La verdad es odiada y perseguida

¿Cómo se explica que en países donde los católicos han constituido una mayoría absoluta de la población, como ha sido el caso de España, hoy, sin embargo, existan tantos ataques a la Iglesia Católica?

La pregunta no deja de ser pertinente y sugestiva, puesto que estos ataques, que viene padeciendo la Iglesia católica, no sólo se hacen cada vez más a las vistas y de forma repetida, sino porque también son más frecuentes.

Y ello se nota en el laicismo agresivo que impulsan los partidos políticos de la izquierda, tanto socialdemócrata como radical, que son una de las principales amenazas que sufren los creyentes, al ser la Iglesia Católica el principal blanco de estos siniestros partidos social-comunistas. Hoy, no tengan la menor duda, las izquierdas ha vuelto al anticlericalismo del 36. Sin dejar a un lado a la derecha liberal, que no solo lo consiente, sino que mira para otro sitio.

A este empeño se han sumado las feministas radicales y grupos nacionalistas, activistas de Asamblea Nacional Catalana y los jóvenes de Arrán, sin olvidar al grupo de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transgénero.

Los ataques y atentados contra imágenes de la Santísima Virgen, profanaciones e incendios de iglesias, derribo de cruces, no han sido hechos aislados y extraños en los últimos años en nuestra España. Como tampoco lo son la suma de los rayados en muros de Iglesias, donde se lee: “arderéis como en el 36”, ni el reparto por varias asociaciones proabortistas de las cajas de cerillas con la imagen de una iglesia católica ardiendo y el lema: “la única iglesia que ilumina es la que arde”. ¿Y qué disposiciones se han puesto en práctica para su erradicación absoluta?

La única relevante, pero sin eficacia alguna, es la repulsa de cuatro plataformas católicas que recogen firmas para ser guardadas, per sécula seculorum, en los cajones de los entes públicos estatales.

Y lo más curioso es que los medios de comunicación ya casi no informan, o si lo hacen es con muy poco destaque, en letras pequeñas y en hojas marginales; cuando los diversos atentados a imágenes religiosas, profanaciones del Santísimo Sacramento, intentos de incendio, y otras profanaciones contra los católicos deberían cubrir las primeras páginas.

Pero no, estamos en democracia y manda quien manda, por lo que en esas páginas relevantes se nos comunican noticias referentes a propuestas que no han fructificado ni llegado a realizarse, como por ejemplo la decisión de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau (Podemos), de suprimir las celebraciones religiosas del programa de las fiestas de la Merced o la insólita propuesta de los concejales podemitas de Pamplona para que la fiesta de San Fermín pase a llamarse “El desfile del día grande”; noticias menores y casi insignificantes en relación a los que están sufriendo los católicos en países como Siria o Irak, y en general en todos los países islámicos que sancionan con pena de muerte a los musulmanes que se convierten a la Fe católica.

Quizá algún lector nos diga que aquí los cristianos no debemos preocuparnos. Puesto que no sufrimos persecución y violencia y que, consiguientemente, no existe un paralelo entre los hechos ocurridos aquí con esto que ocurren, por ejemplo, en Medio Oriente.

Sin embargo, si bien es cierto que los actos de violencia en España no han llegado a esos extremos, no ha sido por falta de ganas o porque aquellos, que les gustaría realizarlos, no tengan los mismos deseos destructivos de los fundamentalistas islámicos. El problema es que, por ahora, las circunstancias para ellos no les son tan propicias. Bastará que estas mismas circunstancias cambien, y se hagan más permisivas las manifestaciones anti religiosas, para ver hasta qué extremos no serán capaces de llegar nuestros fundamentalistas del ateísmo nacional; a pesar de que saben que con las muertes de cristianos consiguen lo contrario de lo que buscan, pues como siempre ha ocurrido, en vez de acabar con la Iglesia hacen que ésta florezca y se renueve, como paso en España después de las matanzas habidas en la Cruzada de 1936-1939.

Pero, no nos dejemos engañar ni nos engañemos nosotros mismos, hoy por hoy, insultar a Dios sale gratis, y si no que se lo pregunten a Willy Toledo, que ha sido absuelto del delito de blasfemia. Claro ejemplo, amén de la increíble sentencia, de que también se pueden usar ataques a los sentimientos religiosos para auto hacerse propaganda, al tiempo de un claro desprecio a los católicos en las formas y en el fondo.

Ese es el panorama español, del que estoy convencido de su caída en picado, porque los ataques que viene sufriendo nuevamente la Iglesia Católica, la están perjudicando seriamente, no solamente a ella, sino también a la estabilidad de la sociedad y a la integridad de la nación. Reflejo de esa afirmación es que, en el pueblo español se han desencadenado odios y pasiones, infidelidades y vicios, ocios y perversidades, libertinaje y hedonismo, y cual péndulo relojero, ha pasado de un catolicismo fiel y tradicional a una apostasía manifiesta, emancipándose de Dios y cancelándole de sus vidas, al tiempo que le ha expulsado de las instituciones públicas y de la Constitución. Nadie puede negar esta verdad.

Al igual que tampoco pueden negar, que las persecuciones hechas contra la Iglesia y los verdaderos católicos de nuestros días y en el mundo entero, sin lugar a error, no son sino son un prolongamiento histórico de la que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, hasta el punto de ser crucificado entre dos ladrones.

Y para defender esta verdad, a pesar de que sea negada por los ateos, voy a tratar de argumentarla apoyándome en la demostración, que, en su día, aprendí de San Agustín, quien, basándose en las palabras, aparentemente ilógicas, “la verdad engendra odio”, dedujo que, cuando Nuestro Señor Jesucristo se llamó a sí mismo “la Verdad”, generó el odio de sus enemigos, los hijos de la mentira. Y eso lo explica el santo, afirmando que la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es tan propensa a la verdad que, cuando el hombre ama algo contrario a la verdad, quiere que este algo sea verdadero. Deseándolo con tal fuerza que con ella cae en el error, persuadiéndose de que es verdadero lo que en realidad es falso. De tal forma, que los hombres que así actúan, odian la verdad por amor y defensa de aquello que ellos consideran y toman por verdadero.

Ante tal postura, es necesario que alguien les abra los ojos para que vean su propia errata. Ahora bien, como los hombres no admite que se les muestre que están equivocados, por esta misma razón tampoco toleran que se les demuestre cuál es el error en que están. Prefieren seguir en el error odiando a la verdad por amor hacia aquello que ellos, equivocadamente, han tomado por verdadero. Siguen con los ojos vendados por la censura de sus equivocaciones y consecuentemente sufren que la verdad continúe velada a sus ojos.

Y así, de esta manera, por ser el corazón de ese hombre: ciego y perezoso, indigno y deshonesto, soberbio y altanero, mentiroso y homicida, es por lo que sucede que él no consiga huir de los ojos de la verdad, cuando en realidad la verdad huye de los ojos de él mismos.

He ahí, la razón por la cual. a quien dice la verdad se le odia y sufre persecución. Jesús es la Verdad y así lo afirmó Él y lo dogmatiza su Iglesia, motivo por el que se explican la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y el odio y persecución que sufre la Iglesia católica, que es la única que Él creó.


Una respuesta a «La verdad es odiada y perseguida»

  1. Dado el extraño devenir de la Iglesia durante los últimos sesenta años, pasando de Católica a «Judaica» (de Judas Iscariote), nada tiene de sorprendente que sus enemigos piensen que lo más adecuado para ella es la horca.

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