La voz de la Iglesia se diluye entre las religiones. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas

ESCUCHAR NOTICIA: Ha llamado poderosamente nuestra atención el punto 27[1] de Magnifica Humanitas. Queremos detenernos en tres cuestiones de relevancia de este punto. La primera cuestión, la encontramos al inicio del punto 27: “la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario”. La Doctrina social de la Iglesia sí contiene “principios y normas” objetivas, tales como la dignidad humana, el bien común, la justicia, la subsidiariedad, la ley natural, los derechos y deberes de la familia, del Estado. Evidentemente, estos principios se aplicarán atendiendo a las situaciones concretas y según la prudencia que el momento requiera. Queremos recordar que el discernimiento no crea el criterio moral, al contrario; el discernimiento debe estar sujeto al criterio moral. Por eso resulta temerario que la encíclica diga que su “faceta más auténtica” no es un conjunto de principios, sino un “camino de discernimiento comunitario”. Esta expresión hacer pensar que la doctrina deja de ser la regla que juzga la situación y pasa a surgir del propio proceso de escucha y discernimiento. Primero está la verdad recibida; después viene el discernimiento para aplicarla. Si se invierte ese orden, el discernimiento puede terminar reinterpretando la verdad que debía obedecer. Surge una pregunta que no se puede eludir: ¿quién tiene la última palabra sobre el discernimiento? En modo alguno se puede aceptar que el discernimiento termine en un simple consenso. Y volvemos a preguntarnos: ¿cómo sabemos que lo discernido viene realmente del Espíritu Santo y no del consenso, de la presión cultural o de la mayoría? La respuesta católica tradicional es clara: porque debe concordar con la verdad ya recibida por la Iglesia en la tradición. Si la contradice, no procede del Espíritu, por mucho que haya sido “discernido comunitariamente”. La segunda cuestión relevante es el siguiente texto:  “La Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones- debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”. Vemos que la frase no se limita a pedir cooperación práctica con otros creyentes y no creyentes, sino que los introduce en el momento mismo en que la Iglesia debe pronunciarse sobre cuestiones morales y sociales fundamentales. El problema es claro, la propia voz de la Iglesia católica queda integrada en una voz religiosa común, como si todas esas confesiones religiosas pudieran hablar ante el mundo con la misma autoridad moral. Esto resulta difícil de justificar desde la doctrina católica. La Iglesia católica no es simplemente una confesión religiosa entre otras. Según su propia fe, ha recibido de Cristo la plenitud de los medios de salvación y un mandato doctrinal específico: “Id y enseñad a todas las naciones”. Por tanto, cuando habla sobre el hombre, la justicia o el orden social, no lo hace simplemente como integrante de una coalición interreligiosa, sino desde una verdad que considera recibida de Cristo. Si la Doctrina social se presenta como “discernimiento comunitario” y enseguida se incorpora a “los creyentes de otras religiones”, puede surgir la duda de si esos creyentes son simplemente colaboradores en causas concretas o si se les concede algún papel en el proceso mismo de discernimiento moral. Estamos ante un asunto teológicamente muy problemático. La tercera, y última cuestión, es igualmente problemática como las anteriores, sobre todo por su imprecisión teológica; aspecto, este, común en Magnifica Humanitas. El texto es el siguiente: “Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”. Así tenemos que la Iglesia pasa a ser como un espacio histórico de encuentro, diálogo y discernimiento; y no la institución que aplica los principios morales objetivos al orden social. Ya hemos visto que para Magnifica Humanitas la Doctrina social no es un manual de principios. Pero lo que más nos ha extrañado es lo que afirma: que “la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”. Pero, la Palabra hecha carne es Jesucristo, y Cristo no “se convierte” en diálogo. Cristo es la Verdad encarnada, que ilumina, juzga y salva la historia. Puede suscitar diálogo, ser anunciado, recordado proféticamente y aplicado a las circunstancias históricas; pero Jesucristo no cambia de contenido según lo que una comunidad vaya dialogando o discerniendo. Este texto corre el riesgo de parecer que Cristo ya no es quien juzga la historia, sino la historia y el diálogo quienes se convierten en el lugar donde Cristo sigue tomando forma. Lo realmente preocupante no es que la Iglesia dialogue o colabore con otras religiones, sino que los textos que hemos analizados difuminan la diferencia entre cooperación, discernimiento y autoridad doctrinal. Y cuando esa frontera se vuelve borrosa, también se oscurece la singularidad de la Iglesia católica como depositaria de una verdad revelada que no nace del consenso interreligioso. [1] “A la luz de lo dicho hasta ahora, la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones– debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”.   Pulse para escuchar el texto Ha llamado poderosamente nuestra atención el punto 27[1] de Magnifica Humanitas. Queremos detenernos en tres cuestiones de relevancia de este punto. La primera cuestión, la encontramos al inicio del punto 27: “la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario”. La Doctrina social de la Iglesia sí contiene “principios y normas” objetivas, tales como la dignidad humana, el bien común, la justicia, la subsidiariedad, la ley natural, los derechos y deberes de la familia, del Estado. Evidentemente, estos principios se aplicarán atendiendo a las situaciones concretas y según la prudencia que el momento requiera. Queremos recordar que el discernimiento no crea el criterio moral, al contrario; el discernimiento debe estar sujeto al criterio moral. Por eso resulta temerario que la encíclica diga que su “faceta más auténtica” no es un conjunto de principios, sino un “camino de discernimiento comunitario”. Esta expresión hacer pensar que la doctrina deja de ser la regla que juzga la situación y pasa a surgir del propio proceso de escucha y discernimiento. Primero está la verdad recibida; después viene el discernimiento para aplicarla. Si se invierte ese orden, el discernimiento puede terminar reinterpretando la verdad que debía obedecer. Surge una pregunta que no se puede eludir: ¿quién tiene la última palabra sobre el discernimiento? En modo alguno se puede aceptar que el discernimiento termine en un simple consenso. Y volvemos a preguntarnos: ¿cómo sabemos que lo discernido viene realmente del Espíritu Santo y no del consenso, de la presión cultural o de la mayoría? La respuesta católica tradicional es clara: porque debe concordar con la verdad ya recibida por la Iglesia en la tradición. Si la contradice, no procede del Espíritu, por mucho que haya sido “discernido comunitariamente”. La segunda cuestión relevante es el siguiente texto:  “La Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones- debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”. Vemos que la frase no se limita a pedir cooperación práctica con otros creyentes y no creyentes, sino que los introduce en el momento mismo en que la Iglesia debe pronunciarse sobre cuestiones morales y sociales fundamentales. El problema es claro, la propia voz de la Iglesia católica queda integrada en una voz religiosa común, como si todas esas confesiones religiosas pudieran hablar ante el mundo con la misma autoridad moral. Esto resulta difícil de justificar desde la doctrina católica. La Iglesia católica no es simplemente una confesión religiosa entre otras. Según su propia fe, ha recibido de Cristo la plenitud de los medios de salvación y un mandato doctrinal específico: “Id y enseñad a todas las naciones”. Por tanto, cuando habla sobre el hombre, la justicia o el orden social, no lo hace simplemente como integrante de una coalición interreligiosa, sino desde una verdad que considera recibida de Cristo. Si la Doctrina social se presenta como “discernimiento comunitario” y enseguida se incorpora a “los creyentes de otras religiones”, puede surgir la duda de si esos creyentes son simplemente colaboradores en causas concretas o si se les concede algún papel en el proceso mismo de discernimiento moral. Estamos ante un asunto teológicamente muy problemático. La tercera, y última cuestión, es igualmente problemática como las anteriores, sobre todo por su imprecisión teológica; aspecto, este, común en Magnifica Humanitas. El texto es el siguiente: “Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”. Así tenemos que la Iglesia pasa a ser como un espacio histórico de encuentro, diálogo y discernimiento; y no la institución que aplica los principios morales objetivos al orden social. Ya hemos visto que para Magnifica Humanitas la Doctrina social no es un manual de principios. Pero lo que más nos ha extrañado es lo que afirma: que “la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”. Pero, la Palabra hecha carne es Jesucristo, y Cristo no “se convierte” en diálogo. Cristo es la Verdad encarnada, que ilumina, juzga y salva la historia. Puede suscitar diálogo, ser anunciado, recordado proféticamente y aplicado a las circunstancias históricas; pero Jesucristo no cambia de contenido según lo que una comunidad vaya dialogando o discerniendo. Este texto corre el riesgo de parecer que Cristo ya no es quien juzga la historia, sino la historia y el diálogo quienes se convierten en el lugar donde Cristo sigue tomando forma. Lo realmente preocupante no es que la Iglesia dialogue o colabore con otras religiones, sino que los textos que hemos analizados difuminan la diferencia entre cooperación, discernimiento y autoridad doctrinal. Y cuando esa frontera se vuelve borrosa, también se oscurece la singularidad de la Iglesia católica como depositaria de una verdad revelada que no nace del consenso interreligioso. [1] “A la luz de lo dicho hasta ahora, la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones– debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”.

Ha llamado poderosamente nuestra atención el punto 27[1] de Magnifica Humanitas. Queremos detenernos en tres cuestiones de relevancia de este punto.

La primera cuestión, la encontramos al inicio del punto 27:

“la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario”.

La Doctrina social de la Iglesia sí contiene “principios y normas” objetivas, tales como la dignidad humana, el bien común, la justicia, la subsidiariedad, la ley natural, los derechos y deberes de la familia, del Estado. Evidentemente, estos principios se aplicarán atendiendo a las situaciones concretas y según la prudencia que el momento requiera. Queremos recordar que el discernimiento no crea el criterio moral, al contrario; el discernimiento debe estar sujeto al criterio moral.

Por eso resulta temerario que la encíclica diga que su “faceta más auténtica” no es un conjunto de principios, sino un “camino de discernimiento comunitario”. Esta expresión hacer pensar que la doctrina deja de ser la regla que juzga la situación y pasa a surgir del propio proceso de escucha y discernimiento.

Primero está la verdad recibida; después viene el discernimiento para aplicarla. Si se invierte ese orden, el discernimiento puede terminar reinterpretando la verdad que debía obedecer.

Surge una pregunta que no se puede eludir: ¿quién tiene la última palabra sobre el discernimiento? En modo alguno se puede aceptar que el discernimiento termine en un simple consenso. Y volvemos a preguntarnos: ¿cómo sabemos que lo discernido viene realmente del Espíritu Santo y no del consenso, de la presión cultural o de la mayoría?

La respuesta católica tradicional es clara: porque debe concordar con la verdad ya recibida por la Iglesia en la tradición. Si la contradice, no procede del Espíritu, por mucho que haya sido “discernido comunitariamente”.

La segunda cuestión relevante es el siguiente texto:

 “La Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones- debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”.

Vemos que la frase no se limita a pedir cooperación práctica con otros creyentes y no creyentes, sino que los introduce en el momento mismo en que la Iglesia debe pronunciarse sobre cuestiones morales y sociales fundamentales. El problema es claro, la propia voz de la Iglesia católica queda integrada en una voz religiosa común, como si todas esas confesiones religiosas pudieran hablar ante el mundo con la misma autoridad moral. Esto resulta difícil de justificar desde la doctrina católica.

La Iglesia católica no es simplemente una confesión religiosa entre otras. Según su propia fe, ha recibido de Cristo la plenitud de los medios de salvación y un mandato doctrinal específico: “Id y enseñad a todas las naciones”. Por tanto, cuando habla sobre el hombre, la justicia o el orden social, no lo hace simplemente como integrante de una coalición interreligiosa, sino desde una verdad que considera recibida de Cristo.

Si la Doctrina social se presenta como “discernimiento comunitario” y enseguida se incorpora a “los creyentes de otras religiones”, puede surgir la duda de si esos creyentes son simplemente colaboradores en causas concretas o si se les concede algún papel en el proceso mismo de discernimiento moral. Estamos ante un asunto teológicamente muy problemático.

La tercera, y última cuestión, es igualmente problemática como las anteriores, sobre todo por su imprecisión teológica; aspecto, este, común en Magnifica Humanitas.

El texto es el siguiente:

“Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”.

Así tenemos que la Iglesia pasa a ser como un espacio histórico de encuentro, diálogo y discernimiento; y no la institución que aplica los principios morales objetivos al orden social. Ya hemos visto que para Magnifica Humanitas la Doctrina social no es un manual de principios.

Pero lo que más nos ha extrañado es lo que afirma: que “la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”. Pero, la Palabra hecha carne es Jesucristo, y Cristo no “se convierte” en diálogo. Cristo es la Verdad encarnada, que ilumina, juzga y salva la historia. Puede suscitar diálogo, ser anunciado, recordado proféticamente y aplicado a las circunstancias históricas; pero Jesucristo no cambia de contenido según lo que una comunidad vaya dialogando o discerniendo.

Este texto corre el riesgo de parecer que Cristo ya no es quien juzga la historia, sino la historia y el diálogo quienes se convierten en el lugar donde Cristo sigue tomando forma.

Lo realmente preocupante no es que la Iglesia dialogue o colabore con otras religiones, sino que los textos que hemos analizados difuminan la diferencia entre cooperación, discernimiento y autoridad doctrinal. Y cuando esa frontera se vuelve borrosa, también se oscurece la singularidad de la Iglesia católica como depositaria de una verdad revelada que no nace del consenso interreligioso.

[1] “A la luz de lo dicho hasta ahora, la Doctrina social de la Iglesia se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Por eso, cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia –junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones– debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía”.

4 respuestas a «La voz de la Iglesia se diluye entre las religiones. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas»

  1. La voz de la Iglesia catolica no se oye ni entre las sociedades supuestamente católicas como la española, de manera que ya me diran Vds lo que sucede en el resto

  2. En pocas y otras palabra, la antes Iglesia de Roma es, ahora, la «iglesia de roma», una secta herética que se aparta de los Evangelios de CRISTO.
    Agradecer,a,Carlos Jauregui por sus explicaciones convincentes.
    VIVA CRISTO REY

  3. CRISTO es la única Verdad existente y la Iglesia mantiene esa Verdad de CRISTO a través de los obispos, fuera de la Iglesia Católica no existe Verdad por mucho que se diga que alguna se aproxime (ej.: los ortodoxos). Ahora bien, cuando esos obispos se desvían de la Verdad entran en herejía. Eso viene pasando desde 1958 cuando el masón Roncalli incluso de forma pública permitió la entrada de protestantes y desviados de la fe a las sesiones del CVII como “expertos”, fue una confabulación contra CRISTO y la Iglesia en toda regla.
    Con Wojtyla eso se llevó a la práctica a la vista de todos de forma masiva en la Basílica de Francisco de Asís en 1986 argumentando unos encuentros de “oración por la paz” que como buen gran impostor fue argumentando que tenían su parte de verdad. De aquella, buena parte de los obispos ya estaban poseídos por el Maligno.
    Es algo tan elemental de que ese “popurrí de creencias distintas” pueda salir la verdad, incluso aproximarse, que hasta el menos preparado en la FE de CRISTO pueda aceptarlo si es honesto consigo mismo. Es por ello, que la apostasía está generalizada en la Iglesia. Prácticamente, todos los bautizados (clero incluido) han dejado de ser Católicos.
    Es tan dramática la situación actual, que apenas existe reacción por parte del clero y de los seglares. La NO reacción de los pocos sacerdotes ante tal desvió del Vaticano, les hace con su silencio público partícipes de dicha traición a CRISTO.

    Habrá que hacer, en muchos lugares del mundo, como los cristianos clandestinos en Japón, conocidos históricamente como los Kakure Kirishitan (cristianos ocultos), que durante más de 250 años (desde principios del siglo XVII hasta finales del siglo XIX), decenas de miles de japoneses mantuvieron viva su fe católica en secreto absoluto, sin iglesias, sin biblias y sin sacerdotes; después que fuesen ejecutados todos los sacerdotes y obispos, quedaron durante más de 2 siglos sin los sacramentos hasta la vuelta de nuevos sacerdotes en el siglo XIX.

  4. La religion sincretica/atea masona; algo así como lo del islam, cogiendo lo peor de cada casa. Totum revolutum. Como de costumbre un buenismo/ mentira caza incaut@s de turno; y como hay cosas que no casan ni con cola, pues se recurre a las tonterías superficiales, y se pasa de lo característico, lo principal y hasta único; porque todo lo demás es paja.

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