio, estando todavía la guerra en curso, contando que en lugar de la cruda realidad del cautiverio soviético, hablen por la radio de que los mantienen cuidando jardines, les dan bien de comer, que se duchan con agua caliente (con lo que eso significa para unos hombres que viven permanentemente tiritando de frío), etc., para pedirles a los camaradas que todavía combaten en el frente que se rindan y se pasen a los soviets.

El Capitán “Adrados” en la película, (Capt. Palacios), corta de raíz esta posibilidad.

Nueve años después los italianos vuelven a su pais, y el mismo soldado le reprocha a su Capitán que ellos no tienen ningún privilegio por culpa de su rebeldía contra el mando soviético.

Entonces el Capitán, dolido por responsabilizarlo a él del pésimo nivel de vida, con privaciones constantes etc., que padecen por no venderse al enemigo, le hace ver a su subordinado, que si vuelven a España tienen que hacerlo “por la puerta grande”, sin nada de qué avergonzarse.

Cuando ya van a bordo del Semiramis, escuchan los mensajes de radio de sus familiares, y desde su cubierta se divisa el gentío que se agolpa en el muelle para recibirlos, y las embarcaciones que sonando las sirenas se les acercan para recibirlos, en ese instante el Capitán se dirige a su subordinado y le recuerda sus palabras.

A esto se refería con volver “por la puerta grande”, si nada de qué avergonzarse. Y el soldado se abraza a su Capitán, por no haberlo dejado traicionar todo aquello cuando arrastrado por las circunstancias del cautiverio estuvo a punto de desfallecer y traicionar.

La descripción que se hace en el libro, dentro de la descripción general de su llegada al puerto de Barcelona, es la siguiente (ya cuando el Semiramis está a punto de atracar en el puerto de Barcelona), es una de las parte del libro mejores, y merece la pena releerse;:

“Los más gritaban, gritaban, presos de un frenético entusiasmo, de un delirio colectivo, colgados como racimos del punto del barco que estuviera más próximo a tierra. Yo, en cambio, estaba como adormecido para toda manifestación exterior. Una intensa placidez me invadía; la sangre corría por mis venas acelerada, pero sin turbarme. Una grande, hermosa, balsámica serenidad me llenaba de paz y de quietud interior.

Junto a mí se detuvo un soldado, apoyándose en la baranda. Iba hablando solo, como si hubiera perdido el juicio. Lloraba de alegría, reía, se mordía las uñas. Le recordé siete años atrás. ¡Nunca un hombre, al filo de una frase, pudo hacerme más daño del que él me hizo! Fue en Jarkof, en 1947…

–Todos los prisioneros han sido repatriados, todos, salvo nosotros –me dijo–. ¡Y usted tiene la culpa!… ¡Usted, que nos ha obligado a enfrentarnos con los rusos! ¡Muchas gracias, capitán Palacios!

Fue un mazazo en el pecho el que recibí al oírle. Porque él no era de los traidores, sino de los buenos…

Muy suavemente, doliéndome cada palabra, le respondí:

–Yo no sé si moriremos todos en Rusia; puede que sí… Pero acuérdate de esto. Si algún día regresas conmigo a España, no entraremos por la ratonera. Entraremos por la puerta grande.

Ahora, al cabo de los años, el destino nos volvía a juntar. Le agarré de un brazo y tuve que elevar la voz para hacerme oír, entre el repicar de las campanas, las sirenas del puerto, los estampidos de los cohetes y los vivas ininterrumpidos de la masa enfebrecida que nos esperaba en el muelle.

–¿Te acuerdas? –le dije–. ¡Ésta es la puerta grande que te decía en Rusia!

Con los ojos arrasados por las lágrimas, se volvió a mí y me sonrió. No me dijo nada, ni hacía falta que lo dijera.

Vertiginosamente, sobre aquel fondo de apoteosis, comenzaron a desfilar dentro de mí momentos cumbres del cautiverio. La larga columna de heridos tropezando sobre la nieve, avanzando a golpes de culata hacia la cárcel infinita; el primer interrogatorio en Kolpino, cuando me negué a declarar desnudo, porque aquello atentaba contra mi dignidad; el diálogo con el general cortés, la primera celda, el cruce del Ladoga a 40 grados bajo cero. ¡Cheropoviets, con sus caníbales blancos!; Suzdal, con los italianos –los que descubrían frescos bizantinos en las paredes de su cárcel; los que morían por descubrir una flor–; el ángel sin piernas, a saltos de batracio, murmurando tras nuestras rejas la canción del legionario; mi negativa a trabajar ante los perros y las metralletas…; el encuentro en Oranque con los rojos españoles; su huelga y mi escrito a Moscú defendiéndoles…

Dicen que en los minutos que preceden a la muerte todo el pasado se derrama sobre el hombre. De mi sé decir que esto ocurre también en las muertes al revés, al renacer a la vida.

Recordé Potma, cuando me arrancaron la bandera de la manga y lancé al suelo la guerrera, diciendo: “¡Así ya no la quiero!”

Recordé Jarkof, la huelga de hambre, la conspiración para eliminarme, la muerte de Molero, el sabotaje contra el grupo artístico. Y el proceso: “No nos engañemos… Hoy estáis juzgando aquí la lealtad a la Patria, la fidelidad al jefe, el respeto a las ordenanzas…”. Y la cárcel de Catalina. Y a Sergieff, colosal. Y la voz de la invisible Tatiana. Y Ohrms; y Borovichi. Recordé a Victoriano Rodríguez escalando de noche la celda de Castillo para darle de comer; y a Castillo al noveno día de su huelga. Y mi robo de la correspondencia. Y las cartas a Vichinsky… Y el episodio numantino de la huelga en el campo vecino… Y Rewda, donde los soldados me pusieron en libertad; y Cherbacof, con la muerte rondándome la plaza…

Y a medida que los recuerdos se agolpan en mí, una paz infinita, una morbosa serenidad, una quieta satisfacción me envolvía… y me arropaba, traspasándome en pura, ingenua, total felicidad…

¡Qué estremecedoramente hermosa fue la puerta grande de Barcelona! ¡Qué tremendo recibimiento el de esta nobilísima ciudad! Todavía no habíamos doblado, como hincamos más tarde, la rodilla ante la Virgen de la Merced, Patrona de los cautivos, sobre las mismas losas en que se arrodilló Cervantes al ser liberado de sus cadenas. Todavía no habíamos recorrido las calles, como haríamos minutos después, viendo a las madres con sus pequeños en brazos metiéndolos por las ventanillas del coche para que nos tocaran…

Todavía, la multitud dislocada, sin más orden ni concierto que el que le incitaba la propia pasión del encuentro, no se movía en peligrosas oleadas ante la escalerilla por donde descenderían los primeros repatriados; ni la cadena que los Guardias de Seguridad intentaron establecer a la muchedumbre había sido desbordada. Ni mis compañeros de viaje habían caído todavía en aquel mar de efusión donde serían arrastrados en volandas por los suyos hasta donde hubiera espacio suficiente para abrazarse y darse a conocer. Allí estaban la novia de los once años de espera y la madre anciana, y la hija crecida y hecha mujer en ausencia del padre, y los hermanos orgullosos y las mujeres que vistieron, sin serlo, tocas de viuda. Los soldados repatriados caerían bien pronto en sus brazos, queriendo recuperar las caricias perdidas, revivir los momentos no vividos…

El barco estaba a punto de atracar. Aún no había visto yo, entre la multitud, emerger un cartel con mi nombre y el de mi tierra. Minutos después lo vería oscilar sobre las cabezas de los más próximos, enarbolado por mis hermanos, aquellos junto a los que recibí, en Potes, mi primer bautismo de fuego…

Todo esto: el abrazo entrañable, estrecho, apretado, con los hombres de mi sangre; el recuerdo al padre fallecido en mi ausencia; la respuesta a mi pregunta: “¿Vive María Paz?”, por la que hoy es –en la paz– mi legal y cristiana compañera; todo esto no había sido aún vivido por mí; pero estaba ya en mí, hecho anticipado presente, en ese momento patético en que el Semíramis, atraído por las estachas, chocó suavemente contra el muelle de la patria.”


10 respuestas a «La lección de moral militar del Capitán Palacios en “Embajadores en el Infierno”»

  1. Pero ojo, que los Ejércitos fueron también en su momento tacaños y rastreros, con la División y los divisionarios, con pocas excepciones como Díaz de Villegas y E. Esteban-Infantes y alguno más.

  2. Fundamental leer este libro.
    El Capitán Teodoro Palacios demostró una dignidad impresionante en un cautiverio infinito e infernal que no soportarían muchos de los militares que ahora adornan las guerreras con mil y una chapitas.

  3. Si me permite una aclaración, el titulo de este libro es Embajador en el Infierno y su autor Torcuato Luca de Tena.
    El libro no es una novela sino todo cuanto le describió personalmente el Capitán Palacios a Torcuato Luca de Tena durante los once años que estuvo cautivo en Rusia.

    1. EMBAJADOR EN EL INFIERNO,
      que ese es el título correcto, ss un libro que adquirí y leí hace ya muchos años, y creo presté a algún desaprensivo, que luego no lo devolvió.
      Creo estaba publicado por EDITORIAL PLANETA, y te conmovía las entrañas, de ver el coraje del entonces Capitán Palacios, que posteriormente recibió la Cruz Laureada de San Fernando, previo expediente contradictorio instruido al respecto, la más alta condecoración de nuestros Ejércitos.

  4. El más alto ejemplo de dignidad humana que hayan visto los europeos, desde el primero de abril de 1939 hasta el presente, concluyendo con el regreso al infausto mes de abril del año 711… Efeméride pronto rediviva, al parecer, hacia la que España se encamina actualmente. ¡Vivir para ver!

  5. La novia del capitan Palacios se casó con otra persona y enviudó antes de su llegada.
    Lo verdaderamente increible es que tuvieran que pasar 14 años para que se le impusiera la Laureada de San Fernando cuando poco tiempo después de la repatriación a España se conoció el comportamiento heróico de D. Teodoro Palacios.
    De comandante estuvo destinado en la primera zona de la IPS , campamento del Robledo.
    Yo tuve el honor de conocer a un alférez cautivo y repatriado cuyo nombre no recuerdo, que pasó un verano de descanso en el campamento de La Forestal en Rota, unidad especial de artillería de costa de la IPS.

  6. La maquinaria más poderosa de represión, con infinitas formas de coacción y tortura de todo tipo, no pudo con la fe en los ideales de tantos de ellos; casi todos; como no pudo contra tantos españoles anónimos en las checas, por no remontarnos al moro y al romano. Cabezotas, lo que se tercie cuando se lleva la razón y se tiene la convicción de llevarla.

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