La triste realidad de un desastre espiritual

Con todo el respeto a la jerarquía apostólica pero con todo el derecho y deber de bautizado, afirmo que en la Iglesia actual se evidencia una pérdida muy grave del sentido sobrenatural, de despiste sobre su fundación objetivada en nuestro rescate del pecado y en la perdurabilidad de nuestras vidas. Obviando esta fundamental promesa nos hemos girado hacia sólo la añadidura del “ciento por uno en este mundo”, disimulando como bien social o falso humanitarismo este sucio fraude al Evangelio.

Y mientras una parte de la Jerarquía es la causa de este implacable desastre y destrucción espiritual, con astucia singular desvían la atención de sí mismos.  En la cita, quizás la más famosa, señalada por Pablo VI en su Homilía, 29 de junio de 1972, dijo “El humo de Satanás ha penetrado por una grieta en el Templo de Dios…”, o sea, que la cúpula de San Pedro estás teñida de gris.

Únicamente apuntamos que con ese humo ha llegado  la revolución, como se demuestra por los obispos católicos que entraron en el Concilio Vaticano II y salieron obispos ecuménicos e interconfesionales, y que desde la muerte de Pío XII, la Iglesia ha sido “eclipsada” por otra iglesia modernista.

Un apunte para su reflexión. Como a millones de personas en el mundo, nos preocupa lo que ocurre en la Iglesia por los malos frutos del Concilio Vaticano II, bien sea por su mala interpretación  bien por su desastrosa aplicación en armonía con el mundo (enemigo del alma), aunque  -gracias a Dios-  algunos Padres Conciliares atestiguan que “en él no ha entrado el Espíritu Santo, sino el espíritu de la Revolución Francesa”. Y, así mismo, nos preocupa, muy mucho, tener que  oír y ver lo que está ocurriendo, sin que nadie ponga veto a tanto dislate ni se atreva a soslayar las causas que están produciendo la demolición de la Iglesia puesto que  “al no ser quienes para juzgar”,  consiguientemente se continúa presentando los malos frutos como buenos y los frutos buenos como malos,  beatificando y canonizando a los últimos Papas para poner el laurel al Concilio Vaticano II.

La realidad es verdaderamente muy preocupante, porque en estos cincuenta y tantos años trascurridos, a pesar de que se nos habla estadísticamente del aumento existente de católicos anuales, la realidad es que el número de practicantes es menor, las naciones otrora cristianas han apostatado, cada vez los sacerdotes huelen menos a santos y las órdenes religiosas están a punto del cerrojazo; las misas cuajadas de irreverencias ante la Presencia Real de la Divina Majestad, permaneciendo todo el mundo de pie como iguales al Santísimo, como si no hubiese valor intrínseco del Sacrificio Eucarístico incruento, y sin participación interior al estar preocupados del “figureo” en  rivalizar, entre la concurrencia, a ver quién es el que da más veces la paz, convirtiéndose el sacerdote en Presidente de la asamblea, en tanto que los seglares (de ambos sexos), toman su puesto en las lecturas y reemplazan en la administración de la Santa Comunión, otra forma más de desacralizar el Sacramento, además de tomarla de pie y en la mano, y lo más incongruente es que todos comulgan y ninguno se confiesa; los seminarios y noviciados vacíos; los templos cerrados al culto y abiertos al turismo y por dinero; los escándalos a la luz del día; los Sacramentos cambiados y de entre ellos algunos desaparecidos o en desuso como la extremaunción y la confesión; en cuanto a la nueva moral al entender individualmente cada uno con su verdad, con su fe, con sus normas propias adaptadas y fundamentadas en una jerarquía de valores sin diferencias entre lo verdadero y lo falso, colocando a su “yo” personal ante el “yo” personal de su “dios” y sin intervención de ley alguna para que use su conciencia individual, como activa y reproductora de su propia ley y no pasiva y receptiva de la Ley de Dios, siendo su propio espíritu más importante que el precepto divino; Ejercicios Espirituales mermados y cuasi desaparecidos así como muchos ejercicios de piedad; nunca ha existido y nunca existió mayor peligro para la fe que reemplazar a la criatura por el Creador, de ahí la apostasía de pueblos y naciones; la perdida de las familias y la natalidad infecunda; el laicismo en auge y los dogmas en entredicho al ser un obstáculo para el ecumenismo conciliarista; los Papas sin juramento petrino (y no decimos por eso que no sean Papas);  las misiones descafeinadas y las catequesis de la primera convertidas en ilustraciones de la última comunión; el silencio del infierno y de la gracia santificante en sermones y homilías; el matrimonio sacramental remplazado por el civil o el de hecho; funerales que exaltan la Misericordia en menosprecio y menoscabo de la Justicia, parece ser que la salvación es como una tómbola en la que todas las papeletas siempre tiene premio; peregrinar a Jerusalén para darse de bruces con el Muro de las lamentaciones sin arrodillarse en el Calvario; defender a ultranza el liberalismo democrático en menosprecio de la Iglesia tradicional y jerárquica en sentido sobrenatural de la fe; y muchos cambios más… Y ahora nos ponen la guinda a la tarta con el anuncio de la beatificación de los últimos Papas. ¿Y qué decir de la música sacra o litúrgica anterior al Concilio Vaticano II, no sólo por el canto gregoriano y polifónico sino también por los populares, comparados con los actuales coros de gallinas cluecas acompañadas a la guitarra y timbales del tum-tum, que hoy desvirtúan y llevan a la liturgia al campo de la nada? ¿Cómo se ha podido llegar a tal degeneración? Juzguen ustedes mismos.

Es promesa de Jesús que la Iglesia Católica jamás podrá ser destruida, pero es igualmente Su anuncio el que nos dice claramente que sufrirá graves tribulaciones y el mayor golpe lo recibirá desde dentro a través de la cizaña o lobos vestidos con piel de oveja, razón por lo que sin rebelión alguna ni amargura ni resentimiento por nuestra parte,  proseguiremos en nuestra trinchera rezando y luchando por conquistar la Unidad Católica y, conseguida ésta, Restaurar el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo a la luz del Magisterio de siempre, convencidos de que no podemos rendir mayor servicio a la Iglesia, al Papa y a las generaciones futuras  que desinfestando a los infestados de modernismo ecuménico e interreligioso para que vuelvan a ser otra vez los católicos de siempre.


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