La verdad sobre la inmensa obra de evangelización y civilización española de América

Adjunto, con el ruego de su publicación, texto de una conferencia de 1992 de Blas Piñar sobre el V Aniversario del Descubrimiento. Muy interesante, para poner de manifiesto la falta de argumentos del «Che» Bergoglio cuando habla sobre el tema. Ya que este «santo varón» pide perdón a los americanos sólo por los «excesos» de la Iglesia Católica en América (que los hubo), ¿por qué no ha pedido perdón, en sus numerosas visitas a países musulmanes y mezquitas, por los excesos cometidos por las Cruzadas, que fueron todas impulsadas por el jefe del Vaticano de cada época (excesos que existieron)? ¿Es que los jefes del Vaticano no tuvieron nada que ver? ¿Y por qué no pide perdón por los numerosos abusos que la jerarquía católica (empezando por los jefes del Vaticano) ha cometido en estos 2.000 años de existencia, especialmente en los siguientes al Concilio Vaticano II (corrupción, simonía, etc.)? (José Mª Manrique)
Blas Piñar

“Decía Juan Pablo II el pasado día 10 de octubre, en Santo Domingo, que la Iglesia quiere celebrar el V Centenario del Descubrimiento de América «con la humildad de la Verdad»; de­seo que toda persona honesta hace suyo. Lo que ocurre es que «el arte de la Historia en estos tiempos no parece ser, como ya decía León XIII, sino la conjura de los hombres contra la Verdad». (l)

Esta conjura contra la Verdad del Descubrimiento y de la obra de España en América ha alcanzado tales cotas de falsi­ficaciones burdas, de silencios voluntarios y de claudicaciones escandalosas, que puede afirmarse, con harta razón, que estamos ante una leyenda negra rediviva, que pretende, no solo acusarnos de los más horribles delitos, sino de que, sintiéndonos culpables, proclamemos en voz alta nuestra culpabilidad, y, arrepentidos, pidamos en público a América y al mundo entero que nos perdonen.

Esta actualizada conjura contra la Verdad no es solo contra España, sino que tiene como objetivo la Iglesia, lo cual, si, por una parte, como españoles y católicos nos duele, por otra parte, pone de manifiesto hasta qué punto España se hizo Iglesia para cumplir el mandato de la evangelización.

Al servicio de esa conjura se ha podido escribir: «En 1.492 llegó la muerte a América: muerte de seres humanos, del medio ambiente, de la cultura y de la religión indígena». Pues bien «la Iglesia no se lavará jamás de esta ignominia. Ella participó y legitimó tanto la conquista como el mayor genocidio de la historia.»

De ahí, la devolución de la Biblia al Papa durante uno de sus viajes a Hispanoamérica. En la carta que se envió a Juan Pablo II se le decía que la Biblia, en cinco siglos, no ha da­do a los indígenas ni justicia, ni paz, por lo que debe ser reintegrada a los opresores. «La Biblia, se añade, llegó como arma ideológica del asalto colonialista. La espada española que de día atacaba y asesinaba el cuerpo de los indios, de no­che se convertía en la cruz que atacaba el alma india».

Con este equipaje doctrinal se comprende hasta una infamia como ésta: «Jamás llevó nadie el nombre de cristiano y de católico más dignamente que los conquistadores de la Península Ibérica, que fueron los usurpadores y perseguidores despiadados, hasta exterminarles, de los pobres indios. La mancha de sus ne­fandas empresas no se lavará jamás».

En esta línea de pensamiento se pronunciaba no solo el Consejo mundial de las Iglesias: «el 12 de octubre significa el co­mienzo de 500 años de genocidio, de opresión racial y de des­trucción del medio ambiente de las Américas», sino el XI Con­greso de Teología celebrado en Madrid, en septiembre de 1.991, en el que el P. Pablo Richard dijo solemnemente que la evangelización deshizo el alma y la identidad de los pueblos aborígenes.

Lástima, como acabamos de ver, que, dentro del catolicismo, y del catolicismo español, faltando gravemente a la justicia y a la caridad, haya quienes se sumen a la conjura contra la Igle­sia y la Patria. A esa conjura parece que no están ajenos ni los obispos catalanes que acaban de pronunciar su indignante veredicto, ni el «Foro popular», del P. Benjamín Forcano, con su lema: «500 años de agresión, 500 años de resistencia», que ampara a un conquistador estrangulando a un indio.

No puede extrañarnos, pues, que en Puerto Real (Cádiz), trate de erigirse un monumento, diseñado por el comunista Oswaldo Guayasamín, a «las víctimas de la invasión europea de 1.492».

Ante la conjura contra la Verdad no es lícita una actitud resignada y pasiva. Hay que reaccionar, al modo de Rubén Darío como «bravos caballeros», por honradez intelectual, por patriotismo y por amor a la Iglesia. Las naciones, como dijo el cardenal Gomá en Buenos Aires (12-X-1.934), no están obligadas a cumplir con la ascética de la mejilla y a ofrecer, por consi­guiente, la sana cuando se nos ha herido en la otra.

¡Estaría bueno que quedase sin respuesta el brutal agravio, y que tuviéramos que arrepentimos e incluso expiar un peca­do que, como nación, jamás cometimos, y que quedara reducida «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y muerte del que lo creó, es decir el Descubrimiento de las Indias«, (Francisco López de Gómara), a una fra­se, máscara con la que se pretendiera encubrir el más repugnante crimen de lesa humanidad que haya podido cometerse, y del que fueron coautores, España, con sus guerreros, asesinos sedientos de odio y sangre, y la Iglesia, con sus misioneros, fieles a la teología de la violencia patrocinada por Constantino y renovada en Trento.

El cardenal Gomá, en su discurso antes citado de Buenos Aires ante infamias de semejante calibre grito: ¡Mentira! La agresión desbocada, fruto del «árbol del odio”, como Philip W. Powell titula su libro, puede denunciar abusos concretos, pero jamás una empresa maravillosa y única en su conjunto.

¿Dónde está el origen de la leyenda, o, mejor, de las leyen­das negras contra España? ¿Cuáles son los motivos por los que se han propagado con tal éxito, que hoy constituyen para muchos un lugar común y un hecho confirmado? ¿Por qué han vuelto a reactivarse con ocasión del V. Centenario del Descubrimiento?

Para tener una clara respuesta a tales preguntas hay que remontarse a los años primeros de la conquista, y a la figura del dominico Fray Bartolomé de Las Casas, Obispo de Chiapas. No voy a emitir juicio sobre su meta al escribir la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», en la que contrapone a los aborígenes y a los españoles. Aquellos- los indios- eran «dulces y sencillos, sin maldades ni dobleces, dotados de virtuosas costumbres». Los españoles, por el contrario, eran «lo­bos, tigres y leones cruelísimos, tiranos, robadores, violentadores y raptores».

Nadie pudo contestarle mejor, que el franciscano Toribio de Benavente, llamado «Motolinia», que quiere decir «el pobre», en carta dirigida al Emperador. En dicha carta califica a Fray Bartolomé de «hombre pesado, injusto e inoportuno, que ni si­quiera aprendió el lenguaje de los indios, y que, abandonándolos regresó a España. ¡Quisiera yo ver a este fraile -concluye Motolinia- confesando diariamente a diez o doce indios en­fermos y a otros tanto con buena salud, pero viejos!».

Con harta razón, el argentino Ignacio Anzoátegui incluye a Las Casas en su precioso libro «Vidas de payasos ilustres”, aunque entiende que fue algo más que un payaso. Fue, subraya, «una personalidad extravagante y enferma (y) apeló metódicamente a la mentira, a la exageración, al falso testimonio, al perjurio y a todas las variantes del engaño, sin excluir las patrañas más insostenibles y grotescas«. «Las Casas, concluye Anzoátegui, fue un pequeño panfletista, todo compasión frente al indio y todo inhumanidad frente al conquistador. Contra España escribió y mintió uno de sus hijos, que, además, era sacerdote del Crucificado (y) sirvió a la leyenda negra antiespañola, evidentemente organizada por los enemigos protestantes, que, en Inglaterra y Holanda, como recuerda Fernando Quijano (2) publicaron su libro reiteradamente pa­ra presentar como bárbaros a los españoles».

Si, conforme a la doctrina de Santo Tomás, el amor a la Pa­tria pertenece en el plano natural a la justicia y en el sobrenatural a la caridad, está en pecado, como afirmaba Fray Toribio de Benavente, el que deshonra y difama a otros; y más el que difama a muchos; y mucho más el que difama a una nación.

En esa difamación tuvo apoyo fácil la vertiente protestan­te de la leyenda negra que imputa el subdesarrollo de la América-Hispana y de Filipinas a su configuración católica, e hispánica, que solo tendrá remedio desarraigando lo católico -y ahí está la presión ya alarmante de las sectas y de lo español- y ahí está el ataque permanente a España, e implantando los puntos de vista del “American way of life”.

Pero hay otra vertiente de la leyenda negra -la de hoy -que, a mi juicio, es la más grave, porque actúa desde dentro de la Iglesia católica y, lógicamente, de la Iglesia católica tanto en Hispanoamérica como en España. Me refiero a la leyenda ne­gra que ha hecho suya la teología de la liberación.

La Teología de la liberación, que no es otra cosa, a mi jui­cio, que la liberación de la teología, es el instrumento más hábil que se haya podido inventar para destruir la Iglesia. La Teología de la liberación desborda a la Teología liberal. Ésta, manteniendo las fórmulas dogmáticas, aunque alterando sustancialmente su contenido, mantiene una cosmovisión transcendental y escatológica del Reino de Dios. Aquella -la Teología de la li­beración- al aceptar el núcleo ideológico e inmanente de la Historia, identifica al «regnum Dei» con el «regnum hominis», en el que la situación del hombre como peregrino, en «status viatoris», desaparece.

Concebida la historia -y su motor- como una realidad conflictiva entre tesis e hipótesis, que se renueva una vez con­seguida la síntesis, y a partir de ella, todo el proceso his­tórico es una lucha que, como dice Urs Von Balthasar, refleja el «diálogo del amo y el esclavo». De este modo, y en la línea de lo contrapuesto, se opone por la Teología de la liberación a una Iglesia institucional, aliada con los opresores, -la de S. Francisco Solano por ejemplo-, y que condena la lucha de clases, una Iglesia popular, -la de Camilo Torres por ejemplo-, que se une a los oprimidos y que apoya, no solo esa lucha, sino la guerrilla, como medio de liberación; a una Iglesia preconciliar defensora del «tradicionalismo conservador, una Iglesia postconciliar, «aggiornata», evolucionada y capaz de entenderse y reconciliarse con el mundo; al pecado indi­vidual, que se ignora o se niega, el pecado colectivo de unas estructuras socioeconómicas que es necesario y urgente cambiar y subvertir; al Cristo, centro de la Historia, el Cristo zelote que la sirve para acelerar el proceso de la liberación terrena, y que una lectura equivocada de los textos había espiritualizado «sub specie aeternitatis», como adormidera; el amor, como fraternidad sin exclusiones, el amor dialéctico y revolucionario, que obliga a suprimir a los que oprimen.

Desde esta perspectiva, el Descubrimiento y la obra de España en América se presenta como un conflicto, aun no ter­minado, entre dominación española, que de forma violenta impuso una cultura y una fe religiosa, y liberación, por parte de los indios, que aspiran a reconstruir su cultura y su religión precolombinas brutal e inhumanamente atrope­lladas.

No le importa para nada a la Teología de la liberación, la actitud de las sectas, de las que no habla, pero que pretenden descatolizar a Hispanoamérica; no recuerdan los teólogos de la liberación a tantos españoles, santos y mártires, que agotaron sus vidas y entregaron con generosidad su sangre por amor a Dios y a los indios; ni siquiera a Junípero Serra, que en pleno siglo XVIII, continuaba predicando a Je­sucristo a los aborígenes de la Alta California, mientras en Francia se apeaba a Jesucristo de los altares, para poner sobre los altares a la diosa razón.

La Teología de la liberación, enloquecida por su dialéctica se ha atrevido a contraponer a Nuestra Señora del Pilar, la Virgen de los opresores, a Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen de los oprimidos.

Pero esta devoción apasionada por los indígenas no es más que un pretexto que disimula la adopción de la postura marxista, para la cual, el proletariado, al que aquí sustituyen los indios, es una herramienta que es preciso afilar con el resentimiento, y no un colectivo al que con caridad evangélica hay que mejorar en sus niveles de vida humana, a la vez que a los que lo integran se les ofrece e imparte la vida divina por medio de la gracia. Y que ello es así lo revelan las matanzas de indios en Perú por «Sendero Luminoso» y la actitud de los teólogos de la liberación que han formado parte de gobiernos marxistas, como el de Nicaragua, de cuyo territorio, perseguidos por el ejército sandinista, tuvieron que huir, para refu­giarse en Honduras, los indios «misquitos».

Clarísima la sentencia del Cardenal Ratzinger: «esta Teolo­gía es una perversión del mensaje cristiano», tal y como Dios lo ha confiado a la Iglesia».

¿De que acusan a la Iglesia y a España los portavoces de uno y otro signo de la leyenda negra?: fundamentalmente de genocidio, esclavitud, expolio, aniquilamiento de las culturas precolombinas y destrucción de sus religiones.

Vamos a analizar cada una de estas acusaciones.

Genocidio

Parece ser que el genocidio comunista, del que por cierto no se habla, y el eufemismo de la «limpieza étnica», que ahora mismo se practica en los Balcanes, son algo así como juegos de niños, comparados con el que España cometió en América. Este genocidio, fruto, según se dice, de un plan tan sádico como metódico, hizo que exterminásemos sin compasión, y ávi­dos de sangre, noventa millones de indígenas. No se aportan pruebas que confirmen el etnocidio; pero calumnia que algo queda.

La verdad, sin embargo, es muy distinta; y muy distinta porque un etnocidio de esas proporciones significaría que fue mayor el número de asesinatos que el de aborígenes, toda vez que siendo la población autóctona, según los datos de la densidad relativa de población, de unos trece millones, en los algo más de trescientos años que duró el dominio de Es­paña, es decir, entre 1.492 y 1.810, tuvimos que matar un in­dio, sin descansar ni de día ni de noche, cada tres minutos y medio.

Hubo, efectivamente, una disminución demográfica indígena en los años subsiguientes inmediatos a la conquista; pero las causas exógenas: guerras entre españoles e indios y contagio de enfermedades europeas, no fueron tan importantes y decisi­vas. El decrecimiento de la población autóctona se debió a causas endógenas y especialmente, como señala Antonio Caponnetto (3) a la hambruna, a una dieta alimentaria pobre, a las guerras tribales, a los sacrificios humanos masivos, a la reducción de la fecundidad, a las epidemias y a los suicidios. Tal era la situación que, como indica Carlos Cota (4) de haber tardado más tiempo en ocurrir la conquista, los españoles hu­bieran encontrado a unos cuantos sobrevivientes enloquecidos tratándose de comerse sus propias piernas«.

El deterioro demográfico se contuvo por obra de España; pacificación, cultivos, atención sanitaria, técnica, construc­ción de ciudades, y fue recuperándose gracias fundamentalmen­te, a lo que alguien llamó con acierto la democracia de la sangre, formula nacida de la contemplación cristiana ortodoxa de la diferencia racial. Frente a la solución del exterminio, practicada en Norteamérica y avalada por una interpretación protestante de la Biblia, que acabó con los pieles rojas, -The only good Indians are the dead Indians- dejándolos en 250.000 que hoy viven en reservas, o de la solución de la coexistencia tangencial y aislante, como la que han practicado Inglaterra en la India y Holanda en Indonesia, España optó animosamente por la fusión, es decir por el mestizaje, favorecido por la Corona. De ahí que, mientras en las Guayanas el porcentaje de los mestizos apenas alcanza el 0,5%, en Méjico llega al 54,5%, en El Salvador al 75% y en Honduras al 90%.

El genocidio no lo practicaron jamás los españoles. Se habrá practicado en otras latitudes y se está practicando hoy en Eu­ropa, en los Balcanes, con el exterminio de la «limpieza étnica” sin que los que acusan a España, se movilicen y protesten. ¡Y no se trata de lo que pudo ocurrir hace quinientos años, sino de lo que está sucediendo ahora mismo!

El etnocidio se practicó durante la época de España por los corsarios, piratas y filibusteros al servicio de otras potencias -que bien sabían premiarlos- y que, al desembarcar en la costa atlántica del continente, como recuerda el P. Baltasar Argos, ‘quemaban con fósforo a los indios, les arrancaban las carnes con tenazas, cortaban manos, brazos y piernas, y con una cuerda les oprimían el cráneo hasta hacerles saltar los ojos’.

El etnocidio se practicó, después de las jornadas emancipado­ras, por la oligarquía liberal formada en la Enciclopedia y en la Ilustración y beligerante contra el catolicismo, que gobernó en Hispanoamérica. Esta oligarquía, no satisfecha, como en Guatemala, con arrebatar sus propiedades a los aborígenes, los declaró asquerosos en Argentina en frase de Sarmiento, por lo que, dijo: «mandaremos colgarlos».

Es curioso que en la revista Wilson Quarterly (5) se afirme que el peor crimen de España no fue la conquista, ni la evangelización sino el mestizaje. Por un lado, se ataca la discrimina­ción racial, tal y como se practica en Sudáfrica, y, de alguna manera en los Estados Unidos- recuérdense al Ku-Klux-Klan y los sucesos recientes de los Ángeles. Y cuando esa discriminación se supera con la fusión del mestizaje, se denigra a quien tan generosamente lo practicó.

Esclavitud

Se acusa, faltando a la verdad, que España convirtió a los in­dios en esclavos. Y no fue así, porque fue España la que liberó a los indios de la esclavitud. La esclavitud existía en todas las comunidades aborígenes y sobre todo entre incas y aztecas.

Los esclavos negros se llevaron al nuevo mundo a propuesta de Las Casas, y traficantes extranjeros, en especial los holandeses, se enriquecieron con dicho tráfico.

Conviene señalar cinco cosas:

  • Primera, que Isabel la Católica puso en libertad a los esclavos indios que Cristóbal Colon trajo como obsequio a la Corona, porque al empezar el Descubrimiento, ‘se había tenido en mira ganar almas para el cielo y no esclavos para la tierra’. Y no solo recobraron la libertad, sino que regresaron por cuenta de Isabel, a su lugar de origen.
  • Segunda: que esta decisión de Isabel, como escribe Rumeu de Armas, tomada en pleno siglo XV, en una época donde la esclavitud estaba legalmente reconocida incluso por la Iglesia, inclinó la balanza por el triunfo de la libertad.
  • Tercera: que, prohibida la esclavitud, desapareció pacíficamente en Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XVI, mientras que en los Estados Unidos esa abolición se impuso siglos después, luego de una guerra entre los yanquis del Norte y la Confederación de Estados esclavistas del Sur.
  • Cuarto, que la convivencia entre negros y blancos no constituye ningún problema en los países de la antigua América española -véase, por ejemplo, Cuba o Colombia-, mientras sigue siéndolo en la América sajona.
  • Y quinta, que, como ejemplo y símbolo de la obra de España en este orden de cosas, ahí están San Pedro Claver, esclavo de los esclavos negros de Cartagena de Indias, y San Martín de Forres, Fray escoba, el mulato de Lima.

Expolio

Se acusa a España de expolio, de haber saqueado América, de habernos enriquecido con sus tesoros, pero se silencian los expolios de Napoleón en España, o los de Inglaterra en toda la vastedad de lo que fue su Imperio, o el más reciente, del que hoy se llama bando republicano, que se llevó oro y joyas de España a Rusia y a Méjico.

Pero una cosa es cierta, y es que los millares de templos que se alzan en el continente hispano, con sus altares revestidos de oro, los edificios de la Administración pública, desde las Audien­cias a los Cabildos y Hospitales, están ahí porque una gran parte de los recursos logrados «in situ», «in situ» se quedaron.

Es cierto que España tuvo sus trúhanes, ha escrito Antonio Caponnetto, (6), porque la naturaleza humana es igual en todas partes; pero España no planeó nunca una política codiciosa en su provecho, ni la inmensa mayoría de los conquistadores y encomenderos, aunque soñaran con «El Dorado», vivieron en la opulencia, sino, más bien, en situación miserable, y hasta algunos pidiendo limosna. Porque el capitalismo liberal tuvo su origen púdico y protestante, España, nación católica, ni concibió ni ejerció ninguna política expoliadora con respecto a América; y tanto es así, que mientras hoy los países hispanoamericanos están empobrecidos y hasta el borde de la miseria, carcomidos por la usura y acosados por el Fondo Monetario Internacional, en 1.810 Méjico era un país tan rico que prestaba dinero a España. 

Aniquilamiento cultural

Con una desfachatez incomprensible en un diplomático, el embajador de Israel en Madrid, dijo en Televisión española que el 12 de octubre de 1.492 fue el inicio del aniquilamiento por España de las culturas aborígenes de América. Olvidó que su tejado es de vidrio, y ya que él no respetó a nuestro país, la acción mili­tar y represiva que Israel está practicando con los palestinos debiera haberle obligado al silencio. Nada puede extrañarnos es­ta desmedida libertad de expresión de un israelí, cuando un ale­mán, invitado expresamente por el gobierno español, comenzaba una conferencia en la Expo de Sevilla afirmando que no es lógico conmemorar el V Centenario del Descubrimiento, “porque esa fecha debiera llenarnos de vergüenza por lo que supuso de asesinato de indígenas y civilizaciones”.

La frase ‘aniquilamiento cultural’ ha querido difuminarse con otra, utilizada para la conmemoración, la de «encuentro de culturas» que se consideran situadas al mismo nivel y, por lo tanto, homologables[1]. La verdad, sin embargo, es que no hubo de aniquilamiento cultural, ni encuentro de culturas, sino transfiguración cultural, como demostraremos más adelante.

El aniquilamiento cultural se había producido muchos años antes de la llegada de los españoles. Las culturas maya, azteca y tolteca habían desaparecido, y en lo que se ha llamado la América nu­clear, es decir, en la más evolucionada, la de los aztecas y la de los incas, la situación era semejante a la de los europeos de hacía tres mil años. Desconocían la rueda, inventada siete mil años antes, la polea, el arado, el torno. No utilizaban las bestias de carga, no sabían aprovechar los metales, y comían, aparte de maíz, algas con detritus orgánicos y proteínas de baja calidad obtenidas de gusanos y serpientes.

Si ello es así, difícilmente podrá hablarse de encuentro de culturas, sino de culturización de las comunidades indígenas super­vivientes. No cabe, por compromisos políticos, acogerse a un relativismo cultural que supondría, como dice Alberto Caturelli, (7) un diálogo entre culturas equivalentes, cuando lo que en realidad sucedió es que España hizo pasar a los aborígenes del estado de naturaleza, en el que se practicaba el canibalismo, al estado de cultura. Equiparar el pensamiento salvaje al pensamiento científico es una aberración imperdonable, como lo sería equiparar la cul­tura china a la cultura bantú, o la cultura romana a la de los celtíberos.

El reconocimiento del cambio cultural, incluso pacífico, lo puso de manifiesto el Inca Garcilaso – hijo de una prima de Atahualpa- al decir que los nativos aceptaron la cultura occidental y española por razones de superioridad moral de esta sobre la autóctona.

Insertos en esa cultura occidental y española, los indios elevaron su calidad de vida en todos los aspectos, desde el laboral, al sanitario, la red de hospitales -como los que edificó Vasco de Quiroga, el obispo de Michoacán- y la asistencia a las escuelas, hizo posible que doscientos años antes que en los Estados Unidos, se publicaran libros en Hispanoamérica, que funcionaran treinta y tres Universidades a la llegada de la Emancipación, y que hubiera ferrocarril en Cuba antes que en España.

Nada pues de aniquilamiento cultural, ni de encuentro de culturas, porque la antropofagia no puede merecer el mismo trato que la Metafísica de Aristóteles, (8) sino transformación; transformación cultural, en la que se pasó de la conciencia primitiva a la conciencia reflexiva, de la escritura pictográfica a la escritura alfabética, del terror cósmico a la alegría de los hijos de Dios, de la idolatría al conocimiento de la Verdad revelada. Por ello, en la conmemoración del V Centenario no celebramos un encuentro de culturas sino el resultado, como di­jo Juan Pablo II en Salta (8-IV-1.987) «de un encuentro entre los españoles y el mundo precolombino, del que nació vuestra cultura, vivificada por la fe católica«.

Pues bien, de la reiterada afrenta de que somos objeto la Iglesia y España que, como consecuencia de dicha evangelización destruimos las religiones precolombinas, nos ocuparemos ahora.

Destrucción de las religiones precolombinas

Es evidente, y a mi juicio, de toda evidencia, que el valor religioso impone carácter a la cultura. En la influencia decisiva de este valor religioso hemos de fijar nuestra atención para darnos cuenta y medir el alcance de la obra de España en América.

El P. Richard ha llegado a decir, en el XI Congreso de Teolo­gía (9) que los indios tenían religiones milenarias bajo muchos puntos de vista superiores a la que los misioneros les predica­ban; religiones espiritualmente impresionantes en la que se daba la santidad. Son los indígenas, según Tomás Baldueino, obispo brasileño, «los verdaderos evangelizadores del mundo porque vi­ven el Evangelio de las Bienaventuranzas».

La audacia y la desfachatez de la hispanofobia, incluso den­tro de un sedicente catolicismo, no tiene límites. ¿Cómo se puede calificar de santas y profundas unas religiones idólatras, en cuyo ritual figuran los sacrificios humanos?

En un momento de confusión teológica, como el presente, se hace necesario una exposición, aunque sea sucinta de las posturas ortodoxas, a las que hicimos alusión hace años. (10)

Hay tres alianzas sucesivas entre Dios y los hombres:

  • la alianza cósmica, representada por Noé;
  • la antigua Alianza, representada por Moisés
  • y la nueva Alianza, representada por Cristo.

La alianza cósmica, cuyo sacerdote es Melquisedec, cuenta con dos revelaciones, una «ad intra», y otra » ad extra»; una revela­ción «ad intra», porque «la luz verdadera alumbra a todo hombre que viene a este mundo» (Juan I,9) y «ad extra» porque, como escribe San Juan de la Cruz, en la Canción V de su Cántico espiritual», narrando la creación, “mil gracias derramando, paso por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con solo su figura, vestidos los dejó de su hermosura».

Una y otra revelación pueden considerarse como «semillas del Verbo», como gracias preventivas, como lo bueno y verdadero que, como preparación evangélica, puede existir en los ritos y en las culturas de los pueblos paganos. A través de ambas revelaciones Dios facilita al hombre que no conoce a Cristo los auxilios necesarios para la salvación. Lo que ocurre es que, con demasiada frecuencia, como se lee en «Lumen gentium», (11) los hombres, engañados por el Maligno, necios en sus razonamientos, truecan la verdad de Dios por la mentira, sirviendo a la criatura y viviendo y muriendo en tal estado se exponen a una horrible desesperación».

Tal es la doctrina de S. Pablo al referirse al trueque de la imagen incorruptible de Dios por las imágenes corruptibles de los hombres, de los volátiles, de los cuadrúpedos y de los reptiles, (Rom 1,23), sucediendo al culto de latría una auténtica idolatría. El hombre, señor de lo creado, «imago Dei», baja de su pedestal y se arrodilla reverente ante las cosas y los anima­les que le deben respeto y sumisión.

Por eso, la Constitución «Lumen gentium» recalca que «la Iglesia», recordando el mandato del Señor, e impulsada por el Espíritu Santo, se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores que muevan a los no creyentes a la fe y a la confesión de la fe, los disponga para el bautismo, los arranque de la servidumbre del error y de la idolatría, y los incorpore a Cristo, para que crez­can hasta la plenitud por la caridad hacía El.

El propio San Pablo, el apóstol de la gentilidad, el que gritaba “¡ay de mí si no evangelizare!”, (1 Cor. 9,16) escribe: “Plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación; pero ¿cómo creerán en El, si de El nada han oído hablar? ¿Y cómo oirán hablar de Él, sino se les predica? ¿Y cómo habrá predica­dores si nadie los envía? ¡Que feliz es la llegada de los que anuncian el Evangelio de la paz!» (Rom. 10,14/16) (12)

Pero, dando por seguro y como verdad de fe la existencia de las semillas del Verbo y de las gracias adventicias en las religiones paganas, lo que sabemos es que, por la influencia del Maligno, como la experiencia nos permite comprobar, «las semina Verbi» difícilmente germinan, y que a tales gracias difícilmente se corres­ponde.

Las religiones precolombinas contaron, sin duda, con las “semina Verbo» y con las gracias adventicias, pero aquellas y éstas fueron sofocadas por la magia y el mito de su cosmovisión, en la que el tiempo obedecía a un determinismo circular y repetitivo por una cosmovisión en la que era necesario ofrecer sangre huma­na a los dioses, especialmente al sol, al que había que fortale­cer en su lucha contra las tinieblas, para derrotarlas y amanecer iluminando al día siguiente a la tierra y a los hombres. Y así, el padre de la mentira, del mismo modo que engaño a Adán y Eva en el Paraíso, «seréis como dioses», corrompió las religiones cósmicas, «inimicus homo», se hizo sacrificar seres humanos ante los ídolos, que como dioses fueron adorados.

La antropofagia, la homosexualidad, el incesto, la sodomía, se anudaban a estos sacrificios humanos, en los que el sacerdote arrancaba el corazón palpitante de la víctima ofreciéndolo al ídolo, y, desollándola, se revestía con su piel ensangrentada.

Ante la impostura de la leyenda negra, asumida, como hemos visto, por la teología de la liberación, conviene reproducir las palabras de Juan Pablo II en Guatemala (7-III-83), «No puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre”.

Pero Dios quiere que todos los hombres se salven (I Tim. 2,4); quería, por tanto, que los indios, liberados de la opresión demoníaca y de sus propios errores, entre ellos el de la divinidad del cosmos, se salvaran también. Las ovejas de otro redil, (Jn. 10,16), a las que hacía referencia Jesús, y que buscaban quizás como a tientas al Dios desconocido, (Hechos 17,27), iban a lo­grarlo. Para ello, Dios, en la Historia sagrada de las Indias, había elegido a España, (Pío XII 16-IV-1.939), y España demostra­ría, a la luz de la Revelación y del Magisterio, y sobre el campo duro y espinoso de la experiencia, que los cristianos anónimos de que habla Karl Rahner deben ser muy pocos, cuando Dios tuvo que encarnarse, proclamar la Buena nueva, sudar sangre en Getsemaní y dejarse clavar en la Cruz del Gólgota a las afueras de Jerusalén.

La transfiguración de América

El apóstol colectivo de América fue España. Si hoy se habla mucho del pecado social ¿por qué no ha de permitírsenos sostener que España, cuando llegó el instante del Descubrimiento no se hallaba en un estado nacional de gracia? Yo creo, sinceramente, que lo estaba, y para estarlo, es decir, para hallarse en la si­tuación espiritual y hasta material precisas para la gran empre­sa que se le había encomendado, se requirió una larga época pre­paratoria sobrenatural y terrena.

Dicha preparación fue larga. Tengo para mí que, en el Cenáculo, al término de Pentecostés, María encomendó a los Apóstoles que fueran a evangelizar -cumpliendo la orden del Señor- a puntos concretos de la tierra conocida; y a Santiago le encomendó Espa­ña. El fuego y el viento del Paráclito acompañaban a nuestro evangelizador. Un día, junto al Ebro, la llama ardiente parecía apagarse, y María vino a Zaragoza para soplar sobre las cenizas acumuladas en el corazón del enviado; y otro día, cuando Colón firmaba las Capitulaciones de Santa Fe, comenzó a soplar con la fuerza de la «Virgo potens» para que llegara pronto la jornada del Descubrimiento.

Y llegó el 12 de octubre de 1.492. España no tropezó con Amé­rica. América, -como se ha escrito- continente mudo y ahistórico no fue hallado sino descubierto. Ya sé que Colón no iba a descubrir, sino a demostrar que el «mar incógnito» no terminaba en el precipicio que anunciaban los «finis terrae», sino que se trataba de una esfera que permitía alcanzar por otro camino -el de occidente- las costas de Cipango. Pero ello, no obstante, Colón, sin saberlo, desembarcó en una isla americana, y la nación española descubrió América. Solo España, una nación, como antes decía, en estado colectivo de gracia, que se forjo en torno a la fe durante los ocho siglos de la Reconquista, que se fortaleció con la unidad política y religiosa, y con la reforma de la Iglesia, cincuenta años antes del Concilio de Trento, pudo enviar a Améri­ca miles de sacerdotes, de religiosos, de misioneros cultos y de vida intachable, dispuestos hasta el martirio para proclamar la Buena Noticia de la salvación a los pueblos indígenas.

La gran olvidada en la conmemoración de este V Centenario fue la Madre de América, Isabel la Católica, la que vendió sus joyas para hacer posible la empresa, la que en su testamento de Medina del Campo dijo que su principal intención fue procurar y atraer a nuestra fe católica a los indios aborígenes, a los que llamó no solo vasallos, sino hijos.

Desgraciadamente, esta mujer, gracias a la que tantos millones de almas habrán logrado la salvación, y gracias a la cual la ma­yoría de los católicos rezan en castellano, no será beatificada en este 1.992. No solo la presión judía y mahometana atemorizan a Roma, sino la de las Conferencias episcopales de Inglaterra, Francia e Italia, que se han manifestado contra la beatificación de una Reina nazi-católica. ¡Hasta el arzobispo de Barcelona, Monseñor Carles, considera la beatificación inoportuna! Ya solo fal­ta, como ha dicho con humor un periodista italiano, que, a la Reina Isabel, como homenaje a la razón política, se la excomulgue «post morten». (13)

Estimo que en la decisión de la Reina Isabel está la clave del Descubrimiento, palabra de significado profundo, que no puede identificarse con el hallazgo más o menos casual. El hallazgo tiene una connotación física; y así, hallazgo, pudo serlo el de Erik el Rojo, cuando en el año 982 puso pie -según se dice- en Groenlan­dia, o el de los extraterrestres, que algunos imaginan que llegaron a Perú. Pero tales hallazgos son irrelevantes. A lo sumo podrían ser equiparados a la llegada a una meta, pero jamás a un Descubrimiento. Descubrir no es visitar y volverse, sino quedar­se para conocer a fondo, para desentrañar lo oculto, para darlo a conocer, para incorporarlo a la historia; y en el caso de España en América, para culturizarlo, evangelizarlo y, en definitiva, transfigurarlo.

Para mí, la conmemoración del V Centenario debió centrarse más que en una Exposición y en posturas claudicantes frente a la leyenda negra renovada con furia diabólica, en torno a esta trans­figuración que Alberto Caturelli subraya con enorme valentía.

Si lo originario de esta transformación fue América, pero una América desconocida, muda, mágica y mítica; si la causa originante de la transfiguración al provocar la «catarsis», es decir, la ruptura con un pasado que puede calificarse de demoníaco, y la «metancia», es decir, la conversión a la fe de Cristo y el tránsito a la cultura reflexiva occidental, fue España lo original originado, sin perder nada de lo bueno y positivo de los pueblos aborígenes, fue Hispanoamérica.

Esta transfiguración fue algo así como un bautismo continental. La América precolombina nació de nuevo, como nace de nuevo el niño al recibir con el agua el Espíritu. Por eso puede decirse que América fue un Mundo Nuevo, y no solo desde el punto de vista geográfico, sino desde el punto de vista sobrenatural.

La tarea transfiguradora fue tan rápida, que se produjo en medio siglo; y esta rapidez se debió sin duda a María. He dicho muchas veces que a la voz de ¡Tierra! de Rodrigo de Triana, se uniría la voz de la Señora, ¡Cielo! El 12 de octubre de 1.492, fue para América Epifanía y Pentecostés a un tiempo; y es significativo, hasta el asombro sagrado, que la nave capitana se llamase Santa María, y que a bordo viajara una imagencita de la Virgen de Santoña, cuyo seno sirvió de sagrario. Cristo llegaba a América en naos españolas y en el vientre de María; y María tomó a los ídolos ante la expectación admirada de los aborígenes y los colocó en su debido lugar. Del sol hizo su vestido y su aureola, de la luna su pedestal, y de las estrellas su corona de Reina.

Nada puede extrañarnos la lírica inspiración mariana de los poetas, como el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra:

María, la Santa María, estaba cerca.

¡Salve, de mancha pura,

de gracia llena y del Señor amada!

ni la belleza del himno, que dice: (14)

«Todo el mar, de repente,

se inundó de plegaria.

Una inmensa ternura

va impulsando las velas.

María va en la proa

¡Es el Reino de Dios!

Cometería un error imperdonable si al hablar de María, la Madre espiritual de América, no recordara a Nuestra Señora de Guadalupe. En 1.531, en una tierra liberada y pacificada por aquél gran cau­dillo que fuera Hernán Cortés, diez años después de la conquista, se aparece la Virgen en el cerro del Tepeyac al indio Juan Diego, que había recibido las aguas bautismales en 1.524. Demasiado co­nocéis la historia de las apariciones para que sea necesario repe­tirla. Lo que importa destacar es que en la tilma del indio, quedó la figura de la Madre, y que la Madre tiene cara de mestiza, y que ese mestizaje de la tez de María consagró para siempre, como dijo Juan XXIII (12-X-64) el beso de las dos razas. Si Guadalupe sig­nifica río de luz o se traduce por la mujer que aplasta a la ser­piente, María inundó de luz a misioneros y misionados, aplastó la cerviz del mentiroso y anhelante cristianizó América.

España, con la ayuda de María, dio testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra, (Hechos 1,8); fue a América, predicó y bautizó, como Cristo quería (Mc. 28,19), (Mc. 16, 15-16). España hizo realidad lo profetizado por Malaquías, (l,10/ll), que anunciaba la desaparición de los sacrificios idolátricos y aseguró que el Sacrificio verdadero se celebraría desde donde sale el sol hasta el ocaso.

España e Hispanoamérica son obra de María. ¡Ebro y Tepeyac! Las banderas de las naciones hispánicas rodean a la Señora, desde 1.931 en Guadalupe y, desde el 12 de octubre de 1.892, en la Basílica del Pilar; y aquí, pagando, como proclamara el Obispo chileno de la Serna, Ramón Ángel Jara, «la deuda de gratitud contraída con España, desde hace 400 años. Uno y otro cortejo de banderas gritan al mundo la raíz mariana de nuestros pueblos. «Madre de nuestra gesta y de nuestra hazaña, Madre de las Américas y de «España», dice fervo­roso el poeta Alberto Zambrano. Si la Inmaculada Concepción es la patrona de América, la Pilarica es la Reina de la Hispanidad.

Tales son nuestras raíces auténticas. Cuando tratamos de cortarlas, como las cortó España a partir de Felipe V y de la Ilustra­ción, transformando el Imperio en imperialismo, las provincias en factorías, sustituyendo el Evangelio por la Enciclopedia; y cuan­do las oligarquías liberales y anticatólicas comenzaron a gobernar en América, después de la Emancipación, la decadencia resultaba inevitable. Fuimos como el sarmiento arrancado de la vid, (Jn. 15, 4), perdimos la savia unificante de nuestro ser nacional y fui­mos enfermizos y débiles, a besar los pies de nuestros más encarnizados enemigos y a pedirles suplicantes que nos permitieran copiarlos.

Hay, a la altura de este V Centenario, podemos ver claramente que la España que se entregó sin reservas a los indios, trasvasán­doles su espíritu, constituyendo la Cristiandad americana y transfigurando un continente desconocido en el Nuevo Mundo, tenía razón. Juan Pablo II denuncia «el estado de crisis en que se encuentra Europa, cuando se acerca el tercer milenio de la era cristiana; cri­sis que alcanza a la vida civil y a la religiosa». La necesidad de una nueva evangelización, de una reevangelización, se hace apre­miante, urgente, necesaria.

Pero, ¿qué fue lo que hizo España sino evangelizar? ¿Y no fue preciso para evangelizar y, tan rápidamente, América, reformar la propia Iglesia como hicieron con verdadero espíritu de apostolado los Reyes Católicos? ¿Dónde están los evangelizadores para una época de crisis profunda, tan amargamente denunciada? ¿Dónde los medios, por duros que sean, para restablecer la doctrina, la moral y la obediencia? ¿Por qué no solo no se beatifica a la Reina Isabel, sino que se la cubre con un manto de silencio y no se la defiende cuando de un modo tan brutal se ataca a quién, ante todo y, sobre todo, fue una reina evangelizadora?

He aquí la pauta para que Europa, y más que Europa, Occidente, y, por ello, Hispanoamérica, vuelvan a evangelizarse. Solo reevangelizados volveremos a ser nosotros mismos; solo reevangelizados podremos salir de esta crisis. Las palabras de Juan Pablo II (9-XI-1.982) en Santiago de Compostela no tienen desperdicio. Hay que reencontrar la tradición cristiana y la cultura que de ella surgió. La fórmula marxista ha fracasado. La fórmula capitalista liberal no nos conduce a un orden nuevo, sino a una marginación de la esencia de nuestra cultura. Ambas fórmulas coinciden en su objetivo. Por eso se apoyan y aúnan esfuerzos y acumulan medios de comunicación, para quitar al hombre la conciencia de lo transcendente, para descristianizar a las naciones, para que, como decía Antonio Machado, se nos quede «el mañana vacío – con el vi­cio al alcance de la mano”.

Ésta, entre otras muchas, sería la razón suprema para haber centrado la conmemoración del Descubrimiento en torno a “la empresa más grande y hermosa que hayan podido ver los tiempos». (León XIII) (15) y que sin duda movió a Juan Pablo II, al pisar tierra espa­ñola, a exclamar: ‘¡Gracias, España, gracias Iglesia en España, por la fidelidad al Evangelio y a la esposa de Cristo’ (31-X-82), y en Zaragoza: ‘¡Me urge reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangélico! Era un acto de justicia cristiana e histórica’.

Hay que concluir, por todo ello, que la hispanofobia, es una actitud con entraña teológica, y que se encuadra en el combate entre el misterio de la gracia y el misterio de la iniquidad. De aquí que se haya lanzado a la brega y sin escrúpulos con ocasión del V. Centenario. Nos duele; pero el dolor es una punzada vital para que reaccionemos, para que sigamos indomables, para permane­cer con reciedumbre sobre la piedra angular, que no puede desecharse a menos que la civilización se derrumbe, un derrumbe fatal que ahogaría a todos en el neopaganismo inmanente que ofrenda a los ídolos la sangre de los pequeños abortados y de la víctimas del terror; que se recrea en el erotismo más sucio, mientras en gran­des zonas del planeta se muere de hambre; que no vacila en desplegar toda su fuerza en el Golfo Pérsico, porque allí hay petróleo, y permanece impasible ante la crueldad de los enfrentamientos en la antigua Yugoeslavia, porque allí no lo hay.

Volvamos a lo nuestro y cerremos el paréntesis de la decadencia que procede de su abandono. No se trata de una solución egoísta, sino de una solución ejemplar y estimulante para todo el Mundo hispánico; este mundo en el que, siguiendo la pauta del Documento de Puebla, el Evangelio -encarnado y transfigurante por obra de España- hace de los pueblos de Hispanoamérica una igualdad históri­ca y cultural que no puede retroceder a lo originario precolombino como quieren los indigenistas y los teólogos de la liberación, ni puede abdicar tampoco de lo originante, como quieren los que aspi­ran a hacerlo todo de nuevo y todo sin España, como los liberales y marxistas. Ambas propuestas equivaldrían a un regreso a la dis­persión y a la barbarie, y a la perdida de una identidad lograda con el esfuerzo de siglos.

Solo permaneciendo en la Hispanidad de lo originado por la fu­sión de la sangre y del espíritu, que produjo lo originante, Hispanoamérica resurgirá, transfigurada en el monte Tabor de la His­toria.

Termino con una cita de Ramiro de Maeztu, (16) porque sus palabras bellísimas debieran instarnos al combate en esta hora aciaga y decisiva de la Humanidad: «La obra de España, lejos de ser ruina y polvo, es una fábrica a medio hacer, o, si se quiere, una flecha caída a mitad del camino que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfónica interrumpida que está pidiendo los músicos que sepan continuarla».

¡Animo españoles! Pese a todo, recogeremos la flecha, y continuaremos la música y la letra de la sinfonía, para que España sea España, para que Hispanoamérica sea Hispanoamérica y para que Hispanoamérica y España vuelvan a ser la Hispanidad”.

–oo–

Notas
(1) «Saepemunero considerante», 18-VII-1.883.
(2) Traducción española, Edit. Iris de Paz. Madrid 1.991.
(3) Edit. R.A.D.A.R. Madrid 1.948. pág. 39 y ss.
(4) «La leyenda negra, ataque del paganismo al cristianismo» en «Benengeli» 1.992. primer trimestre, pág. 53.
(5) «Hispanidad y leyendas negras» Ediciones del Cruzamante.  Buenos Aires 1.989, pág. 118.
(6) «Ante el V Centenario del Descubrimiento de América» en “Verbo». Enero de 1.992, pág. 35.
(7) 18-X-1.953.
(8) Ob. cit. pág. 103.
(9) «El Nuevo Mundo», Edamex UPAEP México 1.991, pág. 129.
(10) Caturelli, Ob. cit. pág. 48.
(11) Madrid, septiembre de 1.991.
(12) “María, Madre espiritual de América», discurso de 24 de marzo de 1.965, en el Congreso Internacional Mariano de Santo Domingo. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid 1.965.
(13) Capitulo II, nº 17.
(14) Rom. 10,14/15.
(16) José M.ª Gil C.M.F. «Misterio de Isabel la Católica”. Comité Nacional Beatificación Isabel la Católica. Madrid 1.992, pág. 268 y ss.
(17) Himno de los Congresos mariano y mariológico de Huelva 1.992.
(18) «Quarte abuente saecula».
(19) «Defensa de la Hispanidad» 3ª edición. Valladolid 1.938, pág. 25.
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[1] Nota de JRLR: No hubo tal “encuentro de culturas”. Los encuentros no son casuales, ni frutos de la “serendippity” anglosajona, sino decididos por las dos partes. Pero en el Descubrimiento no hubo ningún encuentro: una parte (la castellana) se movió (respaldada por su reina Isabel) para buscar una ruta marítima más rápida y menos peligrosa que la ruta de la seda terrestre. Y esta es la única verdad.
Por lo que vamos sabiendo, algunas culturas americanas esperaban la “vuelta” de unos hombres blancos y barbudos, procedentes de Oriente. Pero no fueron capaces de mover un solo dedo para buscar ese “encuentro”, que ellos sabían, y los europeos, no. O, al menos, no con esa claridad, a pesar de los viajes del vikingo Eric el Rojo y su hijo Leif Ericsson y de otros (si es que los hubo).

Una respuesta a «La verdad sobre la inmensa obra de evangelización y civilización española de América»

  1. «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…. Ésta, es nuestra grandeza y nuestra unidad. No tenemos otra» (Historia de los heterodoxos españoles, por Marcelino Menéndez Pelayo).

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