La reprochable vida del Padre Juan Fernando

Nunca consintió que le llamaran Padre, o padre Juan Fernando. Él era únicamente Juanfer. Así se le recuerda, y le recuerdan quienes le conocieron. Pero nosotros le llamaremos en todo momento padre Juan Fernando. Tenía una triste fama, la de atentar constantemente contra los dogmas de fe, y la de su heterodoxia teológica.

Pero situemos bien a nuestro personaje. Pertenecía a una congregación religiosa. Ingresó muy joven en el seminario de su orden. Ya desde el principio fue instruido en una feroz desviación teológica y filosófica. En el seminario se le justificó el aborto, la contracepción, las uniones libres, etc. Durante toda su formación no dejó de escuchar tales aberraciones. Así durante largos años de formación. No tuvo otra referencia, Era el ambiente que se vivía en gran parte de su Orden.

Se ordenó con poco más de treinta años. Había algo que caracterizaba al padre Eusebio, y no era sólo su heterodoxia, que compartía la gran mayoría de su Congregación. Era, algo así, como un “plus” propio de él. Se trataba del especial desprecio con que atacaba la tradición de la Iglesia, y el ímpetu que ponía cuando justificaba el mismo aborto, por ejemplo. Daba la triste impresión que gozaba en ello. Parecía que tenía un especial deseo en atacar la fe. Algo verdaderamente extraño, y a la vez casi aterrador, y que nadie llegó a explicarse.

Cuando lo destinaron a su primera parroquia, que era de su Orden, causó estupor entre los feligreses. Estupor cuando lo oyeron hablar en la santa misa, y muy en particular cuando lo vieron celebrar el santo sacrificio. Bueno, lo que celebraba el padre Juan Fernando era cualquier cosa antes que la santa misa.

Los feligreses ya estaban acostumbrados a los desmanes litúrgicos, de los que participaban muy a gusto, y a la heterodoxia de su Párroco; por tanto, no debían sorprenderse con el nuevo sacerdote, máxime cuando era de la misma Orden. Pero se sorprendieron del fervor con que atacaba la fe. No se cohibía cuando atacaba a la misma transubstanciación, o cuando justificaba la contracepción, o cuando negaba la existencia del infierno o la indivisibilidad el matrimonio. No se podía entender como aquel joven sacerdote actuaba con tanto brío al negar la fe católica.

No fue corregido por sus superiores. Poco a poco se hizo con un grupo de fieles que le siguieron incondicionalmente. Otros fieles dejaron la parroquia. Se puede decir que el padre Juan Fernando se “hizo” con la parroquia.  Es indescriptible lo que se atrevía a hacer en el altar. No podemos describirlo, y no queremos. A cualquier buen entendedor basta.

Al párroco lo cambiaron de destino, y en el intervalo de tiempo el joven sacerdote se quedó de párroco en funciones. Tras una serie de meses sin nombrar al nuevo párroco, sus superiores decidieron que el padre Juan Fernando se quedara definitivamente como responsable de la parroquia, al fin y al cabo, tenía una feligresía que le seguía fielmente. Pero, a decir verdad, a tal parroquia prácticamente nadie iba que no fuera del grupo. El nuevo párroco ya era conocido, y su fama a más de uno espantaba.

Con poco más de cuarenta años, el padre Juan Fernando tuvo un derrame cerebral, quedando casi sin poder hablar ni moverse. Al ser irreversible su estado fue trasladado a una residencia de su Orden. Allí sigue. Lo duro y triste de su situación es que el padre Juan Fernando es consciente de su estado. Sólo que no puede hablar ni gesticular. Intenta contestar a lo que se le pregunta escribiendo lentamente en un papel o tablero.

¿Qué pensará el pobre sacerdote tan joven y en tal estado irreversible? Sólo Dios lo sabe. Ojalá sea un tiempo de recapacitación sobre su vida pasada.

Es necesario rezar por la santidad de todos los sacerdotes.

Ave María Purísima.


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