La modestia

No hay nada en todos vuestros movimientos, dice san Agustín, que no pueda herir la mirada de alguno, nada que no esté conforme con la santidad del cristiano. Y san Pablo: “Dad a conocer vuestra modestia a todos los hombres” (4,5); continua: “Por lo demás, hermanos, cuantas cosas haya de verdaderas, de decorosas, cuantas justas, cuantas puras, cuantas amables, cuantas bien reputadas, si alguna virtud hay, si cosa digna de alabanza, en tales cosas pensad” (4,8).

Es verdad, y difícil refutarlo: de la actitud del cuerpo se conoce el estado del alma; y los movimientos del cuerpo son, en cierto modo,  la voz que manifiesta los pensamientos y los afectos del hombre. Por esta razón, nuestro porte, nuestra voz, nuestra misma forma de andar, ha de ser tal que agrade a Dios, nuestro Señor, y que, al mismo tiempo, honre y edifique al prójimo. Hemos de conservar la modestia hasta en el simple movimiento, en nuestros gestos y en nuestros modales.

El mismo Aristóteles, en su obra “Fisiognomica”, capítulo VI, escribe estas palabras, que bien se relacionan con nuestro tema: “La gravedad del andar y de los movimientos, la reserva y la prudencia en las palabras, un tono de voz moderado que exprese bondad y dulzura, una vida contenta, baja, nunca muy abierta, ni demasiado cerrada”. Incluso Cicerón nos dejó estas palabras en el Libro III, “De Oratore”: “Todo afecto y todo movimiento del alma ha recibido de la naturaleza una expresión de rostro, un sonido de voz y una impresión que le son propios: el rostro es la imagen del alma”.

A lo largo de todos los siglos y en todos los lugares, los justos, los santos, se han hecho notables  por su gran y constante modestia, ¿por qué no imitarles? La modestia es la prenda más hermosa de las costumbres, es medida de la disciplina y rectitud, aliada de la continencia, luz del alma casta y limpia, ayuda a que desaparezca el mal, propaga la pureza y la salvaguarda, guarda  la reputación, señal de una vida digna, muestra de fortaleza de carácter, ornato de la virtud, gracia admirable de la propia naturaleza, y adorno de todo lo que es honrado.

La modestia gobierna  el alma y el cuerpo, y está asentada en el temor de Dios, que es la fuente que alimenta a la verdadera modestia, la que busca agradar a Dios, no ofenderle ni en lo más mínimo; pues la modestia es el reflejo del santo temor de Dios, es como la primera manifestación exterior en la persona. Modestia y temor de Dios van al unísono, no pueden separarse. Dice el libro de los Proverbios (22,4): “La modestia conduce al temor del Señor, a la riqueza, a la gloria y a la vida”. Y el Eclesiástico (19,26): “Por el aspecto de conoce al hombre, y por su semblante se reconoce al sensato”.

Para adquirir la modestia es necesario vivir en la presencia de Dios, elevando, con frecuencia, la mente y el corazón al Señor, reconociendo nuestra total y absoluta dependencia suya; fundamentar nuestra vida en la gran virtud del temor de Dios. Es necesario, además, la constante vigilancia de los sentidos, sin confiarse, estando siempre alerta, en particular con la vista; huir de las vanas conversaciones, de las amistades inapropiadas, de la indecencia que nos rodea por todos lados, no confiar negligentemente en nuestras propias fuerzas; desconfiar en todo momento de uno mismo. La humildad, tan difícil por otro lado, es fundamental para asentar la verdadera y sólida modestia, es como su “madre”. Sin pudor es imposible la modestia, no puede entenderse en modo alguno, ni puede ser verdadera; el pudor es “hija” de la modestia. Si uno no huye de los peligros, vana es la intención de tener modestia, siempre estará debilitada, y siempre inconstante. En modo alguno puede darse la modestia allí donde está la vanidad, su enemiga directa. Y por último, tomar como modelo, guía y compañía a la santísima Virgen María, a quien “la modestia” la reconoce como su soberana, y sin la cual no puede entenderse el brillo y relucir de la modestia.

Ave María Purísima.


2 respuestas a «La modestia»

  1. Pero cuidado con la falsa modestia, el falso pudor, o la falsa prudencia. Es característico de los nuevos lideres en su oratoria lo que parece prudencia por ejemplo, sin serlo; adiestrada entonación susurrante, que sugiere calma de espíritu, y , un ritmo lento que parece reflexivo… todo mentira, es para captar la atención, así como la mímica; todo en base a la ingeniería social en cuanto a esta faceta. Buen ejemplo es, Pablo Iglesias.
    Pero cualquiera puede caer en una falsa actitud si no se vigila de cerca (y a menudo caemos), reflexionando sobre la propia conducta.
    Grandes palabras pudor, modestia y humildad auténtica; madre de todas como bien se apunta en el texto. Sabemos que el Hijo, ejemplo para todos; era fundamentalmente humilde.

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