La Misa del Padre Iván

El fervoroso Padre Iván tuvo la ocurrencia, en un momento de fervor durante su misa, de pedir al Señor poder participar de los sufrimientos de su Pasión.

Un día al empezar su misa, como todos los días, sintió un punzante dolor en la espalda, casi no podía respirar. Se inquietó mucho, casi decide interrumpir el santo sacrificio para aflojarse el cíngulo, pensando que quizá lo llevara muy apretado, y esta fuera la causa de su dolor. Siguió con el Confiteor, al inclinarse sintió alivio. Al enderezarse volvió el dolor. Preocupado imploró ayuda el Señor, porque temía que no podría continuar. Al instante el dolor cedió, y al instante el bueno e ingenuo del Padre Iván se acordó de aquella petición que tiempo atrás hizo.

Comprendió, abrumado, la infinita distancia entre el Sumo Sacerdote y su representante en la santa misa. Entre Cristo y su sacerdote. Si por solo un punzante dolor en la espalda casi se sintió paralizado el Padre Iván, qué sería sentir dolor en todas las partes del cuerpo, de cabeza hasta los pies. Simplemente aterrador, inimaginable y humanamente impensable. Y aún más, pues al dolor físico de nuestro Señor se ha de añadir el infinito dolor espiritual de las almas que se condenan.

Continuo la santa misa ya más tranquilo por haberse aliviado el dolor. El Padre Iván pensó en la misericordia del Señor con él, y con todos los sacerdotes, pues mientras el Señor asume todo el dolor de la Pasión, deja sus sacerdotes libres de todo sufrimiento, esperando quizá que alguno, como nuestro buen Padre, haga la misma petición y así, nuestro misericordioso Señor, le dé una infinitésima muestra de su infinito dolor, y así estar más unido Sacrificador y representante.

No puede haber unión más grande en el altar entre el Señor y el sacerdote que el poder compartir un poco el dolor de la Pasión. Qué inmenso don para el sacerdote. Qué ilusión cada misa. Quién fuera digno de tal gracia. El Padre Iván lo fue.

Todo cambió para él. Pensaba cada día si en la próxima misa volvería a compartir con el Señor ese pequeño dolor que le hace sentir estar más unido a su Jefe. El dolor en la espalda en cada misa era para el Padre Iván como la presencia misma de nuestro Señor, era experimentar la realidad de la presencia viva del Redentor. Pero el Padre experimentaba al mismo tiempo una grandísima responsabilidad. Empezó a sentir un profundo temor de Dios; quería ser merecedor de tal gracia en cada misa, y al mismo tiempo sentía un santo temor de poder ser rechazado por sus grandes miserias.

Pero el Señor ya conocía sus miserias cuando le hizo experimentar aquel dolor. Fue un toque de amor del Salvador a su fiel sacerdote que siempre se esforzó en oficiar la santa misa con la mayor reverencia y santidad. Si, el Padre Iván, gracias a sus méritos alcanzados día a día en su santa misa, se hizo merecedor de tal hermosísimo don del Sumo Sacerdote.

Desde aquella misa siguió ya compartiendo su pequeño dolor con el Señor.

Así lo recuerdo, con un gran gozo. Sí, el Señor está real y verdaderamente en el altar. Hoy día seguirá feliz oficiando su santa misa, solo. Ya no quiere a nadie, ese momento sólo lo quiere para él y su Señor.

No me queda la menor duda que son muchas las almas que se benefician del santo sacrificio del Padre Iván.

Ave María Purísima.


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