La memoria de mi abuelo

No hace muchas noches, sentado en el porche de mí casa y mirando, como tantas veces, esa bóveda infinita cuajada de millones estrellas, me vino a la mente, como tantas veces también, el recuerdo de unas palabras, que en su día, escuché a mi abuelo.

Mi abuelo, hombre sencillo pero sabio a mi entender, murió a los noventa y siete años.

Posiblemente gracias a que un buen día, de unos malos tiempos, mi padre y su amigo llegaron, heridos y convalecientes en el momento justo y providencial, al pequeño pueblo que les vio nacer.

Seguí mirando a las estrellas y recordando… mi abuelo apenas sabía leer y escribir. Pero guardaba en su estupenda memoria, lo que sus serenos y observadores ojos, habían conseguido gravar a lo largo de su dilatada vida.

Por eso fue sabio, porque tuvo memoria, y ésta, afortunadamente, jamás le falló hasta el día de su muerte.

Para él, como para la mayoría de las personas de su tiempo, fumar era una especie de filosofía. Era compartir su tiempo, sus razonamientos… sus sentimientos, mientras se cumplía el sagrado ritual de liar, lenta y parsimoniosamente, el indefinido y abstracto cigarrillo.

Objeto importante, en sí, en un principio, que pasaba posteriormente a un segundo plano, desde el momento que, parsimoniosamente también, se iniciaba, unos vocablos cortos y a veces entrecortados, que poco a poco iba dando paso a una conversación o reflexión admirable, mientras que entre bocanada y bocanada de humo, dejaba vagar, soñador aún, su mirada en el infinito.

Generalmente, no solía fumar más de cuatro o cinco cigarrillos a la semana y solo en muy contadas ocasiones le vi fumando solo, aunque posiblemente, por su expresión, estuviera hablando consigo mismo.

Entre los muchos recuerdos que guardo de él, me viene a la memoria, uno especial para mí.

En cierta ocasión, cuando yo tenía unos doce años, estábamos tomando el fresco de la tarde, después de un caluroso día de verano, sentados ambos en sendas sillas de mimbre, en la puerta de la casa de mis padres y mientras fumábamos unos cigarrillos, a espaldas de mi padre naturalmente, que previamente habíamos liado del tabaco procedente de su vieja y gastada petaca de cuero brillante, que competía, creía yo, en edad con él mismo.

Después de mirar largamente hacia el cielo, como solía hacer cuando fumaba, bajó sus ojos y los fijó en las ruedas de un viejo carro de madera, que descansaba próximo a nuestra casa desde hacía tiempo, propiedad, éste, de un vecino nuestro.

Al cabo de unos minutos, próximo ya a terminar su cigarrillo, con voz lenta, pero perfectamente audible, mirándome fijamente, pero con cierta dulzura, comentó:

–“Mira hijo, la historia de los hombres a lo largo todos los tiempos, se parece a esa rueda cuando está girando. Siempre vuelve al principio, al punto de partida.

Y así, una vez y otra. Si te fijas, los radios de la rueda, todos van desde el aro al centro. Podríamos decir que son las distintas intenciones de las personas, pero que siempre buscan el mismo punto, es decir, el centro de la rueda.

La vida cambia…las cosas cambian. Hoy hay muchos inventos… Se hacen las cosas de otra manera… ¡Pero al final… las intenciones, que sujetan al aro, son las mismas! ¡Esas intenciones, si son buenas habrá paz, prosperidad, felicidad… pero si no son buenas, honradas, leales… solo habrá miserias, tristeza… desgracias…!”–

Después guardó silencio mientras me miraba durante unos interminables minutos.

Creo que él sabía perfectamente que, en esos momentos, no le entendía muy bien, pero que no obstante, estaba seguro que yo recordaría siempre aquellas palabras.

Después, mirando nuevamente hacía el infinito, mientras soltaba una última bocanada de humo procedente del final del cigarrillo que acababa de arrojar al medio de la calle, se quedó en silencio, ensimismado posiblemente entre los miles de sus recuerdos, permaneciendo, así, el resto de la tarde…

Yo a su lado, en aquel caluroso atardecer, mirándole con los ojos muy abiertos, quise guardar dentro de mí para siempre, como tantas veces y sin saber muy bien como, aquella figura que el paso de la vida había ido venciendo, años tras años; su rostro, aún tostado por largos días expuesto al sol en el pequeño campo que siempre cultivó; su mirada, serena y dulce, y, su voz. Una voz firme a pesar de los años, cuyas palabras nunca olvidaré.

Y también como tantas veces, después de escucharle… aquella tarde guardé silencio, respetando, profundamente, el suyo.

Muchos años después leí lo que escribió Manuel Machado, hombre de letras al parecer: ¡Ay del pueblo que olvida su pasado!

Y entonces comprendí, al recordar, las palabras de mi abuelo… la rueda…

Un hombre sencillo, pero sabio para mí.


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