La rebelión anticristiana

El paganismo fue destruido, pero no aniquilado. La Iglesia llevó la palabra de Dios a todo el mundo conocido. Civilizó a los pueblos bárbaros cristianizándoles, y la unidad que supone en sí el cristianismo, formado como un sistema de sacramentos, de virtudes, de doctrinas, la llevó a la nueva sociedad que se iba forjando al amparo de la Iglesia. Era el germen de la Cristiandad que fructificó y declinó.

Como el paganismo no fue aniquilado, satanás siguió serpenteando, como reptil que es, introduciéndose por entre los intersticios que podía encontrar en la Iglesia católica; y de nuevo la herejía explosionó en el seno de la Madre Iglesia. Nos encontramos con la herejía protestante, gran tragedia para la Iglesia y el mundo. Lo que los paganos no pudieron, sí lo pudieron los herejes de  siglo XVI. Si los paganos no pudieron anular la obra de la Redención, los herejes fueron más afortunados consiguiendo la división en la Iglesia universal.

La herejía, siendo como es un rechazo el dogma católico, es en definitiva una elección. El hereje elige. Así como la fe católica se ha de aceptar en bloque, en todo su conjunto, el hereje escoge aquello que le apetece. Se puede decir que la herejía, en especial la protestante, pretende una Iglesia cómoda, fácil, pequeña y débil.

La herejía protestante es irreconciliable con la Iglesia católica porque separó lo inseparable, la conducta de la moral. La moral se desligó de su fuente, Dios, y se echó en manos del instinto y de la sensualidad. La herejía al mismo tiempo atacó lo más sensible de la fe católica, la caridad, desligándola nuevamente de Dios. No hay verdadera caridad sino en Dios, por Dios, nos lo recuerda san Pablo. No hay verdadera caridad si alimentamos al hambriento sin contar con el Señor. No hay caridad si pensamos que lo importante es quitar el hambre al margen de Dios nuestro Señor.

La semilla amarga de la herejía protestante alimentó al liberalismo que asumió los principios de aquella. El espíritu cada vez más separado de su origen divino, la moral cada vez más desligada de la enseñanza católica y más sensualizada. En definitiva, el hombre carnal  construyendo un mundo sin Dios, sin dogmas donde la verdad es la apetencia del momento, y, por tanto, variable según el tiempo y las personas. La rebelión anticristiana se puso en movimiento  y no ha parado. Satanás sigue serpenteando con más libertad, si cabe, que en épocas anteriores; y ahora dentro la propia Iglesia.

Aquellos principios que hicieron que se separaran moral y conducta, aquel distanciamiento de la moral de su fuente divina se ha operado en el seno de la Iglesia católica. La rebelión que durante siglos “rodeó” a la Iglesia buscando donde penetrar para expandirla en su interior, ha entrado sin oposición.

No se puede construir una “solidaridad”, o una “fraternidad” sobre intereses puramente materiales o  de conveniencia mutua, que se derrumban, o sobre ideales terrenos, que terminan disipándose. Todo es humano y perecedero, Es necesario un elemento de cohesión que aguante “la intemperie”, el paso del tiempo, que no se someta a la conveniencia de una época o de una moda; es necesario un principio que amalgame lo disperso que hay en el hombre, que una indivisiblemente la acción y la moral, es necesario el dogma, indivisible, imperecedero y eterno. Es necesario la solidaridad humana se una a la divina. No hay solidaridad o fraternidad al margen de Dios nuestro Señor y de su Cruz salvadora y redentora.

Este Dios con su Cruz salvadora está en la Iglesia católica, aun a costa de la rebelión en su seno.


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