La verdad sobre los «topos» del «franquismo»

Mucho se habló en su momento de los que dieron en llamarse «topos», en referencia a los rojos que decidieron permanecer ocultos tras el final de la guerra. Pero el caso es que cuando se analizan los hechos, hay matices que no cuadran y que nunca se han dicho; incluida esa siempre maliciosa insinuación de que cuántos no se conocen y cuántos murieron en sus voluntarios y respectivos encierros.

 

Compartir
mm

Antes de relacionar todos los casos, cada uno de los cuales apostillaremos oportunamente, conviene que el lector esté enterado de tres hechos esenciales: el primero, que el 9 de Octubre de 1945 se hacía público un Decreto del Gobierno, presidido por Franco, claro está, por el que «se concedía indulto total a los condenados por delitos de rebelión militar y otros cometidos hasta el 1.º de abril de 1939»; el segundo, las numerosas rebajas de penas e indultos que desde el mismo fin de la guerra se concedieron siempre por cualquier motivo, lo que consiguió que la práctica totalidad de los condenados, incluso por graves delitos de sangre, quedaran en libertad para mediados de los 50; el tercero, que desde mediados de los cuarenta, y sobre todo durante la década de los cincuenta, regresaron a España, a la «España de Franco», numerosos exiliados con graves responsabilidades en su haber sin problema alguno. Por supuesto, todo ello fue siempre público y notorio. Por eso, ninguno tuvo por qué esperar al decreto de 1969, por el que se consideraron extinguidas todas las posibles penas por delitos antes y durante la guerra, para decidirse a abandonar su voluntario encierro.

Los «topos».-

Eulogio de Vega Colodrón

Eulogio de Vega Colodrón (1901 Rueda / 1995 Valladolid)

De profesión labrador, natural de Rueda. Con quince años ingresó en la Sociedad de Agricultores de la UGT. Llamado a filas, participó entre 1923 y 1926 en la guerra de Marruecos. Vuelto a Rueda, además de casarse y en poco tiempo tener tres hijos, reactivó su militancia socialista en la UGT con tal ímpetu, que en 1933 fue elegido secretario de dicho sindicato socialista de la provincia de Valladolid; además, entre 1931 y 1934 fue alcalde de su pueblo. Se sumó a la Revolución de Octubre de tal último año siendo detenido. Tras el pucherazo de Febrero de 1936, con el cual el Frente Popular se hizo con el poder, fue liberado y repuesto como alcalde de Rueda.

Declarado el Alzamiento Nacional, la provincia de Valladolid se sumó a él en pleno, motivo por el que Eulogio de Vega, temiendo por su vida, debido a sus más que notorias responsabilidades políticas y revolucionarias, se escondió durante 40 días en un maizal, luego en un pozo y al llegar el invierno se instaló en su casa, ocultándose con la complicidad de su mujer, a la que en 1944 dejó embarazada, marchando la esposa a dar a luz a casa de unos familiares en Úbeda para no levantar sospechas, localidad en la que dejó a su hija al cuidado de su familia, bien que registrándola con los apellidos correctos, motivo por el que cuando veinte años después se casó, la policía reconoció los apellidos y tirando del hilo dio con el paradero de Eulogio, quien fue detenido, juzgado por un tribunal militar y dejado de inmediato en libertad en tan sólo dos días; era Septiembre de 1964 y había permanecido en voluntario encierro 28 años.

Desde luego, Eulogio hizo bien en esconderse al comienzo de la guerra, y posiblemente hasta el final de la II Guerra Mundial, pero luego, desde 1945, no. Sus responsabilidades habían sido máximas solamente en los años previos a la guerra, pues debemos recordar –lo que ya no haremos más al quedar así por asentado–, que tanto la UGT como el PSOE fueron entonces partidos marxistas revolucionarios –ahora también, pero lo disimulan–, que marcharon decididos a provocar la guerra civil porque la consideraban la forma idónea para implantar su utópica dictadura del proletariado. Eulogio pudo haberse entregado en 1945 o como mucho en 1950 y hubiera salido directamente en libertad al no haber participado en la contienda. Se podría haber ahorrado, cuando menos, 14 años de su encierro voluntario.

Juan Jiménez Sánchez, «Cazallero»

Juan Jiménez Sánchez, «Cazallero», y Teresa Ramos (Alhaurín el Grande)

Combatiente voluntario, fue hecho prisionero al final de le guerra, siendo condenando a trabajos forzados. Evadido, se alistó en la Legión, de la cual desertó, incorporándose a una partida de terroristas –mal llamados «maquis» por aquello de suavizar el lenguaje–, logrando no ser detenido al encontrar refugio en la casa de su novia, Teresa Ramos, en Alhaurín el Grande. En Septiembre de 1957 fue por fin detenido, cuando llevaba oculto 13 años. Condenado a prisión sólo y únicamente por sus delitos como terrorista, pasó en la cárcel siete años, siendo indultado y puesto en libertad en 1965.

Si hubiera permanecido en la Legión durante algún tiempo, hubiera llevado una tranquila vida de guarnición, y una vez licenciado se hubiera incorporado a la vida civil sin problema alguno. Fue su ingreso en una de las bandas de terroristas que durante la década de los cuarenta y parte de los cincuenta asolaron no pocas zonas de España, la que le obligó a permanecer esos trece años oculto, más luego los siete de presidió. Fue, por ello, un «topo» que desaprovechó, por su fanatismo ideológico, la oportunidad que tuvo de evitarse tanto su encierro voluntario, como el obligado por sus delitos como terrorista.

Manuel y Juan Hidalgo

Manuel y Juan Hidalgo (Almáchar y Benaque – Málaga)

Hermanos y ambos militantes de la UGT. La liberación de Málaga en Marzo de 1937, en cuya defensa participaron, les sorprendió con 27 y 31 años de edad, respectivamente. Como otros miles, huyeron a Almería y después a Alicante, donde volvieron a formar parte de las tropas rojas, continuando la lucha en varios frentes. El final de la guerra les cogió en Valencia. En vez de entregarse, como lo hizo todo el ejército rojo, decidieron regresar con sus respetivas esposas, las cuales les ocultaron en escondites distintos el uno del otro durante 28 años, haciendo ellas de mensajeras entre ellos. En 1966 decidieron salir de su encierro.

Fueron 800.000 los soldados del ejército rojo capturados al terminar la guerra por los nacionales, los cuales, después de una rapidísima labor de información, fueron puestos en libertad en su inmensa mayoría en tan sólo seis meses. ¿De qué se escondían ambos hermanos? ¿Por qué si su trayectoria había sido tan anodina como la de tantos decidieron encerrarse y además por tanto tiempo? ¿Por qué no salieron en 1945 o máximo 1950? De nuevo en este caso pudieron haberse ahorrado, cuando menos, 16 años de encierro voluntario cada uno.

Antonio Urbina «el desertor». (Santo Domingo de la Calzada, Logroño)

Combatiente rojo durante la guerra, tras finalizar la misma se exilió, vagando durante una década por diferentes países sin conseguir acomodo estable en ninguno, por lo que decidió volver a su casa, llegando a ella de noche, permaneciendo en su interior oculto a la vista de los vecinos, ayudando en lo posible en el cuidado de las gallinas y ordeñando las vacas. Un día un vecino le vio y Antonio optó por huir a Francia. Desde ese momento iba y venía desde tal país a su casa pasando temporadas escondido.

Aunque se le ha considerado como uno de los «topos», en realidad, como vemos, no lo fue, debiendo considerársele más bien un bohemio o simplemente un inadaptado.

Miguel Villarejo, «Miguelico». (Bailén – Jaén)

El final de la guerra le cogió como soldado en el diminuto aeródromo de Jabalquinto, provincia de Jaén. En vez de entregarse como los demás, huyó a la sierra escondiéndose en la casa de sus padres y en casa de un cuñado. Al enterarse del fusilamiento de tres de sus compañeros que como él habían huido, decidió «echarse al monte», y armado con una escopeta se escondió en la Sierra de Despeñaperros. Allí, gracias a sus habilidades como cazador furtivo, logró sobrevivir durante diez años, hasta que cansado de tal tipo de vida decidió esconderse en las casas de varios familiares hasta que su mujer, Catalina, con un préstamo compró una casa en Bailén, donde se instaló Miguelico hasta 1969.

Su miedo infundado, al menos a partir de 1945 o si se quiere de 1950, le mantuvo en la sierra y luego le encerró en su propia casa. Pudo haberse ahorrado 19 años.

Protasio Montalvo

Protasio Montalvo (Cercedilla – Madrid)

Fue el último «topo» en salir, haciéndolo nada más y nada menos que en 1977. Había sido alcalde de Cercedilla, su pueblo natal, el cual quedó, como prácticamente toda la sierra de Madrid en su vertiente Este, en zona roja, llevando a cabo dichas milicias muchas y muy duras represalias contra miembros de Falange y de partidos de derechas; de los ocurridos en Cercedilla Protasio fue responsable directo como alcalde, motivo por el que al terminar la guerra y lograr huir, en el pueblo y alrededores se le buscó con ahínco, dándose el caso de que incluso aparecieron pintadas en algunas tapias llamándole asesino.

Se escondió en una casa familiar en Collado del Hoyo moviéndose dentro de ella con gran libertad. Cocinaba, limpiaba y cuidaba a los hijos enfermos. Protasio sabía de la animadversión que contra él existía en la zona por su criminal pasado, motivo por el cual no le sirvieron para salir de su encierro ni los numerosos indultos, ni el decreto de 1945, ni aún siquiera el absoluto de 1969; tal era el miedo que tenía debido a los crímenes que llevaba en su conciencia.

En 1974 sufrió un ictus, optando la familia por llevarlo a un médico a Madrid a escondidas. El miedo de Protasio fue tal que para salir de su encierro exigía a sus familiares que le garantizaran que el mismísimo Felipe González le entregara en persona el carnet de afiliado del PSOE para creerse seguro, motivo por el cual alargó su encierro hasta 1977; concedió una entrevista a El País en la que, entre otras cosas, confesó haber cobrado 5.000 pesetas por cuatro minutos de declaraciones a un periódico sueco.

El caso de Protasio es evidente, pues sin duda tenía en su haber delitos de sangre muy graves, bien que, como hemos dicho, desde 1945 incluso ellos no le hubieran supuesto la muerte, sino sólo la cárcel, con la posibilidad de beneficiarse, como tantos, de los numerosos indultos. Paradójicamente, su miedo y aptitud hicieron justicia a sus víctimas, pues estuvo en «arresto domiciliario» 38 años, prácticamente una cadena perpetua, lo que nunca hubiera estado si se hubiera entregado al menos en 1945.

Saturnino de Lucas Gilsanz (San Martín y Mudrián (Segovia), 1911 / San Martín y Mudrián, 1970)
Abogado muy joven, se dedicó a defender en juicios a obreros sin recursos. Ganó por oposición la plaza de secretario en el Ayuntamiento de Torrijos (Toledo), pero al ser menor de 25 años no pudo tomar posesión del cargo. Se afilió a UGT y al PSOE, presidiendo el sindicato toledano de la UGT de 1933 a Julio de 1936.

El 14 de Marzo de 1936 fue nombrado alcalde de su localidad. Triunfante el Alzamiento en toda Segovia, el 24 de Julio el párroco le avisó de que iban a detenerlo. Desde ese instante, y durante toda la guerra, permaneció oculto en una estancia de la parroquia, con la connivencia del cura. Desde 1940 se ocultó en el desván de la casa de sus padres, donde permaneció 30 años más. Tras la muerte de sus padres en 1968 se planteó salir, pero no lo hizo hasta el decreto de 1969, con 59 años de edad, falleciendo a los pocos meses.

Nuevo caso de auto-confinamiento sin motivo alguno, al menos desde 1945 o, sin duda alguna, desde la década de los cincuenta. Sólo su propia obsesión, y el mal consejo de sus familiares, pudo mantener a este hombre tantos años auto-encerrado, máxime cuando no había participado en la contienda. Pudo haberse ahorrado no menos de 19 años de encierro.

Teodomira Gallardo

Teodomira Gallardo (Zarza del Tajo – Cuenca)

Fue la única mujer «topo», si bien, como se verá, no debería considerársela así. Estaba casada con Valerio Fernández, militante comunista, como ella, y alcalde de Zarza del Tajo, que trabajaba en el casino de Santa Cruz de la Zarza, localidad sita en las cercanías. Con 30 años se incorporó voluntario a la guerra que acabó con grado de Teniente. Regresó a escondidas a su pueblo, siendo informado de que el alcalde de Santa Cruz había sido detenido. Valerio, junto con Teodomira, se fueron entonces de la localidad, vagando por varios lugares hasta que en 1940 fueron detenidos; a él lo ingresaron en la cárcel de Santa Rita, en Carabanchel, y a ella en la de las Ventas, ambas en Madrid. A los cuatro años se les juzgó acusándoseles de la muerte de un sacerdote; que en realidad estaba vivo, pues apareció en 1947, bien que en esos instante todo apuntaba a su asesinato. A Valerio le sentenciaron a muerte, siendo fusilado en Marzo de 1945. Teodomira permaneció en la cárcel hasta 1947, año en que fue puesta en libertad.

Manuel Cortés Quero

Manuel Cortés Quero (1906-1991 Mijas -Málaga)

Fue conocido como «el topo de Mijas» y es el más célebre de todos, más que nada porque fue el más mediático; incluso en tal localidad hay un museo recreación de su escondite.

Fue alcalde de Mijas del 3 de Marzo de 1936 al 23 de Noviembre de ese mismo año. Con la liberación de Málaga abandonó el pueblo pasando a servir como combatiente del ejército rojo en varios frentes. Al finalizar la guerra decidió regresar a su casa el 17 de Noviembre de 1939 de incógnito, aprovechando la oscuridad de la noche.

Su intención original era entregarse a las autoridades, pero su mujer le convenció para permanecer oculto. Los dos primeros años los pasó escondido en la casa de su padre adoptivo. Después su mujer alquiló una casa, construyendo en ella un habitáculo donde Manuel se ocultaba cuando era necesario. Diez años más tarde compraron una casa en la misma calle de la anterior, trasladándose Manuel a ella de madrugada disfrazado de anciana. Allí vivió los últimos 18 años de su encierro, matando el tiempo liando esparto para ayudar a la economía familiar y escuchando la radio, por lo que siempre estuvo muy bien informado. Cuando llegaba la noche podía hacer vida familiar con su mujer y su hija.

El 28 de Marzo de 1969 escuchó la noticia de que el Gobierno había concedido el perdón para todos los delitos que se hubieran cometido durante la guerra. Fue entonces cuando decidió abandonar su encierro; tenía 64 años de edad. Primero se presentó al alcalde de Mijas, Miguel González Berral, que le acompañó a la Comandancia de la Guardia Civil de Málaga, quedando de inmediato en libertad. Fue re-fundador de la Agrupación Socialista de Mijas, que presidió hasta su fallecimiento en 1991.

Nadie sabe cuál fue la participación de Manuel Cortés en la guerra, en la que como se ha dicho sirvió en varios frentes tras salir de Málaga. Lo que sí está claro es que en el mantenimiento de su largo encierro jugó un papel fundamental su mujer, y lo que de nuevo queda claro es que desde 1945 o 1950 pudo haber salido de su encierro y, como los demás, se podía haber ahorrado no menos de 18 años.

Conclusión.-

Aunque lo hemos nombrado varias veces, conviene hacerlo de nuevo: en Octubre de 1945 se publica el decreto que da por finalizadas las causas por delitos cometidos durante la guerra, el cual se completa con el de 1969 en el que se extinguían ya todos; fueran los que fuesen ya no podrían ni siquiera juzgarse, es decir, en realidad un decreto de «punto final», motivo por el que, por ejemplo, Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri y otros destacados dirigentes comunistas, socialistas y separatistas cuando regresaron tras la muerte de Franco nada temían.

Así pues, los que no quisieron entender que ya en 1945 o 1950 nada tenían que temer –como mucho una corta estancia en la cárcel, desde luego muchísimo más benévola que los largos encierros autoimpuestos–, fue sólo por su propio exacerbado miedo, su desconfianza cerril, y, por qué no decirlo, por su sinrazón y muy posiblemente estupidez, en lo que muy posiblemente debió existir también algún problema mental de tipo paranoide; al menos uno de ellos, eso sí, Protasio Montalvo, el ex-alcalde de Cercedilla, tuvo una razón más que contundente para permanecer oculto: los crímenes que pesaban sobre su conciencia, motivo por el cual ni siquiera el indulto total de 1969 le valió para salir.

También debieron jugar en todos los casos un papel muy significativo los familiares de los respectivos «topos», bien por sus propios miedos a perderlos, bien también por estar hechos con el tiempo a la costumbre de tenerlos escondidos.

Un detalle no menos importante: ¿por qué fueron tan pocos, sólo nueve personas, contando a Teodomira que en realidad no lo fue? ¿por qué entre los 800.000 miembros del ejército rojo hechos prisioneros, algunos con delitos graves, no se dieron miles o al menos cientos de «topos»?

Lo que queda claro en todos los existentes es que si fueron «topos», si decidieron permanecer en sus respetivas «toperas», no se puede achacar a la tan denostada, traída y llevada, la tan manida y falseada «represión franquista» que, además de no ser represión, sino justicia, al menos desde Octubre de 1945 o como mucho 1950 en absoluto justificó los largos auto-encierros.

Compartir

Deja un comentario

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*