La Primera Guerra Mundial. Un análisis incómodo
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Por estas fechas estamos a punto de llegar al aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Tal día como el 28 de julio de 1914, los austro-húngaros iniciaron las hostilidades con el intento de invasión de Serbia. Rusia les declaró la guerra en apoyo de sus aliados serbios. Mientras tanto, Alemania invadió Bélgica que se había declarado neutral. La invasión belga llevó al Reino Unido a declarar la guerra a Alemania. Luego los alemanes fueron detenidos por los franceses a pocos kilómetros de París, y a partir de entonces se inició una guerra de desgaste donde las kilométricas lineas de trincheras apenas sufrirían variación alguna hasta 1917, convirtiendo aquel territorio en el escenario de la mayor matanza de seres humanos de toda la historia.
El relato común y la historia oficial describen las causas del comienzo de la Primera Guerra Mundial, casi como un culebrón novelesco.
Un pistolero solitario en Sarajevo aprieta el gatillo, un archiduque cae muerto y, como fichas de dominó, las grandes potencias de Europa, se declaran la guerra y envían cientos de miles de hombres a morir de forma absurda en las trincheras del Viejo Continente.
Todo ello es condimentado por una narrativa que interpreta lo ocurrido a la sombra del militarismo alemán. De tal forma, la agresión prusiana impregna cualquier interpretación histórica y así se transita indolente por lo indiscutible.
Es una de las historias más repetidas de nuestro cansino mundo moderno.
Y no estoy diciendo que el asesinato del archiduque Francisco Fernando no tuviese importancia. Por supuesto que la tuvo. Pero mucha menos de lo que se nos ha contado. Lo cierto es que una bala cambió la trayectoria del siglo XX. Pero, no es menos cierto que esa bala fue disparada en un mundo que estaba ya empapado en gasolina, nunca mejor dicho. Porque el oro negro, el petroleo que había comenzado a ser la energía vital de las sociedades capitalistas, exigía su tributo de sangre. Sin duda, tras la gran tragedia europea el oscuro elemento debió quedar satisfecho… aunque por poco tiempo. Años después exigiría nuevamente su cuota de sufrimiento humano con una nueva Guerra Mundial..
Por tanto, la pregunta pertinente es ¿que tiene que ver el petroleo, con la I Guerra Mundial, si prácticamente acababa de ser descubierto?
Y como cuando existe un crimen o una estafa, lo mejor para encontrar la respuesta o descubrir las causas del delito, es seguir la pista del dinero. En este caso, se trata de rastrear los acuerdos de armas, los préstamos financieros y los intereses coloniales, porque ellos muestran la existencia de una historia mucho más más inquietante que el vulgar y simplista relato de la escalada del conflicto, sin causa aparente, ni responsables directos mas allá de la política de alianzas y el descontrol de los acontecimientos que los historiadores sistémicos se empeñan en difundir de forma indiscutible.
Porque el verdadero origen de la Primera Guerra Mundial no se encuentra en un archiduque muerto o en los tropiezos de imperios rivales inconscientes del riesgo, y que caminaban sonámbulos por el filo de la espada de la historia.
Se trataba del capital. Se trataba de los mercados. Se trataba de quién controlaría los materiales y las rutas comerciales que definirían el poder global del próximo siglo de. En definitiva, se trataba del control energético del futuro.
Por tanto, el origen del conflicto bélico, no hay que buscarlo en los palacios de los emperadores, ni en los estados mayores de los ejércitos de la época, sino en las salas de juntas de los banqueros, y en las oficinas de las grandes empresas de fabricantes de armas. Y sobre todo en una trascendente decisión que englobaba todos los factores geopolíticos antes expuestos. Se trataba de la construcción del gran ferrocarril que cambiaría el mundo.
Me explicaré.
Tras la guerra franco-prusiana de 1871, en Alemania se produjo el mayor crecimiento industrial y la mayor transformación económica de la historia humana, una transformación que dejó atónito al mundo. En el transcurso de una sola generación, Alemania pasó de ser un grupo de estados agrícolas atomizados a convertirse en la potencia industrial del continente. En 1913, Alemania producía más acero que Gran Bretaña, Francia y Rusia juntos. Su industria química pasó a dominar los mercados globales, y sus empresas de ingeniería eran la envidia del mundo. Al mismo tiempo su población estaba creciendo de forma imparable convirtiéndose en la gran potencia demográfica del continente.
A su vez, Gran Bretaña había sido el taller indiscutible del mundo durante más de un siglo. El Imperio Británico controlaba aproximadamente un cuarto de la masa terrestre del planeta. La Royal Navy dominaba los mares, la libra esterlina era la moneda de reserva mundial y la ciudad de Londres era el centro neurálgico de las finanzas globales.
Pero la ventaja economico-industrial británica estaba disminuyendo. En 1870, Gran Bretaña produjo casi un tercio de los bienes manufacturados del mundo. Pero en 1913, esa cuota había caído a aproximadamente el 14%. Alemania, mientras tanto, había avanzado a aproximadamente al 15%. Esto ya no era una competencia abstracta o coyuntural. Esto era una amenaza existencial para todo el sistema imperial británico. Porque el imperio británico dependía de dos elementos fundamentales de sustentación: supremacía naval y control de las finanzas globales.
Y Alemania estaba comenzando a desafiar esos pilares. Y si el desafío tenía éxito, todo la arquitectura del poder global británico empezaría a agrietarse. Y el país germanico, ya bajo el káiser Guillermo II, personaje muy alejado de la prudencia política de Bismarck al que destituyó nada más hacerse con el poder, estaba decidido a continuar con el proyecto de convertirse en la gran potencia continental como paso previo a su influencia mundial.
En efecto, Guillermo ya no se conformaba con ser una potencia continental Exigía su lugar al sol. Y además, un lugar privilegiado. Y pasó a competir por colonias, construyó una marina de capacidad y alcance mundial y buscó alcanzar poder en todo el mundo. Gran Bretaña, Francia, Bélgica, y los Países Bajos ya habían colocado a lo largo de África y Asia no solo banderas coloniales en un mapa. Habían conseguido mercados cautivos, y fuentes de materias primas baratas: caucho, estaño, cobre, petróleo, algodón y otros cien recursos que las economías industriales necesitaban devorar constantemente para su estabilidad y crecimiento. Alemania había llegado tarde a semejante banquete, y estaba sentada a la mesa prácticamente desnuda.
Es ahí, cuando el Kaiser emprende su jugada geopolítica maestra, el proyecto de construcción del ferrocarril a Bagdad, uno de los más trascendentales proyectos de infraestructuras, que la historia “oficial” oculta o en el mejor de los casos rara vez le concede la atención que merece en la genealogía de la guerra mundial. Y semejante omisión se efectúa de forma deliberada, porque este ferrocarril revela algo incómodo sobre el origen de la guerra mundial. A saber: la naturaleza del conflicto no se basó en fenómenos de orgullo nacional, de alianzas defensivas o de puro militarismo agresivo prusiano, como constantemente se induce a creer, sino en luchas de poder por rutas comerciales petroleras y futura influencia global. O sea, en la revitalización del capitalismo puro y duro.
La historia comienza en 1888, el mismo año en que Guillermo II alcanzó el trono. Un consorcio alemán liderado por el Deutsche Bank obtuvo una concesión de el Imperio Otomano para construir un ferrocarril conectando Estambul con Ankara. Pero desde el al principio, la verdadera visión estaba mas lejos y era mas grande. El plan era ampliar la linea de ferrocarril desde Berlín, pasando por los Balcanes, a través de Anatolia hacia el sur, pasando por Mesopotamia hasta Bagdad, y finalmente hasta el puerto de Basora en el Golfo Pérsico. Esto significaría una única línea ferroviaria sin interrupciones conectando el corazón de la industria de Alemania con el Golfo Pérsico. Lo que evitaría por completo el canal de Suez. Un canal sobre el que Gran Bretaña se había asegurado el control en 1875, cuando el primer ministro Benjamin Disraelí con financiación de la la familia bancaria Rothschild compró las acciones del gobierno egipcio.
La linea férrea le daría a Alemania acceso directo por tierra a los mercados de Oriente Medio y sobre todo a los campos petrolíferos de Mesopotamia, que comenzaban a ser explotados. Y habría permitido el comercio entre Alemania y el resto del mundo, a través de un puerto en el golfo Pérsico, desde el cual podrían intercambiarse bienes y suministros con las colonias alemanas más lejanas. El viaje de vuelta habría proporcionado a la industria alemana un suministro directo de petróleo. El acceso a los recursos energeticos, evitando el control británico del transporte marítimo, habría beneficiado a la industria y comercio alemanes,que indudablemente hubiera amenazado el dominio económico británico en el comercio colonial.
El ferrocarril también amenazaba a Rusia, ya que con su trazado por los Balcanes, era inevitable que extendiera la influencia económica alemana hacia la frontera con el Cáucaso y el norte de Persia, donde Rusia tenía una posición dominante en el mercado. Así pues, era un proyecto muy conveniente para Alemania, pero muy inconveniente para muchos otros.
Por tanto, es aquí es donde el petróleo entra en la historia de una manera que la mayoría de relatos sobre la génesis de la I Guerra Mundial silencian e ignoran por completo.
El petróleo fue descubierto en lo que hoy es el actual Irán, en 1908,. Y eso provocó un notable impacto en las capitales europeas. Los británicos, que ya estaban haciendo la transición de la Royal Navy del carbón al petróleo, bajo la dirección del Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, inmediatamente comprendieron las implicaciones estratégicas de semejante hallazgo. Quien controlara el petróleo de Oriente Medio controlaría el combustible que alimentaría a las Armadas modernas, a los ejércitos modernos y a la industria moderna. A la economía capitalista, en suma.
Los británicos pronto tomaron cartas en el asunto.La Compañía Petrolera anglo-persa se formó en 1909 con el gobierno británico alcanzando una participación mayoritaria en 1914, solo unas semanas antes del comienzo de la guerra. Pero el petroleo recién descubierto, los grandes yacimientos de Oriente Medio, seguía disponible para el ferrocarril de Berlín a Bagdad, que si era construido, situaría a Alemania en una posición clave para dominar el acceso a esas reservas, las mayores del mundo hasta la fecha.
Gran Bretaña consideró esto como un amenaza directa al suministro de su propio combustible, al monopolio geoestratégico del Canal de Suez y a su posición política general en Oriente Medio e India.
Pero los británicos no fueron los únicos en alarmarse. Rusia veía el ferrocarril como un cuchillo alemán apuntando a su blando vientre inferior, el Cáucaso y centro-asia. Francia, que tenía sus propios intereses financieros en el Imperio Otomano y amplias inversiones en bonos del gobierno ruso, lo veía como una amenaza para los delicados equilibrios de poder. De hecho, en 1914, Los inversores franceses poseían aproximadamente 20 mil millones de francos en bonos del gobierno ruso, convirtiendo a Francia en el mayor acreedor del Estado ruso. Es decir, existía un enredo financiero tan profundo que el destino económico de Francia estaba literalmente ligado a la supervivencia de Rusia como gran potencia.
Para todos ellos, era vital que la construcción del ferrocarril nunca se llevase a cabo.
Alemania necesitaba, tiempo y paz social para completar la gran obra de ingeniería. Gran Bretaña, Francia y Rusia, necesitaban todo lo contrario.
Luego llegó el tan oportuno como conveniente atentado del archiduque austriaco en Sarajevo. Un “casus belli” en toda regla. Lo que vino después ya lo sabemos.
Así que cuando los historiadores dicen que la guerra fue causada por una compleja red de alianzas, no están equivocados. Pero no desvelan completamente toda la verdad. Porque esas alianzas no eran acuerdos diplomáticos abstractos. Al contrario, se trataba de contratos respaldados por miles de millones en préstamos, inversiones y acuerdos comerciales. La triple alianza entre entre Gran Bretaña, Francia y Rusia era más un bloque financiero, que uno militar. Y a su vez, la alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia representaban un intento de crear su propia esfera económica para competir con las enormes recursos financieros del eje franco-británico.
Y de este modo llegamos a la incómoda impugnación de la supuesta verdad de las narrativas convencionales, que culpan groseramente a Alemania o culpan a todos por igual, en una confusa ceremonia de culpabilización absurda, para ocultar que la guerra no fue un accidente. No fue un error de cálculo, y no fue el trabajo de un solo villano. Fue el producto de un sistema económico global que se había ido volviendo cada vez más peligroso. La lucha por las colonias africanas, la carrera armamentística, la competencia por los mercados y materias primas, el entrelazamiento entre finanzas y asuntos exteriores. El control global de la energía del futuro.
En esencia, se trataba del capitalismo, del sistema capitalista de producción y consumo, y de su demanda insaciable para crecer. Esa fue la fuerza que hizo la guerra no solo posible, sino que en la mente de muchos de los hombres con poder y capacidad de decisión, la hizo necesaria. La tragedia no es que estos individuos fuesen ciegos. La tragedia es que podían ver perfectamente lo que estaban haciendo. Y lo hicieron de todos modos, porque dentro de la lógica del sistema, seguir hacia delante, tenía sentido. Cuando finalmente las armas se quedaron en silencio, el 11 de noviembre de 1918, el mundo que emergió era irreconocible. Cuatro incómodos imperios, habían sido destruidos. Casi 20 millones de personas habían muerto. El doble resultaron heridas.
Pero los fabricantes de armas sobrevivieron fortalecidos. Los bancos sobrevivieron. Los sistemas que habían creado las condiciones para la guerra continuaron vivos y coleando. Simplemente fueron reestructurados, acomodados y preparados para crear la próxima catástrofe… Solo tardarían 20 años en hacerlo.
Porque la realidad, es que cuando los intereses del capital se convierten en indistinguibles de los intereses del Estado, cuando la maquinaria de la guerra se vuelve tan rentable que la paz se convierte en el enemigo del progreso, la lógica intrínseca del sistema obliga a desenterrar el hacha y comenzar el conflicto de nuevo..
Por eso, esta es una historia eso no terminó en 1918. Continuó durante los años 20 y 30, a través de la Segunda Guerra Mundial, pasando por la guerra fría, y continúa hoy en día en diferentes formas, en diferentes teatros, pero con la esta misma lógica subyacente. Venezuela, Iran, ¿Cuba? ¿China?.
El tiempo lo dirá. Siempre lo acaba diciendo.
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Por estas fechas estamos a punto de llegar al aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Tal día como el 28 de julio de 1914, los austro-húngaros iniciaron las hostilidades con el intento de invasión de Serbia. Rusia les declaró la guerra en apoyo de sus aliados serbios. Mientras tanto, Alemania invadió Bélgica que se había declarado neutral. La invasión belga llevó al Reino Unido a declarar la guerra a Alemania. Luego los alemanes fueron detenidos por los franceses a pocos kilómetros de París, y a partir de entonces se inició una guerra de desgaste donde las kilométricas lineas de trincheras apenas sufrirían variación alguna hasta 1917, convirtiendo aquel territorio en el escenario de la mayor matanza de seres humanos de toda la historia.
El relato común y la historia oficial describen las causas del comienzo de la Primera Guerra Mundial, casi como un culebrón novelesco.
Un pistolero solitario en Sarajevo aprieta el gatillo, un archiduque cae muerto y, como fichas de dominó, las grandes potencias de Europa, se declaran la guerra y envían cientos de miles de hombres a morir de forma absurda en las trincheras del Viejo Continente.
Todo ello es condimentado por una narrativa que interpreta lo ocurrido a la sombra del militarismo alemán. De tal forma, la agresión prusiana impregna cualquier interpretación histórica y así se transita indolente por lo indiscutible.
Es una de las historias más repetidas de nuestro cansino mundo moderno.
Y no estoy diciendo que el asesinato del archiduque Francisco Fernando no tuviese importancia. Por supuesto que la tuvo. Pero mucha menos de lo que se nos ha contado. Lo cierto es que una bala cambió la trayectoria del siglo XX. Pero, no es menos cierto que esa bala fue disparada en un mundo que estaba ya empapado en gasolina, nunca mejor dicho. Porque el oro negro, el petroleo que había comenzado a ser la energía vital de las sociedades capitalistas, exigía su tributo de sangre. Sin duda, tras la gran tragedia europea el oscuro elemento debió quedar satisfecho… aunque por poco tiempo. Años después exigiría nuevamente su cuota de sufrimiento humano con una nueva Guerra Mundial..
Por tanto, la pregunta pertinente es ¿que tiene que ver el petroleo, con la I Guerra Mundial, si prácticamente acababa de ser descubierto?
Y como cuando existe un crimen o una estafa, lo mejor para encontrar la respuesta o descubrir las causas del delito, es seguir la pista del dinero. En este caso, se trata de rastrear los acuerdos de armas, los préstamos financieros y los intereses coloniales, porque ellos muestran la existencia de una historia mucho más más inquietante que el vulgar y simplista relato de la escalada del conflicto, sin causa aparente, ni responsables directos mas allá de la política de alianzas y el descontrol de los acontecimientos que los historiadores sistémicos se empeñan en difundir de forma indiscutible.
Porque el verdadero origen de la Primera Guerra Mundial no se encuentra en un archiduque muerto o en los tropiezos de imperios rivales inconscientes del riesgo, y que caminaban sonámbulos por el filo de la espada de la historia.
Se trataba del capital. Se trataba de los mercados. Se trataba de quién controlaría los materiales y las rutas comerciales que definirían el poder global del próximo siglo de. En definitiva, se trataba del control energético del futuro.
Por tanto, el origen del conflicto bélico, no hay que buscarlo en los palacios de los emperadores, ni en los estados mayores de los ejércitos de la época, sino en las salas de juntas de los banqueros, y en las oficinas de las grandes empresas de fabricantes de armas. Y sobre todo en una trascendente decisión que englobaba todos los factores geopolíticos antes expuestos. Se trataba de la construcción del gran ferrocarril que cambiaría el mundo.
Me explicaré.
Tras la guerra franco-prusiana de 1871, en Alemania se produjo el mayor crecimiento industrial y la mayor transformación económica de la historia humana, una transformación que dejó atónito al mundo. En el transcurso de una sola generación, Alemania pasó de ser un grupo de estados agrícolas atomizados a convertirse en la potencia industrial del continente. En 1913, Alemania producía más acero que Gran Bretaña, Francia y Rusia juntos. Su industria química pasó a dominar los mercados globales, y sus empresas de ingeniería eran la envidia del mundo. Al mismo tiempo su población estaba creciendo de forma imparable convirtiéndose en la gran potencia demográfica del continente.
A su vez, Gran Bretaña había sido el taller indiscutible del mundo durante más de un siglo. El Imperio Británico controlaba aproximadamente un cuarto de la masa terrestre del planeta. La Royal Navy dominaba los mares, la libra esterlina era la moneda de reserva mundial y la ciudad de Londres era el centro neurálgico de las finanzas globales.
Pero la ventaja economico-industrial británica estaba disminuyendo. En 1870, Gran Bretaña produjo casi un tercio de los bienes manufacturados del mundo. Pero en 1913, esa cuota había caído a aproximadamente el 14%. Alemania, mientras tanto, había avanzado a aproximadamente al 15%. Esto ya no era una competencia abstracta o coyuntural. Esto era una amenaza existencial para todo el sistema imperial británico. Porque el imperio británico dependía de dos elementos fundamentales de sustentación: supremacía naval y control de las finanzas globales.
Y Alemania estaba comenzando a desafiar esos pilares. Y si el desafío tenía éxito, todo la arquitectura del poder global británico empezaría a agrietarse. Y el país germanico, ya bajo el káiser Guillermo II, personaje muy alejado de la prudencia política de Bismarck al que destituyó nada más hacerse con el poder, estaba decidido a continuar con el proyecto de convertirse en la gran potencia continental como paso previo a su influencia mundial.
En efecto, Guillermo ya no se conformaba con ser una potencia continental Exigía su lugar al sol. Y además, un lugar privilegiado. Y pasó a competir por colonias, construyó una marina de capacidad y alcance mundial y buscó alcanzar poder en todo el mundo. Gran Bretaña, Francia, Bélgica, y los Países Bajos ya habían colocado a lo largo de África y Asia no solo banderas coloniales en un mapa. Habían conseguido mercados cautivos, y fuentes de materias primas baratas: caucho, estaño, cobre, petróleo, algodón y otros cien recursos que las economías industriales necesitaban devorar constantemente para su estabilidad y crecimiento. Alemania había llegado tarde a semejante banquete, y estaba sentada a la mesa prácticamente desnuda.
Es ahí, cuando el Kaiser emprende su jugada geopolítica maestra, el proyecto de construcción del ferrocarril a Bagdad, uno de los más trascendentales proyectos de infraestructuras, que la historia “oficial” oculta o en el mejor de los casos rara vez le concede la atención que merece en la genealogía de la guerra mundial. Y semejante omisión se efectúa de forma deliberada, porque este ferrocarril revela algo incómodo sobre el origen de la guerra mundial. A saber: la naturaleza del conflicto no se basó en fenómenos de orgullo nacional, de alianzas defensivas o de puro militarismo agresivo prusiano, como constantemente se induce a creer, sino en luchas de poder por rutas comerciales petroleras y futura influencia global. O sea, en la revitalización del capitalismo puro y duro.
La historia comienza en 1888, el mismo año en que Guillermo II alcanzó el trono. Un consorcio alemán liderado por el Deutsche Bank obtuvo una concesión de el Imperio Otomano para construir un ferrocarril conectando Estambul con Ankara. Pero desde el al principio, la verdadera visión estaba mas lejos y era mas grande. El plan era ampliar la linea de ferrocarril desde Berlín, pasando por los Balcanes, a través de Anatolia hacia el sur, pasando por Mesopotamia hasta Bagdad, y finalmente hasta el puerto de Basora en el Golfo Pérsico. Esto significaría una única línea ferroviaria sin interrupciones conectando el corazón de la industria de Alemania con el Golfo Pérsico. Lo que evitaría por completo el canal de Suez. Un canal sobre el que Gran Bretaña se había asegurado el control en 1875, cuando el primer ministro Benjamin Disraelí con financiación de la la familia bancaria Rothschild compró las acciones del gobierno egipcio.
La linea férrea le daría a Alemania acceso directo por tierra a los mercados de Oriente Medio y sobre todo a los campos petrolíferos de Mesopotamia, que comenzaban a ser explotados. Y habría permitido el comercio entre Alemania y el resto del mundo, a través de un puerto en el golfo Pérsico, desde el cual podrían intercambiarse bienes y suministros con las colonias alemanas más lejanas. El viaje de vuelta habría proporcionado a la industria alemana un suministro directo de petróleo. El acceso a los recursos energeticos, evitando el control británico del transporte marítimo, habría beneficiado a la industria y comercio alemanes,que indudablemente hubiera amenazado el dominio económico británico en el comercio colonial.
El ferrocarril también amenazaba a Rusia, ya que con su trazado por los Balcanes, era inevitable que extendiera la influencia económica alemana hacia la frontera con el Cáucaso y el norte de Persia, donde Rusia tenía una posición dominante en el mercado. Así pues, era un proyecto muy conveniente para Alemania, pero muy inconveniente para muchos otros.
Por tanto, es aquí es donde el petróleo entra en la historia de una manera que la mayoría de relatos sobre la génesis de la I Guerra Mundial silencian e ignoran por completo.
El petróleo fue descubierto en lo que hoy es el actual Irán, en 1908,. Y eso provocó un notable impacto en las capitales europeas. Los británicos, que ya estaban haciendo la transición de la Royal Navy del carbón al petróleo, bajo la dirección del Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, inmediatamente comprendieron las implicaciones estratégicas de semejante hallazgo. Quien controlara el petróleo de Oriente Medio controlaría el combustible que alimentaría a las Armadas modernas, a los ejércitos modernos y a la industria moderna. A la economía capitalista, en suma.
Los británicos pronto tomaron cartas en el asunto.La Compañía Petrolera anglo-persa se formó en 1909 con el gobierno británico alcanzando una participación mayoritaria en 1914, solo unas semanas antes del comienzo de la guerra. Pero el petroleo recién descubierto, los grandes yacimientos de Oriente Medio, seguía disponible para el ferrocarril de Berlín a Bagdad, que si era construido, situaría a Alemania en una posición clave para dominar el acceso a esas reservas, las mayores del mundo hasta la fecha.
Gran Bretaña consideró esto como un amenaza directa al suministro de su propio combustible, al monopolio geoestratégico del Canal de Suez y a su posición política general en Oriente Medio e India.
Pero los británicos no fueron los únicos en alarmarse. Rusia veía el ferrocarril como un cuchillo alemán apuntando a su blando vientre inferior, el Cáucaso y centro-asia. Francia, que tenía sus propios intereses financieros en el Imperio Otomano y amplias inversiones en bonos del gobierno ruso, lo veía como una amenaza para los delicados equilibrios de poder. De hecho, en 1914, Los inversores franceses poseían aproximadamente 20 mil millones de francos en bonos del gobierno ruso, convirtiendo a Francia en el mayor acreedor del Estado ruso. Es decir, existía un enredo financiero tan profundo que el destino económico de Francia estaba literalmente ligado a la supervivencia de Rusia como gran potencia.
Para todos ellos, era vital que la construcción del ferrocarril nunca se llevase a cabo.
Alemania necesitaba, tiempo y paz social para completar la gran obra de ingeniería. Gran Bretaña, Francia y Rusia, necesitaban todo lo contrario.
Luego llegó el tan oportuno como conveniente atentado del archiduque austriaco en Sarajevo. Un “casus belli” en toda regla. Lo que vino después ya lo sabemos.
Así que cuando los historiadores dicen que la guerra fue causada por una compleja red de alianzas, no están equivocados. Pero no desvelan completamente toda la verdad. Porque esas alianzas no eran acuerdos diplomáticos abstractos. Al contrario, se trataba de contratos respaldados por miles de millones en préstamos, inversiones y acuerdos comerciales. La triple alianza entre entre Gran Bretaña, Francia y Rusia era más un bloque financiero, que uno militar. Y a su vez, la alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia representaban un intento de crear su propia esfera económica para competir con las enormes recursos financieros del eje franco-británico.
Y de este modo llegamos a la incómoda impugnación de la supuesta verdad de las narrativas convencionales, que culpan groseramente a Alemania o culpan a todos por igual, en una confusa ceremonia de culpabilización absurda, para ocultar que la guerra no fue un accidente. No fue un error de cálculo, y no fue el trabajo de un solo villano. Fue el producto de un sistema económico global que se había ido volviendo cada vez más peligroso. La lucha por las colonias africanas, la carrera armamentística, la competencia por los mercados y materias primas, el entrelazamiento entre finanzas y asuntos exteriores. El control global de la energía del futuro.
En esencia, se trataba del capitalismo, del sistema capitalista de producción y consumo, y de su demanda insaciable para crecer. Esa fue la fuerza que hizo la guerra no solo posible, sino que en la mente de muchos de los hombres con poder y capacidad de decisión, la hizo necesaria. La tragedia no es que estos individuos fuesen ciegos. La tragedia es que podían ver perfectamente lo que estaban haciendo. Y lo hicieron de todos modos, porque dentro de la lógica del sistema, seguir hacia delante, tenía sentido. Cuando finalmente las armas se quedaron en silencio, el 11 de noviembre de 1918, el mundo que emergió era irreconocible. Cuatro incómodos imperios, habían sido destruidos. Casi 20 millones de personas habían muerto. El doble resultaron heridas.
Pero los fabricantes de armas sobrevivieron fortalecidos. Los bancos sobrevivieron. Los sistemas que habían creado las condiciones para la guerra continuaron vivos y coleando. Simplemente fueron reestructurados, acomodados y preparados para crear la próxima catástrofe… Solo tardarían 20 años en hacerlo.
Porque la realidad, es que cuando los intereses del capital se convierten en indistinguibles de los intereses del Estado, cuando la maquinaria de la guerra se vuelve tan rentable que la paz se convierte en el enemigo del progreso, la lógica intrínseca del sistema obliga a desenterrar el hacha y comenzar el conflicto de nuevo..
Por eso, esta es una historia eso no terminó en 1918. Continuó durante los años 20 y 30, a través de la Segunda Guerra Mundial, pasando por la guerra fría, y continúa hoy en día en diferentes formas, en diferentes teatros, pero con la esta misma lógica subyacente. Venezuela, Iran, ¿Cuba? ¿China?.
El tiempo lo dirá. Siempre lo acaba diciendo.
Por estas fechas estamos a punto de llegar al aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Tal día como el 28 de julio de 1914, los austro-húngaros iniciaron las hostilidades con el intento de invasión de Serbia. Rusia les declaró la guerra en apoyo de sus aliados serbios. Mientras tanto, Alemania invadió Bélgica que se había declarado neutral. La invasión belga llevó al Reino Unido a declarar la guerra a Alemania. Luego los alemanes fueron detenidos por los franceses a pocos kilómetros de París, y a partir de entonces se inició una guerra de desgaste donde las kilométricas lineas de trincheras apenas sufrirían variación alguna hasta 1917, convirtiendo aquel territorio en el escenario de la mayor matanza de seres humanos de toda la historia.
El relato común y la historia oficial describen las causas del comienzo de la Primera Guerra Mundial, casi como un culebrón novelesco.
Un pistolero solitario en Sarajevo aprieta el gatillo, un archiduque cae muerto y, como fichas de dominó, las grandes potencias de Europa, se declaran la guerra y envían cientos de miles de hombres a morir de forma absurda en las trincheras del Viejo Continente.
Todo ello es condimentado por una narrativa que interpreta lo ocurrido a la sombra del militarismo alemán. De tal forma, la agresión prusiana impregna cualquier interpretación histórica y así se transita indolente por lo indiscutible.
Es una de las historias más repetidas de nuestro cansino mundo moderno.
Y no estoy diciendo que el asesinato del archiduque Francisco Fernando no tuviese importancia. Por supuesto que la tuvo. Pero mucha menos de lo que se nos ha contado. Lo cierto es que una bala cambió la trayectoria del siglo XX. Pero, no es menos cierto que esa bala fue disparada en un mundo que estaba ya empapado en gasolina, nunca mejor dicho. Porque el oro negro, el petroleo que había comenzado a ser la energía vital de las sociedades capitalistas, exigía su tributo de sangre. Sin duda, tras la gran tragedia europea el oscuro elemento debió quedar satisfecho… aunque por poco tiempo. Años después exigiría nuevamente su cuota de sufrimiento humano con una nueva Guerra Mundial..
Por tanto, la pregunta pertinente es ¿que tiene que ver el petroleo, con la I Guerra Mundial, si prácticamente acababa de ser descubierto?
Y como cuando existe un crimen o una estafa, lo mejor para encontrar la respuesta o descubrir las causas del delito, es seguir la pista del dinero. En este caso, se trata de rastrear los acuerdos de armas, los préstamos financieros y los intereses coloniales, porque ellos muestran la existencia de una historia mucho más más inquietante que el vulgar y simplista relato de la escalada del conflicto, sin causa aparente, ni responsables directos mas allá de la política de alianzas y el descontrol de los acontecimientos que los historiadores sistémicos se empeñan en difundir de forma indiscutible.

Porque el verdadero origen de la Primera Guerra Mundial no se encuentra en un archiduque muerto o en los tropiezos de imperios rivales inconscientes del riesgo, y que caminaban sonámbulos por el filo de la espada de la historia.
Se trataba del capital. Se trataba de los mercados. Se trataba de quién controlaría los materiales y las rutas comerciales que definirían el poder global del próximo siglo de. En definitiva, se trataba del control energético del futuro.
Por tanto, el origen del conflicto bélico, no hay que buscarlo en los palacios de los emperadores, ni en los estados mayores de los ejércitos de la época, sino en las salas de juntas de los banqueros, y en las oficinas de las grandes empresas de fabricantes de armas. Y sobre todo en una trascendente decisión que englobaba todos los factores geopolíticos antes expuestos. Se trataba de la construcción del gran ferrocarril que cambiaría el mundo.
Me explicaré.
Tras la guerra franco-prusiana de 1871, en Alemania se produjo el mayor crecimiento industrial y la mayor transformación económica de la historia humana, una transformación que dejó atónito al mundo. En el transcurso de una sola generación, Alemania pasó de ser un grupo de estados agrícolas atomizados a convertirse en la potencia industrial del continente. En 1913, Alemania producía más acero que Gran Bretaña, Francia y Rusia juntos. Su industria química pasó a dominar los mercados globales, y sus empresas de ingeniería eran la envidia del mundo. Al mismo tiempo su población estaba creciendo de forma imparable convirtiéndose en la gran potencia demográfica del continente.
A su vez, Gran Bretaña había sido el taller indiscutible del mundo durante más de un siglo. El Imperio Británico controlaba aproximadamente un cuarto de la masa terrestre del planeta. La Royal Navy dominaba los mares, la libra esterlina era la moneda de reserva mundial y la ciudad de Londres era el centro neurálgico de las finanzas globales.
Pero la ventaja economico-industrial británica estaba disminuyendo. En 1870, Gran Bretaña produjo casi un tercio de los bienes manufacturados del mundo. Pero en 1913, esa cuota había caído a aproximadamente el 14%. Alemania, mientras tanto, había avanzado a aproximadamente al 15%. Esto ya no era una competencia abstracta o coyuntural. Esto era una amenaza existencial para todo el sistema imperial británico. Porque el imperio británico dependía de dos elementos fundamentales de sustentación: supremacía naval y control de las finanzas globales.
Y Alemania estaba comenzando a desafiar esos pilares. Y si el desafío tenía éxito, todo la arquitectura del poder global británico empezaría a agrietarse. Y el país germanico, ya bajo el káiser Guillermo II, personaje muy alejado de la prudencia política de Bismarck al que destituyó nada más hacerse con el poder, estaba decidido a continuar con el proyecto de convertirse en la gran potencia continental como paso previo a su influencia mundial.
En efecto, Guillermo ya no se conformaba con ser una potencia continental Exigía su lugar al sol. Y además, un lugar privilegiado. Y pasó a competir por colonias, construyó una marina de capacidad y alcance mundial y buscó alcanzar poder en todo el mundo. Gran Bretaña, Francia, Bélgica, y los Países Bajos ya habían colocado a lo largo de África y Asia no solo banderas coloniales en un mapa. Habían conseguido mercados cautivos, y fuentes de materias primas baratas: caucho, estaño, cobre, petróleo, algodón y otros cien recursos que las economías industriales necesitaban devorar constantemente para su estabilidad y crecimiento. Alemania había llegado tarde a semejante banquete, y estaba sentada a la mesa prácticamente desnuda.
Es ahí, cuando el Kaiser emprende su jugada geopolítica maestra, el proyecto de construcción del ferrocarril a Bagdad, uno de los más trascendentales proyectos de infraestructuras, que la historia “oficial” oculta o en el mejor de los casos rara vez le concede la atención que merece en la genealogía de la guerra mundial. Y semejante omisión se efectúa de forma deliberada, porque este ferrocarril revela algo incómodo sobre el origen de la guerra mundial. A saber: la naturaleza del conflicto no se basó en fenómenos de orgullo nacional, de alianzas defensivas o de puro militarismo agresivo prusiano, como constantemente se induce a creer, sino en luchas de poder por rutas comerciales petroleras y futura influencia global. O sea, en la revitalización del capitalismo puro y duro.
La historia comienza en 1888, el mismo año en que Guillermo II alcanzó el trono. Un consorcio alemán liderado por el Deutsche Bank obtuvo una concesión de el Imperio Otomano para construir un ferrocarril conectando Estambul con Ankara. Pero desde el al principio, la verdadera visión estaba mas lejos y era mas grande. El plan era ampliar la linea de ferrocarril desde Berlín, pasando por los Balcanes, a través de Anatolia hacia el sur, pasando por Mesopotamia hasta Bagdad, y finalmente hasta el puerto de Basora en el Golfo Pérsico. Esto significaría una única línea ferroviaria sin interrupciones conectando el corazón de la industria de Alemania con el Golfo Pérsico. Lo que evitaría por completo el canal de Suez. Un canal sobre el que Gran Bretaña se había asegurado el control en 1875, cuando el primer ministro Benjamin Disraelí con financiación de la la familia bancaria Rothschild compró las acciones del gobierno egipcio.
La linea férrea le daría a Alemania acceso directo por tierra a los mercados de Oriente Medio y sobre todo a los campos petrolíferos de Mesopotamia, que comenzaban a ser explotados. Y habría permitido el comercio entre Alemania y el resto del mundo, a través de un puerto en el golfo Pérsico, desde el cual podrían intercambiarse bienes y suministros con las colonias alemanas más lejanas. El viaje de vuelta habría proporcionado a la industria alemana un suministro directo de petróleo. El acceso a los recursos energeticos, evitando el control británico del transporte marítimo, habría beneficiado a la industria y comercio alemanes,que indudablemente hubiera amenazado el dominio económico británico en el comercio colonial.
El ferrocarril también amenazaba a Rusia, ya que con su trazado por los Balcanes, era inevitable que extendiera la influencia económica alemana hacia la frontera con el Cáucaso y el norte de Persia, donde Rusia tenía una posición dominante en el mercado. Así pues, era un proyecto muy conveniente para Alemania, pero muy inconveniente para muchos otros.
Por tanto, es aquí es donde el petróleo entra en la historia de una manera que la mayoría de relatos sobre la génesis de la I Guerra Mundial silencian e ignoran por completo.

El petróleo fue descubierto en lo que hoy es el actual Irán, en 1908,. Y eso provocó un notable impacto en las capitales europeas. Los británicos, que ya estaban haciendo la transición de la Royal Navy del carbón al petróleo, bajo la dirección del Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, inmediatamente comprendieron las implicaciones estratégicas de semejante hallazgo. Quien controlara el petróleo de Oriente Medio controlaría el combustible que alimentaría a las Armadas modernas, a los ejércitos modernos y a la industria moderna. A la economía capitalista, en suma.
Los británicos pronto tomaron cartas en el asunto.La Compañía Petrolera anglo-persa se formó en 1909 con el gobierno británico alcanzando una participación mayoritaria en 1914, solo unas semanas antes del comienzo de la guerra. Pero el petroleo recién descubierto, los grandes yacimientos de Oriente Medio, seguía disponible para el ferrocarril de Berlín a Bagdad, que si era construido, situaría a Alemania en una posición clave para dominar el acceso a esas reservas, las mayores del mundo hasta la fecha.
Gran Bretaña consideró esto como un amenaza directa al suministro de su propio combustible, al monopolio geoestratégico del Canal de Suez y a su posición política general en Oriente Medio e India.
Pero los británicos no fueron los únicos en alarmarse. Rusia veía el ferrocarril como un cuchillo alemán apuntando a su blando vientre inferior, el Cáucaso y centro-asia. Francia, que tenía sus propios intereses financieros en el Imperio Otomano y amplias inversiones en bonos del gobierno ruso, lo veía como una amenaza para los delicados equilibrios de poder. De hecho, en 1914, Los inversores franceses poseían aproximadamente 20 mil millones de francos en bonos del gobierno ruso, convirtiendo a Francia en el mayor acreedor del Estado ruso. Es decir, existía un enredo financiero tan profundo que el destino económico de Francia estaba literalmente ligado a la supervivencia de Rusia como gran potencia.
Para todos ellos, era vital que la construcción del ferrocarril nunca se llevase a cabo.
Alemania necesitaba, tiempo y paz social para completar la gran obra de ingeniería. Gran Bretaña, Francia y Rusia, necesitaban todo lo contrario.
Luego llegó el tan oportuno como conveniente atentado del archiduque austriaco en Sarajevo. Un “casus belli” en toda regla. Lo que vino después ya lo sabemos.
Así que cuando los historiadores dicen que la guerra fue causada por una compleja red de alianzas, no están equivocados. Pero no desvelan completamente toda la verdad. Porque esas alianzas no eran acuerdos diplomáticos abstractos. Al contrario, se trataba de contratos respaldados por miles de millones en préstamos, inversiones y acuerdos comerciales. La triple alianza entre entre Gran Bretaña, Francia y Rusia era más un bloque financiero, que uno militar. Y a su vez, la alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia representaban un intento de crear su propia esfera económica para competir con las enormes recursos financieros del eje franco-británico.
Y de este modo llegamos a la incómoda impugnación de la supuesta verdad de las narrativas convencionales, que culpan groseramente a Alemania o culpan a todos por igual, en una confusa ceremonia de culpabilización absurda, para ocultar que la guerra no fue un accidente. No fue un error de cálculo, y no fue el trabajo de un solo villano. Fue el producto de un sistema económico global que se había ido volviendo cada vez más peligroso. La lucha por las colonias africanas, la carrera armamentística, la competencia por los mercados y materias primas, el entrelazamiento entre finanzas y asuntos exteriores. El control global de la energía del futuro.
En esencia, se trataba del capitalismo, del sistema capitalista de producción y consumo, y de su demanda insaciable para crecer. Esa fue la fuerza que hizo la guerra no solo posible, sino que en la mente de muchos de los hombres con poder y capacidad de decisión, la hizo necesaria. La tragedia no es que estos individuos fuesen ciegos. La tragedia es que podían ver perfectamente lo que estaban haciendo. Y lo hicieron de todos modos, porque dentro de la lógica del sistema, seguir hacia delante, tenía sentido. Cuando finalmente las armas se quedaron en silencio, el 11 de noviembre de 1918, el mundo que emergió era irreconocible. Cuatro incómodos imperios, habían sido destruidos. Casi 20 millones de personas habían muerto. El doble resultaron heridas.
Pero los fabricantes de armas sobrevivieron fortalecidos. Los bancos sobrevivieron. Los sistemas que habían creado las condiciones para la guerra continuaron vivos y coleando. Simplemente fueron reestructurados, acomodados y preparados para crear la próxima catástrofe… Solo tardarían 20 años en hacerlo.
Porque la realidad, es que cuando los intereses del capital se convierten en indistinguibles de los intereses del Estado, cuando la maquinaria de la guerra se vuelve tan rentable que la paz se convierte en el enemigo del progreso, la lógica intrínseca del sistema obliga a desenterrar el hacha y comenzar el conflicto de nuevo..
Por eso, esta es una historia eso no terminó en 1918. Continuó durante los años 20 y 30, a través de la Segunda Guerra Mundial, pasando por la guerra fría, y continúa hoy en día en diferentes formas, en diferentes teatros, pero con la esta misma lógica subyacente. Venezuela, Iran, ¿Cuba? ¿China?.
El tiempo lo dirá. Siempre lo acaba diciendo.
La economia es la base de casi cualquier guerra
Y si a eso le añades la ponzoña que G.B destila contra cualquier nacion europea que destaque del resto, tiene es el coctel adecuado
Mire Vd a su alrededor y compare situaciones, vera que el proximo follon puede estar muy, pero que muy cerca
Interesante analisis que nunca habia leido. Te devuelve a la realidad, el dinero es la causa de muchas guerras y apenas se dice. Es como si no se quisiese reconocer una de las bajezas humanas más extendidas: el amor al dinero.
Así, es Sibila.
La imagen de los jugadores de futbol españoles besando con tanta pasión el becerro de oro es escalofriante. Desluce el triunfo conseguido
Cierto, pero elude el autor las palabras malditas. El «capital», la «plutocracia», es, en grandísima medida, el sionismo hebreo adorador de Maamon, de Satanás.
Esa es el verdadero motor de la Historia: con Dios o contra Dios
El Maine/pretexto de turno; la historia está llena de ellos. Una sucesión de teatrillos. Por ejemplo, se dice que Sánchez concede al separatismo lo que quiere para poder seguir en el puesto; o que sigue en el puesto porque ahí es inmune… Es justo al revés: el fin, es conceder lo que quiera al hermano separata porque así lo quiere el Sistema del gobierno mundial marrano, Y que seguirá en el puesto en tanto les sea útil, y una forma de que cuele( de entre las tertulias pueden elegir explicaciones ), es que así está a salvo de sus desmanes, él, su panda y parientes.
Como se contaban en su carteó Pike y Mazzini, las GGMM estaban previstas; las tres; por no hablar de las revoluciones. Con los medios la trolas cuelan, aunque a veces de aquella manera, como en el 11M; y con la educación, se perpetúan.