La sinodalidad pretende redefinir la naturaleza de la Iglesia
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En el discurso que León XIV pronunció en Rímini (Italia), el 22 de agosto, dijo textualmente:
“La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos”.
Después de leerlo varias veces, damos nuestra opinión del sentido de este párrafo. Entendemos que al decir que “la sinodalidad no es un proceso”, se refiere a que no es una serie ocasional de reuniones, consultas, deliberaciones, puntos de encuentro, etc., sino “la naturaleza de un pueblo”, es decir, la forma propia de ser del “pueblo”, entendiendo por “pueblo” a la propia Iglesia católica. Este “pueblo” descubre que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. Dentro del “pueblo”, la autoridad debe servir, respetar las diversidades y procurar la convivencia armoniosa entre todos. Esta forma de vivir en el “pueblo” constituiría una referencia de convivencia en estos tiempos agitados.
Pero este lenguaje presenta una serie de problemas, empezando por su indeterminación, e imprecisión, y siguiendo por unas afirmaciones que no pueden aceptarse sin más; por ser cuestionables al asumir términos novedosos que vienen a quedarse y por afectar a la misma naturaleza de la Iglesia.
Juicio del texto
Afirmar que la sinodalidad es la naturaleza de un pueblo constituye una formulación doctrinal no sólo insólita, sino inadmisible. La naturaleza de la Iglesia no procede de la sinodalidad, sino de su constitución divina; la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible fundada por Él, la depositaria de la Revelación y el medio establecido por Dios para conducir a los hombres a la salvación. Por eso, un término nuevo, impreciso y de significado todavía discutido no puede utilizarse para definir aquello que la Iglesia es por voluntad de su Fundador. La sinodalidad podrá designar, a lo sumo, una determinada manera de ejercer la comunión eclesial; nunca redefinir la esencia de la Iglesia.
Nos resulta del todo extraño que ese “pueblo” se percate de que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. La Iglesia sabe que pertenece a Dios porque Él la ha reunido, Cristo la ha adquirido con su sangre, el Espíritu Santo habita en ella y la Revelación nos lo enseña. El encuentro con el prójimo puede ayudar a vivir esa pertenencia, pero no es su fundamento ni la fuente de su conocimiento. La frase invierte así el orden de las cosas, porque la Iglesia no descubre que pertenece a Dios al encontrarse con los demás; puede encontrarse verdaderamente con los demás porque ya pertenece a Dios y ha recibido de Él su identidad y su misión.
Es ambigua la frase que dice que la autoridad se convierte en servicio. Porque la autoridad en la Iglesia ya es, por institución de Cristo, un servicio. No necesita convertirse en algo distinto. Pero servicio no significa renunciar a enseñar, gobernar, corregir y santificar. Cristo lavó los pies a los Apóstoles, pero también les dio mandatos, los corrigió, les confió su doctrina y les otorgó verdadera autoridad. Cuando el servicio se reduce a escuchar y “facilitar la armonía”, la autoridad pastoral corre el peligro de convertirse en un mero moderador de opiniones.
Cuando dice honrar las diversidades, no sabemos a qué puede referirse. Esta expresión fomenta la especulación. Se puede intuir que puede tratarse de la diversidad de ritos, carismas, culturas y vocaciones pertenecientes a la riqueza de la Iglesia. Pero no toda diversidad doctrinal, moral o disciplinaria puede ser “honrada”, como dice León XIV. En esas diversidades habrá que distinguir entre el error y el pecado, que no constituyen realidades que deban armonizarse, sino que han de corregirse y sanarse. La unidad en la Iglesia no es el equilibrio negociado entre “diversidades”, sino la comunión en una misma fe, unos mismos sacramentos y un mismo gobierno.
Finalmente, llamar estilo a cuanto hemos analizado y afirmar, a continuación, que constituye un signo de los tiempos introduce una forma de legitimación histórica. El razonamiento del texto es el siguiente: Puesto que nuestra época es plural, “convulsa” y democrática, la Iglesia debería adoptar también un modelo basado en la escucha, la inclusión y la armonización de las diferencias. Pero a este razonamiento hay que responder que los signos de los tiempos deben ser discernidos y juzgados a la luz del Evangelio y de la Tradición; no pueden ser utilizados para redefinir el propio ser de la Iglesia, como si las circunstancias históricas contuvieran una nueva revelación acerca de lo que la Iglesia debe ser.
La cuestión decisiva es esta: ¿la sinodalidad es un modo de caminar juntos dentro de la fe recibida, bajo una autoridad instituida por Cristo para enseñar, gobernar y corregir, o se está convirtiendo en una nueva definición de la Iglesia, en la que la autoridad deja de custodiar la verdad y se limita a escuchar y armonizar las diferencias? De la respuesta depende que estemos ante un modo aceptable de vivir la comunión eclesial o ante una inadmisible transformación silenciosa de la naturaleza de la Iglesia, que nadie tiene autoridad para realizar.
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En el discurso que León XIV pronunció en Rímini (Italia), el 22 de agosto, dijo textualmente:
“La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos”.
Después de leerlo varias veces, damos nuestra opinión del sentido de este párrafo. Entendemos que al decir que “la sinodalidad no es un proceso”, se refiere a que no es una serie ocasional de reuniones, consultas, deliberaciones, puntos de encuentro, etc., sino “la naturaleza de un pueblo”, es decir, la forma propia de ser del “pueblo”, entendiendo por “pueblo” a la propia Iglesia católica. Este “pueblo” descubre que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. Dentro del “pueblo”, la autoridad debe servir, respetar las diversidades y procurar la convivencia armoniosa entre todos. Esta forma de vivir en el “pueblo” constituiría una referencia de convivencia en estos tiempos agitados.
Pero este lenguaje presenta una serie de problemas, empezando por su indeterminación, e imprecisión, y siguiendo por unas afirmaciones que no pueden aceptarse sin más; por ser cuestionables al asumir términos novedosos que vienen a quedarse y por afectar a la misma naturaleza de la Iglesia.
Juicio del texto
Afirmar que la sinodalidad es la naturaleza de un pueblo constituye una formulación doctrinal no sólo insólita, sino inadmisible. La naturaleza de la Iglesia no procede de la sinodalidad, sino de su constitución divina; la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible fundada por Él, la depositaria de la Revelación y el medio establecido por Dios para conducir a los hombres a la salvación. Por eso, un término nuevo, impreciso y de significado todavía discutido no puede utilizarse para definir aquello que la Iglesia es por voluntad de su Fundador. La sinodalidad podrá designar, a lo sumo, una determinada manera de ejercer la comunión eclesial; nunca redefinir la esencia de la Iglesia.
Nos resulta del todo extraño que ese “pueblo” se percate de que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. La Iglesia sabe que pertenece a Dios porque Él la ha reunido, Cristo la ha adquirido con su sangre, el Espíritu Santo habita en ella y la Revelación nos lo enseña. El encuentro con el prójimo puede ayudar a vivir esa pertenencia, pero no es su fundamento ni la fuente de su conocimiento. La frase invierte así el orden de las cosas, porque la Iglesia no descubre que pertenece a Dios al encontrarse con los demás; puede encontrarse verdaderamente con los demás porque ya pertenece a Dios y ha recibido de Él su identidad y su misión.
Es ambigua la frase que dice que la autoridad se convierte en servicio. Porque la autoridad en la Iglesia ya es, por institución de Cristo, un servicio. No necesita convertirse en algo distinto. Pero servicio no significa renunciar a enseñar, gobernar, corregir y santificar. Cristo lavó los pies a los Apóstoles, pero también les dio mandatos, los corrigió, les confió su doctrina y les otorgó verdadera autoridad. Cuando el servicio se reduce a escuchar y “facilitar la armonía”, la autoridad pastoral corre el peligro de convertirse en un mero moderador de opiniones.
Cuando dice honrar las diversidades, no sabemos a qué puede referirse. Esta expresión fomenta la especulación. Se puede intuir que puede tratarse de la diversidad de ritos, carismas, culturas y vocaciones pertenecientes a la riqueza de la Iglesia. Pero no toda diversidad doctrinal, moral o disciplinaria puede ser “honrada”, como dice León XIV. En esas diversidades habrá que distinguir entre el error y el pecado, que no constituyen realidades que deban armonizarse, sino que han de corregirse y sanarse. La unidad en la Iglesia no es el equilibrio negociado entre “diversidades”, sino la comunión en una misma fe, unos mismos sacramentos y un mismo gobierno.
Finalmente, llamar estilo a cuanto hemos analizado y afirmar, a continuación, que constituye un signo de los tiempos introduce una forma de legitimación histórica. El razonamiento del texto es el siguiente: Puesto que nuestra época es plural, “convulsa” y democrática, la Iglesia debería adoptar también un modelo basado en la escucha, la inclusión y la armonización de las diferencias. Pero a este razonamiento hay que responder que los signos de los tiempos deben ser discernidos y juzgados a la luz del Evangelio y de la Tradición; no pueden ser utilizados para redefinir el propio ser de la Iglesia, como si las circunstancias históricas contuvieran una nueva revelación acerca de lo que la Iglesia debe ser.
La cuestión decisiva es esta: ¿la sinodalidad es un modo de caminar juntos dentro de la fe recibida, bajo una autoridad instituida por Cristo para enseñar, gobernar y corregir, o se está convirtiendo en una nueva definición de la Iglesia, en la que la autoridad deja de custodiar la verdad y se limita a escuchar y armonizar las diferencias? De la respuesta depende que estemos ante un modo aceptable de vivir la comunión eclesial o ante una inadmisible transformación silenciosa de la naturaleza de la Iglesia, que nadie tiene autoridad para realizar.
En el discurso que León XIV pronunció en Rímini (Italia), el 22 de agosto, dijo textualmente:
“La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos”.
Después de leerlo varias veces, damos nuestra opinión del sentido de este párrafo. Entendemos que al decir que “la sinodalidad no es un proceso”, se refiere a que no es una serie ocasional de reuniones, consultas, deliberaciones, puntos de encuentro, etc., sino “la naturaleza de un pueblo”, es decir, la forma propia de ser del “pueblo”, entendiendo por “pueblo” a la propia Iglesia católica. Este “pueblo” descubre que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. Dentro del “pueblo”, la autoridad debe servir, respetar las diversidades y procurar la convivencia armoniosa entre todos. Esta forma de vivir en el “pueblo” constituiría una referencia de convivencia en estos tiempos agitados.

Pero este lenguaje presenta una serie de problemas, empezando por su indeterminación, e imprecisión, y siguiendo por unas afirmaciones que no pueden aceptarse sin más; por ser cuestionables al asumir términos novedosos que vienen a quedarse y por afectar a la misma naturaleza de la Iglesia.
Juicio del texto
Afirmar que la sinodalidad es la naturaleza de un pueblo constituye una formulación doctrinal no sólo insólita, sino inadmisible. La naturaleza de la Iglesia no procede de la sinodalidad, sino de su constitución divina; la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible fundada por Él, la depositaria de la Revelación y el medio establecido por Dios para conducir a los hombres a la salvación. Por eso, un término nuevo, impreciso y de significado todavía discutido no puede utilizarse para definir aquello que la Iglesia es por voluntad de su Fundador. La sinodalidad podrá designar, a lo sumo, una determinada manera de ejercer la comunión eclesial; nunca redefinir la esencia de la Iglesia.
Nos resulta del todo extraño que ese “pueblo” se percate de que pertenece a Dios en la amistad y en el encuentro con el otro. La Iglesia sabe que pertenece a Dios porque Él la ha reunido, Cristo la ha adquirido con su sangre, el Espíritu Santo habita en ella y la Revelación nos lo enseña. El encuentro con el prójimo puede ayudar a vivir esa pertenencia, pero no es su fundamento ni la fuente de su conocimiento. La frase invierte así el orden de las cosas, porque la Iglesia no descubre que pertenece a Dios al encontrarse con los demás; puede encontrarse verdaderamente con los demás porque ya pertenece a Dios y ha recibido de Él su identidad y su misión.
Es ambigua la frase que dice que la autoridad se convierte en servicio. Porque la autoridad en la Iglesia ya es, por institución de Cristo, un servicio. No necesita convertirse en algo distinto. Pero servicio no significa renunciar a enseñar, gobernar, corregir y santificar. Cristo lavó los pies a los Apóstoles, pero también les dio mandatos, los corrigió, les confió su doctrina y les otorgó verdadera autoridad. Cuando el servicio se reduce a escuchar y “facilitar la armonía”, la autoridad pastoral corre el peligro de convertirse en un mero moderador de opiniones.
Cuando dice honrar las diversidades, no sabemos a qué puede referirse. Esta expresión fomenta la especulación. Se puede intuir que puede tratarse de la diversidad de ritos, carismas, culturas y vocaciones pertenecientes a la riqueza de la Iglesia. Pero no toda diversidad doctrinal, moral o disciplinaria puede ser “honrada”, como dice León XIV. En esas diversidades habrá que distinguir entre el error y el pecado, que no constituyen realidades que deban armonizarse, sino que han de corregirse y sanarse. La unidad en la
Iglesia no es el equilibrio negociado entre “diversidades”, sino la comunión en una misma fe, unos mismos sacramentos y un mismo gobierno.
Finalmente, llamar estilo a cuanto hemos analizado y afirmar, a continuación, que constituye un signo de los tiempos introduce una forma de legitimación histórica. El razonamiento del texto es el siguiente: Puesto que nuestra época es plural, “convulsa” y democrática, la Iglesia debería adoptar también un modelo basado en la escucha, la inclusión y la armonización de las diferencias. Pero a este razonamiento hay que responder que los signos de los tiempos deben ser discernidos y juzgados a la luz del Evangelio y de la Tradición; no pueden ser utilizados para redefinir el propio ser de la Iglesia, como si las circunstancias históricas contuvieran una nueva revelación acerca de lo que la Iglesia debe ser.
La cuestión decisiva es esta: ¿la sinodalidad es un modo de caminar juntos dentro de la fe recibida, bajo una autoridad instituida por Cristo para enseñar, gobernar y corregir, o se está convirtiendo en una nueva definición de la Iglesia, en la que la autoridad deja de custodiar la verdad y se limita a escuchar y armonizar las diferencias? De la respuesta depende que estemos ante un modo aceptable de vivir la comunión eclesial o ante una inadmisible transformación silenciosa de la naturaleza de la Iglesia, que nadie tiene autoridad para realizar.
Hace ya demasiado tiempo que los que van de Papas han dejado de custodiar la Verdad y, no solo se limita a escuchar y armonizar las diferencias con los ajenos a CRISTO, sino que se trata forzosamente de integrarse con ellos. Esa deriva ya se inicia con Roncalli y su pretendida “actualización de la Iglesia” convocando un Concilio en el que intervenían de alguna manera y de forma pública herejes protestantes y amonestados anteriormente por desviación en la FE. Esa deriva se realiza en un principio de forma “silenciosa” para el católico de a pie, pero con el paso del tiempo se hace tan evidente que es irreconocible la Iglesia de CRISTO con “lo de ahora”. Esta metamorfosis se ha realizado de forma gradual como amoldando las conciencias a otro tipo cristianismo de aparente semejanza superficial, todo un siniestro plan de ingeniera de masas para el lavado de mente de los fieles.
Todo esto ha sido posible por la gran infiltración de la Masonería en la Iglesia, siendo ya visible con el desenmascaramiento del Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro en el Cónclave convocado a la muerte del Papa León XIII en 1903. A la muerte (por no decir asesinato) del Papa Pío XII, con el masón Roncalli entra en tropel los enemigos de CRISTO en la Iglesia. Convendría recordar que ya el papa Clemente XII emitió la bula In Eminenti, prohibiendo la masonería y castigando a los miembros con excomunión. El canon 2335 de 1917 establecía de forma clara y explícita la excomunión automática (latae sententiae) para los católicos inscritos en logias masónicas. Es decir, que ya desde la usurpación del masón Roncalli en 1958, cualquier tipo actuación sería NULA (la excomunión por pertenencia a la masonería estaba vigente en 1958 y sigue vigente por la NULA derogación posterior). De aquella siembra de vientos recogemos las actuales tempestades.
Todo bautizado que de forma reiterada sigue a estos enemigos de CRISTO, se hace partícipe de sus herejías; es decir, se convierte en hereje. Es totalmente público y notorio sus aberraciones anti CRISTO: Pachamama, Bendecir a pecadores, ideología de género, etc. No se puede ser seguidor de los que propician la destrucción de sociedades antaño cristianas, los que utilizan la mentira y engaño en sus actos y los que fomentan la MUERTE del alma.
Estos del Vaticano son okupas de Satanás. No son católicos.
Hay que seguir a Eugenio que ha sido nombrado sucesor de Pedro por su iglesia y esa elección tiene toda validez, nadie la ponga en duda, sería un hereje.. porque yo lo valgo
La validez o autenticidad de la Iglesia de CRISTO se comprueba a través de la teología dogmática y la apologética mantenida por la Tradición. El CVII supuso una ruptura con dicha Tradición. Lo de ahora (desde 1958) es otra cosa. Solo comento lo de esa ruptura y sus personajes principales.
Le dejo con uno de sus sumos impostores que dan la talla para iluminados como Vd. esperando a su mesías.
https://www.youtube.com/watch?v=TzAjzn50s4w (vídeo de 2 minutos).
¡no se olvide de aplaudir!
Ese discurso significa que los amos/el gobierno mundial no quiere discrepancias y que hay que seguir al masón este y a los que le sigan, sincretismo disolvente de por medio; para el mejor pastoreo de los borregos. Por supuesto, sumisión y rollo del climático/agendas.
Efectivamente son Los signos de los tiempos de los que nos habló el Maestro, y que había que reconocer; y vaya, vaya si se reconocen; sobre todo desde 2020. El mismo iluminado masón con toda inmundicia bajo la sotana, los representa. Es literal lo del Monte de los olivos. Si queremos ver lo que será la iglesia oficial católica en los próximos años, solo hay que mirar a la China Rothschild actual.
vean lo que es en realidad la sinodalidad
https://www.youtube.com/watch?is=k0WX3d1bV0QUqkFe&v=ZOmr4dr6W1c&feature=youtu.be
Lo que DEBES SABER sobre SINODALIDAD, si eres CATÓLICO | La Iglesia Que Ilumina 🕊
La Iglesia Que Ilumina
Muchos piensan que la Sinodalidad es algo que no les afecta en su vida de fe, mientras tanto, quienes la promueven siguen dando pasos para implantarla en toda la Iglesia y conducir a los fieles a la apostasía.
El sábado 11 de abril de 2026 fuimos invitados por el canal @Mikael.144 a dar una conferencia sobre Sinodalidad. Pedimos al Señor, por intercesión de María Santísima, que en su Divina Voluntad toque nuestros corazones y nos lleve a discernir todo esto en la oración. Para Gloria de Dios y salvación de las almas.