La verdadera alegría del amor

Amor sobrenatural.

 Queridos hermanos, la verdadera alegría del amor reside en superar el amor natural para vivir el amor sobrenatural. El amor sobrenatural de  los cónyuges es la verdadera alegría del amor. El amor de los cónyuges en el Amor de Dios.  La unión de los cónyuges en la unión de las Tres Divinas Personas es la plenitud del Santo Sacramento del Matrimonio donde fluye como agua viva la Gracia que santifica a los esposos.

La verdadera alegría del amor no puede residir en el puro amor natural entre los cónyuges. Éste es demasiado frágil y voluble, por más sincero que pueda ser; sólo Dios es Amor. Él es la fuente del Amor.

Cuando el amor natural se eleva a lo sobrenatural, cuando los cónyuges están santificados por las gracias del Santo Sacramento del Matrimonio, entonces viven el gozo indescriptible del verdadero amor conyugal; pues ya es Dios quien vive en ellos.

No nos alejamos de la realidad de la vida conyugal, de las situaciones concretas de los matrimonios. ¿Hay alguien más conocedor de nuestra propia realidad que Nuestro Señor Jesucristo? Él, en la Santa Cruz, nos muestra nuestra realidad: el pecado y la Redención. Nuestra naturaleza herida por el pecado original y nuestros pecados personales. Aquí está la profunda realidad de las heridas, de las que tanto se habla, de los matrimonios. Es el pecado quien lleva al sufrimiento y dolor en el matrimonio, es la causa de los fracasos matrimoniales.

Buscar el amor sobrenatural por encima del amor natural no es un ideal irrealizable, es el camino certero para vivir la verdadera alegría del amor conyugal. Los esposos católicos han de vivir la verdadera alegría de su amor en Cristo. Un amor conyugal en Cristo, para Cristo y con Cristo; he aquí el verdadero amor del esposo a la esposa, de la esposa al esposo. Es un amor fructífero, caritativo, desprendido. Es el amor sacrificado y crucificado, porque es un amor injertado en Cristo. Es un amor que vive en plenitud el verdadero amor en Cristo. Es un amor sacrificado y gozoso que participa de los frutos de la Redención.

El amor crucificado es el amor natural sobrenaturalizado que ha entendido la plenitud del gozo del amor: amar a Dios sobre todas las cosas. Por ello, cualquier sufrimiento es deseable antes que el dolor  de la ofensa a Dios, del pecado y de sus consecuencias.

Vivir el amor sobrenatural es vivir la realidad de la vida en Cristo en cada cónyuge. ¡Qué mayor realidad que ésta! Si no se da esa realidad, el amor entre los esposos siempre será frágil. 

El itinerario de  la vida interior.

El pecado es causa de que no haya verdadera alegría en el amor natural. La santidad del Sacramento del Matrimonio, el misterio divino que encierra, impulsa al amor natural a transformarlo en sobrenatural; esta es la razón del Sacramento del Matrimonio.

El verdadero itinerario que han de recorrer los esposos católicos es el de la vida interior en Cristo. Sólo así se encaminarán hacia la verdadera alegría de su amor. Alejados de Cristo no hay verdadero amor, no hay verdadera alegría. Sólo Dios, Uno y Trino puede dar al amor humano su verdadera  dimensión. Basta únicamente que ambos cónyuges quieran caminar juntos en Cristo, para Cristo y con Cristo. El itinerario de la vida de oración, de la vida sacramental, el itinerario de la santificación de su vida diaria.

El verdadero amor rechaza el pecado, incluso sólo de pensamiento, porque busca denodadamente la alegría y ésta sólo se encuentra en la santidad de la vida en Cristo.

Pero antes situaciones de pecado como es el pecado mortal de adulterio, de relaciones de sodomía, uniones libres, matrimonios civiles, uso de anticonceptivos,  los cónyuges se cierran ellos mismos, por su libre decisión, a la verdadera alegría del amor porque impiden, con su pecado, la vida sobrenatural en ellos. Se han cerrado a la vida de la Gracia. 

La Voluntad de las Tres Divina Personas.

Nuestro Señor Jesucristo tiene un solo querer con Su Voluntad Divina y Su Voluntad Humana, y es que todas las almas se salven. Lo quiere con Su Voluntad Divina, lo quiere con Su Voluntad Humana. Pero no siempre se cumple su deseo por la desobediencia humana, por el pecado. Este querer del Hijo, es el querer del Padre y el querer del Espíritu Santo. El único querer de las Tres Divina Personas.

Las Tres Divinas Personas quieren lo mismo desde toda la eternidad: que las criaturas quieran lo que Ellos quieren, la salvación de sus almas. Más muchos no quisieron las salvación de sus almas, y la Voluntad de Dios de salvación para con ellos fue desatendida y rechazada: si es posible pase de mí este cáliz, de verlos condenados. Este es el sufrimiento del Señor: los condenados que desprecian el querer Divino. No se haga mi voluntad para con ellos, porque han decidido para siempre su propia condenación.

Que pase de mí este cáliz de ver tantas almas condenadas para siempre porque rechazan el querer de Dios, que es el verdadero bien de las almas. Dios quiere que todos se salven, pero muchos no quieren, ni lo querrán nunca. Y esto no es el fracaso de  Dios sino el triunfo de la Verdad sobre la mentira. El triunfo del Sumo Bien sobre el  mal; el triunfo de la Gracia sobre la naturaleza. El triunfo de la Santísima Virgen María y de todos los santos. El triunfo al que los pecadores renunciaron para siempre.

¿Alguien puede pensar en el triunfo de las tinieblas sobre la Luz, de la mentira sobre la Verdad, del mal sobre el Sumo Bien, o del pecado sobre la Gracia?

La Sagrada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es el triunfo de Dios, Uno y Trino. El hombre como el ángel dispusieron de todas las  gracias para triunfar, unos quisieron y vencieron; otros rechazaron las gracias y ellos mismos fracasaron condenándose. A los que vencieron Dios les ha dado el mérito de su decisión:

Siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu Señor (Mt. 25, 21).

La verdadera alegría del amor entre los esposos, es la alegría  de vivir el querer de Dios en ellos, fruto de la libre decisión de vivir en estado de gracia, renunciando a toda posibilidad de pecado. ¡Hemos sido redimidos del pecado con el precio de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo!

Los ministros de Nuestro Señor, sus sacerdotes, estamos llamados a tener el mismo sentir de Dios, Su mismo divino querer: la salvación de las almas, por encima del bienestar material. Nuestra propia humanidad ha de estar sellada con la Sagrada Humanidad de Jesucristo, para que sea el mismo Cristo quien actúe en nosotros. La Voluntad Divina en nosotros nos obliga, en su Misericordia, a señalar el pecado y a exhortar al pecador a arrepentirse y renunciar a él, y  recordarle: no peques más.

Ave María Purísima.


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