La mentira como costumbre política

ESCUCHAR NOTICIA: Una democracia no se pudre simplemente porque un gobernante mienta. Los gobernantes han mentido siempre y seguirán haciéndolo. Un sistema político comienza a pudrirse cuando la mentira comprobada deja de tener consecuencias; cuando se acepta como parte normal del oficio político, cuando una falsedad se sustituye por otra versión sin que nadie responda por ello y cuando las instituciones, los partidos políticos, los medios de comunicación y, finalmente, la propia sociedad, terminan acostumbrándose. Por eso una mentira aparentemente pequeña sobre un currículum, por ejemplo, no es necesariamente una cuestión menor. Lo decisivo no es el título académico, es evidente, sino la relación que un gobernante mantiene con la verdad. El gobernante, o político, que descubre que puede deformar un hecho aparentemente irrelevante sin pagar precio político, o incluso jurídico, aprende también algo mucho más peligroso: que puede hacerlo en asuntos mayores. La política española de los últimos años ofrece demasiados ejemplos de ello. Si en el momento en que un gobernante queda sorprendido faltando gravemente a la verdad existiese una reacción política proporcionada -dimisión, pérdida de confianza, rechazo social-, el sistema político transmitiría una enseñanza muy sencilla: al ciudadano no se le puede engañar gratuitamente. Pero si no sucede nada, también se transmite una enseñanza. Exactamente la contraria. El gobernante aprende que puede sobrevivir políticamente a la falsedad; el partido aprende que puede protegerlo; los medios terminan dividiéndose según afinidades ideológicas y la sociedad acaba incorporando la mentira como una circunstancia normal de la vida pública. La invasión de Ceuta no comenzó en la frontera, sino mucho antes, cuando la mentira política dejó de tener consecuencias. Ese es el vínculo que conduce hasta Ceuta. Después de la entrada masiva de decenas de miles de personas por una frontera española, el Gobierno presentó durante semanas lo sucedido como un acontecimiento repentino que no había podido ser previsto. Sin embargo, los documentos posteriormente desclasificados han mostrado que existieron avisos previos del CNI y de otras divisiones de inteligencia, sobre convocatorias organizadas para entrar masivamente en Ceuta. Ya no puede afirmarse, como antes afirmó el gobierno, que no existió información previa alguna. El problema político, por tanto, supera a Pedro Sánchez. Afecta al propio sistema democrático. Porque una democracia necesita elecciones, parlamentos y tribunales, pero necesita también algo anterior a todo ello, y es una mínima obligación pública de decir la verdad y de responder cuando se ha engañado a los ciudadanos. Cuando desaparece esa responsabilidad, permanece formalmente la democracia, pero comienza a vaciarse moralmente. Y una sociedad que tolera tranquilamente la mentira sobre lo pequeño no debería sorprenderse cuando termina encontrándola también en cuestiones que afectan a la seguridad, las fronteras y la integridad misma del Estado. Porque el deterioro político no comienza cuando aparece la primera mentira, sino cuando la mentira comprobada deja de escandalizar y, sobre todo, deja de tener consecuencias.   Pulse para escuchar el texto Una democracia no se pudre simplemente porque un gobernante mienta. Los gobernantes han mentido siempre y seguirán haciéndolo. Un sistema político comienza a pudrirse cuando la mentira comprobada deja de tener consecuencias; cuando se acepta como parte normal del oficio político, cuando una falsedad se sustituye por otra versión sin que nadie responda por ello y cuando las instituciones, los partidos políticos, los medios de comunicación y, finalmente, la propia sociedad, terminan acostumbrándose. Por eso una mentira aparentemente pequeña sobre un currículum, por ejemplo, no es necesariamente una cuestión menor. Lo decisivo no es el título académico, es evidente, sino la relación que un gobernante mantiene con la verdad. El gobernante, o político, que descubre que puede deformar un hecho aparentemente irrelevante sin pagar precio político, o incluso jurídico, aprende también algo mucho más peligroso: que puede hacerlo en asuntos mayores. La política española de los últimos años ofrece demasiados ejemplos de ello. Si en el momento en que un gobernante queda sorprendido faltando gravemente a la verdad existiese una reacción política proporcionada -dimisión, pérdida de confianza, rechazo social-, el sistema político transmitiría una enseñanza muy sencilla: al ciudadano no se le puede engañar gratuitamente. Pero si no sucede nada, también se transmite una enseñanza. Exactamente la contraria. El gobernante aprende que puede sobrevivir políticamente a la falsedad; el partido aprende que puede protegerlo; los medios terminan dividiéndose según afinidades ideológicas y la sociedad acaba incorporando la mentira como una circunstancia normal de la vida pública. La invasión de Ceuta no comenzó en la frontera, sino mucho antes, cuando la mentira política dejó de tener consecuencias. Ese es el vínculo que conduce hasta Ceuta. Después de la entrada masiva de decenas de miles de personas por una frontera española, el Gobierno presentó durante semanas lo sucedido como un acontecimiento repentino que no había podido ser previsto. Sin embargo, los documentos posteriormente desclasificados han mostrado que existieron avisos previos del CNI y de otras divisiones de inteligencia, sobre convocatorias organizadas para entrar masivamente en Ceuta. Ya no puede afirmarse, como antes afirmó el gobierno, que no existió información previa alguna. El problema político, por tanto, supera a Pedro Sánchez. Afecta al propio sistema democrático. Porque una democracia necesita elecciones, parlamentos y tribunales, pero necesita también algo anterior a todo ello, y es una mínima obligación pública de decir la verdad y de responder cuando se ha engañado a los ciudadanos. Cuando desaparece esa responsabilidad, permanece formalmente la democracia, pero comienza a vaciarse moralmente. Y una sociedad que tolera tranquilamente la mentira sobre lo pequeño no debería sorprenderse cuando termina encontrándola también en cuestiones que afectan a la seguridad, las fronteras y la integridad misma del Estado. Porque el deterioro político no comienza cuando aparece la primera mentira, sino cuando la mentira comprobada deja de escandalizar y, sobre todo, deja de tener consecuencias.

Una democracia no se pudre simplemente porque un gobernante mienta. Los gobernantes han mentido siempre y seguirán haciéndolo. Un sistema político comienza a pudrirse cuando la mentira comprobada deja de tener consecuencias; cuando se acepta como parte normal del oficio político, cuando una falsedad se sustituye por otra versión sin que nadie responda por ello y cuando las instituciones, los partidos políticos, los medios de comunicación y, finalmente, la propia sociedad, terminan acostumbrándose.

Por eso una mentira aparentemente pequeña sobre un currículum, por ejemplo, no es necesariamente una cuestión menor. Lo decisivo no es el título académico, es evidente, sino la relación que un gobernante mantiene con la verdad. El gobernante, o político, que descubre que puede deformar un hecho aparentemente irrelevante sin pagar precio político, o incluso jurídico, aprende también algo mucho más peligroso: que puede hacerlo en asuntos mayores. La política española de los últimos años ofrece demasiados ejemplos de ello.

Si en el momento en que un gobernante queda sorprendido faltando gravemente a la verdad existiese una reacción política proporcionada -dimisión, pérdida de confianza, rechazo social-, el sistema político transmitiría una enseñanza muy sencilla: al ciudadano no se le puede engañar gratuitamente.

Pero si no sucede nada, también se transmite una enseñanza. Exactamente la contraria.

El gobernante aprende que puede sobrevivir políticamente a la falsedad; el partido aprende que puede protegerlo; los medios terminan dividiéndose según afinidades ideológicas y la sociedad acaba incorporando la mentira como una circunstancia normal de la vida pública.

La invasión de Ceuta no comenzó en la frontera, sino mucho antes, cuando la mentira política dejó de tener consecuencias.

Ese es el vínculo que conduce hasta Ceuta.

Después de la entrada masiva de decenas de miles de personas por una frontera española, el Gobierno presentó durante semanas lo sucedido como un acontecimiento repentino que no había podido ser previsto. Sin embargo, los documentos posteriormente desclasificados han mostrado que existieron avisos previos del CNI y de otras divisiones de inteligencia, sobre convocatorias organizadas para entrar masivamente en Ceuta. Ya no puede afirmarse, como antes afirmó el gobierno, que no existió información previa alguna.

El problema político, por tanto, supera a Pedro Sánchez. Afecta al propio sistema democrático. Porque una democracia necesita elecciones, parlamentos y tribunales, pero necesita también algo anterior a todo ello, y es una mínima obligación pública de decir la verdad y de responder cuando se ha engañado a los ciudadanos.

Cuando desaparece esa responsabilidad, permanece formalmente la democracia, pero comienza a vaciarse moralmente.

Y una sociedad que tolera tranquilamente la mentira sobre lo pequeño no debería sorprenderse cuando termina encontrándola también en cuestiones que afectan a la seguridad, las fronteras y la integridad misma del Estado.

Porque el deterioro político no comienza cuando aparece la primera mentira, sino cuando la mentira comprobada deja de escandalizar y, sobre todo, deja de tener consecuencias.


3 respuestas a «La mentira como costumbre política»

  1. Si el «concepto de mentira» aplicado a los politicos es cierto y estoy de acuerdo como siempre con D. Carlos, en lo referente a la «democracia» es otro concepto falso y mentiroso e inventado por los masones como la «muy excelente idea» de las «Constituciones» que son una y otras instrumentos de las diferentes logias de masones para perpetuarse en el poder y, siempre falsificando los resultados que esas logias las preparan y deciden de antemano ….
    En la revista de los masones de Bruselas, a finales del siglo XIX, la Logia de Bruselas reconoce que la «democracia» es un invento masónico y que cuando NO les sirva van a implantar la Dictadura Universal, ahora la del Nuevo Orden Mundial.
    La invasión de Ceuta, la pasada, se preparó y decidió posiblemente hace seis o siete decenios, a la vez que la entrega del Sahara por todos, TODOS, los actores, es decir, los EE. UU., Israel, UK, Marruecos y el y los Gobiernos españoles, también TODOS, del PP o del PSOE, con el acuerdo de TODOS los partidos, y TODOS, dependientes del Departamento de Estado de los EE. UU; y de su brazo persuasor, la CIA que financia TODOS los partidos de la Unión Europea, sin excepciones.
    VIVA CRISTO REY

  2. Al Diablo se le denomina el Príncipe de la mentira, y efectivamente es la base sobre la que descansa el resto de maldades. Platón dejó claro en su República lo que serían las del futuro; lo que fue y es el Despotismo ilustrado: con el fin de mejorar el gobierno, los gobernados han de ser engañados. No otra cosa se saca en consecuencia tras leer los Protocolos, y hasta la Carta del de Constantinopla. Zevi/ la cábala justifica igualmente la mentira y el resto del mal, si eres de los elegidos; más o menos el rollo protestante subsiguiente. Todo viene del mismo. No es casual que estos ateos o satanistas abominen de la Cruz, pues fueron sembrados por la cábala, el talmud, moab, etc. Por eso les dijo el Cristo a los labradores arrendatarios de turno en el templo; misericordia quiero y no sacrificio. Y en esas estamos, y en esas seguimos.

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