La OTAN no es lo que dice ser

Los dirigentes de la OTAN reunidos esta semana en Vilna (Lituania) tienen motivos de sobra para brindar por su éxito.

Hace solo cuatro años, en vísperas de otra cumbre, la organización parecía estar en horas bajas; en palabras del presidente Emmanuel Macron de Francia, estaba sufriendo poco menos que «muerte cerebral». Desde la invasión rusa de Ucrania, la situación se ha transformado. Mientras la OTAN planea dar la bienvenida a Suecia a sus filas –Finlandia se convirtió en miembro de pleno derecho en abril– y enviar tropas para reforzar su flanco oriental, los aliados de la Unión Europea por fin están cumpliendo promesas largamente aplazadas de aumentar el gasto militar. La opinión pública ha seguido el ejemplo. Si Rusia pretendía dividir Europa, el Presidente Biden pudo declarar plausiblemente la pasada primavera que en lugar de eso había «OTANizado» completamente el continente.

Es comprensible que este giro haya animado a los partidarios de la Alianza. La declaración de intenciones de Jens Stoltenberg, su Secretario General, de que «la fuerza de la OTAN es la mejor herramienta posible que tenemos para mantener la paz y la seguridad» nunca ha tenido más fieles seguidores. Incluso los críticos de la organización –como los halcones chinos que la consideran una distracción de la amenaza real en Asia Oriental y los moderados que preferirían que Washington volviera a centrarse en las soluciones diplomáticas y los problemas internos– admiten que el propósito de la OTAN es principalmente la defensa de Europa.

Pero la OTAN, desde sus orígenes, nunca tuvo como principal objetivo la acumulación de poder militar. Con 100 divisiones en su apogeo durante la guerra fría, una pequeña fracción de los efectivos del Pacto de Varsovia, no se podía contar con la organización para repeler una invasión soviética, e incluso las armas nucleares del continente estaban bajo el control de Washington. Más bien se propuso vincular a Europa Occidental a un proyecto mucho más amplio de orden mundial liderado por Estados Unidos, en el que la protección estadounidense sirviera de palanca para obtener concesiones en otras cuestiones, como el comercio y la política monetaria. En esa misión, ha tenido un éxito notable.

Muchos observadores esperaban que la OTAN cerrara sus puertas tras el colapso de su rival durante la guerra fría. Pero en la década posterior a 1989 la organización adquirió su propia dimensión. La OTAN actuó como una agencia de calificación para la Unión Europea en Europa Oriental, declarando a los países seguros para el desarrollo y la inversión. La organización presionó a sus posibles socios para que se adhirieran a un credo liberal y pro-mercado, según el cual –como dijo el asesor de seguridad nacional del Presidente Bill Clinton– «la búsqueda de instituciones democráticas, la expansión de los mercados libres» y «la promoción de la seguridad colectiva» iban a la par. Los profesionales militares europeos y las élites reformistas formaban un electorado dispuesto, cuyas campañas se veían impulsadas por el aparato de información de la OTAN.

Cuando las poblaciones europeas se mostraron demasiado obstinadas, o indeseablemente influenciadas por sentimientos socialistas o nacionalistas, la integración atlántica siguió adelante. El caso de la República Checa es elocuente. Ante la posibilidad de que votaran «no» en un referéndum sobre su ingreso en la Alianza en 1997, el Secretario General y los altos cargos de la OTAN se encargaron de que el gobierno de Praga simplemente prescindiera de tal práctica democrática; el país se incorporó dos años después. El nuevo siglo trajo más de lo mismo, con un adecuado cambio de énfasis. Coincidiendo con la guerra global contra el terrorismo, la ampliación «big bang» de 2004 –en la que se adhirieron siete países– vio cómo la lucha antiterrorista sustituía a la democracia y los derechos humanos en la retórica de la alianza. El énfasis en la necesidad de liberalización y de reformas del sector público siguió siendo una constante.

En el ámbito de la defensa, la alianza no fue como se anunciaba. Durante décadas, Estados Unidos ha sido el principal proveedor de armas, logística, bases aéreas y planes de batalla. La guerra de Ucrania, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre la intervención de Europa, ha dejado esa asimetría prácticamente intacta. Resulta revelador que la cuantía de la ayuda militar estadounidense –47.000 millones de dólares durante el primer año del conflicto– duplica con creces la ofrecida por los países de la Unión Europea juntos. Las promesas de gasto europeas también pueden resultar menos impresionantes de lo que parecen. Más de un año después de que el gobierno alemán hiciera pública la creación de un fondo especial de 110.000 millones de dólares para sus fuerzas armadas, la mayor parte de los créditos siguen sin utilizarse. Mientras tanto, los mandos militares alemanes han declarado que carecen de municiones suficientes para más de dos días de combate de alta intensidad.

Sean cuales sean los niveles de gasto, resulta sorprendente la escasa capacidad militar que obtienen los europeos por el desembolso que suponen. La falta de coordinación, tanto como el recorte de gastos, limita la capacidad de Europa para garantizar su propia seguridad. Al prohibir la duplicación de las capacidades existentes y obligar a los aliados a aceptar funciones específicas, la OTAN ha obstaculizado la aparición de una fuerza europea semiautónoma capaz de actuar de forma independiente. En cuanto a la adquisición de material de defensa, las normas comunes de interoperatividad, unidas al enorme tamaño del sector militar-industrial estadounidense y a los impedimentos burocráticos de Bruselas, favorecen a las empresas norteamericanas en detrimento de sus competidoras europeas. La alianza, paradójicamente, parece haber debilitado la capacidad de los aliados para defenderse.

Pero la paradoja es sólo superficial. De hecho, la OTAN está funcionando exactamente como fue diseñada por los planificadores estadounidenses de la posguerra, atrayendo a Europa hacia una dependencia del poder norteamericano que reduce su margen de maniobra. Lejos de ser un costoso programa de caridad, la OTAN asegura la influencia norteamericana en Europa a bajo coste. Las contribuciones norteamericanas a la OTAN y a otros programas de ayuda a la seguridad en Europa representan una pequeña fracción del presupuesto anual del Pentágono menos del 6 por ciento según una estimación reciente. Y la guerra no ha hecho sino fortalecer la mano de Estados Unidos. Antes de la invasión rusa de Ucrania, aproximadamente la mitad del gasto militar europeo se destinaba a fabricantes estadounidenses. El aumento de la demanda ha exacerbado esta tendencia, ya que los compradores se apresuran a adquirir tanques, aviones de combate y otros sistemas de armamento, firmando costosos contratos plurianuales. Puede que Europa se esté remilitarizando, pero Estados Unidos está recogiendo los frutos.

En Ucrania, el patrón está claro. Washington proporcionará la seguridad militar, y sus corporaciones se beneficiarán de una bonanza de pedidos europeos de armamento, mientras que los europeos asumirán el coste de la reconstrucción de posguerra, algo que Alemania está mejor preparada para llevar a cabo que la acumulación de su ejército. La guerra sirve también como ensayo general para la confrontación de Estados Unidos con China, en la que no se puede contar tan fácilmente con el apoyo europeo. Limitar el acceso de Pekín a las tecnologías estratégicas y promover la industria estadounidense no son prioridades europeas, y cortar el comercio entre Europa y China resulta todavía difícil de imaginar. Sin embargo, ya hay indicios de que la OTAN está avanzando para conseguir que Europa siga su ejemplo en el teatro de operaciones. En vísperas de una visita a Washington a finales de junio, el Ministro de Defensa alemán anunció debidamente su conciencia de la «responsabilidad europea en el Indo-Pacífico» y la importancia del «orden internacional basado en normas» en el Mar de China Meridional.

Independientemente de su ascenso, los atlantistas temen que el apoyo a la organización se vea socavado por la desinformación y el ciberespionaje. No tienen por qué preocuparse. Disputada durante toda la guerra fría, la OTAN siguió siendo objeto de controversia en los años noventa, cuando la desaparición de su adversario alentó la idea de una nueva arquitectura de seguridad europea. En la actualidad, la disensión es menos audible que nunca.

Los partidos de izquierda en Europa, históricamente críticos con el militarismo y el poder estadounidense, se han alistado de forma abrumadora en la defensa de Occidente: La trayectoria de los Verdes alemanes, que han pasado de oponerse ferozmente a las armas nucleares a convertirse en un partido aparentemente dispuesto a arriesgarse a una guerra atómica, es un ejemplo especialmente claro. En Estados Unidos, las críticas a la OTAN se centran en los riesgos de ampliar excesivamente las obligaciones contraídas por Estados Unidos en virtud de los tratados, no en su justificación subyacente. La alianza más exitosa de la historia, reunida para celebrarse a sí misma, no necesita esperar a su 75 aniversario el año que viene para descorchar el champán.

Para The New York Time


4 respuestas a «La OTAN no es lo que dice ser»

  1. La OTAN debería haberse disuelto cuando se disolvió el Pacto de Varsovia, que era la alianza militar de los paises comunistas de Europa. Posteriormente se debería haber creado una nueva alianza militar que incluyera no solo a Europa y a América del Norte sino también a Rusia, así se habrían alcanzado dos objetivos muy importantes: el primero es que sería imposible que se produjera una guerra nuclear entre Rusia y los paises occidentales, y el segundo sería que la civilización occidental, de raíz cristiana, estaría preparada para hacer frente al choque que se producirá, antes o después, con el mundo islámico.

  2. El NYT:
    «La organización presionó a sus posibles socios para que se adhirieran a un credo liberal y pro-mercado, según el cual –como dijo el asesor de seguridad nacional del Presidente Bill Clinton– «la búsqueda de instituciones democráticas, la expansión de los mercados libres» y «la promoción de la seguridad colectiva» iban a la par…»
    O te adhieres al credo «liberal y pro-mercado» o te mandan primero a un «embajador» que te aconseja, sugiere y amenaza y, después, si no obedeces, entonces, te mandan un par de sicarios que te ayudan a suicidarte con tres o cuatro tiros en la nuca…
    Después repiten la faena con el médico forense de la autopsia, que certifica que te has «suicidado» sin duda alguna… a veces el forense, también se «suicida»
    Esta es la OTAN, los Estados Unidos, la libertad de expresion, la prensa libre, la democracia y todo tutelado por el «suicidio asistido»
    Viva la Mierdocracia
    DIOS, PATRIA y REY LEGITIMO

    1. Como siempre llamando a las cosas/ hechos por su nombre. Se le agradece
      Un verdadero placer leerle Señor Caballero
      Entre otras muchas funciones la OTAN pueda que sea el brazo armado de Israel creada principalmente para que ya sea por chantaje o por la fuerza, una vez dentro nadie pueda abandonar la jaula (Unión Europea) no importa cuantos millones de inmigrantes del sur nos coloquen; dicho de otro modo, la extinción de la raza blanca que según “ellos” es un “bien” necesario para la construcción del 3rd templo

      1. José Manuel, te equivocas, el placer es el que tengo yo, leyéndote, por dos razones, porque tus razonamientos son impecables y porque coincidimos en TODO.
        Un abrazo a todos
        I.Caballero

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