La ley del silencio

La pandemia de covid-19 es uno de los eventos más manipulados de la historia, caracterizado por mentiras oficiales vertidas en un flujo interminable por las burocracias gubernamentales, las asociaciones médicas, los medios de comunicación y los organismos internacionales»[1].Esta descripción, realizada por un médico, el neurocirujano norteamericano Dr. Blaylock , se ajusta a lo que van a descubrir en este artículo.

Veremos cómo la peligrosidad del covid se exageró de forma grotesca para crear una histeria colectiva que dirigiera a la población hacia una vacunación masiva, para lucro desmedido de las grandes farmacéuticas. También veremos cómo estas vacunas desarrolladas a toda prisa y poco testadas se han mostrado ineficaces y causado un nivel de efectos secundarios adversos sin precedentes, hechos científicamente documentados pero que el contubernio político-mediático-farmacéutico intenta ocultar bajo un manto de silencio. Los políticos que nos encerraron y jugaron a dictadores, los medios encargados de mantener a la población en un constante estado de terror y la codiciosa industria farmacéutica, siempre proclive a medicar a los sanos (mucho más numerosos que los enfermos), no quieren que se sepa la verdad.

Así, la incalificable campaña de terror mediática, un verdadero acto de terrorismo (“dominación por el terror”) que ha hecho enfermar mentalmente a parte de la población, logró un doble objetivo: creó un ambiente histérico que abonó el experimento totalitario de fascismo sanitario que hemos sufrido y preparó a la población para que anhelara inyectarse chapuceras “vacunas” y terapias genéticas en gran medida experimentales. ¿Cuál ha sido el resultado? El virus continúa circulando (como no podía ser de otra manera), pero Pfizer ha multiplicado por dos su cifra de ventas en un solo año gracias a su “vacuna” contra el covid y Moderna ha pasado de una cifra de ventas de 800 millones de dólares y abultadas pérdidas a unos ingresos de 18.000 millones y beneficios de 12.000 millones.

Requisitos de las vacunas

Las vacunas han sido un gran descubrimiento de la Medicina[2], pero, en cumplimiento del Principio de Pareto, muy pocas pueden considerarse extremadamente exitosas. En efecto, el enorme éxito de la vacuna contra la viruela (la original) o contra la poliomielitis, ambas con merecida fama, no ha sido fácilmente replicado y, de hecho, antibióticos como la penicilina o productos como el DDT (que contribuyó a erradicar la malaria en gran parte del planeta) han salvado, en orden de magnitud, muchas más vidas que las vacunas.

Aunque para la mayoría de vacunas de uso común los beneficios superan con creces los riesgos, la mayor parte de las que todos nos hemos puesto a lo largo de nuestra vida o hemos puesto a nuestros hijos previenen enfermedades de escasísima letalidad o con riesgos ínfimos de desarrollar síntomas o secuelas graves. Otras simplemente evitan la inquietud de pasar una enfermedad pesada, más que otra cosa, pero no reducen la mortalidad de forma significativa. De hecho, tras más de 200 años de investigación científica, sólo existe una docena de vacunas aprobadas basadas en virus vivos pero atenuados, la mayoría cubriendo enfermedades de relativamente escasa letalidad[3].

Por lo tanto, no es nada fácil desarrollar vacunas, a las que siempre se le exige tres requisitos: necesidad, eficacia y seguridad. ¿Cumplen las “vacunas” covid con estos requisitos? Como veremos a lo largo de este artículo, la respuesta es claramente negativa. No obstante, el fracaso de unas “vacunas” fanáticamente promovidas por los poderes públicos y los medios de comunicación está siendo silenciado por sus promotores por razones obvias, pues probablemente nos encontremos ante el mayor escándalo de salud pública de la historia.

El covid, ¿una enfermedad leve?

Antes de proseguir, conviene aclarar que por simplicidad llamaremos indistintamente a las inoculaciones ARNm contra el covid “vacunas” o terapias genéticas, siendo ésta última una denominación más precisa, como queda claro en la literatura médica o en la propia documentación remitida por Moderna a la SEC en 2020 (“actualmente, ARNm es considerado terapia genética por la FDA[4]”). El motivo obvio por el que se denominaron “vacunas” fue para lograr la aceptación del público, como reconoció un alto cargo del sector farmacéutico: “Las vacunas ARNm son un ejemplo de terapia genética, y si hubiéramos preguntado al público hace dos años si estaba dispuesto a que se le inyectara en su cuerpo una terapia genética, probablemente el porcentaje de rechazo habría alcanzado el 95%[5]”. El maquillaje llegó al extremo de que el propio CDC modificó sobre la marcha en 2021 su definición de “vacuna” y “vacunación” para incluir las inoculaciones de ARNm[6].

Para ser necesaria, una vacuna debe impedir una enfermedad potencialmente grave para la población objetivo en su clínica o en sus secuelas (por eso contra la gripe sólo se vacuna a los mayores). Dado que desde un principio el covid sólo fue peligroso para un segmento de la población de riesgo muy acotado por edad, por cuatro patologías concomitantes (obesidad, hipertensión, diabetes y cardiopatías) y curiosamente por sexo (las mujeres adultas tenían la mitad de riesgo que los hombres), esto habría reducido la campaña de vacunación, como en el caso de la gripe, a la población de riesgo, fundamentalmente mayores de 60 y personas con comorbilidades. Por lo tanto, para la inmensa mayoría de la población el requisito de necesidad nunca se cumplió, pues para ellos el covid siempre fue una enfermedad estadísticamente leve. Los niños, adolescentes, jóvenes y adultos sanos menores de cierta edad nunca tuvieron de qué preocuparse.

Sin embargo, con su campaña de terror, el contubernio político-mediático-farmacéutico logró convencer a la población que el covid era peligrosísimo para todos. No era cierto. En España los datos oficiales del Ministerio de Sanidad mostraban que, incluso en lo peor de 2020, si bien la letalidad o mortalidad del covid (IFR) era del 4% en mayores de 70 años (sobrevivían 96 de cada 100 contagiados), caía hasta el 0,3% en personas de entre 50 y 70 (sobrevivían 997 de cada 1.000) y era muy cercana a cero en personas sanas menores de 50[7]. En efecto, dado que dos tercios de los hospitalizados por covid tenían al menos una patología concomitante, en las personas sanas la letalidad era muy inferior a estos porcentajes.

En otros países los datos eran similares: más del 90% de los mayores de 80 años que contraía covid sobrevivía, así como el 99% de los de 65-70 años, el 99,9% de los de 45-50 años y el 99,99% de los de 30-35 años[8]. En los menores de 18 años que contraían covid sobrevivía el 99,995% y prácticamente el 100% en aquellos sin patologías previas. Para que se hagan una idea, del total de muertes por todas las causas en esta franja de edad en el primer año de epidemia (los menores también mueren), menos del 1% murieron por covid[9], o sea, que el 99% de menores que murió en el 2020 lo hizo por accidentes o por otras enfermedades de las que los medios nada dicen. Repito que estos datos corresponden a los inicios del covid, cuando era más grave.

Tras la reducción paulatina de la letalidad[10] y, sobre todo, tras ómicron, que tiene una letalidad hasta un 80% inferior a la de las primeras cepas del virus[11] y es menos grave que la gripe[12] (cursando mayoritariamente de forma paucisintomática), hoy en día pueden dividir las cifras de letalidad anteriormente citadas entre 5 y quedarse cortos. Podría decirse incluso que ómicron ha inmunizado a la población de forma mucho más eficaz (para todos) y más segura (para algunos) que las “vacunas” o terapias genéticas.

El gran engaño

Estos datos de letalidad sorprenderán a quienes se hayan nutrido de las historias de terror de los medios pero no a cualquier epidemiólogo, inmunólogo o estadístico que haya seguido los datos. De hecho, John Ioannidis, conocido epidemiólogo de la Universidad de Stanford, ya tranquilizaba en mayo de 2020 sobre la levedad del covid para la inmensa mayoría de la población[13], pero los medios ocultaron sistemáticamente esta información crucial. Antes bien al contrario, crearon y cronificaron un alarmismo enfermizo.

Pero aún hay más. Estos porcentajes de letalidad proceden de dividir el número de fallecidos entre el número de personas contagiadas según los estudios de seroprevalencia, por lo que la mortalidad real sería aún inferior a la mostrada. ¿Por qué? Primero, porque los datos de fallecidos no distinguían entre los que morían por covid y los que morían con covid pero de otras patologías concomitantes (o de un accidente de tráfico). Segundo, porque los estudios de seroprevalencia sólo detectaban anticuerpos IgG ignorando tanto la inmunidad celular como los anticuerpos IgA (mayoritarios en las mucosas), por lo que infravaloraban el número de personas que había pasado la enfermedad. Por lo tanto, el numerador real de la ratio era inferior y el denominador, superior.

Con estos números en la mano, no cabe ninguna duda de que el hecho de que el contubernio político-mediático-farmacéutico publicitara con un bombardeo diario los casos más alarmistas y callara la evidencia científica sobre la levedad estadística del covid para la inmensa mayoría de la población fue un engaño deliberado. ¿Con qué objeto? ¿Para que la población aceptara sin rechistar dictatoriales restricciones a su libertad y, sobre todo, para que consintiera (incluso deseara) un programa de vacunación indiscriminado con vacunas y terapias genéticas poco testadas, para desorbitado lucro de las grandes farmacéuticas?

“No existen enfermedades sino enfermos”, reza una conocida máxima médica. En todo medicamento los beneficios para cada paciente en particular deben contrastarse con los potenciales riesgos para ese paciente en particular. Si con el covid el riesgo para un joven era 1.000 veces inferior que para un anciano, ¿cómo justificar que se vacunara a ambos indistintamente? ¿Cómo podía afirmarse de forma genérica que los beneficios de estas “vacunas” compensaban los riesgos? Para unos, quizá sí; para otros, claramente no.

La conclusión es clara: nunca fue necesario vacunar contra el covid a las personas sanas menores de 50 o 55 (por pecar de prudentes), ni desde luego a los que ya habían pasado la enfermedad (que estaban protegidos por la superior inmunización natural), ni, sobre todo, a adolescentes y niños, una absoluta inmoralidad por la que se les sometió a un riesgo para su salud sin beneficio médico digno de mención. Lamentablemente, el fanatismo vacunal reflejó una sociedad moralmente enferma que pone en riesgo a niños para tranquilizar a adultos histéricos.

Como hemos visto, el requisito de necesidad sólo se cumplía para un segmento minoritario de la población y en ningún caso justificaba un programa de vacunación masivo e indiscriminado para el que se utilizó además el arma de la presión social mediante la vergonzosa estigmatización y discriminación de los no vacunados, una supersticiosa caza de brujas propia del Medievo. Pero ¿qué hay de los otros dos requisitos exigidos a toda vacuna? ¿Han sido estas “vacunas” eficaces para evitar la enfermedad o han resultado una tomadura de pelo? ¿Han sido seguras o más bien peligrosas? Pueden imaginarse la respuesta, que desarrollaremos en la segunda parte de este artículo.

Una eficacia de chiste

Pero además de necesaria, una vacuna debe ser eficaz. En el caso de estas “vacunas”, aunque los ensayos clínicos iniciales mostraron una elevada eficacia (sólo a dos meses vista) pronto se vio que, una vez más, los ensayos dirigidos por las propias farmacéuticas deben ser tomados con cautela, pues el incentivo económico para ellas es enorme y el conflicto de interés de las agencias reguladoras, con sus puertas giratorias, también lo es. Ya en enero de 2021 el British Medical Journal, una de las publicaciones médicas más prestigiosas del mundo, encontró datos en el informe del regulador sobre la vacuna Pfizer, no mostrados en la publicación de resultados clínicos, que planteaban serios interrogantes sobre la eficacia inicial real de la vacuna[1].

Posteriormente, diversos estudios pusieron de manifiesto una rápida reducción de la eficacia en cuestión de pocas semanas y con la aparición de nuevas variantes, como la delta[2]. ¿Vacunas cuya eficacia sólo dura unas pocas semanas y que no impiden ni el contagio ni la transmisión? ¿Vacunas que en pocos meses requieren cuatro dosis poniendo potencialmente en riesgo nuestro sistema inmunológico, como advierte la EMA[3]? ¿Alguna vez habían contraído ustedes la enfermedad contra la que se habían vacunado, como les ha pasado con el covid? ¿Alguna vez habían tenido que revacunarse cuatro veces en pocos meses porque la vacuna perdía su efecto en pocas semanas? Yo, no.

Las “vacunas” covid nunca fueron esterilizantes y, por tanto, nunca impidieron transmitir la enfermedad, y pronto se hizo evidente que tampoco evitaban el contagio. A pesar de ello, y con perfecto conocimiento de la falsedad del argumento, los yonquis del poder impusieron un “pasaporte covid” que restringía la libertad de los no vacunados so pretexto de que los vacunados estaban automáticamente libres de la enfermedad. A la vez, demonizaron a los que no deseaban vacunarse haciendo creer a la población que su salud dependía de que el vecino estuviera vacunado. Mágicamente, y por primera vez en la historia, la vacuna sólo protegía a quien se la ponía si también se la ponía todo el mundo.

Quienes orquestaban esta maniobra sabían perfectamente que esto era un engaño, pero continuaron igualmente, pues el motivo no era sanitario, sino de poder y dinero. Lo peor es que esta pantomima basada en burdas patrañas contó con el apoyo de nuestro Tribunal Supremo en una sentencia tan contradictoria y absurda que su lectura sigue causando rubor[4].

El propio CEO de Pfizer admitía en enero del 2022 que las dos dosis (ya saben, las que iban a propiciar la inmunidad de rebaño, acabar con la epidemia y devolvemos la normalidad, etc.) ofrecían una protección “muy limitada, si es que proporciona alguna” contra ómicron, mientras que las tres dosis, según él, sólo ofrecían una protección “razonable” contra la hospitalización y muerte y “menos que eso” contra el contagio[5]. A pesar de ello, la UE, fiel a su deriva totalitaria, ha extendido recientemente el pasaporte covid un año más. ¿Por qué? El oscuro motivo, desde luego, no es sanitario, porque, repito, las vacunas covid no impiden ni el contagio ni la transmisión, como es patente. ¿Cuál es el motivo, entonces, sino intentar perpetuar un instrumento orwelliano de control de la población?

Distintos estudios han mostrado una realidad aún peor, pues la eficacia para prevenir el contagio ha llegado a ser negativa (se contagian más los vacunados) y la eficacia para prevenir la muerte ha caído estrepitosamente y ahora podría ser cero, según sugieren los datos de Reino Unido[6]. En España, según datos oficiales de Sanidad, el 90% de los contagiados y el 84% de los muertos por covid en el primer trimestre del 2022 eran personas perfectamente vacunadas[7]. Dado que la tasa de vacunación media en el período era del 82%, estos datos sugerirían que la eficacia para prevenir el contagio y la muerte ha pasado a ser cero o incluso negativa, a pesar de que las opacas tasas semanales publicadas lo contradigan. En marzo, Sanidad dejó de dar estos datos en sus actualizaciones. ¿Por qué?

Naturalmente, a pesar de que los propios datos oficiales lo desmintieran, los medios repetían como un mantra la mentira de que prácticamente sólo morían por covid los no vacunados, lo que me lleva a preguntarme qué porcentaje de periodistas están hoy interesados en la verdad (también cabe preguntarse qué porcentaje de periodistas sabe siquiera lo que es un porcentaje).

Los datos oficiales más recientes de Holanda y Canadá también sugieren que la eficacia de las vacunas contra la gravedad y muerte por covid cae a cero en pocos meses y luego se vuelve negativa[8], lo que significaría que los vacunados con dos dosis tendrían más riesgo de ser hospitalizados y morir por covid que los no vacunados. De confirmarse estos indicios, ¿qué estaría pasando? ¿Dañan estas vacunas nuestro sistema inmunológico?

Importantes efectos adversos

A lo largo del 2021 los servicios de farmacovigilancia de muchos países comenzaron a poner de manifiesto que las “vacunas” y terapias genéticas covid estaban teniendo un nivel de efectos adversos sin precedentes. De modo más preocupante, el número de muertes tras vacunarse se multiplicó frente a vacunas anteriores. En otras palabras, nunca se habían registrado tantos efectos adversos, tantos efectos graves y tantas muertes tras una vacuna.

Hoy en día están debidamente documentados multitud de efectos adversos. A la muerte súbita de personas sanas, desde jóvenes de 22 años muertos una semana después de vacunarse y con autopsia e informe forense declarando que la causa fue la vacuna[9], hay que sumar graves efectos isquémicos y cardiovasculares, como ictus[10], trombosis y trombocitopenia, embolia pulmonar[11], miocarditis y pericarditis, fibrilación atrial, angina de pecho, palpitaciones, taquicardias y arritmias[12]. Las miocarditis o inflamación del corazón en menores de 40 implica que se les ha causado un daño de modo gratuito, dada la levedad del covid para ese rango de edad, daño particularmente inmoral en el caso de los adolescentes, a los que la vacuna ARNm les habría multiplicado el riesgo de miocarditis hasta 133 veces más de lo normal[13]. Recuerden que estas miocarditis son afecciones potencialmente graves y “de pronóstico incierto a medio plazo”, según el JCVI británico[14].

También ha habido graves efectos adversos oculares[15], dermatológicos, inmunitarios y neurológicos[16], como trombosis del seno venoso cerebral[17], parálisis facial de Bell[18], mielitis transversa aguda[19] y herpes simple y zoster[20]. Otros efectos de las vacunas han sido extraños desórdenes menstruales[21] y una reducción de fertilidad masculina[22] correlacionada (aunque correlación no implique necesariamente causalidad) con la estadísticamente significativa reducción de nacimientos en el primer trimestre de 2022 acontecida en distintos países.

Algunos estudios han ido más lejos al subrayar el daño a nuestro sistema inmunitario producido por estas inoculaciones: “Las vacunas de ARNm promueven la síntesis sostenida de la proteína pico del SARS-CoV-2, que es neurotóxica y perjudica los mecanismos de reparación del ADN, y la supresión de las respuestas de interferón de tipo I da lugar a un deterioro de la inmunidad innata”, concluyendo que “las vacunas de ARNm causan potencialmente un mayor riesgo de enfermedades infecciosas y cáncer[23]”.

Increíblemente, aunque muchos de estos efectos adversos fueran ya conocidos, había “expertos” que continuaban afirmando en los medios que el único efecto secundario esperable era un enrojecimiento del brazo por el pinchazo, un ejemplo de la ignorancia supina con que algunos han abusado de la autoridad de la bata blanca, en el mejor de los casos, o del poder de los tentáculos de la industria farmacéutica, en el peor.

Por último, dos recientes estudios dibujan un cuadro enormemente preocupante. El primero de ellos, publicado como pre-print en The Lancet, concluye que la mortalidad por todas las causas de los vacunados con ARNm es superior a la de los no vacunados[24], es decir, que las vacunas ARNm no sólo no reducen la mortalidad, sino que la aumentan ligeramente. De modo revelador, su autora principal, una médico danesa, reconocía que “llevo en esto muchos años y sé que hay poderes por ahí que no están interesados en profundizar realmente en estos hallazgos[25]”.

El segundo estudio realizado para analizar los efectos adversos de las vacunas ARNm, del que se ha hecho eco el conocido epidemiólogo Martin Kulldorff[26], ha sido liderado por el editor del British Medical Journal, Peter Doshi[27]. En él se concluye que el riesgo de ser hospitalizado por efectos adversos serios por las “vacunas” covid es superior al supuesto beneficio de reducción de la probabilidad de ser hospitalizado por covid, o sea, que las vacunas ARNm causan más efectos adversos graves de los que previenen.

Mencionaba anteriormente los servicios de farmacovigilancia. En EEUU este servicio es el VAERS, base de datos oficial cogestionada por el CDC y la FDA, que mostraba ya en 2021 que habían muerto tras vacunarse contra el covid en un solo año más personas que la suma de muertos tras vacunarse por todo tipo de vacunas en los últimos 30 años:

Si este aumento no es estadísticamente significativo, ¿qué lo es? En los seis primeros meses de 2022, con las dosis “de refuerzo” (de refuerzo de la tesis oficial, se entiende) la tendencia ha continuado.

El mayor escándalo de salud pública de la historia

En paralelo a los alarmantes datos de farmacovigilancia llevamos muchos meses observando en muchos países (España incluida) un exceso de mortalidad estadísticamente significativo[28], particularmente entre los mayores triplemente vacunados. La mayoría no corresponde a covid (en Inglaterra, el 85% del exceso de muertes en los últimos meses son por causas ajenas al covid[29]). Esto es tanto más grave cuanto que tras el exceso de mortalidad causada por la epidemia hoy debería haber menos muertos de lo normal, pues las personas que fallecieron por covid lo hicieron prematuramente.

Sin embargo, está ocurriendo justo lo contrario. ¿De qué están muriendo estas personas? Dado que la mayor parte de los excesos de mortalidad se deben a “enfermedades cardiovasculares[30]”, que el principal efecto adverso de las vacunas covid es de naturaleza cardiovascular y que hay estudios sobre correlación entre vacunación y mortalidad subsiguiente, todos los indicios apuntan a una relación. ¿Por qué no se está investigando?

El programa de vacunación indiscriminado contra el covid ha sido el fruto de una agresiva campaña basada en la mentira. Primero los medios aterrorizaron a la población con un bombardeo diario de historias de terror. Luego, los prometedores tratamientos tempranos para evitar la hospitalización de quienes enfermaban fueron sistemáticamente boicoteados. Dado que de existir un tratamiento eficaz las “vacunas” no podían recibir autorización de emergencia, es inevitable sospechar una relación causa-efecto. Recuerden lo inaudito que es que mucho tiempo después del inicio de la pandemia no hubiera protocolos internacionales de mejores prácticas. Por último, la inmunización natural fue groseramente ninguneada por primera vez en la historia haciendo creer a la población que sólo las vacunas (y no nuestro maravilloso sistema inmunológico tras pasar la enfermedad) podían protegerles.

Las principales respuestas político-sanitarias a la epidemia han resultado un fraude. Los ilegales confinamientos arruinaron la salud y la economía de miles de personas sin beneficio epidemiológico alguno. La farsa de las mascarillas sólo ha logrado enriquecer a comisionistas y cronificar el miedo. También ha facilitado la vasta proliferación de bacterias y hongos cerca de nuestras vías respiratorias (incluyendo estafilococos y microsporum) hasta el extremo de que un grupo de médicos japoneses ha publicado un estudio en Nature pidiendo que las personas inmunodeprimidas eviten el uso repetido de mascarillas[31], justo lo contrario de lo que recomiendan nuestras inanes autoridades sanitarias.

Pero lo más relevante es que nunca debió existir un programa de vacunación universal e indiscriminado, y menos con unas “vacunas” y terapias genéticas producidas a toda prisa y en gran medida experimentales que han resultado rápidamente inútiles, que han causado en parte de la población más efectos perniciosos que beneficiosos y que, según todos los indicios, están causando miles de muertes. Y quién sabe si son las propias vacunas las que han alimentado la aparición de nuevas variantes, como afirma el virólogo Geert Vanden Bossche en carta abierta a la OMS[32].

Los datos de VAERS sugieren que los médicos y los servicios de emergencia están siendo testigos de un extraño aumento de muertes súbitas, ictus, cardiopatías, embolias pulmonares, trombosis y una variedad de raras afecciones de todo tipo, pero, a pesar de la abundante evidencia científica, se sigue negando categóricamente (¿fanáticamente?) que la causa sean las “vacunas” incluso achacando al propio covid muchas de estas dolencias, aun meses después, con escasa base científica.

Naturalmente, no ayuda que muchos médicos, obedientes a “las autoridades”, recomendaran con ligereza estas “vacunas” a sus pacientes y conocidos independientemente de su estado de salud, edad o de haber pasado o no el covid (eso sí, sin firmar un solo papel).

Este programa de revacunación debe detenerse ya. Así lo piden médicos en publicaciones como el Virology Journal, argumentando que el hecho de estar vacunado contra el covid “supone un factor de riesgo importante de infecciones en pacientes críticos[33]”. A pesar de todo, el contubernio político-mediático-farmacéutico intenta imponer su ley del silencio sobre el que probablemente sea el mayor escándalo de salud pública de todos los tiempos. En honor a la verdad no podemos permitirlo.

[1] Peter Doshi: Pfizer and Moderna’s “95% effective” vaccines—we need more details and the raw data – The BMJ
[2] Comparison of two highly-effective mRNA vaccines for COVID-19 during periods of Alpha and Delta variant prevalence | medRxiv
[3] Repeat Covid Booster Shots Spur Warning on Immune Response, EU Regulators Warn – Bloomberg
[4] Tribunal Supremo y pasaporte covid – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[5] Pfizer CEO Albert Bourla on vaccine efficacy – YouTube
[6] Covid Vaccines Give Zero Protection Against Death, ONS Data Suggest – The Daily Sceptic
[7] Actualizacion_585_COVID-19.pdf (sanidad.gob.es)
[8] Vaccine Effectiveness Turns Negative Against Serious Disease and Death, Data From the Netherlands and Canada Show – The Daily Sceptic
[9] Myocarditis-induced Sudden Death after BNT162b2 mRNA COVID-19 Vaccination in Korea: Case Report Focusing on Histopathological Findings – PubMed (nih.gov)
[10] Ischaemic stroke can follow COVID-19 vaccination but is much more common with COVID-19 infection itself | Journal of Neurology, Neurosurgery & Psychiatry (bmj.com)
[11] Vaccine-induced massive pulmonary embolism and thrombocytopenia following a single dose of Janssen Ad26.COV2.S vaccination – PubMed (nih.gov)
[12] Risks of myocarditis, pericarditis, and cardiac arrhythmias associated with COVID-19 vaccination or SARS-CoV-2 infection | Nature Medicine
[13] Myocarditis Cases Reported After mRNA-Based COVID-19 Vaccination in the US From December 2020 to August 2021 | Vaccination | JAMA | JAMA Network
[14] JCVI statement on COVID-19 vaccination of children aged 12 to 15 years: 3 September 2021 – GOV.UK (www.gov.uk)
[15] Ocular inflammatory events following COVID-19 vaccination: a multinational case series | Journal of Ophthalmic Inflammation and Infection | Full Text (springeropen.com)
[16] Spectrum of neurological complications following COVID-19 vaccination – PubMed (nih.gov)
[17] AstraZeneca’s COVID-19 vaccine: EMA finds possible link to very rare cases of unusual blood clots with low blood platelets | European Medicines Agency (europa.eu)
[18] Reported orofacial adverse effects of COVID‐19 vaccines: The knowns and the unknowns – PMC (nih.gov)
[19] Acute Transverse Myelitis Following COVID-19 Vaccination – PMC (nih.gov)
[20] COVID-19 vaccines and herpes infection | Medicina Clínica (English Edition) (elsevier.es) y Covid-19 vaccination and possible link to Herpes zoster – ScienceDirect
[21] Menstrual changes after covid-19 vaccination | The BMJ
[22] Covid‐19 vaccination BNT162b2 temporarily impairs semen concentration and total motile count among semen donors – Gat – – Andrology – Wiley Online Library
[23] Innate immune suppression by SARS-CoV-2 mRNA vaccinations: The role of G-quadruplexes, exosomes, and MicroRNAs – ScienceDirect
[24] Randomised Clinical Trials of COVID-19 Vaccines: Do Adenovirus-Vector Vaccines Have Beneficial Non-Specific Effects? by Christine Stabell Benn, Frederik Schaltz-Buchholzer, Sebastian Nielsen, Mihai G. Netea, Peter Aaby :: SSRN
[25] Lancet Vaccine Study Author Says Her Data Show «Danger Signal» of Vaccine Heart Deaths – But the «Powers» Don’t Want to Know – The Daily Sceptic
[26] ¿Son seguras las vacunas de ARNm de Covid? ⋆ Instituto Brownstone
[27] Serious Adverse Events of Special Interest Following mRNA Vaccination in Randomized Trials by Joseph Fraiman, Juan Erviti, Mark Jones, Sander Greenland, Patrick Whelan, Robert M. Kaplan, Peter Doshi :: SSRN
[28] MoMo (isciii.es)
[29] Excess Deaths Not From Covid Approach 9,000 in Last 10 Weeks – The Daily Sceptic
[30] UK enters wave of excess deaths not fully explained by Covid | Financial Times (ft.com)
[31] Bacterial and fungal isolation from face masks under the COVID-19 pandemic | Scientific Reports (nature.com)
[32] Second call to WHO: Please, don’t vaccinate against Omicron. | Voice for Science and Solidarity
[33] Adverse effects of COVID-19 vaccines and measures to prevent them (biomedcentral.com)

Para fpcs


4 respuestas a «La ley del silencio»

  1. Si algo ha quedado expuesto con meridiana claridad (para quien quiera verlo), merced a la tragicomedia orquestada en torno de la «pandemia» y sus «vacunas», ha sido el penoso estado moral y espiritual de la especie humana a cualquier nivel o ámbito de la sociedad.

  2. No todo lo hacen por dinero; las élites que también son dueñas de las principales farmacéuticas y que financian en gran medida la ONU y las ONG que hacen vida allí por motivos que desconocemos el común de la POBLACIÓN,; con el pretexto del cambio climático impulsan el aborto, la ideología de género y vacunas como estas para disminuir la población mundial. Al Gore dijo que debían existir no más de 500 millones de habitantes, otros dicen que 300; o sea que alrededor de 7000 millones estariamos sobrando. Hay una guerra declarada táxitamente y poco a poco va cobrando sus víctimas; mientras sigue bajando las tasas de natalidad, las familias estables y muchos están distraidos con las nuevas ideologías, con el hedonismo, con Netflix, Hollywood, Disney y alejados de la verdad tradicional católica que podría salvarnos; sin embargo la nueva NOMENKLATURA de la Iglesia parece querer claudicar ante el mundo, demonio y carne.

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