La Presencia Real y la rutina litúrgica
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Hemos visto el vídeo (AQUÍ) en el que el sacerdote norteamericano P. Brent Bowman vive una experiencia extraordinaria y profundamente emotiva durante la consagración. La Misa tuvo lugar el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Pensamos que cualquier sacerdote desearía recibir una gracia semejante, capaz de hacerle percibir de manera tan intensa el misterio que celebra cada día.
Contemplamos el resto del video hasta el final. Y aquí nos surgió una cierta perplejidad. A nuestro modo de ver hay una especie de disonancia, de contradicción, entre la experiencia tan extraordinaria vivida por el sacerdote y la rutina litúrgica que siguió después el sacerdote, en particular durante la comunión de los fieles.
Vimos laicos distribuyendo la sagrada comunión; fieles comulgando de pie y en la mano, también ante el propio sacerdote. Este daba la comunión con la misma rapidez habitual, moviéndose de un lado a otro, mientras los fieles se aglomeraban para recibirla con escaso orden.
Nuestra pregunta, quizá ingenua, es muy sencilla es: si el sacerdote acaba de experimentar hasta físicamente el peso de la presencia real, ¿no debería esa experiencia llevarle también a reconsiderar la manera concreta en que esa presencia es tratada durante la comunión de los fieles?
Porque la reverencia eucarística no consiste únicamente en emocionarse ante el misterio. Tiene consecuencias corporales y litúrgicas. La tradición litúrgica rodeó por eso la Misa de genuflexiones, purificaciones, dedos consagrados, patena de comunión, recepción en la lengua y cuidado minucioso de las partículas No porque Cristo necesite nuestros gestos, sino porque nosotros necesitamos expresar con el cuerpo la fe que profesamos.
Estamos ante una seria cuestión. La costumbre litúrgica del Novus Ordo puede llegar a ser tan poderosa que incluso una experiencia espiritual extraordinaria no lleve al sacerdote a replantearse su praxis habitual. La rutina diaria puede terminar funcionando casi independientemente de la verdad doctrinal que se profesa e incluso, como en este caso, de la experiencia que se acaba de vivir
El sacerdote sabe intelectualmente: “Esto es Jesucristo, verdadera, real y sustancialmente presente”. En este caso, además, el P. Bowman ha experimentado ese misterio de una manera especialmente intensa. Pero su conducta litúrgica ha aprendido otro código práctico: “Esto se distribuye así porque así se hace”. Y cuando la costumbre domina durante años, puede dejar de preguntarse si el gesto expresa adecuadamente aquello que cree.
Creemos que este vídeo contiene una profunda enseñanza. Muestra hasta qué punto se ha producido un cambio en la cultura litúrgica a causa del Novus Ordo. Ese “código práctico” puede haberse enraizado de tal manera en la conciencia sacerdotal que, incluso después de una experiencia extraordinaria durante la Misa, todo continúa conforme a la praxis rutinaria adquirida durante años.
En definitiva, lo que observamos es una separación entre la costumbre litúrgica y las consecuencias naturales de la fe. Se cree en la presencia real, se confiesa la presencia real y hasta se puede experimentar con extraordinaria intensidad esta presencia; pero después se continúa con una rutina litúrgica en la que el temor reverencial, la custodia del sacramento y los signos visibles de adoración han perdido buena parte del lugar que tradicionalmente ocuparon.
Y entonces queda una pregunta:
¿Hasta qué punto ha deformado la cultura litúrgica nacida del Novus Ordo la conciencia sacerdotal para que una experiencia extraordinaria de la presencia real pueda terminar sin modificar apenas la praxis ordinaria?
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Hemos visto el vídeo (AQUÍ) en el que el sacerdote norteamericano P. Brent Bowman vive una experiencia extraordinaria y profundamente emotiva durante la consagración. La Misa tuvo lugar el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Pensamos que cualquier sacerdote desearía recibir una gracia semejante, capaz de hacerle percibir de manera tan intensa el misterio que celebra cada día.
Contemplamos el resto del video hasta el final. Y aquí nos surgió una cierta perplejidad. A nuestro modo de ver hay una especie de disonancia, de contradicción, entre la experiencia tan extraordinaria vivida por el sacerdote y la rutina litúrgica que siguió después el sacerdote, en particular durante la comunión de los fieles.
Vimos laicos distribuyendo la sagrada comunión; fieles comulgando de pie y en la mano, también ante el propio sacerdote. Este daba la comunión con la misma rapidez habitual, moviéndose de un lado a otro, mientras los fieles se aglomeraban para recibirla con escaso orden.
Nuestra pregunta, quizá ingenua, es muy sencilla es: si el sacerdote acaba de experimentar hasta físicamente el peso de la presencia real, ¿no debería esa experiencia llevarle también a reconsiderar la manera concreta en que esa presencia es tratada durante la comunión de los fieles?
Porque la reverencia eucarística no consiste únicamente en emocionarse ante el misterio. Tiene consecuencias corporales y litúrgicas. La tradición litúrgica rodeó por eso la Misa de genuflexiones, purificaciones, dedos consagrados, patena de comunión, recepción en la lengua y cuidado minucioso de las partículas No porque Cristo necesite nuestros gestos, sino porque nosotros necesitamos expresar con el cuerpo la fe que profesamos.
Estamos ante una seria cuestión. La costumbre litúrgica del Novus Ordo puede llegar a ser tan poderosa que incluso una experiencia espiritual extraordinaria no lleve al sacerdote a replantearse su praxis habitual. La rutina diaria puede terminar funcionando casi independientemente de la verdad doctrinal que se profesa e incluso, como en este caso, de la experiencia que se acaba de vivir
El sacerdote sabe intelectualmente: “Esto es Jesucristo, verdadera, real y sustancialmente presente”. En este caso, además, el P. Bowman ha experimentado ese misterio de una manera especialmente intensa. Pero su conducta litúrgica ha aprendido otro código práctico: “Esto se distribuye así porque así se hace”. Y cuando la costumbre domina durante años, puede dejar de preguntarse si el gesto expresa adecuadamente aquello que cree.
Creemos que este vídeo contiene una profunda enseñanza. Muestra hasta qué punto se ha producido un cambio en la cultura litúrgica a causa del Novus Ordo. Ese “código práctico” puede haberse enraizado de tal manera en la conciencia sacerdotal que, incluso después de una experiencia extraordinaria durante la Misa, todo continúa conforme a la praxis rutinaria adquirida durante años.
En definitiva, lo que observamos es una separación entre la costumbre litúrgica y las consecuencias naturales de la fe. Se cree en la presencia real, se confiesa la presencia real y hasta se puede experimentar con extraordinaria intensidad esta presencia; pero después se continúa con una rutina litúrgica en la que el temor reverencial, la custodia del sacramento y los signos visibles de adoración han perdido buena parte del lugar que tradicionalmente ocuparon.
Y entonces queda una pregunta:
¿Hasta qué punto ha deformado la cultura litúrgica nacida del Novus Ordo la conciencia sacerdotal para que una experiencia extraordinaria de la presencia real pueda terminar sin modificar apenas la praxis ordinaria?
Hemos visto el vídeo (AQUÍ) en el que el sacerdote norteamericano P. Brent Bowman vive una experiencia extraordinaria y profundamente emotiva durante la consagración. La Misa tuvo lugar el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Pensamos que cualquier sacerdote desearía recibir una gracia semejante, capaz de hacerle percibir de manera tan intensa el misterio que celebra cada día.
Contemplamos el resto del video hasta el final. Y aquí nos surgió una cierta perplejidad. A nuestro modo de ver hay una especie de disonancia, de contradicción, entre la experiencia tan extraordinaria vivida por el sacerdote y la rutina litúrgica que siguió después el sacerdote, en particular durante la comunión de los fieles.
Vimos laicos distribuyendo la sagrada comunión; fieles comulgando de pie y en la mano, también ante el propio sacerdote. Este daba la comunión con la misma rapidez habitual, moviéndose de un lado a otro, mientras los fieles se aglomeraban para recibirla con escaso orden.
Nuestra pregunta, quizá ingenua, es muy sencilla es: si el sacerdote acaba de experimentar hasta físicamente el peso de la presencia real, ¿no debería esa experiencia llevarle también a reconsiderar la manera concreta en que esa presencia es tratada durante la comunión de los fieles?
Porque la reverencia eucarística no consiste únicamente en emocionarse ante el misterio. Tiene consecuencias corporales y litúrgicas. La tradición litúrgica rodeó por eso la Misa de genuflexiones, purificaciones, dedos consagrados, patena de comunión, recepción en la lengua y cuidado minucioso de
las partículas No porque Cristo necesite nuestros gestos, sino porque nosotros necesitamos expresar con el cuerpo la fe que profesamos.
Estamos ante una seria cuestión. La costumbre litúrgica del Novus Ordo puede llegar a ser tan poderosa que incluso una experiencia espiritual extraordinaria no lleve al sacerdote a replantearse su praxis habitual. La rutina diaria puede terminar funcionando casi independientemente de la verdad doctrinal que se profesa e incluso, como en este caso, de la experiencia que se acaba de vivir
El sacerdote sabe intelectualmente: “Esto es Jesucristo, verdadera, real y sustancialmente presente”. En este caso, además, el P. Bowman ha experimentado ese misterio de una manera especialmente intensa. Pero su conducta litúrgica ha aprendido otro código práctico: “Esto se distribuye así porque así se hace”. Y cuando la costumbre domina durante años, puede dejar de preguntarse si el gesto expresa adecuadamente aquello que cree.
Creemos que este vídeo contiene una profunda enseñanza. Muestra hasta qué punto se ha producido un cambio en la cultura litúrgica a causa del Novus Ordo. Ese “código práctico” puede haberse enraizado de
tal manera en la conciencia sacerdotal que, incluso después de una experiencia extraordinaria durante la Misa, todo continúa conforme a la praxis rutinaria adquirida durante años.
En definitiva, lo que observamos es una separación entre la costumbre litúrgica y las consecuencias naturales de la fe. Se cree en la presencia real, se confiesa la presencia real y hasta se puede experimentar con extraordinaria intensidad esta presencia; pero después se continúa con una rutina litúrgica en la que el temor reverencial, la custodia del sacramento y los signos visibles de adoración han perdido buena parte del lugar que tradicionalmente ocuparon.
Y entonces queda una pregunta:
¿Hasta qué punto ha deformado la cultura litúrgica nacida del Novus Ordo la conciencia sacerdotal para que una experiencia extraordinaria de la presencia real pueda terminar sin modificar apenas la praxis ordinaria?
Excelente reflexión que muchos católicos compartimos, y que dan cuenta del destrozó que en su momento se hizo y se sigue haciendo en la liturgia, incluso en su parte más sagrada.