La traición de la Iglesia a Franco y el «Mazazo Carrero»

Sacerdotes acreditándose para participar en la Asamblea Conjunta

La celebración en Septiembre de 1971 de la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes constituyó uno de los varios puntos álgidos que demostraban con total claridad que la Iglesia, en concreto su jerarquía y buena parte de los sacerdotes y religiosos de ella, abandonaban a pasos agigantados a Franco, a la España católica y a los que habían dado su vida por Dios y por la propia Iglesia, evidenciando, de paso también, la crisis, que lo era de fe, en que se sumía esa Iglesia hondamente infiltrada por el «humo de Satanás» (Pablo VI dixit) en forma del modernismo y del marxismo más anticatólico que vieron los siglos. Punto determinante de la Asamblea fue la aceptación de votar una propuesta que rezaba así: «Reconocemos humildemente y pedimos perdón porque no siempre supimos ser ministros de reconciliación en el pueblo dividido por una guerra entre hermano», en clara aunque sibilina referencia a la contienda 1936-39; lo que de aprobarse suponía renegar abierta y públicamente de aquella Cruzada de Liberación del marxismo-leninismo y stalinismo ateos y perseguidores, con miles de mártires, de la propia Iglesia.

La propuesta no se aprobó sólo a pesar de obtener 123 votos a favor, 113 en contra y 10 nulos, no logró los dos tercios afirmativos que se requerían legalmente, pero esa mayoría, aunque no masiva a su favor, aunque no masiva, pero no por ello mayoría, ya indicaba por donde iban los tiros en la Iglesia.

Lo anterior, unido a un cúmulo de otras acciones públicas y privadas contra Franco y el Régimen de parte de obispos, clérigos y movimientos y asociaciones católicas de fieles que se venían prodigando desde hacía más de una década, llevó al Generalísimo a considerar necesario elevar su más agria queja al propio Papa, al tiempo que informarle de lo que venía sucediendo por considerar que, tal vez, no estaba bien enterado de lo que ocurría, no ya sólo con respecto a él, el Régimen y a España, sino tampoco en relación con la propia Iglesia española.

Así pues, y como base para redactar dicha carta, Franco elaboró un guión en Abril de 1972 recogiendo las ideas básicas que pretendía volcar en ella, muestra esencial del sentir de un hombre profundamente católico y de un estadista defensor a ultranza de la Iglesia, que veía con hondísima preocupación tanto el camino que ésta tomaba, como el que elegían grandes masas de fieles que muy bien podía llevarles a la perdición. Franco, como gobernante católico, siempre estuvo tan preocupado por conseguir el progreso y el bienestar material de su pueblo, como su salvación espiritual, sabiendo que no puede el católico desligar su fe de su quehacer, porque la fe no es una cuestión privada sin repercusiones externas como hoy se pretende.

Franco escribió el guión de puño y letra cuando contaba ya 80 años de edad:

«Carta: llamar la atención de Papa de cómo se está deteriorando la fe de grandes sectores españoles. Produce escándalo la política mantenida por Roma al servicio de los enemigos de la Patria.

Culpa a Benelli y no al Papa de esta política que conduce a la «pérdida de fe de los fieles».

Los resultados de la colaboración y los desastres de los obispos auxiliares.

Nuestros valores y tradiciones. La Patria.

No aceptar los auxiliares = no reconocerlos. Algo hay que hacer. No darles trato de ninguna autoridad.

El Concilio rechazó el derecho de presentación.

Cuándo había desaparecido tal derecho.

El último concordato estableció el acuerdo previo las seisenas en que el Estado, obrando en servicio de la Iglesia, daba a ésta su parecer y colaboración para el mejor acierto.

Intrigas separatistas de determinados grupos de clero.

La amargura del desaliento por los servicios a la Iglesia.

Jugar a la política a costa de la nación.

La mayoría son magníficos pastores… virtudes.

Perdón por ocuparle su tiempo y escribirle con todos tan graves problemas.

La gravedad de la división se está produciendo entre grandes sectores de católicos y la pérdida de fe.

Qué puñalada por la espalda.

La culpa Francia y el nuncio.

Ya sabemos que esto no llega al Pontífice que éste lo delega en otros porque de la Secretaría de Estado parciales y sujetos de pactos e intrigas.

Vuelve a insistir en otra forma.

Ante la responsabilidad histórica de no hacer lo imposible, acudo a V.P. Afirmo que no está bien informado.».

Aunque el guión muestra sin duda la profunda irritación de Franco, no sólo como Jefe del Estado, sino casi más aún como católico, la carta que definitivamente remitió al Papa –que sería entregada en mano por López Bravo el 4 de Noviembre de 1972–, fue en en términos generales un alarde de moderación, pues no en balde Franco, tanto como Jefe del Estado como católico profundo, a pesar de sus más íntimos sentimientos, siempre se comportó con moderación y prudencia en todo, cuanto más en lo que a la Iglesia se refería:

Tarancón, jefe de la Iglesia española, junto a otros obispos, recibidos por Pablo VI

«…Desgraciadamente –como bien lo ha expresado Vuestra Santidad– España no está inmune,… de los males que aquejan a la Iglesia… entra en el campo de mi responsabilidad y de mi conciencia poner de manifiesto una causa concreta de confusión y deterioro espiritual en España, con profundas repercusiones en la paz civil, y pedir que desde la Jerarquía de la Iglesia, se la combata con medios eficaces. Me refiero al afán de algunos eclesiásticos y de algunas organizaciones que se llaman apostólicas, de convertir a la Iglesia en instrumento de acción política. Preocupados con objetivos temporales, creen poder conseguirlo entrando en franca hostilidad con el Estado; esta tendencia se agrava a menudo por la fascinación de la violencia,… que llega a hacerles participar en acciones subversivas… Tales conductas resultan particularmente injustas cuando las asociaciones que las practican disfrutan de un régimen concordatario de privilegio, o cuando los ciudadanos que colaboran con ellas aparecen ante el pueblo revestidos de las órdenes sagradas… completan este ingrato panorama aquellos eclesiásticos… que obcecados por una imagen falsa y prefabricada d España y especialmente de su historia reciente, pronostican la ruptura de la continuidad… y propugnan medidas oportunistas de distanciamiento e incluso oposición partidistas al Gobierno… Estos factores patológicos no sólo se oponen a la doctrina tradicional…, sino también a la formulación de la misma hecha por el Concilio Vaticano II… Yo también estimo que ha llegado la hora de definir más claramente los campos que corresponden a la acción propia de cada uno (es decir, de la Iglesia y del Estado)… Por eso aparece a mis ojos como una grave contradicción de consecuencias perjudiciales, la intromisión en los asuntos políticos y civiles españoles de ciertos sectores eclesiásticos. De las actitudes que reseño se ha deducido un clima de malestar y falta de colaboración en mi país entre la Iglesia y el Estado, lo que no impide que por parte de la Iglesia se haga uso sistemáticamente estricto de sus derechos civiles, económicos, fiscales y concordatarios como lo demuestran las 165 denegaciones de autorización para el procesamiento de clérigos durante los últimos cinco años, muchas de ellas en asuntos graves y que suponen verdadera complicidad en movimientos separatistas… igualmente en ciertas indudables extralimitaciones de la Conferencia Episcopal… que contrastan con anteriores pronunciamientos de la Jerarquía española, adoptados siempre por propia iniciativa (en concreto la Carta Colectiva de los obispos españoles de 1937 en la que se declaraba a la guerra como Cruzada). es una realidad que algunos de sus miembros (o sea de los obispos integrantes de la Conferencia Episcopal) sienten hoy una irreprimible tentación de dedicar su actividad a materias que no les competen,… sin que de ello se derive a mi entender beneficio para la almas, antes al contrario… Se confirma, una vez más, la trascendencia de la función seleccionadora de quienes deben desempeñar la altísima misión episcopal… Por contraste, la actitud del Estado español respecto a la Iglesia es correcta y clara, aunque no pueda el Estado defender a la Iglesia de sus propias divisiones internas hoy tan marcadas… (en España) la Iglesia ve amparados sus derechos para el cumplimiento de su misión, y personalmente me he ocupado siempre de que pueda ejercerlos en un contexto de libertad… problemas como los que relato… quizá no sean plenamente conocidos por Vuestra Santidad… También debo con frecuencia contener mi amargura ante muestras de ingratitud de eclesiásticos de diversas categorías… la gran mayoría del pueblo español siente que, utilizando el método de nombramiento de obispos auxiliares, se ha tratado de eludir la normas concordatarias para variar –con designio político– el carácter de la Conferencia Episcopal… confío al corazón de Vuestra Santidad mi esperanza de que esta causa de confusión y discordia sea contenida, se evite el escándalo de grandes sectores de nuestra sociedad y la división espiritual de nuestro pueblo y se corrijan las intromisiones de la Jerarquía en cuestiones políticas,…».

La carta, en la práctica, no causaría efecto alguno, toda vez que su destinatario era Pablo VI, precisamente quien personalmente impulsaba la estrategia de socavamiento del Régimen que llevaban a cabo muchos obispos, eclesiásticos y organizaciones vinculadas a la Iglesia en España. Si acaso, ante la velada amenaza de Franco de dar por finiquitado el Concordato –con lo que ello supondría de pérdidas económicas y prebendas fiscales para la Iglesia–, el Vaticano, aunque sin reconocerlo explícitamente, obligó a la jerarquía española a rebajar la agresividad de los gestos públicos contra el Régimen, bien que sólo por algún tiempo; los agravios de parte de los sacerdotes no seguirían la misma línea debido a la ya también abierta desobediencia de éstos contra sus obispos.

Por su parte Carrero Blanco, igualmente dolido como español y católico de pro, llegó a hablar a sus más íntimos de verdadera «traición» de parte de la Iglesia, desahogándose públicamente mediante un artículo publicado en el diario Pueblo en Diciembre de 1972 en el que, entre otras cosas, resumía lo que Franco y el Régimen habían hecho, en el plano material, por la Iglesia desde 1939: «300.000 millones de pesetas en construcción de templos, seminarios, centros de caridad y enseñanza, sostenimiento del culto, etc.» –inversiones tanto en reconstrucciones de los destrozos provocados por la guerra y la persecución anexa, como nuevos–, que tuvo grandísima repercusión al darse a conocer cifra tan astronómica, dando lugar a lo que se denominó el «Mazazo Carrero»; bien que, como sabemos, debido al descarrío imparable de la Iglesia de poco sirvió también.


8 respuestas a «La traición de la Iglesia a Franco y el «Mazazo Carrero»»

  1. Brillate y exhaustivo artículo, que suscribo totalmente.
    Mis felicitaciones al autor por escribirlo, y a El Español Digital por publicarlo…
    Artículos así dignifican a quien los escribe, y al medio que los divulga.

  2. Los Obispos Auxiliares fueron una forma vaticana de eludir el privilegio de las ternas para el nombramiento de nuevos Obispos, titulares o residenciales…
    En cambio EL OKUPA ACTUAL DEL VATICANO permite que EL PARTIDO COMUNISTA CHINO nombre a los «Obispos» que le de la gana en la Iglesia católica en China.
    ¿Qué catadura religiosa y política tendrán esos «Obispos comunistas» chinos…?
    QUE DIOS COJA CONFESADOS A LOS POCOS FIELES ALLÍ EXISTENTES.

  3. Es una verdadera pena que el montiniano Tarancón no hubiese encontrado NI UNA SOLA HORA, durante el tiempo que duró la Cruzada de Liberación, para demostrarle a sus «hermanos» -frente a frente, sin protección- que él sí era un auténtico «ministro de reconciliación».

  4. Lo que el artículo no menciona es qué había otros factores; la infiltración de la Iglesia conciliar, la masonería tuvo parte en esa estrategia de convertir a España en un gran laboratorio de destrucción del catolicismo, en la cual desde España habría de irradiar toda esa “filosofía luciferina” al resto de hispanoamérica. Hoy es fácil verlo, en aquel entonces solo Franco tuvo luces largas para reconocer quienes eran los enemigos de España; los mismos de la Iglesia de Cristo!

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