La Quinta Columna nació muriendo

Madrid hiede a sangre y miedo. Cayó el Cuartel de la Montaña, en cuyo patio yacieron fría y vilmente asesinados buena parte de sus alzados, cuyos sangrantes cadáveres, en casi perfecta formación, fueron fotografiados en prueba del cumplimiento de la consigna que diera Enrique Castro Delgado, fundador del Quinto Regimiento comunista: “Matar, matar y seguir matando hasta que el cansancio impida matar más”. También cayeron los cuarteles de Reina Cristina y los de Campamento; el Inmemorial del Rey del Paseo de Moret no llegó a alzarse. Madrid apesta a anarquía y revolución.

Las calles permanecen tomadas por las turbas marxistas que marchan por ellas a la busca y captura de quien aún lleva corbata o hábito, de las “señoritas” y de los “señoritos”. Bandas de chulos desarrapados avasallan a la población haciendo ostentación de sus únicas credenciales: el fusil o la pistola. Las listas negras confeccionadas desde hace meses se copian con celeridad y los automóviles corren raudos llevando en su interior a los “luchadores por la libertad y la democracia”. Registros, golpes, llantos, miedo, sudor y calor, mucho calor.

Cadáveres en las esquinas, en las tapias del cementerio y en las cunetas de las carreteras de acceso. La noche tiene sus propios sonidos: tiros sueltos, gritos desgarradores y quejidos y lamentos que se van extinguiendo con la vida de quienes los emite. Requisa de casas. Violaciones. Las primeras checas. Robos. Madrid disfruta ya por fin de “democracia”, “libertad”, “igualdad” y “justicia”. Madrid huele a barbarie.

25 de julio de 1936. Por la tarde. La Revolución está en su clímax. Puños en alto, monos de trabajo, fusiles, pistolas, sudor y alcohol, mucho alcohol. La Gran Vía está atestada de macarras, mujerzuelas y “liberadas”. Delincuentes y guardias civiles se abrazan. Miradas torvas, risas estridentes, mucho ¡¡camarada!! y abrazos exagerados. Cafés donde no se paga. Es la “libertad”.

En medio del maremágnum de excesos, varios jóvenes, muy jóvenes, desentonan. A media altura de la calle, separados, uno junto a una farola, otro apoyado en la pared, éste como distraído, aquél mirando un escaparate, otro aquí, ese allí y el último más allá. ¿Qué les une? La mirada clara, el gesto tenso, las manos en los bolsillos y el vigilarse mutuamente con disimulo.

De repente, una voz desgarrada, atronadora, brutal, se impone a la grosería del bullicio de la gran arteria madrileña y se alza retadora y victoriosa: ¡¡¡Arriba España!!!

Chaquetas que caen al suelo. Camisas azules que emergen. Yugos y flechas en el pecho. Pistolas que relucen. Y un coro de voces juveniles, recias y viriles que contesta: ¡¡¡Arriba España!!!

Disparos a bocajarro. Aquí y allí revolucionarios que caen al suelo heridos o muertos. Sangre. Gritos. Carreras. Coches que frenan en seco. Confusión.

¡¡¡Arriba España!!! ¡¡¡Arriba España!!!

La reacción no tarda. El enemigo es mucho. El tiroteo ensordecedor. Las pequeñas pistolas, vacías, enmudecen. Los fusiles no paran. Más sangre en la acera.

Una veintena de falangistas yacen en el suelo. Cuerpos inertes una y otra vez acribillados. Amasijos de carne sanguinolenta. Cesan los disparos. Un incómodo y extraño silencio domina durante unos segundos la Gran Vía. Voces que cantan la Internacional. Puños en alto. Risas. Blasfemias. Insultos. Se retira a los heridos y a los muertos. A los caídos se les deja en el suelo: para las camisas azules, los yugos y flechas el escarnio y la mofa.

Nadie lo sabe aún. Ni ellos mismos se dieron cuenta. Su desesperada acción no fue publicada en los periódico. Pero fue así como la Quinta Columna, la resistencia, nació… muriendo. Quien lo escribe, lo sabe y da fe de ello. Y lo escribe para que se sepa y no se olvide, porque muy pocos saben que lo que contamos es cierto.

Post scriptum: entonces nadie tampoco se dio cuenta, pero por Madrid comenzaba a fluir un tenue, suave y leve aroma a esperanza, a primavera, a banderas al viento, a justicia, a victoria y a paz de verdad.


5 respuestas a «La Quinta Columna nació muriendo»

  1. Gracias. Muy interesante. No conocía el episodio.
    Desde que el “pucherazo” de febrero del 36, permitió la llegada al poder del Frente Popular, se comenzó a preparar la revolución marxista, calcada de la bolchevique de 1917.
    Y tras la intentona de octubre del 34, media España sabía lo que le esperaba y no estaba dispuesta a morir…. sin vender cara su vida.
    Lo evidencia el que los revolucionarios se hubieran armado hasta los dientes y se hubieran hecho ya con el censo electoral.
    También que los falangistas (la única derecha no cobarde) se hubiera dotado de algunas pistolas y hubiera bordado el yugo y las flechas en sus camisas azules.
    El desenlace fue que los Nacionales “madrugaron” por días o semanas a la revolución.
    La guerra era inevitable, y así sucedió.
    La victoria Nacional impidió, gracias a Franco y a la sangre de cientos de miles de patriotas como estos precursores, que España no desapareciera.
    ¿Estaremos volviendo a las condiciones previas?

  2. Respuesta para Álvar Fañez.
    Siento decirle que los falangistas no eran “la única derecha no cobarde”
    Los requetés también se habían preparado para hacer frente a la revolución, y lucharon con bravura contra ella y luego contra el Ejército Rojo.

  3. Completamente de acuerdo, y disculpe la simplificación de no haberlos citado.
    No obstante dos observaciones: ambas formaciones políticas, por distintas razones pero a la vista de su valentía, no deben ser calificados como “derecha”.
    La otra observación es que, por lo que nos cuenta Toribio en este artículo, a pesar de ser muy numeroso en Madrid los integrantes de la Comunión Tradicionalista, en ese tan desesperado como heroico lance, hubo camisas azules pero no boinas rojas (aún no había tenido lugar la unificación)
    Un cordial saludo.

  4. Creo que son básicos 3 libros para introducirse en este tema:

    – «6000 mujeres», de Joaquin Borrás, que cuenta el heroísmo de las mujeres españolas en el Madrid ocupado por los soviets, que se jugaron literalmente la vida (y algunas la perdieron como Mª Paz Unciti) para esconder a personas, para celebrar la Eurcaristía de forma clandestina, o para llevar la sagrada forma a un condenado a muerte. El testimonio de estas mujeres y hombres, entre ellos muchos sacerdotes, es impresionante, si los Obispos actuales tomaran conciencia de ello, se quemaban a lo bonzo después de pedir perdón por todo el mal que han hecho

    – «Quinta Columna» de Mauricio Karl.

    – El Madrid de la Falange, de josé Jerez Riesgo.

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