La ley de Dios

La ley de Dios no es otra cosa que la razón, la inteligencia y la voluntad de Dios; porque de la ley eterna, que está en Dios, se deriva toda nuestra ley, así como la luz viene del sol. Por esta razón el que se conforma con la ley, está también conforme con la razón y la voluntad de Dios. El hombre santo dice la Sagrada Escritura se entrega confiadamente a la ley de Dios; y la ley le es fiel[1].

La ley de Dios está fundada sobre la ciencia, la sabiduría y la veracidad infinitas, no puede inducir a error. Soy, ha dicho Jesucristo, el camino, la verdad y la vida; el que me sirva (es decir, el que observa mi ley) no anda en las tinieblas, sino que tendrá la luz  de la vida. Dios no puede engañarse, ni engañarnos. Desde le momento en que la ley de Dios nos impone una obligación, no debemos abrigar ningún género de duda.

La ley de la naturaleza es eterna, la ley de Moisés obligó hasta la promulgación de la ley nueva. Esta ley es verdaderamente el libro de los mandamientos divino, ley que ha sido dictada para toda la eternidad. He aquí los Mandamientos, siempre actuales, que no pueden relegarse  de nuestra vida ni de la de la sociedad; son la luz que nos ilumina para conocer por donde caminar hacia la salvación de nuestra alma, o hacia la condenación. Son también la luz que ilumina el orden en la sociedad, su verdadera libertad y justicia.

Dice el libro del Eclesiastés (12, 13): “Temed  a Dios, y observad sus mandamientos, pues a esto está reducido todo el hombre”. Y el de los Proverbios (3, 1): “Hijo mío no olvides mis enseñanzas, y guarde tu corazón mis preceptos”. Hemo de observar la ley de Dios hasta en las cosas más nimias; porque el que desprecia los preceptos de poca importancia, se hará bien pronto culpable (Eccli. 19,1).

Toda nuestra fe consiste en observa fidelísimamente la ley de Dios, sus Mandamientos. Ya que el que guarda los mandamientos de Dios, vive en Dios y Dios en él (1Jn. 3,24). Sí, podemos estar seguros de conocer a Jesucristo si observamos sus mandamientos.

El que guarda la ley, es un hijo lleno de sabiduría (Prov. 28,7). Si somos fieles a Dios, Dios también lo será, pues existe entre Dios y el hombre un pacto con el cual se prometen recíprocamente, el hombre obedecer a Dios y observa su ley, y Dios recompensar al hombre concediéndole su protección, la gracia y la gloria. Es lo mismo que dice Jesucristo, que es la Sabiduría del Padre: Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y a él iremos y en él estableceremos nuestra morada (Jn. 14,23). Los Mandamientos llevan, pues, a la vida, a la vida del alma, vida de la gracia en la tierra y vida de gloria en el Cielo. Así pues, el que entre en la gloria de los Santos, jamás verá la muerte eterna; cifra sus tesoros en los preceptos del Altísimo, esto será más útil que el oro, dice el libro del Eclesiástico (29,14).

Cualquiera que, habiendo observado la ley, la quebranta tan solo en un punto, la quebranta por entero, dice al apóstol Santiago: 1º. porque pierde sus méritos; 2º. porque hiere todas las virtudes; 3º. porque se hace reo de la pena de la perdida de la gracia, de la caridad y de la gloria, como si hubiese violado todos los preceptos; 4. porque toda la ley obliga, y debe ser observada; 5º. porque el que viola un solo punto d la ley, desprecia al Legislador y 6º. porque los divinos preceptos forman un solo, que es el Decálogo. Dice, a su vez, san Agustín que tan culpable es el que viola la ley en un solo punto como el que la viola toda, porque obra contra la caridad, en que la ley descansa.

El hombre que opone resistencia a la ley de Dios, es enemigo de sí mismo, no encontrará la paz, porque no la tiene ni la tendrá; es la tragedia personal constante; es la tragedia de la sociedad que habla de paz y no la encuentra; habla de diálogo y no entiende lo que es, porque le diálogo no es buscar “consensos”, “puntos intermedios”, sino reconocer la fuente de la paz y de la verdad: la ley de Dios. Dialogamos para que el ciego reconozca la fuente de la luz, que conoce el que ve. Sin la ley de Dios el hombre se hace esclavo de sus sentidos, y la sociedad presa la tiranía diabólica de los sin Dios.

Ave María Purísima.

[1] Eclesiástico 23, 3.

Una respuesta a «La ley de Dios»

  1. «¿(Por qué) me preguntas sobre lo bueno? Uno es el bueno. Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra al padre y a la madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo.
    Su quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y da a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Ven y sígueme.»

    En resumen, dos posibilidades:
    Si quieres entrar en la Vida… los mandatos.
    Si (además) buscas la perfección… la cruz.

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