La plebe y sus políticos

No cabe hacerse ilusiones: el desmoronamiento ético de la ciudadanía, la des-moralización social, trasciende con mucho el alcance normal del concepto, pues no se limita a reflejar la depravación de las instituciones, sino que las presenta como puntales y fuentes del mal en la sociedad. Y no cabe duda de que la distancia entre acción política y reacción popular plantea una serie de cuestiones complejas e inquietantes.

Vivimos en una sociedad regida por valores consumistas, donde el código de principios canónico ha desaparecido y donde además los medios de comunicación trituran la interpretación política que pueda tener el ciudadano libre y, sobre todo, la de aquel que, por fin, esté dispuesto a despertarse y librarse de las cadenas. Por eso no es extraño que la manipulación desde el poder sea suficientemente eficaz, y que muy pocos se hallen dispuestos a arriesgar lo más mínimo por cualquier proyecto ético.

En la ordenación social contemporánea late la convicción de que la actividad política es intrínsecamente perversa y de que su éxito, lejos de deberse a la virtud, viene dado por la corrupción y el engaño, recursos habituales en los que se sustenta la práctica de la profesión política. Cualidades innobles que contrarían la suprema dignidad de las tareas de gobierno.

Pero que ésto socialmente se vea así no quiere decir que la ciudadanía lo rechace, al contrario, gran parte de ella parece asumirlo sin mayor frustración cívica. Si siempre, en la práctica de las relaciones sociales, se ha utilizado la hipocresía y la trampa como instrumentos de uso ordinario, en la política, al menos desde Maquiavelo, se institucionalizó o socializó la figura del político equiparándola a la del denostado mercader -traficante de burras cojas y ciegas-, o a la del abyecto tirano. Desde entonces, el disimulo, la mentira y el abuso pasaron a ser opciones inherentes a la índole del político.

Es esta una sociedad en transformación. La forma de vida de los políticos está relacionada con el mundo clientelar, sustentada en él. Proliferan lóbis, asociaciones, cédulas de todo tipo, a mayor gloria de la casta política, que viven de los subsidios, como los mendigos de las limosnas. En general, la mayoría de ellos tienen un papel pasivo -productivamente hablando- en la sociedad.

Ante el poder institucional, los políticamente incorrectos cuentan con muy pocas armas, sólo la permanente protesta y la manifiesta desconfianza hacia cualquier poder político representado hoy por el Sistema y por sus lacayos frentepopulistas.

Si hubiera justicia en este país, la codicia, la ambición abyecta y la deslealtad debieran condenar a más de uno y a más de mil que se pasean por las instituciones, mancillándolas. Y también a esa indiferencia culpable que vota al oprobio. Mas la realidad nos dice que una tercera parte de los votantes constituye el lumpen moral donde tradicionalmente echan sus redes las izquierdas resentidas, los amantes del desafuero y de la ruina. Y otra tercera parte -como mínimo- ni quiere saber ni quiere contestar, en tanto se dedica a contemplar cómo el verdugo utiliza la cuchilla contra el inocente, convencido de que su tibieza y su ignominiosa equidistancia lo librarán finalmente de la soga.

Todos los adelantos técnicos, todo el extraordinario desarrollo de la ciencia, no pueden ocultar que vivimos en una galopante decadencia cultural, una civilización cuyos principios han abandonado las leyes morales y la jurisdicción de los mejores tiempos. Y en esta época de tempestad no hay políticos, ni pontífices ni filósofos que puedan gobernar el mundo con su palabra, pues está lastrada por la traición o la sospecha.

Tal es su corrupción y su mediocridad. Tanta como la de sus gobernados, que se han dejado confundir por una abundante oferta material y los señuelos de una publicidad insaciable, aceptando su estética hedonista, la de convencerles de que, en la convivencia con sus semejantes, son sujetos plenos de derechos y vacíos de obligaciones, y que en sus infinitas atribuciones están las de gozar de todo, todo el tiempo y en todos los lugares. Mientras puedan.

Y no importa que los hechos digan lo contrario: que vivimos en un mundo de sombras y de falsas ilusiones, por encima de nuestras posibilidades, y ajenos a una realidad cuyo sentido último se nos escapa, a pesar de verla y sufrirla ahí, en nuestro vivir cotidiano, crucificados como estamos a base de impuestos para pagar los privilegios de la casta y pagar así mismo los sueldazos y las rentas mínimas ya sea a sus sicarios, a sus clientes, a sus subsidiados y a los que asaltan nuestras fronteras, llamados por ellos. Todos a vivir del cuento a nuestra costa.

Pero a pesar de esta evidencia, el meollo del debate entre las gentes del común no está, por desgracia, en defender libertades, ni en limpiar los templos de las leyes, ni en esclarecer la educación o la cultura, sino en aceptar el dócil destino que los régulos nos tienen preparado. ¿A quién importa la independencia y agilidad de la Justicia, el desprestigio de las ideas y las instituciones, el abusivo salario de los políticos, la perversión de las costumbres, las leyes totalitarias, la unidad de España, la depravación de la democracia o la inmensa deuda pública, que se multiplicará tras esta crisis, si quienes debieran defenderse de los tiranos no valoran su propia libertad?

Si la unidad de España se halla en entredicho y se abunda en el falseamiento de nuestra historia; si las Autonomías son instituciones centrífugas y nidos clientelares despilfarradores; si siguen invadiendo nuestras fronteras decenas de miles de inmigrantes; si ni la Justicia ni la Educación ni la Cultura -bases de una normal convivencia- funcionan; si padecemos con absoluta indiferencia leyes totalitarias como la de la Memoria Histórica y la LGTBI…

Si permitimos a quienes nos traicionan y humillan vivir toda la vida a nuestra costa con salarios fastuosos; si diplomáticamente somos un país tercermundista que, aparte de servir a los intereses de ciertas potencias, soportamos el anacronismo de Gibraltar, una colonia parasitaria y humillante; si la deuda pública es insostenible y su excesivo montante no ha servido para hacer una España más vigorosa, sino más débil y dependiente del exterior en todos los aspectos…

Si la vida social se ha deteriorado, incrementándose el consumo de la droga, de la pornografía y de la prostitución; si aumentan así mismo los divorcios, los abortos, los acosos escolares y de otro tipo; del mismo modo que se extienden la violencia doméstica, el paro, los trastornos psíquicos…

Si la ética está absolutamente desprestigiada…

Si ocurre todo esto y mucho más, no echemos al Gobierno la culpa exclusiva de unas taras que también son propias de la plebe. De algo habrá que culpar a una mayoría de ciudadanos que siguen acunando y premiando con su voto a personajes con biografías humanas y políticas ominosas, a los cuales consienten que hagan de la vida pública un caos, sin duda porque se ven gustosamente representados por ellos.

Aunque los hombres y mujeres de bien van a seguir luchando por su libertad, de acuerdo con sus valores y su naturaleza, es doloroso reconocer que en esta situación -con una significativa mayoría del pueblo español huérfana de toda dignidad y toda autoestima – sólo queda la esperanza de que nos salven esos sucesos coyunturales que tejen los hilos de la Historia.


Una respuesta a «La plebe y sus políticos»

  1. Y nada parece animar la esperanza de que el escenario descrito mude para bien próximamente (su empeoramiento sí parece probable), al menos hasta donde es factible vislumbrar los siempre nebulosos acontecimientos futuros.

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