Las murallas de Ceuta

ESCUCHAR NOTICIA: Desde mi punto de vista, lamentablemente el análisis de la caótica situación de Ceuta está siendo desenfocado, tanto en sus causas como en sus consecuencias. Porque, dejando al margen el carácter geoestratégico global con su lógica depredadora, y el aspecto estrictamente político de la cuestión, su genealogía hay que buscarla en años de pura mezquindad intelectual e ideológica en nuestra sociedad huérfana de referentes sólidos y de convicciones profundas. En la actualidad ocurre un nuevo fenómeno que pasa más o menos desapercibido, pero que se revela de gran trascendencia política y social. Por primera vez en dos mil años, la juventud actual, los niños nacidos en nuestras sociedades occidentales, son los primeros en la historia humana que no han recibido transmisión espiritual, o herencia religiosa alguna, y prácticamente apenas formación cultural, sobre la naturaleza íntimamente humana del hecho sobrenatural. Y ello al margen de creencias en naturalezas divinas o no. Son los hijos del vacío asumido, reivindicado y glorificado por una sociedad política postmoderna, individualista y profundamente egoísta. Una sociedad convertida exclusivamente en plataforma de convivencia emocional y núcleo atomizado de consumo. Se trata de Individuos cosmopolitas, esclavos culturales del mundo anglosajón, sin familia, ni patria, ni historia, convertidos en rehenes de su propia voluntad omnímoda, inmersa en un mundo progresista y globalista considerado el único posible. Individuos sin Dios, ni ritos, ni ancestros, y confrontados además a un mundo cada vez más culturalmente exógeno y violento. Por encima de ellos, se encuentran unos adultos que no les transmiten, ni les han transmitido nada, más allá del utilitarismo consumista y el sometimiento a un hipócrita universo de emociones como único sentido final de la existencia. Y frente a ellos, aparecen otras civilizaciones orgullosas que afirman sin complejos y a veces con violenta arrogancia, su identidad religiosa que es a la vez cultural, nacional y existencial. Las ruinas conceptuales de Europa y de España, van tomando forma como la expresión de un mundo en decadencia, que camina sonámbulo sin sentido en busca solo de bienestar coyuntural, un bienestar ficticio que piensa encontrar a la sombra de los réditos de un pasado histórico ya desaparecido ahogado en tecnología y algoritmos. Desconociendo o no queriendo reconocer, que los ciclos históricos se cumplen con exactitud orgánica. Las culturas nacen, se desarrollan, alcanzan su plenitud, y acaban muriendo en medio de la incomprensión perpleja de sus últimos representantes incrédulos con la implacable verdad de la historia, mientras discuten sobre si los ángeles vuelan en línea recta o curva, cuantos de ellos caben en la punta de una aguja, o lo cara que está la ración de gambas. Afuera, las murallas de Ceuta retumban con el sonido gutural de la muchedumbre concentrada bajo unos muros que intentan derribar, con el ruido tenebroso del filo de sus espadas invisibles y con el ansia que brilla en sus ojos febriles por alcanzar un futuro que exigen porque están convencidos de que les pertenece. Mientras, los déspotas de nuestro mundo feliz, los políticos sistémicos de España, descansan somnolientos, irresponsables y apáticos, al calor del sol insular. Sin fuerza ni voluntad, sin argumentos ni fortaleza, sin decisión ni audacia. Y sobre todo con mucha cobardía personal. Solo miedo, y sometimiento al designio fatalista de sus políticas de apaciguamiento, a sus proyectos de consenso, a su mundo emocional herbívoro, y sobre todo a sus intereses humanos de supervivencia al amparo del poder político y al dulce sabor de sus mieles. En Ceuta, mientras tanto, con la población como rehén y víctima. Con las hordas enviadas por el sátrapa, sobreviviendo al amparo de una sociedad desorientada y bovina, y con las decenas de muertos sacrificados en el altar de la geopolítica y la claudicación. Y con las murallas, convertidas en frágil valla metálica que se va cuarteando, a la par que las ideas y las convicciones de nuestro mundo feliz se van disolviendo entre la confusión, la inacción, la traición y el ridículo relativismo progresista masticado y digerido por los habitantes de esta patética península en vías de extinción. Demostrando, una vez más, que de esta nuestra nación, solo queda la inacabable polvareda de su constante derrumbamiento. ¿Existe realmente un pulso vital, una fuerza poderosa que nos impulse a sobrevivir con honor como patria común española? Me temo que, con semejante material humano, huérfano de creencias, ajeno al sentido histórico de la existencia y solo sujeto a legolatrias varias y a opiniones huidizas, no. Sin vínculos, sin raíces, sin autoridad, sin pasado y sin historia común, ninguna sociedad puede sobrevivir. Ojalá me equivoque.   Pulse para escuchar el texto Desde mi punto de vista, lamentablemente el análisis de la caótica situación de Ceuta está siendo desenfocado, tanto en sus causas como en sus consecuencias. Porque, dejando al margen el carácter geoestratégico global con su lógica depredadora, y el aspecto estrictamente político de la cuestión, su genealogía hay que buscarla en años de pura mezquindad intelectual e ideológica en nuestra sociedad huérfana de referentes sólidos y de convicciones profundas. En la actualidad ocurre un nuevo fenómeno que pasa más o menos desapercibido, pero que se revela de gran trascendencia política y social. Por primera vez en dos mil años, la juventud actual, los niños nacidos en nuestras sociedades occidentales, son los primeros en la historia humana que no han recibido transmisión espiritual, o herencia religiosa alguna, y prácticamente apenas formación cultural, sobre la naturaleza íntimamente humana del hecho sobrenatural. Y ello al margen de creencias en naturalezas divinas o no. Son los hijos del vacío asumido, reivindicado y glorificado por una sociedad política postmoderna, individualista y profundamente egoísta. Una sociedad convertida exclusivamente en plataforma de convivencia emocional y núcleo atomizado de consumo. Se trata de Individuos cosmopolitas, esclavos culturales del mundo anglosajón, sin familia, ni patria, ni historia, convertidos en rehenes de su propia voluntad omnímoda, inmersa en un mundo progresista y globalista considerado el único posible. Individuos sin Dios, ni ritos, ni ancestros, y confrontados además a un mundo cada vez más culturalmente exógeno y violento. Por encima de ellos, se encuentran unos adultos que no les transmiten, ni les han transmitido nada, más allá del utilitarismo consumista y el sometimiento a un hipócrita universo de emociones como único sentido final de la existencia. Y frente a ellos, aparecen otras civilizaciones orgullosas que afirman sin complejos y a veces con violenta arrogancia, su identidad religiosa que es a la vez cultural, nacional y existencial. Las ruinas conceptuales de Europa y de España, van tomando forma como la expresión de un mundo en decadencia, que camina sonámbulo sin sentido en busca solo de bienestar coyuntural, un bienestar ficticio que piensa encontrar a la sombra de los réditos de un pasado histórico ya desaparecido ahogado en tecnología y algoritmos. Desconociendo o no queriendo reconocer, que los ciclos históricos se cumplen con exactitud orgánica. Las culturas nacen, se desarrollan, alcanzan su plenitud, y acaban muriendo en medio de la incomprensión perpleja de sus últimos representantes incrédulos con la implacable verdad de la historia, mientras discuten sobre si los ángeles vuelan en línea recta o curva, cuantos de ellos caben en la punta de una aguja, o lo cara que está la ración de gambas. Afuera, las murallas de Ceuta retumban con el sonido gutural de la muchedumbre concentrada bajo unos muros que intentan derribar, con el ruido tenebroso del filo de sus espadas invisibles y con el ansia que brilla en sus ojos febriles por alcanzar un futuro que exigen porque están convencidos de que les pertenece. Mientras, los déspotas de nuestro mundo feliz, los políticos sistémicos de España, descansan somnolientos, irresponsables y apáticos, al calor del sol insular. Sin fuerza ni voluntad, sin argumentos ni fortaleza, sin decisión ni audacia. Y sobre todo con mucha cobardía personal. Solo miedo, y sometimiento al designio fatalista de sus políticas de apaciguamiento, a sus proyectos de consenso, a su mundo emocional herbívoro, y sobre todo a sus intereses humanos de supervivencia al amparo del poder político y al dulce sabor de sus mieles. En Ceuta, mientras tanto, con la población como rehén y víctima. Con las hordas enviadas por el sátrapa, sobreviviendo al amparo de una sociedad desorientada y bovina, y con las decenas de muertos sacrificados en el altar de la geopolítica y la claudicación. Y con las murallas, convertidas en frágil valla metálica que se va cuarteando, a la par que las ideas y las convicciones de nuestro mundo feliz se van disolviendo entre la confusión, la inacción, la traición y el ridículo relativismo progresista masticado y digerido por los habitantes de esta patética península en vías de extinción. Demostrando, una vez más, que de esta nuestra nación, solo queda la inacabable polvareda de su constante derrumbamiento. ¿Existe realmente un pulso vital, una fuerza poderosa que nos impulse a sobrevivir con honor como patria común española? Me temo que, con semejante material humano, huérfano de creencias, ajeno al sentido histórico de la existencia y solo sujeto a legolatrias varias y a opiniones huidizas, no. Sin vínculos, sin raíces, sin autoridad, sin pasado y sin historia común, ninguna sociedad puede sobrevivir. Ojalá me equivoque.

Desde mi punto de vista, lamentablemente el análisis de la caótica situación de Ceuta está siendo desenfocado, tanto en sus causas como en sus consecuencias. Porque, dejando al margen el carácter geoestratégico global con su lógica depredadora, y el aspecto estrictamente político de la cuestión, su genealogía hay que buscarla en años de pura mezquindad intelectual e ideológica en nuestra sociedad huérfana de referentes sólidos y de convicciones profundas.

En la actualidad ocurre un nuevo fenómeno que pasa más o menos desapercibido, pero que se revela de gran trascendencia política y social. Por primera vez en dos mil años, la juventud actual, los niños nacidos en nuestras sociedades occidentales, son los primeros en la historia humana que no han recibido transmisión espiritual, o herencia religiosa alguna, y prácticamente apenas formación cultural, sobre la naturaleza íntimamente humana del hecho sobrenatural. Y ello al margen de creencias en naturalezas divinas o no.

Son los hijos del vacío asumido, reivindicado y glorificado por una sociedad política postmoderna, individualista y profundamente egoísta. Una sociedad convertida exclusivamente en plataforma de convivencia emocional y núcleo atomizado de consumo. Se trata de Individuos cosmopolitas, esclavos culturales del mundo anglosajón, sin familia, ni patria, ni historia, convertidos en rehenes de su propia voluntad omnímoda, inmersa en un mundo progresista y globalista considerado el único posible. Individuos sin Dios, ni ritos, ni ancestros, y confrontados además a un mundo cada vez más culturalmente exógeno y violento.

Por encima de ellos, se encuentran unos adultos que no les transmiten, ni les han transmitido nada, más allá del utilitarismo consumista y el sometimiento a un hipócrita universo de emociones como único sentido final de la existencia. Y frente a ellos, aparecen otras civilizaciones orgullosas que afirman sin complejos y a veces con violenta arrogancia, su identidad religiosa que es a la vez cultural, nacional y existencial.

Las ruinas conceptuales de Europa y de España, van tomando forma como la expresión de un mundo en decadencia, que camina sonámbulo sin sentido en busca solo de bienestar coyuntural, un bienestar ficticio que piensa encontrar a la sombra de los réditos de un pasado histórico ya desaparecido ahogado en tecnología y algoritmos. Desconociendo o no queriendo reconocer, que los ciclos históricos se cumplen con exactitud orgánica. Las culturas nacen, se desarrollan, alcanzan su plenitud, y acaban muriendo en medio de la incomprensión perpleja de sus últimos representantes incrédulos con la implacable verdad de la historia, mientras discuten sobre si los ángeles vuelan en línea recta o curva, cuantos de ellos caben en la punta de una aguja, o lo cara que está la ración de gambas.

Afuera, las murallas de Ceuta retumban con el sonido gutural de la muchedumbre concentrada bajo unos muros que intentan derribar, con el ruido tenebroso del filo de sus espadas invisibles y con el ansia que brilla en sus ojos febriles por alcanzar un futuro que exigen porque están convencidos de que les pertenece.

Mientras, los déspotas de nuestro mundo feliz, los políticos sistémicos de España, descansan somnolientos, irresponsables y apáticos, al calor del sol insular. Sin fuerza ni voluntad, sin argumentos ni fortaleza, sin decisión ni audacia. Y sobre todo con mucha cobardía personal.

Solo miedo, y sometimiento al designio fatalista de sus políticas de apaciguamiento, a sus proyectos de consenso, a su mundo emocional herbívoro, y sobre todo a sus intereses humanos de supervivencia al amparo del poder político y al dulce sabor de sus mieles.

En Ceuta, mientras tanto, con la población como rehén y víctima. Con las hordas enviadas por el sátrapa, sobreviviendo al amparo de una sociedad desorientada y bovina, y con las decenas de muertos sacrificados en el altar de la geopolítica y la claudicación. Y con las murallas, convertidas en frágil valla metálica que se va cuarteando, a la par que las ideas y las convicciones de nuestro mundo feliz se van disolviendo entre la confusión, la inacción, la traición y el ridículo relativismo progresista masticado y digerido por los habitantes de esta patética península en vías de extinción. Demostrando, una vez más, que de esta nuestra nación, solo queda la inacabable polvareda de su constante derrumbamiento.

¿Existe realmente un pulso vital, una fuerza poderosa que nos impulse a sobrevivir con honor como patria común española? Me temo que, con semejante material humano, huérfano de creencias, ajeno al sentido histórico de la existencia y solo sujeto a legolatrias varias y a opiniones huidizas, no. Sin vínculos, sin raíces, sin autoridad, sin pasado y sin historia común, ninguna sociedad puede sobrevivir.

Ojalá me equivoque.


14 respuestas a «Las murallas de Ceuta»

  1. Los crios españoles no reciben educación religiosa y moral porque entre sus padres, el estado y la Conferencia Episcopal a medias con el Vaticano se la han quitado-
    Pero como apoyarse en creencias es innato al ser humano ellos solitos la encontraran
    Lo que ya no sabemos ees si sera musulmana, Aleluya , cristiana o vaya a saber Vd cual.animalista, verde, vegetariana LGTBI etc

  2. Tanto España como todas las naciones del mundo occidental necesitan un rearme moral para dejar atrás las décadas de hundimiento que son una consecuencia de la venenosa ideología que empezaron a fraguar un grupo de sociólogos de la Escuela de Francfort durante los años 30 del Siglo XX, que es el marxismo cultural. Esa ideología, que ahora se llama progresismo o wokismo, se extiendió como una mancha de aceite desde Europa hasta Norteamérica y contagió a miles de académicos, escritores, políticos y periodistas hasta tal punto que en los paises occidentales la totalidad de los partidos políticos de ideología liberal o de ideología socialista la han asimilado; esa ideología conlleva la crítica despiadada a la civilización occidental, al Cristianismo (pero no al islam) e incluso al «hombre de raza blanca», la destrucción de la familia tradicional, el multiculturalismo, la degeneración sexual, etc.
    A pesar de todo creo que hay una pequeña llama de esperanza porque están surgiendo partidos patrióticos en muchos paises occidentales que defienden el retorno a los valores tradicionales de nuestra civilizacion y que se oponen a ese progresismo y a la islamización de Occidente (una islamización que están permitiendo los partidos «progresistas»).
    Con respecto a la invasión de Ceuta por decenas de miles de marroquies sigo sin comprender por qué motivo el Gobierno español no los ha expulsado todavía, habiendo pasado 3 semanas. Tanto los adultos como los menores de 18 años deberian haber sido devueltos a Marruecos porque esa frasecita que tanto utilizan los ministros socialistas de que hay que velar por «el interés superior del menor» es una completa estupidéz. España no tiene la obligación de hacerse cargo de todos los menores del mundo que entren ilegalmente en nuestro territorio; ese «interes superior» solamente debe aplicarse a los menores de 18 años que tengan la nacionalidad española.
    Si varios miles de españoles desarmados hubieran entrado en Marruecos sin respetar el puesto fronterizo ¿cuál habria sido la reacción de los policías marroquíes?. Lo más seguro es que les habrían apaleado a que habrían utilizado las armas de fuego porque los policías marroquíes no tienen los escrúpulos morales que tienen los policías españoles.

    1. No sé de donde saca usted eso de que los policías españoles tienen escrúpulos morales, lo que tienen es ( como el resto de los uniformados) mucha cobardía.

      1. Estoy seguro de que el 99%, si no el 100%, de los policías españoles no dispararían contra una persona completamente desarmada y que no representara ninguna amenaza. A eso es a lo que me refiero con los escrúpulos morales.

        1. Vd confunde escrúpulos morales con asesinato.
          Los policías españoles son blanditos con los malos y peligrosos con los buenos
          Son mercenarios del sistema

          1. De mi comentario inicial, en el que hacía una comparación entre la probable forma de actuar de los policías marroquíes si se produjera una hipotética avalancha de españoles en el puesto fronterizo de Marruecos y la forma de actuar de los policías españoles si la avalancha fuera de marroquíes entrando en el territorio español (como la que se produjo el día 30 de julio en Ceuta), lo único que le interesa a algunos lectores es criticar a los policías españoles.

        2. Se ha visto por activa y por pasiva que con ciudadanos españoles ( agricultores, rosario
          incendios etc etc etc ) los policías españoles a la hora de dar leña a gente de bien y desarmada carecen totalmente de escrúpulos morales, por el contrario y según usted Sr. Fernández a la hora
          de una invasión del territorio nacional los policías “españoles” tienen escrúpulos morales a la hora de defender a los ceutíes ( por cierto ciudadanos que le dan de comer a esos traidores vestidos de policías- payasos- )
          … eso de que los invasores no presentan/ presentaban ningún peligro habría que preguntárselo a los ceuties
          REPITO no son escrúpulos morales es cobardía !!!

          1. Martinez…
            » lo único que le interesa a algunos lectores es criticar a los policías españoles.»
            NORMAL
            Los que aqui leen y esciben son españoles
            Que los moros se las apañen con sus gendarmes.
            Y la tonteria esa de que pasaria si los españoles en masa quisieran ir a Marruecos…es que no tiene un comentario

  3. Que podemos esperar de una sociedad que olvidando sus raíces cristianas ha permitido que se quite de despachos.oficinas, y aulas de colegios la imagen del Cristo crucificado?
    Pues si nos alejamos de DIOS….QUE SE PUEDE ESPERAR???

  4. Han sido privados de los valores tradicionales en aras de alcanzar nuevas metas y puntos de vista; buenismo/ mentira de turno para encubrir el caos relativista en que les han sumido. Sin criterio, no tienen iniciativa, y están dispuestos a seguir la del que les eche las migajas.

    1. Moraleja: si hubiera valores, habría dos de mayo en Ceuta y en España. Por eso los borraron del mapa. Por eso quieren borregos para su granja global. En beneficio de los borregos( dirán ).

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